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Full text of "Cronica de Enrique IV"

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DE 

ESCRITORES CASTELLANOS 



HISTORIADORES 



CRONICA 



DE 



ENRIQUE IV 

IV 



TIRADAS ESPECÍALES 



5o ejemplares en papel de hilo del 
» en papel China del.. . 



i á 5o 
I al X 



CAPÍTULO VII 



Incursiones marítimas de los portugueses. — Expe- 
dición de los sevillanos al mando de D. Enrique 
de Gu\mán. — El Marqués de Cádi\ inclinado al 
partido de D. Alfonso. 

omo por aquellos días el punto principal 
de las cosas se creía estribaba en la po- 
sesión de Burgos, uno y otro partido 
atendía respectivamente al ataque ó á la defensa 
de su castillo. 

Por su parte, andaluces y portugueses andaban 
ocupados en expediciones marítimas por las cos- 
tas de Cádiz. Era ya antiguo en los marineros lu- 
sitanos un necio orgullo, fundado en las correrías 
que á su antojo realizaban desde el Estrecho de 
Gibraltar, por el Océano, islas occidentales y 
costa de Guinea. La osadía de estos envalentona- 
dos marineros á que dió pábulo la apatía del rey 
D. Enrique, les impulsó á atacar á los barcos de 
pesca andaluces que por las costas del mar de 
Marruecos empleaban las redes llamadas jábegas 
para sacar cierto pescado muy abundante en las 
aguas próximas á Tánger. Pronto se apoderaron 
de muchos de aquellos barcos con sus tripulantes 
y aparejos. Mas como por entonces el rey D. Al- 




CXXXiV 



2 



8 



A. DE PALENCA 



fonso, con poca previsión, llamase á incorporarse 
al ejército á todos sus vasallos limítrofes de An- 
dalucía, los sevillanos acordaron hacer una en- 
trada por Morón, y en caso de éxito, por las otras 
villas fronterizas de Portugal, como Mora, Mora- 
talaz y otras aldeas completamente desguarneci- 
das. Para poder penetrar más adentro en terri- 
torio portugués, los sevillanos eligieron por cau- 
dillo al duque D. Enrique de Guzmán, cuya 
habitual apatía les era conocida, pero á quien 
consideraban animado con el éxito de tantas ex- 
pediciones de los sevillanos en que, como en nin- 
guna otra ocasión al mando de determinado jefe, 
habían con menos gente derrotado, puesto en 
fuga y á veces exterminado á mayor número de 
enemigos. Además, en aquellos días, el Duque, 
ante las excitaciones de sus amigos, dolidos de 
que desaprovechase la gran oportunidad que para 
ensanchar sus dominios le ofrecía la ocupación 
del Algarbe, desguarnecido á la sazón de caballe- 
ría, cual si despertara de un sueño, entró en ardor 
bélico, aumentado por cierto afán de gloria muy 
propio del espíritu militar. Recibíanse frecuen- 
tes avisos del inminente encuentro de D. Fer- 
nando con el rey de Portugal, y por leyes del 
reino, todos los Grandes y los pueblos fieles al 
primero estaban obligados á combatir al enemigo, 
mucho más cuando por repetidos mensajes se ex- 
citaba á todos los moradores de las provincias le- 
janas, imposibilitados por la distancia de asistir á 
la batalla, á molestar á los enemigos próximos 
con incursiones, talas, sitios y todo género de 
guerra encarnizada. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



9 



Hasta entonces no había dado señales el Duque 
de obediencia á las órdenes; mas cuando por lo 
numeroso del ejército castellano y arrogancia de 
los portugueses conjeturó que la victoria sonreía 
á D. Fernando, se resolvió á ponerse en marcha 
al frente de i.5oo caballos y 8.000 peones, la ma- 
yor parte sevillanos. Favoreció la expedición la 
salida del Marqués de Cádiz de Alcalá de Gua- 
daira hacia Jerez, porque mientras permaneciese 
allí, el Duque tenía la excusa de no abandonar á 
Sevilla para estar en guardia contra alguna ma- 
quinación que la proximidad de los lugares faci- 
litase al astuto Marqués. Mas sabido su regreso y 
sus apuros, el Duque se encaminó á la frontera 
portuguesa y emprendió el ataque de Morón con 
fuerte contingente de sus infantes y caballos, des- 
pués de dar licencia á otras muchas tropas para 
marchar sueltas adonde quisiesen. Movidos por 
el ansia del botín, algunos pelotones de soldados 
intentaron internarse por ios más recónditos va- 
lles de la región donde creían hallarse pastando 
los ganados por más seguros. Animábales tam- 
bién no poco el saber que con la marcha del Rey, 
á quien habían seguido todos los portugueses de 
alguna calidad, no habían quedado en el reino 
hombres de armas ningunos. Con tal seguridad, 
mientras algunos escuadrones y numerosos infan- 
tes recorrían los campos entregándose al pillaje, 
los que iban con el duque D. Enrique se presen- 
taron en son de guerra ante los moradores de Mo- 
rón. Estos, amilanados por ser tan pocos, y por la 
escasísima resistencia de la guarnición, no se atre- 
vieron á escaramuzar fuera de los muros, y tan 



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A. DE PALENCI4 



trabajosa y flojamente atendieron á la defensa de 
las puertas y murallas, que cuando los sitiadores 
andaluces quisieron aplicar las escalas, hallaron 
libre el paso para el asalto. Ya, primero entre to- 
dos, el senescal mayor Pedro Núñez de Guzmán, 
sevillano, de la gente del Duque, y su pariente, 
excitaba á los suyos á poner fuego á la puerta de 
la villa, ante la que osadamente se habían insta- 
lado prontos á tomarla, como lo demostraban los 
lamentos de las mujeres conocedoras del abati- 
miento de sus maridos, y ya los cercados habían 
perdido todo valor y esperanza, cuando el Duque 
ordenó la retirada. Desde el principio, Pedro de 
Estúñiga se había opuesto con tesón al parecer de 
los que querían que se combatiese la villa, prin- 
cipalmente porque en los comienzos del ataque 
había recibido el Duque cartas de su mujer Leo- 
nor de Mendoza en que se le participaba que las 
numerosas fuerzas acaudilladas por D. Fernando 
habían sido impotentes contra el Rey de Portu- 
gal; que vergonzosamente había tenido que retro- 
ceder á meterse en Tordesillas, y que, licenciada 
la caballería, se había quedado con muy poca 
gente repartida en cuatro ó cinco fortalezas, falto 
ya de recursos para sostener el ejército y tem- 
blando ante las fuerzas intactas y la actitud ame- 
nazadora del enemigo portugués. Con estas noti- 
cias, el duque D. Enrique, siguiendo nuevamente 
los procedimientos de su carácter, mandó á sus 
tropas cejar inmediatamente en el ataque, ó me- 
jor dicho, en el asalto, y apagando su ferviente 
entusiasmo por la gloriosa empresa para reducir- 
los á la desmayada cobardía, les obligó de repente 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV I I 

á volver á Sevilla, sin cuidarse para nada de los 
que se habían internado por aquel territorio para 
apoderarse de los ganados del enemigo. 

La mayor parte de ellos hubieran perecido se- 
guramente si los portugueses se hubiesen aper- 
cibido de la confusión de sus contrarios; pero lle- 
nos de miedo y encerrados en sus casas, no inten- 
taron siquiera intervenir en lo que «fiiera ocurría, 
con lo que fuéles fácil á los castellanos llevarse 
en su retirada el botín recogido. Ignoraban la 
causa que había movido al Duque á tan repen- 
tina retirada; mas cuando supieron que se dirigía 
á Sevilla sin la menor gloria, se esforzaron por 
alcanzarle. El Duque, sin temor de añadir á las 
demás esta nueva indignidad, arrebató el botín á 
los que le habían cogido, se quedó con los despo- 
jos ajenos, se aprovechó de las fatigas de los sol- 
dados, no se cuidó de pagar su estipendio á los 
hombres de armas ni á los peones, y cerrando los 
oídos á las quejas de la gente exasperada con el 
ultraje, aguantó todos los insultos que su per- 
verso proceder arrancaba, con tal de no pagar 
soldadas y quedarse con el botín recogido con el 
esfuerzo y peligro ajenos. 

Difícil sería dar cuenta de las infinitas quejas 
de la multitud. El Duque, en su avaricia y apatía, 
de nada hizo caso, atento sólo á entrar en Sevilla 
con más riquezas, aunque con menos honra. 




CAPÍTULO VIII 



Marcha el rey D. Fernando á Burgos. — Tenta- 
tivas del de Portugal. — Rendición de la forta- 
leza de Toro. — Propósitos declarados del Ar- 
zobispo de Toledo. — Entrada en Arévalo. 

l rey D. Fernando que, como dije, había 
reforzado las guarniciones de Medina del 
Campo, Madrigal, Tordesillas y otras 
poblaciones limítrofes, más cercanas á Toro, em- 
pezó á ocuparse en el cerco de la fortaleza de Bur- 
gos, empresa á que uno y otro bando daba la 
mayor importancia, por ser imposible que en la 
diadema del Monarca legítimo faltase el florón de 
aquella ciudad, cabeza de Castilla, y no dudar 
nadie de que de su posesión ó de su pérdida de- 
pendía la gloria futura ó el futuro oprobio. 

Por su parte el Portugués, en cuanto la con- 
fusa retirada del enemigo le hizo conocer sus pla- 
nes, aumentó la artillería asestada contra la for- 
taleza de Toro. La guarnición, que ya con la 
marcha de D. Fernando había perdido toda espe- 
ranza de socorro, cayó en el mayor desaliento 
ante la angustia de la mujer del Alcaide, que, llo- 
rando su desesperada situación y la de sus hijos, 
sólo pedía, por medio de mensajeros, que la per- 




14 a. de Falencia 

mitiesen salir libremente. Con esto, ios soldados 
procuraron también, de común acuerdo, mirar por 
sus vidas, perdida ya la ocasión de alcanzar gloria. 
El Portugués, con el fin de aprovechar el tiempo 
para mayores empresas, contando ya rendida la 
fortaleza, prometió conceder liberalmente cuanto 
se le pedía. Una vez entregada, la mujer del Al- 
caide marchó á reunirse con él, acompañada de 
sus hijos, y á los soldados se les permitió también 
marchar adonde quisiesen. El rey D. Alfonso dió 
la Alcaidía á Juan de Ulloa, con abundante dinero 
para la paga de los soldados y número de éstos 
para guarnecer la ciudad. Envió á Portugal la 
mayor parte del peonaje y mucha caballería, y él, 
con la tropa más escogida, trató, á su paso hacia 
Arévalo, de apoderarse de. Cantalapiedra , bien 
custodiada por el esforzado Vasco de Bivero. Mar- 
chó luego á aquella población, á fin de animar al 
Conde de Plasencia y á su mujer, muy angustia- 
dos con el persistente ataque de la fortaleza de 
Burgos. Teníales en mayor apuro el ver al rey 
D. Fernando empeñado con todo su ejército en el 
sitio del castillo, y no dudaban de que, apoderán- 
dose de aquel baluarte, cuya Alcaidía era uno de 
ios honores de su Casa, el nombre de los Estúñi- 
gas, ó del Conde de Plasencia, había de quedar 
extinguido. 

Favoreció al Portugués, retrasando el asalto de 
la fortaleza, la larga espera del Arzobispo de To- 
ledo, hasta entonces indeciso, como sospechoso 
á los partidarios de D. Fernando, por no seguir 
al legítimo Soberano, y las excusas que había 
dado de que su cansada vejez y su falta de re- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



i5 



cursos le imposibilitaban para salir de su mo- 
rada de Alcalá, tan á propósito para su perpetua 
residencia. Eran, sin embargo, muy diferentes sus 
propósitos, y en cuanto supo que D. Fernando 
había reunido ejército para ir, como dije, á hacer 
levantar el sitio de la fortaleza de Toro, empezó 
á recoger tropas con pretexto de las disensiones 
de Toledo y de su territorio. A pocos de sus prin- 
cipales familiares engañó, sin embargo, que ya 
por muchos indicios habían comprendido que la 
expedición se preparaba en favor del Portugués 
y contra D. Fernando. Por eso varios dejaron 
de acudir al llamamiento, con gran desdoro del 
Prelado. El cual, arrojando la máscara, atravesó 
los montes con unas 400 lanzas; fué recogiendo 
algunas por el camino, y se presentó en las cer- 
canías de Arévalo con 5oo, número bastante infe- 
rior á las fuerzas que ordinariamente acaudillaba. 
Todos los nobles de rectas intenciones se habían 
negado á formar parte de la expedición, princi- 
palmente Gómez Manrique y Luis de Antezana; 
el primero, porque ya de antemano había re- 
suelto seguir el partido más honroso, y el segundo 
porque, aprovechando la circunstancia de estar 
enfermo, se había excusado alegando la precisión 
de permanecer en su casa. 

Llegados á las tierras inmediatas á Arévalo, el 
rey D. Alfonso salió con su sobrina y futura es- 
posa D. a Juana al encuentro del Arzobispo, y ya 
todos reunidos, éste hizo que se prestase home- 
naje al Portugués. El, por su parte, acogió con 
singular afecto á tan ilustre personaje en ocasión 
tan oportuna, y el desdichado Arzobispo, obe- 



i6 



A. DE FALENCIA 



diente á la voluntad de Alarcón, maquinador de 
todo aquello, se volvió, según se dice, hacia la jo- 
ven sobre quien tantas veces había lanzado sus 
invectivas, y la demostró su acatamiento en estos 
ó parecidos términos: «Mucho hace, ilustre Reina, 
única heredera de estos reinos de Castilla y León, 
que deseaba besaros la mano, como es deber mío 
suplicarlo. Hasta ahora lo impidieron las grandes 
revueltas de estos tiempos; mas ahora que la di- 
vina misericordia lo permite, la doy por ello las 
más rendfdas gracias. » 

Por no oir tan vergonzosas palabras, el arce- 
diano de Toledo, Tello de Buendía, que había 
acompañado al Arzobispo en la jornada, se alejó 
de aquel sitio, resistiéndose á sus instancias para 
que se acercase, y no pudiendo tolerar por más 
tiempo el semblante enojado de D. Alfonso Ca- 
rrillo, se volvió á su casa á llorar la funesta y 
eternamente deshonrosa caída de su bienhechor, 
que antes de salir de Alcalá había intentado evi- 
tar con sus consejos, verdaderamente fraternales, 
el excelente D. Pedro de Acuña, hermano del Pre- 
lado. Pero ni el Conde de Buendía, ni sus hijos, á 
quienes envió uno por uno á visitar al tío, logra- 
ron con sus súplicas y persuasiones hacerle desis- 
tir de su propósito, antes rechazó tercamente así 
al hermano como á los cuatro sobrinos. Fué el 
primero en hablarle D. Alfonso Carrillo, obispo 
de Pamplona, muy esperanzado de ablandar con 
sus ruegos á su tío, cuya ira achacaba más á re- 
sentimientos que á perversidad. Siguióle su her- 
mano D. Fernando de Acuña, que, á pesar de su 
cariñoso saludo y claras razones, no consiguió 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



*7 



nada del cabezudo anciano. Fué el tercero Pedro 
de Acuña, hermano de los anteriores, y como ellos 
se esforzó por conmover al durísimo Prelado con 
sus humildes ruegos; pero se separó de él deján- 
dole tan obstinado como le encontró. El último, 
aunque por orden el primero, fué Lope Vázquez 
de Acuña, primogénito del Conde de Buendía y 
Adelantado de Cazorla, muy querido desde niño 
de su tío, en cuyo nombre tenía el Adelantamien- 
to, y que por sus numerosos hechos de armas ha- 
bía alcanzado gran reputación. Por todo ello na- 
die dudaba que las súplicas de tan ilustre persona 
lograrían reducir á su tío. Viendo, pues, el Conde 
que las lágrimas de sus hijos no habían conse- 
guido conmover lo más mínimo á su hermano, se 
presentó él y apeló á supremos recursos para per- 
suadir al feroz Prelado. Cuando se convenció de 
que estaba dominado por la perniciosa influencia 
de Alarcón, quiso, según se dice, castigar dura- 
mente al maléfico instigador, creyendo que, des- 
apareciendo aquel glotón, recobraría su libertad 
el Arzobispo, en su entender subyugado por las 
malas artes del perverso consejero. Pero mientras 
el conde D. Pedro y sus hijos permanecieron en 
Alcalá se escondió él, temeroso del castigo de sus 
crímenes. 

No hubo medio de conseguir nada ni con razo- 
namientos ni con lágrimas, pues aunque el an- 
ciano Conde en su última entrevista recordó con 
amargo llanto á su hermano el Arzobispo las 
muchas obligaciones que le exigían ceder, si es 
que en algo tenía la nobleza y la integridad, 
viendo debilitada su autoridad ante la dureza. 



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A. DE PALENCIA 



del Prelado, insensible á las razones como á las 
lágrimas, padre é hijos marcharon desalentados 
adonde les llamaban sus asuntos propios. 

Poco después el Arzobispo salió con sus tropas 
de Madrid y fué á reunirse con el Portugués, 
dando claras muestras con sus hechos del encono 
que en su pecho abrigaba. 




/ 




CAPÍTULO IX 



Manejos de D. Rodrigo Manrique, del Conde de 
Cabra y de otros nobles para conservar el Maes- 
trazgo. — Oguela, tomada por los nuestros, y 
recuperada por los portugueses. 

undían por todo el reino los tumultos ori- 
ginados por las rivalidades de los Gran- 
des que, divididos en dos bandos, se ha- 
cían franca ó insidiosamente cruda guerra. Más 
que todos, Rodrigo Manrique, conde de Paredes, 
y ahora titulado maestre de Santiago; el conde de 
Cabra D. Diego de Córdoba; el comendador ma- 
yor Fernando Ramírez de Guzmán, y García de 
Padilla, clavero de Calatrava, reunidos en Ciudad 
Real, trabajaban con empeño por destruir al jo- 
ven Rodrigo Téllez Girón, pseudo maestre de di- 
cha Orden, para restituir el cargo, con arreglo á 
sus legítimos estatutos, á D. Alfonso de Aragón, 
hermano del rey D. Fernando de Castilla, aunque 
procreado en una manceba por D. Juan II de Ara- 
gón. Todos los moradores del Maestrazgo desea- 
ban que le obtuviera, á fin de que la Orden mili- 
tar se restituyese á sus primitivos destinos, arran- 
cándola de manos del juvenil Maestre, en las que 
habían visto dilapidarse, en escandalosas torpe- 




20 



A. DE PALKNCIA 



zas, las cuantiosas rentas destinadas á ia guerra 
de Granada y con el desprecio de las constitucio- 
nes, encaminarse todo á completa ruina. 

Era también necesario oponerse á los intentos 
del mancebo que, en unión de su primo Diego 
Téllez, marqués de Villena, y de su hermano 
Juan, conde de Ureña, seguían el partido del Por- 
tugués, porque si no se obraba con energía contra 
los tres jóvenes, dueños de extensos territorios y 
de pingües rentas, y jefes de numerosa caballería, 
eran de temer daños irremediables para el partido 
de D. Fernando. Además, el Maestrazgo de San- 
tiago escaparía para siempre del poder de los ci- 
tados, puesto que, ocupadas por el marqués de 
Villena, Diego Téllez, Ocaña y Uclés, cabezas de 
la Orden de Castilla, y siendo limítrofes todos 
aquellos dominios, suministraban grandes fuer- 
zas al Marqués, apoyado por su primo el maes- 
tre de Calatrava D. Rodrigo. En consecuencia, 
cuatro de los Grandes consagrados á la guerra 
hostilizaban á los dos jóvenes, aunque los pri- 
meros daños fueron para D. Rodrigo que, ade- 
más de los castillos de Andalucía y de orillas del 
Guadiana, junto á la antigua villa de Calatrava, 
bien murados y guarnecidos, ocupaba muchas 
villas como Almagro, Almodóvar del Campo, 
Manzanares, Villarrubia, Daimiel y algunos otros 
lugares, aldeas y poblados, á poca costa obedientes 
al vencedor, y por las cuantiosas sumas produci- 
das por los abundantes pastos de la tierra, muy ca- 
paces de subvenir al sostenimiento de las tropas. 

Estas ventajas dieron alientos á los residentes 
¿,en Ciudad Real para molestar con frecuentes al- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 21 

garadas al joven D. Rodrigo, que continuaba en 
Almagro con escogida caballería. Iba haciéndose 
cada vez más manifiesta la extremada pericia de 
los caudillos veteranos, y apagándose aquel os- 
tentoso arranque del joven D. Rodrigo Girón, 
falto de todas aquellas dotes propias del buen ge- 
neral. Temeroso de los peligros de la inminente 
guerra, se acogió á Ocaña, donde la asistencia de 
su primo Pacheco le ofrecía más seguridad, y dejó 
en guarda de Almagro con gente veterana al va- 
liente adelantado de Cazorla Diego de Castrillo. 
El mucho trabajo que le daba la seguridad de 
la población, por ser sospechosos algunos de los 
vecinos, le dificultaba no poco el atender de 
cuando en cuando al auxilio de otras guarnicio- 
nes; mas conocida la condición de la guerra, de- 
masiado extensa si pretendía acudir adondequiera 
que amenazase el peligro, se limitó á la sola po- 
sesión de Almagro, así porque su más que regu- 
lar amplitud reclamaba gran vigilancia por parte 
de la guarnición, como porque su pérdida parecía 
arrastrar consigo la de toda la campaña. En efecto: 
por estar asentada en el llano y por la falta de 
estacadas ó fosos en derredor, no cuenta más de- 
fensa que el recinto amurallado, si bien es exce- 
lente residencia de los Maestres de Calatrava por 
su situación en el centro de todos los Territorios 
de la Orden, por tener en derredor enrocadas for- 
talezas y por la proximidad á los feraces pastos 
que la enriquecen. Pretendió tomarla el esforzado 
D. Rodrigo, maestre de Santiago, y al frente de 
sus compañeros de armas, castigar duramente ai 
♦enemigo; pero luchando con muchos obstáculos, 



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A. DE FALENCIA 



tuvo que pensar en otros hechos de armas, y en 
corto tiempo logró apoderarse de muchas pobla- 
ciones. Para evitar los perjuicios de la detención 
exigida por un largo cerco, renunció á ponérselo 
al castillo de Almodóvar, contentándose con la 
posesión de la villa. El clavero García de Padilla 
reedificó el de Caracuel, que estaba demolido; y 
el adelantado Rodrigo de Roelas le dió la tenen- 
cia de la fortaleza de Malagón, que se había ren- 
dido espontáneamente. Los capitanes de D. Fer- 
nando se apoderaron de Manzanares, Villarrubia, 
Daimiel y de otros muchos pueblos y aldeas, 
además de gran cantidad de pastos y frutos. 
Creían también segura la toma de las fortalezas 
si, aprovechando el creciente favor de su causa, se 
encargaba de dirigir los cercos D. Alfonso de Ara- 
gón, maestre de la misma Orden de Calatrava, 
que, llamado por repetidos avisos de los cuatro 
caudillos, se daba prisa á acudir á donde le indica- 
ban; mas detenida mucho tiempo su marcha, al 
cabo no pudo obedecer cumplidamente la orden 
de su hermano, que deseaba encargarle con toda 
urgencia del cerco de Burgos. Había alcanzado 
D. Alfonso singular reputación en varios menes- 
teres de la guerra; pero más especialmente en la 
disposición de sitios de fortalezas, y en la toma ó 
en la conservación de la de Burgos se creía con- 
sistir el punto esencial de la campaña. Conocidas, 
pues, las intenciones de D. Alfonso, á la sazón le- 
gítimo Maestre de Calatrava, inclinados á la obe- 
diencia del rey D. Fernando, los cuatro caudillos 
hostiles á los dos primeros, Rodrigo Girón y Diego 
Téllez, se ocuparon en diferentes empresas. Mar- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



23 



chó el maestre de Santiago D. Rodrigo Manri- 
que á tierras de Toledo, dejando en Ciudad Real 
á su hijo Jorge Manrique en auxilio de los ami- 
gos que tenía en la población y de los compañeros 
de armas del clavero García de Padilla, á cuya 
obediencia estaban los pueblos ocupados del 
Maestrazgo de Calatrava. Fernando Ramírez, 
comendador mayor de la Orden, fué al sitio del 
castillo de Belmez, que poco antes había empe- 
zado á combatir, y llevó consigo refuerzos, por 
saber que el enemigo trabajaba por hacer levan- 
tar el cerco. Con la noticia de que los bandos de 
Baeza andaban agitados, pues mientras los parti- 
darios del Marqués de Villena estaban en poses'ón 
de la fortaleza, los amigos de D. Fernando habían 
arrojado de la ciudad á sus contrarios y cómoda- 
mente podían combatirla, marchó allá á toda 
prisa con pretexto de socorrer al corregidor Fer- 
nando de Covarrubias, enviado tiempo atrás por 
la reina D. a Isabel, y cuya autoridad decían mu- 
chos había quedado casi, anulada con los tumul- 
tos de la población. Aprovechándose el Conde de 
buen grado de estos rumores, volvió á Andalucía, 
y á favor de las revueltas, trató de apoderarse de 
la noble ciudad de Baeza, próxima á las tierras 
de su señorío. 

No andaba tampoco remiso D. Rodrigo Manri- 
que, ya más empeñado en recabar para sí el Maes- 
trazgo de la provincia de Castilla. Excitó á su 
yerno Pedro Fajardo, adelantado de Murcia, á que 
ocupase con sus tropas las villas del marquesado 
de Villena, confinantes con sus tierras, y de Ara- 
gón y Valencia hizo acudir á otros valientes capita- 

cxxxiv 3 



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A. DE PALENCIA 



nes, sus amigos, para que combatiesen al joven 
Diego Téllez que, como dije, se había atrevido, á la 
muerte de su padre, á disputarle el Maestrazgo. 
Inmediatamente acudieron los aguerridos infan- 
tes navarros al mando del arrojado Gracián de 
Agramonte, y escogida caballería de aragoneses y 
valencianos, mandada por capitanes tan valientes 
como D. Ladrón, vizconde de Chelva, y Gaspar 
Fabra, fué apoderándose de varias villas del Mar- 
quesado, muchos de cuyos moradores deseaban 
vivamente el exterminio de Diego. Era, por con- 
siguiente, la principal dificultad la toma de las 
fortalezas. Los habitantes de las poblaciones an- 
daban remisos en decidirse por uno ó por otro 
partido, por temor á las futuras venganzas de los 
que ocupaban las fortalezas, y ó resistían floja- 
mente á ios invasores, ó procuraban alejar de las 
guarniciones á los soldados veteranos. Era esto 
para muchos causa de su perdición, porque ya los 
retenes les daban muerte por sospechosos, ya 
eran hechos prisioneros por las tropas de lejanas 
provincias. Entretanto las presas de ganados eran 
abundantes, y el Marqués y su primo D. Rodrigo 
Girón eran impotentes para acudir á tantas par- 
tes con su caballería, inferior á la enemiga en nú- 
mero y en calidad, mientras el esforzado Pedro 
Fajardo ocupaba repentinamente la villa de He- 
llín y otras aldeas, y el más afamado de ios caba- 
lleros valencianos, Gaspar Fabra, no sólo hacía 
destrozos en la provincia con sus incursiones, 
sino que se había atrevido á poner ceico á casti- 
llos muy fortificados, apoyado en el favor de los 
vecinos hostiles á las viejas guarniciones. En poco 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 25 

tiempo se hizo dueño de muchos pueblos del 
marquesado; ocupó á Villena, cabeza del territo- 
rio, y tomó su castillo, que se creía inexpugna- 
ble; por último, se apoderó de Almansa, y con 
asentimiento de sus habitantes, obligó al valiente 
alcaide Gonzalo de Hellín á encerrarse en el for- 
tísimo castillo, y con largo asedio trabajó por que 
aquel Capitán de tan indomable temple se le en- 
tregase. 

Favoreció la suerte su propósito, porque la 
peste atacó tan terriblemente á los guardianes de 
ía fortaleza/que sucumbieron la mujer, los hijos 
y los criados todos del Alcaide, quedando él solo 
para defenderla. Súpolo Gaspar por un compa- 
ñero de armas del Alcaide, al fin también atacado 
de la dolencia, y que, por tanto, á duras penas po- 
día sostenerse en su puesto, ni resistir sino débil 
é inútilmente, y prosiguió con más furia el ata- 
que. Aun viendo exánime el Alcaide al último de 
sus soldados, no dejó de recorrer los puestos ya 
faltos de defensores para morir en ellos peleando; 
pero de nada sirvió la inaudita constancia de aquel 
Capitán, porque la fortaleza fué tomada á escala 
vista por el enemigo. Verdaderamente se tuvo por 
milagroso que habiendo empezado la peste desde 
los primeros días del sitio á diezmar laguarnición, 
respetara á los vecinos de la población, á los asal- 
tantes y á los que después de ocupada la fortaleza 
permanecieron en ella. Otros muchos sucesos di- 
fíciles de contar ocurrieron por entonces, todos en 
• daño del marqués D. Diego, hasta el punto de que 
en corto tiempo perdió 24 villas y otros tantos 
castillos, además de Alcaráz, que desde el princi- 



26 



A. DE FALENCIA 



cipio abandonó su causa, y Baeza y Trujillo, ciu- 
dades ocupadas por su padre, luego vueltas á la 
obediencia del legítimo Rey, y cuyas fortalezas in- 
tentó defender por algún tiempo el Marqués,, 
como se dirá en su lugar. 

Las villas más importantes, ahora obedientes al 
Rey y en otro tiempo ocupadas por Pacheco, eran 
Requena, Utiel, Jumilla, Almansa,San Clemente, 
Chinchilla, Albacete, Iniesta y Villanueva de Al- 
caraz. Ante el fortísimo castillo de esta última se 
estrellaron los esfuerzos de los sitiadores, hasta 
que, secándose repentinamente el manantial, antes 
siempre perenne, se vió obligado á rendirse, cosa 
que se tuvo por milagro. Luego fueron rindién- 
dose por fuerza ó por ardid otros muchos pueblos 
menos importantes, y castillos considerados como 
inexpugnables por su posición y defensas. Así fué 
consumándose la ruina de los dos primos, falsa- 
mente persuadidos de que con sus inmensos te- 
rritorios y sus cuantiosas rentas podrían tras- 
tornar, pervertir, preparar y acometer cuanto les 
viniese en gana. 

Por aquellos mismos días Francisco de Solís, 
alcaide de Magacela, que después de prender ale- 
vosamente á D. Alfonso de Monroy, no se reca- 
taba de llamarse Maestre electo de Alcántara, 
tomó ia fortísima villa de Oguela, de la que sacó 
rico botín, y la dejó guarnecida, prometiendo con 
juramento acudir con tropas en su socorro si el 
enemigo la sitiaba. Aunque envueltos luego en in- 
numerables infortunios, los portugueses reunie- 
ron cuanta caballería pudieron y numeroso peo- 
naje, y pusieron cerco á la villa. Conocido el em- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 2J 

peño del enemigo, Francisco de Solís, falto de me- 
dios para hacer levantar el sitio, trató al menos 
de salvar á sus valientes compañeros de armas, y 
para eilo se puso en marcha en altas horas de la 
noche con 3oo caballos. Para encontrar camino 
por donde los suyos pudieran reunírsele desde la 
villa, no tuvo más recurso que atacar la parte 
del campamento más lejana. Todo resultó á me- 
dida de su deseo, menos la conservación de su 
vida, porque como al oir el estruendo acudiera el 
caudillo portugués Arias Gómez de Silva, lanzán- 
dose al azar uno contra el otro, ambos quedaron 
heridos, el último, pasado el pecho por la lanza 
de Francisco de Silva, y éste con el muslo atra- 
vesado hasta la ingle. Por la oscuridad de la no- 
che y la confusión del combate no pudo conocerse 
la desgracia hasta que, librados ya los compañe- 
ros de armas, el alcaide de Benquerencia Diego 
de Cáceres, tío de Solís, pasó lista después del 
combate á los hombres de armas, y pudo verse 
entonces que era el único que faltaba. Tras pe- 
nosa busca, al cabo un trompeta le encontró aún 
con vida, y cerciorado de que era un amigo, el 
herido le pidió un poco de agua, con lo que, re- 
animado algún tanto, pudo sacársele sigilosa- 
mente de aquellas fragosidades; mas al colocarle 
sobre el lomo de una acémila, expiró. Tristes y 
abatidos regresaron todos, llorando la pérdida de 
la villa y del caudillo. Los portugueses sintieron 
no menos la muerte del suyo; pero sirvióles de al- 
gún consuelo la recuperación de la villa. 



CAPITULO X 



Principal empeño de D. Fernando por el ataque 
de la fortaleza de Burgos. — Nuevas disposicio- 
nes adoptadas en aquellos días por el Comenda- 
dor mayor de Santiago D. Alfonso de Cárde- 
nas en las fronteras de Portugal. 

obpe todos los demás cuidados y noveda- 
des de la guerra preocupaba la posesión 
de Burgos, á que ambos partidos habían 
aplicado su atención y sus esfuerzos, pero más 
especialmente D. Fernando, porque siéndole co- 
nocido el tenaz intento del Rey de Francia por 
apoderarse de la plaza de Fuenterrabía, baluarte 
de Guipúzcoa y frontera de Gascuña, atendía con 
el mayor afán al ataque de la fortaleza de Bur- 
gos. Aguardaba su guarnición el socorro del Rey 
de Portugal; los de la ciudad, por el contrario, 
víctimas de innumerables daños causados por las 
revueltas intestinas y por los continuos combates 
que tenían que sostener con los soldados de la 
fortaleza, temían nuevos y más terribles desas- 
tres si el rey D. Fernando fracasaba en su em- 
presa. Miraban, por tanto, con satisfacción la pre- 
sencia del Rey y la consideraban como consuelo 
y amparo extraordinario; así que le asistían de 




3o 



A. DE PAI. ENCIA 



día y de noche; le facilitaban cuantos recursos 
tenían; con la mayor diligencia preparaban me- 
dios de ataque; espontáneamente se dedicaban los 
más alentados á trabajar en las trincheras y esta- 
cadas del cerco; todos, hasta los más ancianos, 
resistían con ánimo sereno las salidas del enemigo 
y con gran entereza censuraban la maldad y las 
astucias de los Grandes del séquito del Rey que 
se burlaban de los esfuerzos de los leales y en- 
viaban secretos agentes á los enemigos para alen- 
tarlos á continuar la resistencia. Como cabeza de 
estos perversos se consideraba al Condestable 
D. Pedro de Velasco, conde de Haro, á quien el 
apuro de la guarnición encerrada en la fortaleza 
daba esperanzas de arrogarse su posesión, persua- 
dido de que el antiguo favor de los burgaleses á 
su padre, le granjearía también su cariño y con 
él la proporción de quedar dueño de la ciudad. 
Encontraba, sin embargo, un rival en el conde 
de Treviño D. Pedro Manrique, su pariente y su 
enemigo, que ya de antes había atraído á su par- 
tido al adelantado de Castilla Pedro López de 
Padilla, y aunque sus padres habían favorecido á 
la Casa de Velasco, el trastorno de las cosas ha- 
bía torcido las voluntades, exacerbándolas des- 
pués del choque de ambos bandos en Vizcaya, 
según referí. La misma rivalidad subsistía en la 
cuestión acerca de Burgos. Pretendía el de Haro 
ser fautoryguía de los disidentes, con doble juego, 
mostrándose asiduo servidor del Rey y dándose 
al mismo tiempo por único libertador de la guar- 
nición sitiada. Indignábale tal conducta al Conde 
de Treviño, y por medio del adelantado Pedro 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 3l 

López de Padilla, su fiel compañero de armas, 
deshacía hábilmente todas aquellas maquinacio- 
nes del de Haro, fingiendo á veces que si alguno 
iba contra el honor del Rey y el éxito feliz de la 
empresa, él todo lo posponía á estos fines. Este 
astuto fingimiento de laudables propósitos no 
consiguió tener oculto mucho tiempo lo que se 
maquinaba, porque todas las secretas intenciones 
de uno y otro bando llegaron á hacerse bien mani- 
fiestas. Lo mismo el Conde de Haro que el de Tre- 
viño aparecieron trabajando en su provecho, sin 
cuidarse para nada del interés de la Corona. El 
Rey disimuló por entonces y se dedicó con más 
ahinco á estrechar el cerco de la fortaleza. Día y 
noche permanecía armado, sirviendo así de ejem- 
plo á todos los demás caballeros, ansiosos de rendir 
la fortaleza; pero como dominabaá la ciudad, y los 
sitiados disponían de un pozo profundo y de abun- 
dante agua para sus necesidades, se acordó des- 
viarla por medio de minas, para ahorrar con un 
solo esfuerzo muchos percances del sitio. Con 
este empeño, el Rey no empleaba toda la demás 
artillería y máquinas de guerra sino en cuanto 
servía para ir rodeando la fortaleza con trinchera 
y estacada, rechazar las acostumbradas salidas 
de los que desde ella amenazaban, ó impedir que 
les entrasen socorros por el postigo. Rodeóse con 
doble foso el cerro, principalmente por la parte 
que daba al campo; estableciéronse retenes y se 
asentaron en derredor puestos fortificados, uno de 
ellos encomendado á la pericia del Conde de Haro. 
Disposición fué ésta poco acertada, porque el 
Conde maquinaba planes sobre planes, y agitado 



32 



A. DE PALENCIA 



su ánimo por varios cuidados, ni deseaba estrechar 
demasiado á la guarnición enemiga, ni levantar 
el cerco, confiando en que la dilación podría pro- 
curarle alguna ventaja. Valiéndose de confidentes, 
partícipes de sus perversos designios, infundió 
alientos á los cercados y robusteció sus fuerzas 
con nutritivos alimentos que les llevaban aque- 
llos satélites por las minas practicadas para el 
sitio, y que, partiendo del puesto del Conde, iban 
á dar á otras que salían de la fortaleza, de modo 
que muy pocos conocían la estratagema. No obs- 
tante, por algunos indicios se sospechó primero 
y al cabo llegó á saberse la traición, siendo con- 
denados á muerte los culpables y sufriendo entre 
otros, dos mujeres, duro castigo. 

El Rey fingió no haberse apercibido de la mal- 
dad del Conde, con cuyo permiso ó por cuya or- 
den se perpetrara, y mandó llamar á su hermano 
D. Alfonso de Aragón, de gran pericia militar, y 
en cuya destreza para cercos de castillos tenía 
completísima confianza. Entre tanto día y noche 
visitaba á menudo los puestos, atendía hábil y 
oportunamente á todas las necesidades del sitio y 
en el recinto más extenso de los fosos rechazaba las 
salidas del enemigo y los socorros que intentaba 
traerle el rey D. Alfonso. Así los portugueses to- 
dos como D. Fernando daban extraordinaria im- 
portancia á este empeño, y aunque por diversos 
conceptos, de su resultado estaba pendiente la 
atención de uno y otro campo. 

Hasta en Andalucía, cualquiera falsa noticia dei 
sitio bastaba para levantar ó abatir los ánimos de 
los caballeros de este ó del otro partido. Cuando 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



33 



los de Sevilla comprendieron que la rivalidad del 
conde de Feria Gómez Suárez de Figueroa y de Al- 
fonso de Cárdenas, con sus recíprocas hostilidades 
amenazaba con cruel guerra á sus pueblos, resol- 
vieron enviar comisionados á intentar algún medio 
de conciliación. Para ello, y por indicaciones del 
duque de Medina Sidonia D. Enrique de Guzmán, 
nos eligieron al doctor Antonio Rodríguez de Lillo 
y á mi, con encargo de visitar primero al comen- 
dador D. Alfonso de Cárdenas para penetrar sus 
intenciones, y dirigirnos luego á Badajoz á hablar 
al Conde de Feria antes del término de las tre- 
guas que trataríamos al menos de prorrogar. En 
Segura nos avistamos con el Comendador, hom- 
bre de extremada astucia y experiencia, que ase- 
guró al Doctor, mi compañero, no desviarse ja- 
más del camino que nuestras razones le trazaban, 
por serle muy gratos todos los partidos que ai 
cabo le habíamos propuesto. No dejé de compren- 
der que las falaces palabras del de Cárdenas ha- 
bían engañado á mi colega, y trabajé por sacarle 
del error; pero no logrando convencerle, segui- 
mos nuestro camino, conociendo bien pronto 
los indicios del fraude, porque en Zafra vimos 
cómo maltrataban á 4os de la villa con sus in- 
cursiones algunos portugueses, á pesar de las 
treguas concertadas. Habíalos puesto por guarda 
de la fortaleza de los Santos, tiempo atrás le- 
vantada por el Maestre Pacheco, su hijo Pedro 
Portocarrero, yerno del comendador Cárdenas, y, 
según descubrieron luego los sucesos, había entre 
ambos pacto secreto para aparentar opuestos pro- 
pósitos, lanzarse recíprocas acusaciones, y figu- 



34 



A. DE PALENCTA 



rando el yerno en el partido del Portugués y el 
suegro en el de D. Fernando, hallar en ellos uno 
y otro defensa de sus inculpaciones. De esto resul- 
taban daños considerables para el Conde de Feria, 
pues el castillo de los Santos dominaba sobre la 
villa de Zafra, y en aquellos días las de los alre- 
dedores, hostiles al Comendador, como aquélla, 
Fuente el Maestre y otras varias, y muchas aldeas, 
sufrían grandes destrozos á causa de las frecuen- 
tes entradas de enemigos, y cuando se empeñaban 
escaramuzas entre la caballería y los soldados 
que se la oponían, unos aclamaban á D. Alfonso 
y otros á D. F'ernando. Trataba Alfonso de Cár- 
denas de disculpar esta pérfida conducta, acha- 
cándola á ligereza de su joven yerno; pero en 
cambio no temía firmar por él conciertos de tre- 
guas. Empleando esta criminal astucia, no con- 
cluidas aún las primeras treguas, y sin tener en 
nada las prorrogadas, Pedro Portocarrero recogió 
i3o caballos de la villa de Jerez de los Caballeros 
y de otras guarniciones, aparentando objeto di- 
verso del que se proponía y que iba á mandar 
aquella fuerza reunida á su ruego. Cuando co- 
noció que podían talarse las villas despreveni- 
das del Conde de Feria, se encaminó con grueso 
botín hacia la fortaleza de los Santos, creyendo no 
encontrar enemigos, por hallarse el Conde en 
las cercanías de Badajoz ocupado en rechazar á 
los portugueses fronterizos. Mas cuando cami- 
naba con su presa, Pedro Ponce de León, amigo 
del Conde, avisado por un diligente mensajero, 
sacó de Fuente el Maestre unos 20 caballos y 60 
infantes, y rápidamente se atravesó en el camino 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



35 



con aquel pelotón desordenado ante los confiados 
ladrones. El combate les fué funesto, pues la caba- 
llería de Portocarrero perdió 10 hombres, unos 3o 
cayeron prisioneros, y el resto, abandonando el 
botín, á duras penas logró acogerse con su jefe 
al castillo de los Santos. Presenciamos el com- 
bate, y cuando nos reunimos en Badajoz, el conde 
de Feria nos descubrió cuán pérfidamente Alfonso 
de Cárdenas en aquella ocasión yen otras muchas 
había roto los pactos concertados. Nosotros tra- 
tamos de excusarle, alegando su ignorancia de la 
maldad del yerno, y le dimos cuenta de los recien- 
tes tratos y de la prórroga de las treguas. El se 
mostró satisfecho de nuestro encargo, y confirmó 
lo que habíamos tratado. Nosotros nos volvimos 
á dar cuenta de los pactos concluidos, muy con- 
tentos por creer que habíamos aplacado el encono 
de los dos proceres; pero nos enteramos de que el 
culpable de la ruptura de la alianza era el de Cár- 
denas, el cual, mientras caminábamos por aque- 
llas soledades, había recogido de las guarniciones 
y de sus auxiliares 800 lanzas y muchos peones 
para atacar el castillo de Ribera. A nuestras acu- 
saciones de su perfidia y de la injuria que nos ha- 
bía inferido, no sólo respondió con fútiles descar- 
gos, sino que quiso envolvernos en su delito ó rete- 
nernos violentamente, para dar á entender á las 
tropas que aprobábamos lo que se hacía. Tras lar- 
gas discusiones, apelamos á la cautela, y fingiendo 
acceder á lo que se pretendía, nos volvimos á Se- 
villa por distinto camino. 

El comendador Cárdenas con sus gentes de 
guerra marchó á combatir el castillo de Ribera; y 



36 



A. DE PALF.NC A. 



«i Conde de Feria, empeñado en su campaña de 
Portugal, cuando supo que no había logrado to- 
marle, consiguió poner término á las disensiones 
saliéndose de otros agentes y concertando otros 
pactos. 



LIBRO XXIV 



CAPÍTULO PRIMERO 



Ataque y ocupación de Santa María la Blanca, — 
Muerte de muchos portugueses en la frontera de 
aquel reino. — Arribo de cuatro galeras al 
Guadalquivir. 

i multa nea men te , mientras permanecía 
indeciso el triunfo de cada uno de los 
Reyes, crecía por todas las provincias de 
Castilla y León la audacia de los delincuentes y 
se suscitaban numerosos tumultos para extender 
por todas partes la tiranía. Viendo arder en gue- 
rras los territorios todos del occidente de la Pe- 
nínsula, acogíanse con gozo ocasiones de tantas 
revueltas para la perpetración de toda suerte de 
crímenes. Ninguno de los Grandes seguía con en- 
tera lealtad la causa de D. Fernando, por lo que 
por todas partes tropezaba con riesgos difíciles de 
salvar. Corría voz de la inmediata llegada del rey 
Luis de Francia con numeroso ejército, no sólo á 
favorecer al Portugués, sino á someter por la 
fuerza ó por concierto á los vascongados, en vir- 
tud de antiguo pacto hecho con D. Alfonso. Ade- 




38 



A. DE PA LEN'CIA 



más, decíase con insistencia que éste acudía en 
socorro de ios sitiados en Burgos. Preocupado don 
Fernando con estos rumores, trataba á toda costa 
de librarse del peso del sitio, con tal de conseguir 
su principal intento; pero conoció que en vano 
era confiar en las minas, en la artillería y en las 
demás máquinas de guerra mientras no se des- 
alojase al enemigo de la ermita de Santa María la 
Blanca. Fuerza no despreciable, destacada de la 
guarnición del castillo, ocupaba el templo, y desde 
la altura en que está asentado causaba grandes 
daños á las tropas de D. Fernando. Convencido de 
que en la toma de la ermita estribaba el punto 
capital del empeño, se resolvió á combatirla, y el 
primero de Septiembre gran número de valientes 
soldados emprendieron la subida, defendida tenaz- 
mente por el enemigo desde las murallas más altas 
del castillo y desde la barbacana que de antiguo ro- 
deaba la iglesia, con los tiros de espingarda y una 
lluvia de saetas, piedras y balas. Entre los prime- 
ros cayeron mortalmente heridos dos esforzados 
jóvenes: el siciliano Galcerán de Santa Paz, ga- 
llardo mancebo de arrogante estatura y ánimo 
arrojado, y Pedro Boyl, noble valenciano, de no 
menos alientos que aquél, y ambos estimadísimos 
de D. Fernando. Al verlos caer atravesados por 
los tiros de espingarda, montó en cólera y em- 
prendió arrojadamente la subida, presentando 
el pecho resguardado con el escudo de la nube de 
venablos y de balas que llevaban la muerte aun á 
través de la defensa de las armaduras. Los que 
comprendieron el horrendo peligro que corría, se 
arrojaron á sus pies y le suplicaron con la mayor 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



39 



angustia que no expusiese á los miserables rei- 
nos á quedar huérfanos de su verdadero amparo^ 
puesto que todos veían en tan noble monarca la 
única esperanza para la restauración de Castilla. 
Siguió avanzando, á pesar de todo, el intrépido 
mancebo, é impulsado por su cólera, dejó muy 
atrás á la mayor parte de los asaltantes. Enton- 
ces todos, con desprecio de la vida, se lanzaron á 
la altura en apretado haz para adelantarse al Rey 
y tomar la posición antes que él se acercase. 

Increíble parece lo rápidamente que siguió el 
consuelo á la angustia, cuando de improviso se 
apoderó el terror de todos aquellos defensores que 
al principio habían hecho tenaz resistencia. Al solo 
aviso de la llegada de D. Fernando, abandonaron, 
llenos de espanto, la ermita bien defendida con 
trincheras y artillería, y se acogieron á la forta- 
leza. Inmediatamente ocuparon los de D. Fer- 
nando el templo, reduciendo á los enemigos á ex- 
tremo apuro, imposibilitados ya en adelante de 
hallar espacio conveniente para sus salidas, 
porque, rodeado completamente el castillo con 
trinchera y estacada, nadie podía salir sin riesgo. 
La toma de la ermita causó tanto regocijo á los 
sitiadores como pesar á los portugueses, y des- 
pués el enemigo empezó á suscitar por todas par- 
tes nuevos movimientos de guerra, á fin de anu- 
lar ó adormecer el brío del prolongado asedio con 
los rumores de frecuentes incursiones. 

Con tal objeto, los portugueses que habían pe- 
leado algunas veces con desgracia contra los veci- 
nos de Badajoz, resolvieron invadir otros lugares, 
en su entender peor custodiados, y con unos 200 



cxxxiv 



4 



40 



DE FALENCIA 



caballos y 800 infantes atacaron á Villanueva de 
Barcarrota, confiados en que, por ser ellos tantos 
y tan escaso el vecindario, les sería fácil ocuparla. 
No fué así, sin embargo, y entonces se apoderaron 
de cuanto ganado pudieron, y haciendo prisione- 
ros á todos los hombres que encontraron por ios 
campos, regresaron cantando victoria con tan con- 
siderable presa. Violo el esforzado y aguerrido al- 
caide de Villanueva Fernán Gómez de Solís, y 
conmovido por los lamentos de la angustiada 
plebe que quedaba reducida á la miseria, los 
animó á la persecución del enemigo, á quien lo 
enorme del botín obligaba á caminar lentamente. 
Púsose el Alcaide al frente de 5o caballos, y como 
conocía perfectamente los caminos, mandó á los 
peones que siguiesen el rastro de los portugueses 
mientras él se adelantaba á escaramucear con la 
vanguardia, seguro de vencerlos con ligero com- 
bate si los encontraba desordenados y esparcidos 
por el camino, porque sabía cuán poco diestros 
eran en los encuentros de la caballería. No se en- 
gañó en su cálculo al perseguirlos, y contra la 
opinión de ios que suponían á los portugueses 
marchando en completa seguridad, muchos de és- 
tos cayeron sin vida á la primera embestida de 
los castellanos que les fueron al alcance, sin per- 
der ellos un solo hombre. Los peones de la villa 
alcanzaron también á la numerosa infantería ene- 
miga que conducía los rebaños robados, y con 
igual fortuna la destrozaron y pusieron en fuga, 
dando muerte á i3o, y recobrando toda la presa, 
con sólo la pérdida de tres ó cuatro hombres. 
Mezclóse con la gran alegría de los vencedores el 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 41 

llanto y los lamentos de una mujer por la pérdida 
de su único hijo, muerto en la refriega. En medio 
de su dolor, dijo con cierta satisfacción que no 
quería turbar la gloria de todos sus convecinos 
con sus quejas, pues al fin había dado vida á un 
hijo cuyo valor había sido útilísimo á la patria 
hasta el último aliento. 

Por aquellos días arribaron al Guadalquivir 
cuatro galeras procedentes de las costas de Valen- 
cia. Dos de ellas gobernaba Alvaro de Nava, y 
otras dos, del Conde de Pradés, venían respecti- 
vamente á cargo de los capitanes Andrés Sonier 
y Juanoto Boscar, aunque el rey D, Fernando las 
puso todas al mando del primero, así por su no- 
ble estirpe como por su excelente conducta y su 
práctica en navegar. Además le encomendó la 
guarda de las costas, porque los portugueses ha- 
cían considerables daños por las de Andalucía. 



CAPÍTULO II 



Prisión del Conde de Benavente. — Incursiones de 
ios de Olmedo. — Muerte de Gonzalo de Saa- 
vedra. 

on la noticia de que el Portugués se dis- 
ponía á socorrer á la guarnición ence- 
rrada en el castillo de Burgos, la reina 
D. a Isabel reunió cuantas lanzas pudo á fin de 
enviárselas á su¡amado consorte, con lo cual, no 
sólo evitaría que la superioridad numérica del 
enemigo le diese el triunfo, arrebatando á D. Fer- 
nando el fruto de largos trabajos, sino que, apenas 
tuviese £viso de alguna expedición de los portu- 
gueses, los acometería por retaguardia y los deten- 
dría en el camino. Para el mejor arreglo de la em- 
presa, pareció el lugar más oportuno Palencia, 
porque desde allí quedaba paso libre á Burgos 
por las villas intermedias de Torquemada, Palen- 
zuela, Pampliega y el castillo de Caura, por bajo 
de Muñón, sin temor alguno á celadas del ene- 
migo. 

Permanecía en Arévalo el Rey de Portugal sin 
resolverse á condescender con los ruegos de la 
condesa de Plasencia D. a Leonor Pimentel, que 




44 



A. DE PALENCIA 



incesantemente le pedía hasta con lágrimas soco- 
rro para los sitiados en el castillo de Burgos, re- 
ducidos á la última extremidad, blanco de los 
tiros de multitud de máquinas de guerra, y tan 
estrechados por las minas y la artillería, que si 
poderosamente no acudía á librarlos de manos 
del feroz enemigo, era segura para el nombre 
portugués la pérdida de su antigua fama y glo- 
ria, preferida por el Conde á la de otros Prínci- 
pes, por creer que mientras viviese tan excelso 
defensor no padecería el menor menoscabo. 

Aparentó D. Alfonso haberle convencido las 
razones y las súplicas de la Condesa, y con el 
parecer del Arzobispo de Toledo, mandó dispo- 
ner á toda prisa una expedición para socorrer á 
los sitiados, á fin de calmar algún tanto con los 
aprestos de marcha el afán de D. a Leonor y miti- 
gar el pesar que la había causado ver salir de su 
poder á la doncella y supuesta reina D. a Juana. 
Así ella como su marido se habían lisonjeado de 
manejar las cosas á su antojo y retener á la joven 
en su tutela hasta el término feliz de la campaña, 
como prenda acreedora de extraordinario agrade- 
cimiento. Mas decayeron sus esperanzas al ver el 
giro tan contrario de los sucesos, pues si el Rey de 
Portugal, olvidado de sí y de los suyos, no acudía 
al peligro de Burgos, ya nada les faltaría que per- 
der. Por el contrario, si ponía empeño en atender á 
este apuro, el pesar del primer contratiempo po- 
dría en gran parte mitigarse. En resolución se acor- 
dó marchar á Peñafiel, villa del conde de Ureña,en 
la proximidad del Dueratón, no lejos del puente 
sobre el Duero. Por orden de la Reina quedó al 



CRÓNICA DE ENBIQUE IV 



4 5 



frente de la guarnición de Olmedo D. Juan de 
Silva, conde de Cifuentes, que muchas veces ha- 
bía rechazado las incursiones con que los portu- 
gueses procedentes de Arévalo molestaban á los de 
Olmedo mientras el rey D. Alfonso permaneció en 
aquella villa. Mas como una vez, movido por su 
natural impetuosidad, saliese á pelear con los 
portugueses, estuvo á punto de caer en manos de 
la multitud enemiga que le cortó el paso y le 
mató algunos hombres de armas, mientras ellos, 
si bien sufrieron algunas pérdidas, regresaron á 
Arévalo orgullosos de su triunfo. 

Casi por los mismos días dispuso D. a Isabel, á la 
sazón en esta villa, que el almirante D. Alfonso 
Enríquez, con unos 200 caballos, marchase á Pa- 
lenzuela, y que otras fuerzas respetables de caba- 
llería, al mando de varios capitanes, se repartiesen 
por diferentes puntos á fin de acudir con presteza 
á atajar el paso al enemigo (si intentara socorrer á 
los cercados del castillo de Burgos), ó de reunirse 
por otro camino con el rey don Fernando. Tenía 
éste cerca de 4.000 peones vascongados escogidos, 
y había reunido, entre los nobles más de su inti- 
midad, unas 5oo lanzas; con lo que no le parecía 
temible la llegada del Portugués con 1 .800 caballos, 
siempre que su caballería se aumentase hasta po- 
der oponer 1.200 lanzas al enemigo, con quien 
quería entrar en campal batalla si osaba acercarse. 
La Reina había provisto ampliamente á la nece- 
sidad, porque, deseando que su marido fuese su- 
perior en número yen esfuerzo, le envió i.3oo 
caballos muy singulares. De ellos, y por orden de 
la Reina, llevó el conde de Benavente D. Rodrigo 



4 Ó 



A. DE PALENC1 A 



Pimentel i5o á Baltanás, villa situada entre Duero 
y Pisuerga, al pie de los escarpados cerros del pe- 
queño territorio llamado Cerratina por los natu- 
rales. Mas en esta ocasión el Conde se mostró 
poco previsor y muy confiado, pues sabiendo que 
el Rey de Portugal se aproximaba, descansó en la 
diligencia de su hermano D. Juan Pimentel y de 
algunos amigos que permanecían con D. Alfonso, 
á los que había adelantado alguna descubierta, y 
entretanto no tuvo recelo de arrostrar cualquier 
peligro dentro de Baltanás, sin considerar la inse- 
guridad de un lugar tan falto de obras de defensa 
naturales ó artificiales. Con mayor seguridad que 
tras aquellas tapias de tierra, desprovistas de 
toda defensa, hubiera aguardado el combate en 
campo abierto cualquier capitán de mediana pe- 
ricia. 

El Portugués burló á los corredores, y el 17 de 
Septiembre de 1475, á media noche, aparentando 
llevar el ejército hacia Burgos, torció el camino, 
y al amanecer cayó de repente sobre Baltanás. 
Defendióse el Conde tenazmente ante las puertas; 
pero aquel puñado de hombres no pudo resistir 
mucho tiempo á la muchedumbre enemiga, y 
después de caer heridos muchos por ambas par- 
tes, tuvo el Conde que acogerse con los suyos á 
los escondrijos de cierto templo, refugio de los 
habitantes contra las repentinas incursiones de 
los salteadores (1 ). 



(1) Los textos no ofrecen sentido bastaate claro en 
esta última línea. Se ha procurado dar la traducción más 

probable. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



47 



Admiración causaría el temerario valor del 
Conde de Benavente y de sus capitanes si se 
quisiera describir por extenso. No fué menor el 
empuje de los portugueses en cuanto la presencia 
del Rey indicó que se había trabado combate. El 
Arzobispo de Toledo reavivó en él el odio conce- 
bido contra el Conde en Portillo en los días del 
rey D. Alfonso, hermano de Enrique IV, y ex- 
citó á los suyos ai ataque, de modo que el nú- 
mero muy superior de sus tropas abrumase á 
aquel puñado de combatientes, aunque animados 
de igual valor. A los unos se les hacían intolera- 
bles los trabajos; á los otros amenazaba cada vez 
más terrible peligro, como quebrantados y aterra- 
dos con las heridas y muertes de sus compañe- 
ros. Cayeron primero dos de los principales, y el 
Portugués aconsejó al de Benavente, ya rendido 
de fatiga, que no se lanzase él y lanzase á los su- 
yos al último trance, y tratara de salvar su vida 
pidiendo la rendición. Aceptó él la libertad y re- 
nunció á los despojos cogidos en la guerra, á 
trueque de que su gente pudiera marchar adon- 
de quisiera. El Rey confirmó la capitulación, 
pero á i5o de los más escogidos caballeros del de 
Benavente se les despojó de todo, excepto de la 
vida, y el Conde fué llevado prisionero á Peña- 
fiel. A poco de caer en manos del enemigo, apare- 
ció á lo lejos un pelotón de caballería escogida 
que la reina D. a Isabel enviaba en socorro del 
de Benavente. Los nuestros hubieran acometido 
de buena gana á los portugueses si hubiesen 
detenido algún tanto la marcha, pero D. Alfonso 
no quiso trabar nuevo encuentro, y como los 



4 8 



A. DE PAL ENCIA 



castellanos estaban rendidos de fatiga por la larga 
jornada desde Patencia, de donde habían salido á 
escape á socorrer al Conde á la primera noticia 
de su prisión, dejaron de provocar á batalla á 
los enemigos, que la esquivaban. Dícese que el 
Portugués consideró criminal la conducta del de 
Benavente porque, no sólo había abrazado su 
partido, sino que para la paga de las tropas ha- 
bía recibido grandes cantidades, y que D. Ro- 
drigo había contestado que al engañar él á un 
Rey extranjero que tan injusta empresa promo- 
vía, obraba más dignamente que él al acusarle de 
tal nota, principalmente habiendo violado poco 
hacía ios pactos de la rendición. 

De estas controversias no tengo, sin embargo, 
seguridad absoluta. En boca del vulgo corrieron 
diferentes rumores de censura y recriminación, 
de los que protesto no fui autor. Sólo afirmo 
que, satisfecho el Portugués con la prisión del 
Conde, retrocedió sin haber llevado socorro al- 
guno á los cercados del castillo de Burgos. Aca- 
rreó esta conducta tanta ignominia al Portugués 
como nueva fama granjeó al Conde, antes sospe- 
choso al rey D. Fernando, no pudiendo persua- 
dirse el vulgo de que hubiese seguido sus bande- 
ras sino por orden de D. Alfonso. 

Por este tiempo ocurrió un suceso desgraciado 
para la causa portuguesa. Había escogido aquel 
Rey para suscitar novedades en Andalucía á Gon- 
zalo de Saavedra, comendador de Montalbán, 
hombre de bandería, astuto y consumado maes- 
tro de intrigas, con el propósito de apoderarse de 
la opinión vacilante de muchos andaluces, y en 



CKÓMCA DE ENRIQUE IV 



49 



especial para ganar á la causa portuguesa á su 
yerno Alfonso de Guzmán, por aquellos días 
dueñodeCantillana; para corromper abiertamente 
á su hijo Fernán Arias, que fingía obediencia á 
D. Fernando con toda la familia de ios Saavedras, 
y para trastornarlo todo en favor del partido de 
D. Alfonso. No parecía dudoso que lograría ha- 
cérsele abrazar á muchos de los magnates anda- 
luces; pero como el Comendador, muy molestado 
de la gota, no podía acudir prontamente adonde 
deseaba, obtuvo de las guarniciones que D. Fer- 
nando tenía en aquellos contornos seguro para 
caminar, y viéndose dueño de dirigirse adonde 
quisiese, emprendió lentamente la marcha con es- 
caso acompañamiento y pesado fardaje, como si 
no tuviese que temer hostilidad alguna. Mas dió 
la casualidad de que diez soldados de á caballo 
que vivían del pillaje, pertenecientes á la nueva 
guarnición de la fortaleza de Velasco Vélez, por 
aquellos días construida, se entregaban á la sazón 
á su acostumbrado merodeo. No tenía el anciano 
Comendador noticia alguna de esta guarnición, y 
para descansar de su extremada fatiga, se hos- 
pedó en un rústico albergue. Cuéntase que cierta 
mujer que desde allí se dirigía á una aldea dis- 
tante cayó en manos de aquellos ladrones, y al 
quererla despojar del vestido, empezó á lamen- 
tarse amargamente, suplicándoles se compadecie- 
sen de una miserable que sólo tenía aquella ropa, 
y si deseaban apoderarse de otras de más valor, 
entrasen á saco en la posada donde se albergaba 
el riquísimo anciano. Logró convencerles, y bien 
pronto, en la primera acometida, encontrándole 



5o 



A. DE PALENCIA 



débil, enfermo y abandonado de sus gentes ocupa- 
das en el cuidado de las cabalgaduras, le hirieron 
gravemente á lanzazos y le dejaron medio muerto 
después de robarle cuanto tenía. En el registro 
del rico bagaje encontraron cartas del Rey de 
-Portugal y se las enviaron á la reina D. a Isabel. 
Con gran trabajo pudieron los despojados cria- 
dos del Comendador llevarle á la aldea más pró- 
xima, y desde allí avisaron la desgracia á su 
yerno, noble caballero partidario de D. Fernando, 
Gonzalo de Avila, que trasladó al herido á To- 
rralba, donde á pocos días murió el infeliz an- 
ciano. 

Creí deber hacer aquí mención del suceso por 
cuanto ambos partidos le concedieron impor- 
tancia. 




CAPITULO III 

Sucesos ocurridos en Andalucía y en las fronteras- 
de Portugal. — Expediciones terrestres y marí- 
timas. 

urbaron la alegría de los portugueses 
por la prisión del Conde deBenavente los 
fracasos de aquellos días en sus expedi- 
ciones por tierra y por mar. El continuado favor 
de la fortuna y, sobre todo, las inmensas riquezas 
adquiridas en sus felices empresas marítimas, les 
habían hecho creer que podrían dominar á su an- 
tojo en las costas occidentales. Por sus frecuentes 
navegaciones por el Mediodía se habían erigido en 
señores del litoral etiópico, hasta el punto de que 
á cuantos castellanos se encontraban por aque- 
llos mares sin permiso del rey D. Alfonso, los ha- 
cían morir entre atroces tormentos. Convertían: 
en soberbia pompa los tesoros acumulados con la 
presa de cautivos etíopes y el cambio de viles 
mercancías por pimienta y oro; y con la jactancia 
de haber vuelto las más veces á su casa con gran- 
des riquezas y hecho á su patria, antes pobre, 
opulenta y gloriosa, se arrogaban un predominio 
intolerable. Poseídos de tal orgullo, diéronse al 




52 



A. DE P A LE N CIA 



comienzo de ia guerra á correr las costas de An- 
dalucía y de Cádiz apresando barcos pesqueros y 
de mercaderes, sin que pudiese oponérseles resis- 
tencia por falta de embarcaciones, hasta la llegada 
al Guadalquivir de las cuatro galeras ya mencio- 
nadas. Ya antes, sin embargo, tres ó cuatro pes- 
cadores de Palos, curtidos en las cosas del mar, 
habían refrenado la ferocidad portuguesa apre- 
sándoles muchas embarcaciones al regreso de 
Etiopía, dando muerte á la tripulación y apode- 
rándose de las mercaderías, esclavos y esclavas 
que traían. Ya opulentos con las ajenas rique- 
zas, jamás esquivaron el combate, aun contra 
enemigos superiores, porque ei cambiode fortuna, 
favorable á los andaluces, no había dejado á los 
marinos portugueses más esperanza que la suerte 
del pirata Alvar Méndez, á cuya crueldad sólo es- 
capaban sus portugueses. La noticia del arribo de 
fas galeras á la desembocadura del Guadalquivir 
le hizo temblar, y ya no se atrevió á molestar á 
los nuestros, limitándose á apoderarse de las em- 
barcaciones que por los ríos navegaban. 

Había dado D. Fernando el mando de la ar- 
mada contra los portugueses á Alvaro de Nava, 
y deseando él mostrarse digno de la recompensa 
asignada para algún notable hecho de armas, en- 
tró el 6 de Octubre de 1475 por la desembocadura 
del Guadiana hasta la villa de Alcantín, y al 
frente de los soldados de las naves, acometió re- 
pentinamente á los desprevenidos habitantes» 
Floja fué la resistencia ante las puertas de la villa, 
y poco se aprovecharon tampoco de las murallas 
ni de las defensas naturales, porque, no acostum- 



CRÓNICA DS ENRIQUE IV 



53 



brados los portugueses á habérselas con gente 
aguerrida, peleaban con valor muy desigual al de 
sus contrarios. Al cabo, abandonando sus mora- 
das, sus mujeres é hijos, se acogieron á la forta- 
leza que domina la villa. Si los nuestros la hu- 
biesen combatido, no hubiera tardado en caer en 
su poder; pero, ávidos de botín, la dejaron incó- 
lume, y se dedicaron á transportar á las embar- 
caciones robadas el producto del saqueo. Un solo 
hombre perdieron en la refriega, y diez los de la 
villa. Desde aquel día se rechazaron con más vi- 
gor desde nuestras costas las acometidas del ene- 
migo. 

Todavía sufrieron mayor descalabro los portu- 
gueses en la correría que intentaron tres días des- 
pués entrando con i5o caballos y 5oo peones man- 
dados por Luis Freile y Vicente Ximoez por las 
aldeas limítrofes de tierra de Sevilla, desguarneci- 
das y mal fortificadas, con el fin de saquearlas. Con 
gran ímpetu atacaron las de Encinasola y Cum- 
bres de San Bartolomé, y se llevaron cerca de 700 
bueyes y 4.000 cabezas de ganado lanar, de cerda 
y cabrío, además de algunos moradores prisioneros 
que tuvieron que abandonar al cabo, por atender 
á los rebaños que huían á menudo á la querencia 
de sus pastos. Lo largo del camino y los obstácu- 
los que le entorpecían retrasaron tanto la marcha, 
que ios amigos de los despojados tuvieron tiempo 
de percibir sus clamores, y tocando á rebato en 
Fregenal, presidiada por caballería del valiente y 
aguerrido Ñuño de Esquivel, salió á escape con 
ella hacia la fortaleza de Nodar para juntarse con 
los peones que de todas partes iban acudiendo á 



D4 



A. DE PALENCIA 



fin de cortar el paso ó seguir el rastro al enemigo. 
Los que conocían ei terreno pensaron que, dada 
la naturaleza de los bosques, no pasaría muy lejos 
de allí y se acercaría á Nodar. Así sucedió, pues 
al tiempo que Ñuño reunía en la fortaleza unos 
treinta caballos, supo que Juan de Peón y Cera- 
sib Gallegos, nobles caballeros sevillanos que for- 
maban parte de la guarnición, se habían adelan- 
tado con el caudillo de Encinasola Alfonso de 
Jerez, para seguir el rastro, picar la retaguardia 
del enemigo, detener su marcha y hacer lo posi- 
ble por volver los ganados á sus tierras. Acudie- 
ron allí los nobles y esforzados caballeros Diego 
Mejía, Juan de Silva, Comendador de Oliva, Suero 
de Ayala y Gonzalo de Vargas, con 14 lanzas que, 
unidas al pelotón de 3oo infantes procedentes del 
lejano Fregenal, esforzaron los ánimos para lan- 
zarse alegremente en persecución de los por- 
tugueses. A 21 millas de Fregenal ya lograron 
verlos detenidos en su marcha por los prime- 
ros que les salieron al encuentro. Extendíase 
allí una dilatada llanura, el campo de las Damas, 
á la falda del monte Mortigón, cerca de Magalia 
plana. Cuando el enemigo vió que se le echaban 
encima los castellanos, resueltos á la pelea, hicie- 
ron adelantarse al peonaje con la presa para que, 
atravesando el monte, aguardasen en la vertiente 
opuesta el resultado del encuentro, que les pare- 
cía más ventajoso empeñar con i5o lanzas con- 
tra 80 del enemigo, antes que llegasen sus infan- 
tes. Formó sus batallas en aquel llano, y, visto 
por Ñuño de Esquivel, consulto á sus compañe- 
ros de armas, que unánimes se decidieron por 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



55 



que se diese la señal de acometer, á causa de la 
inferioridad de los hombres de armas portugue- 
ses respecto de los de Castilla, por tener peores 
caballos para lanzarse contra el enemigo y por 
darles gran desventaja la fatiga del larguísimo 
camino frente á los castellanos que llegaban, 
por más que aquéllos fuesen una mitad más en 
número, y el largo espacio de 21 millas ofreciera 
serio obstáculo para una repentina acometida. 
Por consejo del caudillo Ñuño atacaron el flan- 
co enemigo. Con gran celeridad vinieron ambas 
partes á las manos, y los nuestros derribaron en 
tierra un número de enemigos igual al suyo. 
Muerto el caballo que montaba, quedó Ñuño pe- 
leando á pie con su espada hasta que, rota el ala 
portuguesa y herido de un bote de lanza uno de 
sus adalides, Vicente Ximoez, pudo montar en el 
caballo de su paje y seguir el alcance del enemigo 
sin pérdida de ninguno de sus soldados. Poseído 
éste de pánico por la muerte de uno, de sus cau- 
dillos, la prisión del hijo del otro y la pérdida de 
sus banderas, trató de acogerse al abrigo de su in- 
fantería atravesando el monte; pero los andaluces, 
con igual diligencia, picaron la retaguardia ene- 
miga, y hasta los peones, que al principio queda- 
ron sobrecogidos con la reciente matanza de por- 
tugueses, se lanzaron á su total exterminio. La 
oscuridad de la noche, que iba echándose encima, 
pudo evitarlo. Cien hombres de armas queda- 
ron en el campo, entre prisioneros y atravesa- 
dos por las lanzas. De los nobles portugueses pe- 
recieron 5o; de los nuestros sólo dos, pero unos 
treinta heridos, entre los cuales S. Ñuño, Juan 
cxxxiv 5 



56 



A. DE PALENG1A 



de Silva y Diego Mejía, llamado el Largo. Otros 
caballeros de los principales de Sevilla lograron 
la victoria á costa de su sangre y de la pérdida 
de 20 caballos. Toda la presa se recuperó. Uno 
de los dos capitanes portugueses, Vicente Ximoes, 
cayó en el combate, y los suyos le dejaron por 
muerto; pero al día siguiente, al salir ios veci- 
nos de Mora á celebrar las exequias de sus muer- 
tos, le encontraron aún con vida y le condujeron 
á la población. Aconsejáronle sus amigos que 
atendiese á la salvación de su alma; pero él, fu- 
rioso porque unas cuantas lanzas castellanas hu- 
biesen derrotado á doble número de portugue- 
sas, despreció el sano consejo y exhaló el último 
suspiro con obstinado silencio. 

Esta victoria quebrantó mucho, seguramente, 
la antigua jactancia portuguesa, y refrenó su des- 
deñosa fanfarronería. 

Ahora conviene volver á tratar de lo que los 
Reyes hacían. 



CAPÍTULO IV 




Llegada del rey D. Fernando á Dueñas. — Toma 
de Cantal apiedr a. — Recuperación de Gordillas. 
— Esfuerzos del rey de Portugal para ocupar á 
Castroíoraf. — Hechos del 'maestre de Santiago 
D m Rodrigo Manrique. — Cómo se tomó Ocaña. 

' l rey D. Alfonso, en su jactancia, estre- 
chaba la prisión del Conde de Benaven- 
te, reteniéndole como prenda de todas 
las negociaciones, ó para hacérsele cómplice, ó 
para convencer al de Plasencia y á su mujer 
D. a Leonor Pimentel de que D. Fernando levan- 
taría el cerco del castillo de Burgos en cambio de 
la libertad del Conde, á quien no soltaría por 
compensación alguna que no fuera el reintegrar 
la guarnición del castillo, y éste mismo, á su pri- 
mitivo estado. Y si por caso el rey D. Fernando 
prefería otro arreglo no conforme á los anteriores 
pactos, al menos para el canje de prisioneros, 
D. Alfonso conservaba al Conde, de los principa- 
les entre los Grandes españoles, para canjearle 
por buen número de nobles portugueses, si 
quedaban prisioneros de guerra. Al principio, 
los Reyes no dieron gran importancia á la pri- 
sión del Conde, porque desde muy temprano 



58 



A. DE PALENCIA 



se les había hecho sospechoso, y después del des- 
calabro sufrido en Burgos, mucnos le acusaron, 
de falsía; pero al ver su constante repulsa á los 
halagos del Portugués, los Reyes aprobaron 
su conducta. D. Fernando marchó á Dueñas á 
consultar maduramente con D. a Isabel lo que ha- 
bía de hacerse, y dejó á cargo del Condestable don 
Pedro de Velasco, con las demás tropas, el sitio 
del castillo de Burgos durante los cuatro ó cinco 
días de su ausencia. Marido y mujer estuvieron 
de acuerdo acerca de lo necesario que era, para 
rendir el castillo, la fiel lealtad y la pericia del 
maestre de Calatrava D. Alfonso de Aragón, lla- 
mado por D. Fernando por frecuentes cartas y 
mensajeros. Los que hacían cruda guerra á don 
Rodrigo Girón llamaban también á D. Alfonso 
para combatir al enemigo, por creer más seguro 
el término de la lucha en cuanto se presentase en 
el Maestrazgo, y como los pueblos de su territo- 
rio por este solo amparo suspiraban, el ansia de 
ver á su Señor entre ellos les hacía tener por fá- 
bula el rumor de su llegada. De completo acuerdo 
con D. a Isabel, el Rey se resolvió á insistir fuer- 
temente con su hermano, tan perito en las artes 
de la milicia, para que, pospuesta toda tardanza 
y prescindiendo de la cuestión del Maestrazgo, 
apresurase su marcha, teniendo por indudable 
que, tomado el castillo de Burgos, llave de todas 
las demás combinaciones, le sería facilísimo, ó 
arrojar del Maestrazgo al joven intruso, ó apode- 
rarse de su persona, puesto que entretanto el 
aguerrido Rodrigo Manrique le despojaba de su 
señorío, juntamente con sus compañeros de ar- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 5q 

mas, destinados á la misma empresa. Por otra 
parte convenía prevenir á ciertos zamoranos por 
medio de emisarios secretos para que, á ser posi- 
ble, se privara ai enemigo de acogerse al amparo 
de tan importante ciudad, cuya posesión consti- 
tuía la única esperanza del Portugués, como 
principal baluarte para las incursiones contra los 
castellanos. Por todo lo cual exigía este punto 
especialí'sima atención. Resuelto así, según se vió 
más tarde, por común acuerdo de los Reyes, don 
Fernando regresó á Burgos y D. a Isabel marchó 
á Valladolid. 

De muy diferente modo llevó D. a Leonor Pi- 
mentel la prisión del de Benavente de lo que el 
rey D. Alfonso se había imaginado. Era el Conde 
primo de Leonor, y su primer marido, si se hu- 
biesen observado debidamente las disposiciones 
del catolicismo. Cuando se convenció de que el 
rey D. Fernando no cejaría en el empeño de com- 
batir el castillo por consideración á la libertad del 
Conde, trató de favorecerle cuanto pudiera; pero 
el Portugués, harto ya de las disputas y quejas 
de la Condesa Leonor, demostró que aquellos mu- 
jeriles lamentos le eran molestos é intolerables, 
sobre todo cuando ni trabajo ni peligro alguno 
por su parte venía á justificarlos, y trató de ocu- 
par á Cantalapiedra, guarnecida por fuerzas del 
esforzado Vasco de Vivero. No imaginaba el Por- 
tugués, al presentarse con numeroso ejército, que 
le aguardaría desafiando todos los peligros del 
ataque; pero con sólo cuarenta lanzas, y después 
de despreciar ias amenazas y las ofertas con que 
á su paso trató de someterle el Rey por medio de 



6o 



A. DE PALENCIA. 



sus emisarios, derrotó y puso en huida 6o de los 
enemigos, prendió i5 y dió muerte á otros tantos. 
Al comendador de Santiago, Pareja, adalid de los 
contrarios, dejó marchar sin el menor daño, en 
consideración á la antigua amistad que con él le 
unía. 

Llamado á poco Vasco á la defensa de otras vi- 
Jlas, cierto traidor logró convencer á los de Can- 
talapiedra de que las murallas no necesitaban 
guarnición para defenderlas. Supo el enemigo 
este descabellado acuerdo, y lanzando unos cuan- 
tos contra la villa desprovista del necesario am- 
paro, la ocuparon largo tiempo, extendiendo 
desde ella sus depredaciones p©r toda la región. 

Casi por este mismo tiempo se entregó á D. Fer- 
nando la fortaleza de Gordillas, en territorio de 
Avila, encomendada por la indulgencia y bondad 
de la Reina al antiguo Alcaide, para daño de los 
pueblos limítrofes y favor que con sus traicioneras 
artes prestó al enemigo. Entre los hermanos 
Pamo, Francisco, en los días del rey D. Alfonso, 
hermano de D. a Isabel, consiguió de la condesa 
D. a Leonor, por intermedio de su pariente Pedro 
de Hontiveros, la alcaidía del castillo de Burgos. 
Muerto Pedro, el conde de Plasencia se la dió á 
Iñigo de Estúñiga, tío suyo, habido en una con- 
cubina, é indignados los hermanos Pamo del daño 
causado á Francisco, concibieron odio mortal 
contra el Conde y su mujer. Juan Pamo sobornó 
con dinero al antiguo alcaide de la fortaleza de 
Gordillas y puso en ella á un hombre de toda su 
confianza con orden de no favorecer en adelante al 
partido de D. Alfonso, sino al de D. Fernando, de 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



6l 



lo cual se aprovecharon algún tanto los nues- 
tros, con no poco sobresalto y daño del enemigo. 
El hermano del Alcaide, hombre perverso y más 
inclinado al partido portugués, á fin de enrique- 
cerse con las depredaciones de los pueblos confi- 
nantes, dió muerte á su desprevenido hermano; 
hizo á los habitantes de los contornos víctimas de 
sus correrías y despojó á muchos caminantes lle- 
vando la voz del rey D. Alfonso de Portugal. 

Permanecía éste en Zamora, seguro de que la 
posesión de aquel ángulo de los reinos de León y 
Castilla, fronterizo de Portugal, defendido con 
fuerte guarnición y solícitamente atendido, le 
permitiría ensanchar cada día más sus dominios 
y castigar al enemigo con larga guerra. Y para 
afirmar la posesión de la plaza, ningún medio pa- 
recía mejor que derramar por el reino de Portu- 
gal á sus moradores y sustituirlos por gente por- 
tuguesa. Cuando los zamoranos conocieron el 
propósito, miraron con mayor afán por su liber- 
tad, despertó más vivo su amor á los patrios lares 
y vieron patente la crueldad de un enemigo que 
pretendía entregar á extranjero huésped los hoga- 
res de sus antepasados. Concibieron entonces fir- 
mísima resolución de defender hasta el último 
extremo sus casas, y este acuerdo, como en su 
lugar se dirá, trajo para el enemigo funestas con- 
secuencias. 

Creyendo el rey D. Alfonso encontrar despre- 
venidos á los moradores de Castrotoraf, resolvió 
preparar sigilosamente una expedición militar 
para caer de improviso sobre la villa, y con un solo 
triunfo ahorrar diarios descalabros. Porque desde 



62 



A. DE PALENCiA 



ella jinetes castellanos causaban continuos sobre- 
saltos á los portugueses con sus correrías, asal- 
tando á cuantos por allí pasaban, por ofrecer 
aquel lugar próximo á les repechos de los caminos 
excelente situación para molestar sin tregua al 
enemigo. Reunió el rey D. Alfonso todas las tro- 
pas de que á la sazón disponía, y repentinamente, 
el 1 3 de Noviembre de 1475, cayó sobre la villa, 
la tomó y trató de combatir el castillo; pero 
viendo que la empresa no era tan fácil, y adver- 
tido de que la Reina enviaba desde Valladolid re- 
fuerzos á la guarnición, permitió á su gente ro- 
bar las haciendas de los habitantes, y con el botín 
recogido regresó á Zamora. 

Por este tiempo el marqués de Villena D. Diego 
Téllez y el maestre de Calatrava D. Rodrigo Gi- 
rón, quebrantado por los muchos descalabros su- 
fridos, entraron en Almagro, por cuya posesión, 
después de ocupar otras muchas villas, trabajaba 
con empeño el maestre de Santiago Don Rodrigo 
Manrique, por ser el único baluarte que en aque- 
lla región le quedaba al joven Maestre. Corría 
voz además de que los primos querían llevar tro- 
pas á Andalucía para socorrer al Alcaide de 
Baeza, que á duras penas defendía contra sus mo- 
radores la fortaleza, y reforzar otras guarniciones 
á devoción del joven Maestre, porque los de Jaén 
y los de Ubeda trabajaban con empeño por des- 
pojar de su dignidad á D. Rodrigo Girón, ya redu- 
cido al último extremo. El rumor obligó al maes- 
tre de Santiago D. Rodrigo Manrique á ponerse 
al frente de buen golpe de caballería de Valdepe- 
ñas (dejando en Ciudad Real á sus compañeros de 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



63 



armas), para que si por caso los jóvenes intenta- 
ban atravesar el monte, pudieran ser atajados á 
tiempo en el camino. Además de estas prevencio- 
nes, encargó á los amigos que tenía en territorio 
del Tajo, hostiles á los dos jóvenes, la ocupación 
de Ocaña, en tanto que ellos entendían en otras 
empresas. Para ello D. Rodrigo les facilitó con el 
consejo algunas lanzas, para evitar que por falta 
de fuerzas suficientes decayese el ánimo de sus 
auxiliares. Por su parte, algunos de los caballe- 
ros de Ocaña, anhelando su antigua libertad, fa- 
vorecieron los planes del Maestre de Santiago en 
cuanto los dos jóvenes se alejaron, dejando escasa 
guarnición en defensa de la villa. Dos de aquéllos, 
Diego Osorio y Pedro de Busto, secundados por 
gran número de ciudadanos, rompieron las hosti- 
lidades atacando con repentino vocerío á los par- 
tidarios del Marqués. Al punto, según plan con- 
venido, acudieron varios caballeros enviados por 
el Maestre de Santiago, y algunos Grandes tole- 
danos como D. Juan de Silva, conde de Cifuen- 
tes, y su tío Juan de Ribera. Con tal ímpetu y ar- 
dor arremetieron contra los del Marqués, que no 
les quedó más refugio que la torre de Ocaña, eri- 
gida tiempo atrás en medio de la villa para de- 
fensa en los tumultos repentinos. La confianza 
que en aquel baluarte abrigaban los refugiados se 
trocó en mayor riesgo, porque habiendo dado 
muerte un malvado á cierto portugués de estirpe 
real, por nombre Diego, disparándole un tiro de 
espingarda desde lo alto de la torre cuando por 
allí pasaba desprevenido, arreció la ira de los de 
la villa y tuvieron que darse por muy contentos 



6 4 



A. DE PALENCIA 



los del Marqués con entregar la torre y pactar con 
los moradores. La pérdida de Ocaña fué para el 
Marqués el mayor de todos los desastres en breve 
tiempo sufridos, así que desde aquel día vió cierta 
la del resto del Maestrazgo á que se da el nombre 
de provincia de Castilla. Sus jóvenes parientes 
tuvieron que buscar nuevos refugios, porque ni 
el paso para Andalucía se presentaba fácil, ni, 
después de perdida Ocaña ofrecía seguridad la 
vuelta á tierras del Tajo, ni en Almagro, dados 
los escasos recursos y lo urgente de la necesidad, 
podían alimentarse mucho tiempo las tropas. De 
modo que ambos comenzaron á arrepentirse de 
su temeraria presunción, si bien en aquellos pri- 
meros días trataron de disimular sus propósitos,, 
como se verá por lo que sigue. 




3» 



CAPÍTULO V 



Prevenciones de D. Fernando y de D. a Isabel para 
sujetará los enemigos y despachar embajadas. — 
Buena acogida del matrimonio de 1). Fernando, 
rey de Nápoles, con la hermana del rey Cató- 
lico, Z). a Juana, y esponsales de la hija. 



\mj£»¿ ncendida por todas partes la guerra, los 



Reyes atendían mucho á que los Gran- 
des fieles á su causa no tuviesen que 



sucumbir á la perfidia de los contrarios. Resistía 
denodadamente el prior de San Juan D. Alvaro 
de Estúñiga los planes del Marqués de Villena y 
de D. Rodrigo Girón, pseudo maestre de Calatra- 
va, á la sazón en Alcazarén, y deseaba disponer 
de más caballería, necesaria, así para atajar al 
enemigo, como para oponerla más numerosa á la 
guarnición veterana que tiempo atrás había de- 
jado el maestre Pacheco en la fortaleza de Con- 
suegra. Al efecto la Reina envió en su auxilio un 
escuadrón de lanzas, sostenidas á su costa, y que 
habían de emplearse en constante servicio de don 
Alvaro. En ayuda de los deTrujillo despachó, ade- 
más, unos doscientos caballos, porque, si bien 
contra su voluntad al principio habían seguido 
al Portugués, ya vueltos á la debida fidelidad, se 
habían declarado por D. Fernando, y á la sazón 
tenían puesto apretado cerco á la fortaleza. Su 




66 



A» DE PALENCIA 



alcaide, Pedro de Baeza, aguardaba el socorro del 
Conde de Plasencia, que, de prestársele, hubiera 
sido grave peligro para los sitiadores y no pe- 
queño daño para cuantos seguían el partido de 
D. Fernando en las fronteras de Portugal. 

También acudió la Reina en favor de los de 
Cáceres, enviándoles al corregidor D. Gonzalo de 
Valderrábano, caballero abulense, con el cargo 
de arreglar las cuestiones que traían divididos á 
los moradores, calmar hábilmente las rivalidades 
de los caballeros é inclinar los ánimos de todos á 
sentimientos honrosos. Y como toda la seguridad 
de Extremadura parecía depender de la libertad 
de un solo hombre, del buen clavero de Alcánta- 
ra, D. Alfonso de Monroy, largo tiempo ence- 
rrado en un calabozo, el rey D. Fernando, para 
conseguirla de la bondad del alcaide de Magacela 
Pedro de Pantoja, envió allá á Lope Alfonso de La- 
guna, sujeto de extremada prudencia, que en unión 
con Rodrigo de Padilla, caballero del Duque de Me- 
diná Sidonia, amigo del Alcaide, trabajase por la 
ansiada libertad de tan ilustre caudillo, preferido 
á los demás en asuntos de guerra por todos los 
naturales. Con este anhelo de procurar arran- 
carle de su encierro, el Rey se esforzaba por 
granjearse en aquel territorio la lealtad constan- 
te del benemérito capitán. 

Prolija sería la narración detallada de todos 
los tumultos ocurridos en aquel territorio desde 
el principio de las rivalidades entre el antiguo 
maestre de Calatrava Gómez de Solís, y el cla- 
vero Alfonso de Monroy, porque los innumera- 
bles cambios de la fortuna y las pruebas de trai- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



6 7 



ciones sugerirían á los lectores negros y amargos 
comentarios. La pluma difícilmente podría narrar 
los crueles parricidios, las feroces venganzas en- 
tre hermanos, nunca oídas desde los más remotos 
siglos; los perjurios, engaños y crímenes cometi- 
dos violando solemnes juramentos y roto toda 
vínculo de amistad ó de parentesco. Las atrocida- 
des inherentes al estado de perpetua guerra pro- 
ducen general perversión de sentimientos, y cuan- 
do falta el castigo, fácilmente se corrompen las 
costumbres. Por eso muchos alababan el propó- 
sito de Francisco de Solís de aspirar á ser yerno 
del Clavero, para que el parentesco le facilitase 
coger en sus redes al confiado deudo. Después 
que Francisco sucumbió en Oguela, su hermana* 
Diego de Solís adoptó una conducta ambigua, y 
contra lo que se creía, trató de aumentar su po- 
derío tiránico, á costa de la prisión del excelente 
caudillo Alfonso de Monroy, al que muchas ve- 
ces había fingido querer poner en libertad. La 
perfidia de su hermano Pedro de Pantoja hiza 
fracasar sus astutos y reprobados propósitos. 
Deseoso éste de alcanzar la alcaidía de la fortaleza 
de Magacela, aprovechó la primera ausencia del 
alcaide Diego, hermano suyo, para negarse á re- 
cibirle á su regreso, fingiéndose resentido por no 
haber querido soltar al clavero Alfonso á la 
muerte de Francisco, hermano de ambos, que se 
había apoderado alevosamente de su persona. En 
cuanto el rey D. Fernando conoció la añagaza de 
Pedro, envió sus emisarios para conseguir la li- 
bertad de D. Alfonso. Fueron éstos Lope Alfonsa 
de" Laguna y Rodrigo de Padilla y dieron buena 



68 



A. DE PALENCIA 



cuenta de su cometido concertando ciertos pactos 
de alianza con el carcelero Pedro de Pantoja para 
la libertad del encarcelado. 

Por estos días se hizo patente la funesta as- 
tucia del rey Luis de Francia, que no pudo ocul- 
tar el prolongado fraude. A la muerte de don 
Enrique, los Reyes le enviaron por embajador á 
Fernando del Pulgar, conocido del Monarca fran- 
cés por haberle elegido en otro tiempo D. Enrique 
por su mensajero, como á persona perita, sagaz é 
ingeniosa en la conversación y muy á propósito 
para que el vulgo no trasluciese la causa de la 
secreta embajada. Impulsados por análogo mo- 
tivo, los Reyes al comienzo de su reinado envia- 
ron por su embajador á Pulgar. Empezó éste por 
pedir al rey Luis dos cosas muy justas y muy 
conformes con la antigua amistad entre los dos 
reinos. La primera, que tuviese á bien confirmarla 
y continuar la alianza establecida con D. Enri- 
que, con sus legítimos sucesores, D. Fernando y 
D. a Isabel. La segunda, que se dignase restituirles 
pacíficamente la provincia del Rosellón, como á 
reconocidos herederos del Rey difunto, bajo los 
pactos entre ambas partes convenidos cuando des- 
pués del largo sitio de Perpiñán y defensa del rey 
de Navarra el mismo D. Fernando acudió en so- 
corro de su padre; pactos no mucho después vio- 
lados por el rey de Francia al romper de nuevo 
la guerra, según dejo referido. 

Nada respondió el francés á la primera propo- 
sición, porque iba implícita y era dependiente de la 
segunda; pero indicó al embajador que si D. Fer- 
nando se avenía á renunciar á sus derechos al Ro- 



CHÓNICA DE ENRIQUE IV 



6Q 



sellón mediante determinada suma, se facilitaría 
mucho la renovación de su alianza, porque mien- 
tras permaneciese vivo en los corazones el re- 
cuerdo de la ofensa ó del daño recibido, inútil se- 
ría toda tentativa de reconciliación. Así que, á su 
regreso, el embajador debía esforzarse por pene- 
trar las intenciones del rey D. Fernando, puesto 
que él había resuelto despacharle por embajador 
á uno de sus familiares, para demostrarle la justi- 
cia con que poseía el Rosellón. Con esta respuesta 
el de Pulgar regresó á España en compañía del 
francés Roberto. Este pronunció ante el Rey en 
Tordesillas brillante discurso en que se esforzó 
por disimular la violencia de su Rey, aludiendo al 
valioso auxilio prestado á la reina de Aragón doña 
Juana, madre de D. Fernando, y á éste mismo, 
Príncipe de tierna edad, cuando los rebeldes cata- 
lanes tenían sitiada á Gerona. Era tal el apuro de 
los sitiados, que sólo de los franceses podían espe- 
rar auxilio, y pareció enviársele el cielo, porque las 
dificultades eran considerables, dada la ocupación 
del Pirineo por los catalanes; mas aquéllos pasaron 
al Ampurdán en numerosas falanjes, y arranca- 
ron de las crueles manos de los rebeldes á la Reina 
y al Príncipe, desamparados de todo socorro y 
consejo. En reconocimiento de este beneficio debía 
abonarse, según lo pactado, el estipendio de las 
tropas, y la negativa al pago fué luego el mo- 
tivo de las guerras. Su Rey, sin embargo, es- 
taba resuelto á acallar todas las censuras por 
el favor prestado, siempre que por ambas par- 
tes se diesen pruebas de desear la buena inteli- 
gencia. 



70 



A. DE PALENCJA 



La respuesta fué que convendría enviar nuevos 
embajadores que satisficiesen cumplidamente á 
todo lo propuesto. Consultada sobre todo esto la 
reina Isabel, á la sazón en Toledo, se convino, á 
causa de la dura escasez de fondos para los con- 
siderables gastos del ejército, en que Fernando del 
Pulgar volviese á Francia con Roberto, y me- 
diante el pago de la tercera parte de la cantidad 
prefijada, accediese á la venta futura de la pro- 
vincia del Rosellón. Al oir esta propuesta del 
embajador español, empezó el rey Luis por con- 
testar con cierta ironía que hacía poco caso de 
ofertas de venta de cosas que él justamente poseía. 
Luego ya con más templanza quiso saber qué 
valor daba el rey Fernando á la subrogación de sus 
supuestos derechos, y una vez conocida la suma, 
si permitiría que le enviase sus embajadores, dos 
Grandes y un Prelado, á Bayona, y si él le despa- 
charía los suyos á Fuenterrabía. Declaró Fernando 
del Pulgar que sus Señores enviarían á D. Diego 
de Mendoza, obispo de Palencia, y al conde de 
Osorno D. Gabriel Manrique, y que él mismo les 
acompañaría. 

Pronto comprendió el embajador que el rey 
Luis trataba de engañarle aparentando el ajuste 
de aquellos pactos, porque ya decididamente en 
favor de D. Alfonso de Portugal, en vez de em- 
bajadores, se disponía á enviar numerosas tropas 
á las fronteras de Gascuña confinantes con Fuen- 
terrabía para romper la guerra en favor del Por- 
tugués contra los de D. Fernando. Supo también 
el embajador que para este fin acababan de llegar 
los del rey de Portugal, y preguntando al rey de 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



71 



Francia si aquello era falso ó verdadero, le res- 
pondió que era firme su propósito de permanecer 
siempre fiel á la alianza con el Rey de Castilla y 
de León, y en cuanto á lo demás, que ya lo había 
explicado más latamente. Bien penetrado el em- 
bajador de la fraudulenta astucia del francés, re- 
gresó á España á comunicar á D. Fernando las in- 
tenciones de su perpetuo enemigo. En estas in- 
útiles negociaciones se emplearon muchos días, 
y el fragor de la guerra ahogó la voz de los pací- 
ficos razonamientos, porque en vez de embajado- 
res el rey Luis envió á las fronteras de Vizcaya 
ejército numeroso, y D. Fernando por su parte 
no se descuidó en mandar á Fuenterrabía fuerte 
contingente de escogidos caballeros. 

Inmediatamente después se recibió la embajada 
pacífica del rey D. Fernando deNápoles, la que, 
no sólo ajustó el casamiento de su Rey con la 
ilustre D. a Juana, hermana del rey D. Fernando 
de Castilla, sino que pidió la mano de su única 
hija y primogénita D. a Isabel para el primogé- 
nito del monarca napolitano, D. Alfonso, du- 
que de Calabria y príncipe de Capua, prome- 
tiendo además en nombre del rey de Nápoles 
fuertes sumas para el pago anual de las tropas 
mientras durase el azote de las guerras hasta lo- 
grar la apetecida tranquilidad. Otra cantidad no 
despreciable envió su Rey al de Castilla, envuelto 
á la sazón en empeñadas guerras. Con el enemigo 
portugués que ejercía sus depredaciones en el in- 
terior de Castilla, la puerta abierta de Gascuña 
era un peligro y la extrema necesidad exigía al- 
gún auxilio eficaz. 



CXXXIV 



6 




Hermandades que la necesidad obligó á formar en 
las provincias. — Censuras dictadas contra el 
Arzobispo de Toledo. — Triunfo del francés 
Ber nal.— Ignominia del Almirante. 

ntre los varios recursos propuestos para 
las necesidades de la guerra, pareció á 
los leales el más eficaz para el sosteni- 
miento del ejército, restablecer, á expensas del 
común de los pueblos, la Hermandad que en los 
días del rey D. Alfonso fué tan útil para el ex- 
terminio de los ladrones. Lo mismo había yo 
aconsejado en Zaragoza al rey D. Fernando á la 
primera noticia de la muerte de D. Enrique, por 
serme conocido el propósito de los portugueses, 
la maldad de los Grandes y la pobreza del joven 
Príncipe, que había de resistir á enemigos de 
gran poder y riquezas. Su padre, en extrema ve- 
jez y exhausto de recursos, se veía acosado por 
ios franceses; los enemigos asediaban por todas 
partes el nuevo trono de Castilla y León, y mu- 
chos de los Grandes, ó les favorecían abierta- 
mente ó, fingiéndose auxiliares, fomentaban cala- 
midades y daños perdurables, devorando los res- 
tos del antiguo erario y preparándose á extender 
su dominio á costa de la ruina de los pueblos. 



n 



74 



A. DE PALENCIA 



Esta corrupción amenazaba con universal de- 
sastre á los naturales; pero el mismo cúmulo 
de los peligros inspiró recursos para el remedio, 
y aprovechando la estancia de D. Fernando en 
Burgos, su fiel servidor Juan Ortega y otros su- 
jetos de sus mismas opiniones, le pidieron insis- 
tentemente su aprobación Real para el resta- 
blecimiento de las Hermandades populares que 
podrían esta vez, con el ejemplo de la antigua ex- 
tinguida, constituirse sobre bases más firmes, ase- 
gurándose el concurso de los caballeros del estado 
llano y del clero, puesto que, según dicho común, 
lo que el pueblo quiere, Dios lo quiere; y no en- 
comendándolas al principio más que el extermi- 
nio de la tiranía, excesivamente aumentada con los 
latrocinios desde que todos los malvados, con el 
despojo de los caminantes y las desapoderadas ra- 
piñas ejercidas en los pueblos, habían construido 
por todas partes fortalezas atestadas de ladrones. 
Estos daños habían extremado su violencia desde 
que el rey de Portugal había arrojado nuevo com- 
bustible al anterior incendio, y los escasos recur- 
sos no permitían á los Reyes, legítimos herede- 
ros de estos reinos, acudir ya un día más al sosteni- 
miento de tan larga campaña, considerando que, 
si los vasos de plata sacados del Alcázar de Sego- 
via apenas bastaron para mal alimentar durante 
diez días á las tropas en la inútil expedición de 
Toro, cuánto más necesario sería contar con fuer- 
tes provisiones cuando hubiera que hacer frente, 
al mismo tiempo, como la urgente necesidad exi- 
gía, á los franceses que entrasen por el Norte, á los 
portugueses que acometieran por el Mediodía, y 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



75 



por todas partes, en el corazón del reino, á las 
rapiñas de los ladrones. Esto, siempre que se es- 
tuviera resuelto á preferir la^libertad á la esclavi- 
tud y el honor á la ignominia. A estas razones aña- 
dieron el medio práctico de ejecutar el proyecto, 
explicando cómo con un repartimiento poco one- 
roso, cada ciento cincuenta vecinos podrían sus- 
tentar un hombre de armas, y cada ciento, un 
jinete. Aseguraron quede este modo podrían re- 
unirse hasta 3.000 soldados decaballería muy esco- 
gidos, sustentados perpetuamente á costa de los 
naturales que, víctimas de incalculables daños , 
habían de preferir disfrutar de libertad y de paz á 
costa de algunos dispendios, á perder cuanto po- 
seían víctimas de vergonzosa esclavitud. 

Tan fundados argumentos persuadieron á un 
Rey dotado de tal prudencia, y desde luego mani- 
festó su satisfacción ante aquel proyecto, que po- 
dría ser firme sostén del orden. No tardó, sin em- 
bargo, en verse molestado por las quejas de los 
Grandes, que amenazaban con innumerables peli- 
gros, declarando que sería en extrenv molesto á 
la nobleza el contribuir á los gastos en unión con 
los populares. No era posible — decían — aliar la 
nobleza con el tributo, el yugo con la fortaleza y 
el servicio con el amor. Ya era bastante que es- 
pontáneamente los Grandes se mantuviesen en la 
lealtad innata en todos los buenos, según habían 
demostrado muchos de ellos después de la entrada 
del enemigo portugués, cumpliendo con extraor- 
dinario valor los deberes de la fidelidad. También 
afirmaban que al clero le sería penosísima seme- 
jante obligación. Por lo cual, el vano proyecto 



7 6 



A. DE PALENCIA 



que, en opinión de aquellos hombres ignorantes 
é incapaces, había de ser útilísimo, vendría á con- 
vertirse en descabellada resolución, y de donde 
imprudentemente se pretendía remedio, surgiría 
nuevo desastre. 

Los argumentos de los Grandes angustiaron de 
tal modo el ánimo del Rey, amargado con tantas 
contrariedades, que contestó públicamente á los 
que primero le aconsejaron el restablecimiento de 
las Hermandades, que no quería oir hablar de se- 
mejante cosa. Entonces cundió la voz entre los 
naturales de que los Grandes habían seducido al 
Rey para eterno daño de los pueblos, mientras 
ellos trataban de aliviar su prolongada desven- 
tura. No había, por tanto, que consultar más 
con él acerca de la libertad común, cuando así se 
olvidaba de su propio interés. 

Trataron luego aquellos excelentes sujetos con 
el clero y con los caballeros, y no les fué difícil 
persuadir á los leales de que, del exterminio de los 
malos dependía el verdadero provecho de los pue- 
blos. Entonces, anulados por este ingenioso re- 
curso los argumentos de los Grandes, de nuevo 
acudieron al Rey, ya penetrado de las falsas argu- 
cias de los que pretendían disuadirle, y prometió, 
juntamente con la Reina, prestarles toda su real 
autoridad. 

Se estableció esta Hermandad el dicho año 
de 1475 en Burgos, ciudad que, como cabeza del 
reino de Castilla, se considera también como pri- 
mera residencia de aquella institución, y la que 
dió las primeras reglas para el establecimiento 
del remedio adoptado. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 77 

Por entonces se procedió jurídicamente contra 
el Arzobispo de Toledo, á causa del empeño con 
que procuró la ocupación de Cantalapiedra, de la 
diócesis de Salamanca, con total olvido de los 
deberes del Primado de las Españas, obligado, no 
sólo á no acarrear menoscabo á la dignidad ecle- 
siástica, sino á combatir á los que le procurasen. 
Pero ya el Arzobispo se inclinaba en todo al 
error, y, desafiando el temor de las censuras, 
amparaba á los malvados, antes objeto de su 
odio, que á tanto le arrastraba la perversión de 
sus sentimientos. 

Bien diferente se mostró en aquellos días, en la 
tenaz persecución de los ladrones, el noble Fran- 
cisco Bernal, á quien reconocían por caudillo va- 
rios jóvenes, entusiastas de las esclarecidas pren- 
das de que la naturaleza le había dotado y que él 
sabía realzar con su extremada actividad en 
cuanto emprendía. Había observado el descuido 
de los ladrones que, al llevar por la noche sus 
rapiñas al alcaide de Castronuño Pedro de Aven- 
daño, dejaban los caballos en el pueblo y entra- 
ban en la fortaleza á disponer las guardias ó á 
hablar con el Alcaide, y se ganó la confianza de 
un hombre astuto y arrojado, testigo de aquellas 
imprevisiones. Con su ayuda se introdujo á me- 
dia noche en la villa con 70 caballeros escogidos y 
se apoderó de casi otros tantos caballos de los la- 
drones y de los robos que encontró en las casas, 
mientras los vecinos, que oían el estrépito de los 
que las registraban, lo atribuían á los que ha- 
bían visto con frecuencia volver de noche con 
el botín robado á caminantes y mercaderes, an- 



7« 



A. DE PALENCIA. 



d2r de casa en casa, sacar caballos, cambiar de 
alojamientos y subir á la fortaleza y bajar de 
ella. Hizo aquella costumbre que no concibieran 
la menor sospecha y, en tanto, Francisco y sus 
compañeros hallaron medio hábil para burlar, no 
sólo á los de la villa, sino á las guardias que ro- 
deaban las faldas de la abrupta eminencia lla- 
mada la Mola. A media noche, seguido de 20 ca- 
ballos, fingiéndose encargado de relevar los pues- 
tos de guardia y de vigilar los escuchas, é imi- 
tando la voz de los centinelas, engañó á todos y 
penetró hasta la trinchera de la fortaleza que 
sobre el Duero se levanta. De regreso en la vi- 
lla, á la madrugada, presentó los caballos y el 
botín cogido á los ladrones y repartió aquéllos 
entre los jóvenes, con lo que aumentó el número 
de su gente. 

El estupor del Alcaide y de sus sicarios al ver 
con qué facilidad les había arrebatado Fran- 
cisco Bernal todos sus caballos y gran parte 
de sus rapiñas no podría expresarse fácilmente, 
ni tampoco la rabia que se apoderó de ellos al 
considerar que, perdidos los caballos, ya no po- 
drían asaltar á los caminantes ni ejecutar sus 
acostumbradas correrías para sus robos. El único 
recurso que se le ocurrió al Alcaide fué escribir 
al día siguiente á los de Medina, adonde se decía 
haber vuelto Bernal, amenazándoles con entrar 
á saco en la ciudad si no le quitaban los caballos 
y los despojos de que se había apoderado. O por 
miedo, ó por maldad, preparábanse á ejecutarlo 
así, cuando vino á estorbarlo orden de la Reina, 
conforme con la justicia. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 79 



Superó á la maldad de los de Medina la igno- 
minia del almirante D. Alfonso Enríquez, tío del 
rey D. Fernando. Temiendo que los azares de la 
guerra le mermasen ó le suprimiesen la renta de 
la feria anual que por merced de los Reyes se ce- 
lebraba con gran concurrencia en su villa de Me- 
dina de Rioseco, envió emisarios con cartas al 
rey de Portugal para pedirle el título de su Al- 
mirante } y que se dignase conceder su seguro 
para que los comerciantes pudiesen acudir libre- 
mente á la feria y celebrar sus tratos. Con el ma- 
yor descaro hizo que se publicasen las cartas en 
Valladolid á voz de pregonero, é intentó hacer 
lo mismo en Burgos; pero los burgaleses no qui- 
sieron presenciar semejante maldad, y prohibie- 
ron el vergonzoso pregón. 

Cuando vió que el ánimo de las gentes se iba 
inclinando cada día más á D. Fernando, imploró 
de nuevo la gracia de su sobrino, favorecido ya 
con importantes triunfos. 




CAPITULO VII 



Perfidia del pirata francés Colón. — Alianzas con 
el extranjero. — Marchan á Andalucía los pri- 
mos del Marqués y de D. Rodrigo Girón. — 
Reedificación de Castrovie jo. — Marcha de la 
Reina á León. — Muerte de la reina D. & Juana, 

\ ostróse la fortuna dignamente propicia 
T^V "V * un P art ^°> y favoreció con desdoro al 
l^rvV i tro. Infestaba el mar de Occidente un 
pirata llamado Colón, natural de Gascuña, al 
que sus afortunadas expediciones habían permi- 
tido reunir gruesa armada y ostentar el título de 
Almirante del rey de Francia. Por él se habían 
hecho los franceses aptos para la navegación, 
porque antes se les consideraba, ó desconocedo- 
res de tal ejercicio, ó poco experimentados en las 
expediciones marítimas. Después de combatir 
largo tiempo en Francia con los ladrones, casos 
adversos de fortuna le sumieron en la desgracia, 
y, ya hacia la mitad de su vida, se consagró á la 
de mar y se enriqueció rápidamente merced á 
sus crueles y pérfidos procedimientos de pirata. 
Buscó para compañeros algunos vascongados, 
gascones, ingleses y alemanes aficionados á aque- 
lla vida; construyó una gruesa nave, reforzada 
en las bandas con fuertes vigas para resistir el 



82 



A. DE PALENCIA 



choque de las máquinas enemigas; inventó otras 
de diversos géneros, y en épocas determinadas 
salía del puerto de Harfleur, plaza de Norman- 
día en la costa del Océano, frontera á Inglaterra, 
y atacando furiosamente á cuantas naves mer- 
cantes encontraba en la travesía, se apoderaba de 
sus riquezas. 

En sus correrías había llegado á las costas de 
Portugal y al estrecho de Cádiz, dirigiendo sus 
principales ataques contra portugueses y geno- 
veses, por lo que el Rey de aquella nación D. Al- 
fonso, aliado entonces del inglés contra Francia, 
había enviado una armada en persecución del pi- 
rata. La antigua enemistad entre el rey Eduardo 
de Inglaterra y Luis XI de Francia hizo necesario 
el apresto de poderosa armada para que aquél se 
apoderase de las provincias que en otro tiempo 
había poseído ú ocupado en el continente. Favo- 
recían estos intentos los triunfos del duque Car- 
ios de Borgoña, que ya en tres combates había 
derrotado á los franceses, y como cuñado de 
Eduardo, le había prestado poderoso auxilio para 
exterminar á los rivales de Inglaterra, y fomen- 
taba con él la guerra contra el rey Luis. Era un 
obstáculo para esta empresa del Duque contra 
franceses la reciente guerra que había declarado 
á los alemanes de Colonia; pero no lo fué para el 
paso de Eduardo á Francia con numeroso ejér- 
cito. Halló preparado á su contrario con grandes 
fuerzas apostadas á lo largo de las costas de 
Gascuña y Normandía; pero en el continente la 
batalla empeñada entre ingleses y franceses fué 
favorable á los primeros. Amargamente sintió el 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 83 



descalabro el rey Luis, al que no habían valida 
las malas artes empleadas antes de la llegada de 
su enemigo para sembrar cizaña entre sus Gran- 
des, y conociendo las vacilaciones del rey Eduar- 
do, entabló tratos de paz fácilmente concluida, 
porque el francés pagó todos los gastos de la ex- 
pedición de los ingleses y dió muchas prendas 
para afirmar la nueva alianza. En las entrevistas 
entre ambas partes celebradas se aparentó gran 
amistad, y luego el rey Eduardo regresó á su rei- 
no. El de Francia, en su deseo de dejarlo todo 
arreglado á cualquier costa para ocuparse en la 
invasión de los vascos y en la guerra de España, 
fácilmente indujo al duque Carlos de Borgoña á 
nuovos tratos de cruel alianza, puesto que cada 
uno había de entregar al otro á un caballero de 
los más afectos para darle muerte. Convinieron, 
por tanto, en este inhumano pacto, á saber: que 
el conde de Saint-Pol Luis de Luxemburgo, con- 
destable de Francia, recibiese el castigo á volun- 
tad del Rey, y que, de orden del Duque, un bas- 
tardo y otro hijo del Conde les fuesen entregados 
para ser condenados á muerte. Estas feroces 
alianzas fueron luego origen de cruelísimas des- 
dichas y derramamientos de sangre, como en su 
lugar se dirá. 

Entretanto el rey Luis, ya amigo de D. Alfonso 
de Portugal, deseando desahogar con España un 
innato prurito de guerra, antes de declararla, 
mandó á Colón que se reuniera con los marinos 
portugueses. Arribó el pirata á las costas de Lis- 
boa y entró en la desembocadura del Tajo con 
siete gruesas naves, y púsose en espera de los 



A. DE PALENCIA 



mercaderes vascongados que llevaban á Flandes 
vino, aceite y otros géneros. Muy ajenos estaban 
ellos de temer nada de Colón, con quien tenían 
frecuente trato, á quien algunas veces habían 
acogido benignamente y en cuyas naves iban mu- 
chos marineros de Vizcaya. Confiados, además, 
en el afecto que los de estas provincias se profe- 
san cuando están lejos de ellas, nada recelaban del 
pirata. Pero éste, al divisarlos cuando doblaban 
el cabo de San Vicente, puso hacia ellos las proas. 
Seguros entonces de que venían á su encuentro, 
marcharon confiados á recibir al que creían ami- 
go, sin cuidarse, por tanto, de tomar las armas, 
y, según costumbre de la gente de mar, le pre- 
guntaron con qué intención venían en su busca. 
Colón, dándose por muy amigo de los patrones 
de las naves, se limitó á indicar que pasasen á la 
suya para ver por las relaciones de carga si entre 
la de los andaluces habían introducido alguna 
los genoveses. Sin demora obedecieron los incau- 
tos vascongados, y el pérfido pirata les obligó 
traidoramente á que le entregasen sus nueve na- 
ves. Dos lograron huir merced á la astucia de 
cierto vascongado; pero se apoderó de las otras 
siete y envió á Inglaterra á vender el cargamento 
de vino y aceite, géneros de que allí se care- 
ce. Entonces escaparon de las naves los mercade- 
res andaluces y algunos vascongados, y llegaron 
á la ciudad de Hampton á reclamar ante las au- 
toridades contra el inicuo despojo. Confiaban en 
la estrecha alianza de nuestro D. Fernando con 
el rey Eduardo; pero" los Magistrados, después de 
consultarle, entregaron á los míseros mercaderes 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



85 



á los piratas, con ultraje de la humanidad y de 
los términos de la alianza, con daño grave de los 
españoles y quebranto del derecho de gentes, 
puesto que el rey de Francia, cuando aún no se 
había declarado la guerra, no se avergonzó de 
entregar á Colón, como buena presa, las naves, 
despreciando las justas reclamaciones de restitu- 
ción de los españoles y despidiéndolos con agria 
respuesta, en que hizo alarde de su acostumbrada 
perfidia y su espíritu tiránico. Este inicuo atro- 
pello dió ocasión á la encarnizada guerra entre 
Francia y España, vivamente fomentada en el co- 
razón de Castilla por los adictos del rey de Por- 
tugal. Dos de ellos, los primos D. Rodrigo Girón 
y D. Diego Téllez Pacheco, marqués de Villena, 
pasaron á Andalucía con unas cuantas lanzas y 
se detuvieron algún tiempo en Arjona, villa de 
la Orden de Calatrava, persuadidos de que su 
llegada les granjearía nuevamente la adhesión de 
los pueblos del Maestrazgo y de la ciudad de Bae- 
za. Sus vivas instancias para reunir á sus amigos 
no tuvieron éxito. 

Por aquellos días D. Alfonso de Aguilar, prosi- 
guiendo en su hostilidad al Conde de Cabra, hizo 
reedificar el derruido Castroviejo, próximo á Bae- 
na. Además de otros indicios, fuélo éste bien pa- 
tente de su enemiga contra el rey D. Fernando, 
con pretexto de las rivalidades con el Conde, por- 
que andaba buscando una ocasión para divor- 
ciarse de su mujer D. a Francisca, hija de aquél, 
y esperaba hallarla en la confusión de las revuel- 
tas. Su constante inclinación á los sucesores de 
Pacheco le hacía creer además, que en aquella 



86 



A. DE PALE NCI A 



coyuntura podría granjearse mejor la gracia del 
marqués de Villena, si ahora, ya conseguida más 
próspera fortuna, se casaba con su hermana, en- 
lace que, en vida del Maestre, había él aplazado. 
Esta novedad acarreó á los andaluces muchos pe- 
sares, principalmente cuando los dos primos, an- 
tes de su vuelta á tierras del Tajo, anduvieron 
celebrando sus juntas con los confabulados. Así 
el Marqués, de vuelta en Castilla, conferenció 
con D. Alfonso de Aguilar en Torre de Diego de 
Aguayo, ya persuadido de que con sus razona- 
mientos se había ganado para siempre al marqués 
de Cádiz D. Rodrigo Ponce de León, á D. Fadri- 
que Manrique, con permiso de éste, á su yerno 
Luis Portocarrero, alcaide de Écija, y á otros mu- 
chos partidarios de la nobleza andaluza. Entre- 
tanto la Reina favorecía los planes de su marido, 
deshaciendo los de los malvados y los del rey de 
Portugal, que alardeaba de tiránica arrogancia. 

Al tener noticia de los tumultos de los leoneses 
y de las rivalidades de los Señores, marchó preci- 
pitadamente á León y los redujo con gran activi- 
dad á la debida obediencia del Rey. Castigó á los 
culpados, premió á los beneméritos, confió la 
guarda de la fortaleza al comendador de Santiago 
Diego de Velasco y regresó á Valladolid. 

Por este tiempo (i) acabó su desdichada vida, 



(i) Al margen, de mano de Zurita: «En su sepultura se 
dice que murió año de Mcccclxxv, día de San Antonio; 
pero no pudo ser, porque á 30 de Mayo (sic) era viva, 
como parece por carta de su hija, daíia en Plasencia el 
mismo día, y así se ha de entender ser año de la Encar- 
nación y no del Nacimiento de Mcccclxxv,» 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 87 

en Madrid, la reina D. a Juana, en cuyo seno se 
procreó aquel germen de horrendas discordias. 
Díjose que había muerto envenenada por su her- 
mano el rey de Portugal, por cuanto, pesarosa de 
su adulterio, tan funesto á los reinos de España, 
había querido hacer pública manifestación de su 
arrepentimiento. Otros afirmaron que la causa de 
su muerte había sido un aborto. Sea de esto lo 
que quiera, ni en D. Alfonso ni en ninguno de los 
Grandes, sus parientes, se vió señal alguna de 
tristeza por la muerte de la desventurada Reina, 
que, profundamente despreciada por él, jamás le 
había visitado, como tampoco al yerno después 
del nuevo parentesco. 




CXXXIV 



/ 



CAPÍTULO Viíí 



Llega á Burgos D. Alfotiso de Aragón, hermano 
del rey D. Fernando. — Este marcha secreta- 
mente á Valladolid con intento de recuperará 
Zamora. 

ntre otros auxilios, considerábase princi- 
pal el de la ilegada del excelente caudillo 
D. Alfonso de Aragón, legítimo Maes- 
tre de Calatrava, temido de sus émulos por serles 
conocido su arrojo para quebrantar y rendir á los 
contrarios y su singular pericia para emplazar las 
máquinas de guerra contra los castillos enemigos. 
Por lo demás, teníase por seguro que en lo que se 
le encomendase no usaría de falacia ni de malas 
artes; al paso que otros se habían burlado á 
menudo del Rey aconsejándole el alivio de los 
trabajos de los defensores en lugar de los rigo- 
res del ataque. Por estos motivos tantas fueron 
las cartas y tantos los mensajeros que le envió su 
hermano para que viniese sin pérdida de tiempo, 
que, abandonando la cuestión del Maestrazgo de 
Calatrava, para cuya futura posesión los capita- 
nes que hacían la guerra en Castilla la Nueva y 
en Andalucía creían convenientísima su presencia, 
torció el camino y cambió radicalmente su primer 




go A. DE PALENCIA 

propósito. Era éste ir desde Barcelona á Valencia, 
y por el Marquesado de VilJena, ocupado en su 
mayor parte por los de D. Fernando, dirigirse á 
Castilla la Nueva, reuniendo así á su caballería 
cuantos hombres de armas de su hermano pu- 
diese recoger por el camino; pero siguió otro 
desde Zaragoza por Aragón y no logró aumentar 
sus fuerzas. Al frente de 5o hombres de armas 
y de ioo jinetes, empenachados los cascos y enjae- 
zados los caballos, y con los ingenieros prácticos 
en la construcción de máquinas de guerra y em- 
plazamiento de la artillería, saludó á su hermano 
D. Fernando en Burgos el 22 de Noviembre de 1475. 
Gran alegría le causó su llegada en momentos de 
tantas dificultades, é hizo grandísimo aprecio del 
auxilio de los caballeros y de los maestros de la 
artillería, á pesar de su reducido número. 

Inmediatamente se pasó revista á cuanto hasta 
entonces se había hecho, y pareció inútil la mayor 
parte. Las minas, ineficaces para la desviación 
del pozo, habían exigido mucho trabajo, además 
de algún gasto y tiempo. El emplazamiento de 
las bombardas hacía imposible el efecto sobre las 
murallas. Sólo parecieron bien los dobles fosos y 
las estacadas con que se rodeaban, para defensa de 
trincheras y reparo de los asaltantes. También se 
juzgó ventajoso para la futura toma de la posi- 
ción el daño causado en su recinto por los tiros de 
los trabucos. 

Después de tratados concienzudamente estos 
puntos, el Rey habló aparte á su hermano y le 
encareció la oportunidad de su venida, puesto que 
en su ausencia le hubiera sido difícil el viaje en se- 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 



9^ 



creto para destruir por ingeniosos medios al ene- 
migo; al paso que ahora con su presencia podría 
ya marchar inmediatamente á Valladolid á dispo- 
ner nueva expedición. Preparó en gran secreto el 
viaje con tres compañeros, D. Enrique Enríquez, 
su tío, Rodrigo de Ulloa y Raimundo de Espes, el 
mozo; montó á caballo á media noche, y dejando 
al cuidado de uno de sus compañeros la conduc- 
ción en una acémila de lo necesario para el ca- 
mino, llegaron antes de amanecer, á buen andar 
de las cabalgaduras, á cierto monasterio donde 
durmieron algunos momentos, A la noche si- 
guiente entraron en Valladolid, alojándose en una 
casa que en secreto tenían preparada. 

En Burgos, nadie, á excepción de los iniciados 
en el viaje, se apercibió el primer día de la ausen- 
cia del Rey. Al segundo, viendo circular entre las 
gentes al camarero Diego de Torres, á Raimundo 
de Espes, muy querido del Rey, y á otros servido- 
res de Palacio, creyeron buenamente que alguna 
indisposición retenía en él á D. Fernando. Ya al 
tercer día los vecinos de Burgos entraron en al- 
guna sospecha, poco agradable, especialmente 
para los principales de la ciudad, aunque los tra- 
bajos que D. Alfonso disponía para combatir el 
castillo los tenía á todos ocupados. En Valladolid, 
el primer día en que el Rey tuvo junta secreta con 
unos cuantos de sus íntimos, nada llegó á traslu- 
cirse, y lo mismo el segundo; pero al tercero, la 
inusitada reserva empleada en sus ocupaciones 
por los que desempeñaban cargos públicos, hizo 
correr algunos rumores acerca de la presencia del 
Rey. El cuarto día ya se aseguraba entre el pue- 



02 



A. DE PALENCIA 



blo que estaba en la ciudad. Al quinto, tramada 
ya por tercera ó cuarta vez la conjura de los za- 
moranos para abandonar la causa del rey de Por- 
tugal, y desconfiando cada uno de los demás, pues 
tenía para sí que cada centro de conjurados había 
imaginado aquella defección, y sólo los unidos 
por el vínculo de idéntico pensamiento la habían 
discurrido, llegó á asegurarse D. Fernando deque 
Francisco Valdés, alcaide del castillo construido 
sobre el puente del Duero, se había hecho tan 
sospechoso al rey de Portugal, ya apercibido 
de que algo se tramaba contra él, que el nuestro 
podía contar con paso franco. La noticia fué, con 
razón, muy grata á D. Fernando, é inmedia- 
tamente, á la media noche salió de Valladolid con 
200 lanzas, acompañado por D. García de Tole- 
do, duque de Alba; por D. Rodrigo Pimentel, 
conde de Bena vente, que trabajaba por su li- 
bertad (i); por Gutierre de Cárdenas, á quien la 
Reina confiaba todos los acuerdos secretos, y por 
Pedro de Estúñiga, primogénito del Conde de 
Plasencia, que por aquellos días andaba procu- 
rando algún respiro en el sitio de la fortaleza de 
Burgos. El Cardenal permaneció en compañía de 
la Reina, y se escribieron cartas á las autoridades 
de Salamanca, Medina, Segovia y Avila, encar- 
gándoles la urgencia de enviar tropas á Zamora si 
su ánimo era coadyuvar á la empresa iniciada. Y 



(i) Parece inexplicable que estando preso el Conde, 
acompañase al Rey; pero el texto latino así lo dice: 

«Comitatus (el rey D. Fernando) Comité Beneventano 
Roderico Pimentel, pro jr Ham libertatem inquirente.» 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV Q3 

como se creía que de tantas conjuras de los de Za- 
mora contra el rey de Portugal sólo la del alcaide 
citado, Francisco de Valdés, se acomodaría al in- 
tento del rey D. Fernando, se dió orden á los 
600 caballos, tiempo antes reunidos en Villal- 
pando para acudir rápidamente en favor de otros 
movimientos de los de Zamora, que torciesen el ca- 
mino hacia Tordesillas para ponerse á las órdenes 
del rey D. Fernando á su paso por la población. 
Antes de alborear entró en Simancas; allí se re- 
unió á sus tropas el almirante D. Alfonso Enrí- 
quez, y tras breve descanso en Tordesillas, atra- 
vesó el puente sobre el Duero al frente de 800 lan- 
zas, y por el llano dió vista á Castronuño, todavía 
ignorante del nuevo movimiento de los zamoranos 
contra el rey de Portugal, que había salido de la 
ciudad el mismo día en que D. Fernando se diri- 
gió á ella desde Valladolid. 

Junto á los muros de Castronuño se trabó li- 
gera escaramuza, á que puso término la interven- 
ción de D. Fernando. A poca distancia de la villa 
se dió algún descanso á las tropas, y luego camina- 
ron todo el resto de la noche, hasta que, pasados 
los pueblos y aldeas de la travesía, se supo que el 
rey de Portugal había salido de Zamora. Allí se 
dirigió á toda prisa D. Fernando, que llegó al 
puente en las últimas horas de la noche. 



CAPÍTULO IX 

Terrón y fuga del Rey de Portugal.— Recupera- 
ción de Zamora por D. Fernando. 

peo oportuno añadir algo sobre la defec- 
ción de Zamora á lo que ya referí acer- 
ca del enojo de sus moradores cuando 
descubrieron el inicuo propósito del rey de Por- 
tugal de arrojar de la ciudad á los que le eran 
sospechosos, sustituyéndolos por otros tantos 
portugueses. Conocía él tiempo antes el anhelo 
de los angustiados vecinos por recobrar su an- 
tigua tranquilidad, y vivamente deseaba conse- 
guir su doble fin de someter á los aterrorizados 
habitantes y librarlos luego de todo temor. Sus 
gentes se mostraban de dia en día más crueles, y 
afligían á los míseros ciudadanos con intolerables 
sospechas. A unos daban vil muerte en la horca; 
martirizaban á otros con variados tormentos, y, 
arrojando la máscara de su anterior benignidad, 
aparecieron cuales eran, afrentando, acusando y 
vejando con innumerables ultrajes á los de más 
humilde condición. Es seguro que se hubieran 
ensañado con todos, sin la protección dispensada 
á muchos del pueblo que les eran afectos por el 
alcaide de la fortaleza Alfonso de Valencia y por 




QÓ A. DE PALENCIA 

Juan de Porres y sus amigos. Pero ni aquél ni 
éste, tío de Francisco de Valdés, habían sospe- 
chado nunca del último. Prescindiendo del fun- 
damento que pudiera tener el rumor ó la sospe- 
cha, el rey de Portugal trató con el Arzobispo de 
Toledo y con los demás Grandes acerca de la con- 
veniencia de llamar al príncipe D. Juan de Por- 
tugal. 

Porque los andaluces de la frontera de este reino, 
los de Badajoz y las gentes de otros muchos pue- 
blos inclinadas al partido de D. Fernando, iban dia- 
riamente asolando la región más feraz de Portugal: 
en Galicia, los partidarios de D. Alfonso esta- 
ban sufriendo tan grandes daños, que necesitaban 
pronto socorro, y era indispensable atender muy 
particularmente á aquellas apartadas provincias 
portuguesas, para que mientras él, en el centro del 
territorio atravesado por el Duero, trabajaba por 
ocupar Zamora y Toro, no quedasen destruidas 
las demás provincias, con vergüenza y oprobio 
considerable. Sobre todo el Algarbe, en Africa, á 
tanta costa y con tan perseverante esfuerzo ga- 
nado, inspiraba el mayor interés, porque no pu- 
diera decirse de los portugueses lo del perro de la 
fábula de Esopo, que al atravesar un río soltó la 
carne que llevaba en la boca por coger la que veía 
reflejada en el agua. También debían tenerse muy 
presentes los trabajos de los confederados y evitar 
que en Castilla la Nueva y Maestrazgo de Cala- 
trava el enemigo aniquilase á los dos primos don 
Rodrigo Girón y el Marqués de Villena, ya decaí- 
dos de su gran poderío. Este quebranto arrancó 
al Arzobispo durante el Consejo las mayores que- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV Q7 

jas, á vueltas del recuerdo de su propio señorío. 
Al Conde de Plasencia se le achacaba gran culpa 
en la funesta resolución primeramente acordada, 
por haber hecho que el mismo Rey con todo su 
poder y todas las tropas se empleasen en su am- 
paro y en la campaña contra Burgos. Por todo 
lo dicho, y á fin de preparar la armada, tan in- 
dispensable para el buen éxito de la causa portu- 
guesa, se convino en la necesidad de llamar al 
Príncipe. Para acompañarle se destacaron 3oo ca- 
balleros escogidos, con lo que se dió ánimo á los 
ya inclinados al partido de D. Fernando, puesto 
que facilitaba la defección el menor número de 
caballería que quedaba con D. Alfonso. Así lo 
había calculado también Francisco de Valdés, 
hombre enérgico, en su corazón, partidario re- 
suelto de D. Fernando, y desesperado al ver la nota 
de infiel á su Rey con que después de la defección 
de Zamora al Portugués le tildaban los desconoce- 
dores de los pactos secretos, sin que les hubiesen 
convencido las pruebas de su lealtad, ni el retener 
en su poder el puente sobre el Duero, tan á pro- 
pósito para facilitar la deseada entrada del Rey 
Católico. El solo, valiéndose de emisarios secre- 
tos, insistió para que le acudiese con oportunos 
socorros, y hubiera realizado más importantes 
empresas si le hubiera ayudado la fortuna, pues 
se dice que intentaba apoderarse del rey D. Al- 
fonso y de su prometida esposa, aprovechando su 
visita semanal á una ermita situada al otro lado 
del puente; mas al tiempo que disponía el golpe, 
interrumpieron la costumbre. Esto le hizo pensar 
en alguna sospecha nacida en el ánimo del Rey, y 



9 8 



A. DE PALENCIA. 



procedió en adelante con más cautela cuando le 
visitaba. Por su parte éste y sus Grandes pusie- 
ron más cuidado en disponer con mayor libertad 
del paso del puente. Mientras D. Fernando per- 
manecía escondido en Valladolid, Valdés en Za- 
mora se fingía enfermo, para tener un pretexto de 
dilación cuando se llamase al Rey Católico. Ya 
los portugueses, aguijoneados por vehementes sos- 
pechas, resolvieron avistarse con Valdés, y para 
ello eligieron al Conde de Marialba y á Juan de 
Porres. Desde la puerta de la torre del puente pi- 
dieron una conferencia al alcaide, el cual, por in- 
termedio de Pedro de Mazariegos, su lugartenien- 
te, se la negó alegando su enfermedad. Tan á mal 
llevó el Conde la excusa, que exclamó: «¡Oh, 
Dios! ¿Qué persona honrada puede tolerar la pér- 
fida condición de los castellanos sin arrancarlos 
la vida ó castigar los perversos procedimientos y 
los desleales intentos de esta gente?» Inmedia- 
tamente le contestó Mazariegos: «¡Apartaos de 
aquí, imbéciles y soberbios portugueses! ¡Atrás, 
digo, enemigos insolentes y por demás fanfarro- 
nes! ¡Nosotros obedecemos á D. Fernando!» 

Apenas acabó de hablar, volaron por los aires 
las saetas contra los osados mensajeros, que pa- 
garon cara su osadía, pues no encontraban re- 
paro contra la nube de flechas que desde las 
almenas les arrojaban. En cuanto le hallaron, 
el rey D. Alfonso mandó á sus gentes tomar las 
armas y disponerse al ataque, encareciendo en 
ardiente arenga la singular importancia de la 
posesión de la ciudad para el triunfo de su causa. 
Dado algún descanso á las tropas, lanzáronse fu- 



CRÓN.CA DE ENRIQUE IV 



99 



i iosamente contra los que llamaban pérfidos y re- 
beldes. La defensa estaba perfectamente prepara- 
da, y apenas se aproximaron los primeros portu- 
gueses, cayó sobre ellos espesa nube de dardos y 
saetas, siendo tal el terror que se apoderó de sus 
ánimos al solo nombre de D. Fernando, cuya veni- 
da temblaban, que, heridos y poseídos de espanto, 
encomendaron su salvación á la fuga para escapar 
de las manos de los sospechosos zamoranos, antes 
de la llegada del enemigo, y poder siquiera acoger- 
se á los muros de Toro. Adoptó D, Alfonso este re- 
curso, y en compañía de su futura esposa y de los 
íntimos que le quedaban fieles, marchó al punto 
hacia Toro, que juzgaba seguro refugio, abando- 
nando en su precipitación las riquezas acumula- 
das en el castillo. El mismo día que los portugue- 
ses salieron de Zamora, D. Fernando, aún dudoso 
de la futura empresa, se dirigió hacia esta ciudad, 
y el 2 de Diciembre, antes de amanecer, entró en 
el puente, como dije, encaminándose sin descan- 
sar un momento al interior de la población, que 
fácilmente hubiera podido el enemigo fortificar 
al marcharse con algunas defensas ó guarnición. 
No hallaron resistencia los de D. Fernando sino 
en las gentes del Alcaide que guardaban la cate- 
dral, próxima al castillo, y á combatirlas marcha- 
ron sin detenerse, empezando por la casa del mal- 
vado Cantor zamorano, tío del pérfido Alcaide é 
inicuo consejero, por cuanto desde las defensas de 
ella hacían gran estrago con los venablos y tiros 
de espingarda entre los soldados que se dirigían 
á la iglesia. Para evitarlo se echó inmediatamente 
abajo la casa, debiéndose esta ruina, así como el 



100 



A. DE PALfcNCIA 



saqueo de otras viviendas de personas inocentes, 
á la maldad de su convecino el citado Cantor. Los 
de la iglesia, como poseídos de estupor, se defen- 
dían flojamente, al paso que los que la atacaban 
arrimaron las escalas con admirable arrojo. El 
primero que subió por ellas, sembrando el espanto 
entre los sitiados, fué un caballero llamado Fer- 
nando el Bueno, de la gente de D. Pedro de Estú- 
ñiga, primogénito del Conde de Plasencia. A su 
ejemplo treparon á lo alto buen golpe de soldados 
de D. Fernando, que apresaron á unos, dieron 
muerte á otros y forzaron á algunos á encerrarse 
en la torre. Pronto tuvieron que abandonarla lle- 
nos de terror, porque uno de los enemigos llegó 
por el tejado de la iglesia á un agujero tapiado, y 
como ellos, no recelando nada por aquella parte, 
sólo atendían á impedir la entrada de las escaleras 
de piedra, de pronto sintieron que por aquel lado 
caían sobre sus cuerpos las que el soldado les arro- 
jaba desde la tronera tapiada. Entonces escaparon 
atemorizados por el postigo y se encerraron en la 
fortaleza. No se apercibieron los nuestros de la 
fuga, atentos como estaban á librarse de las sae- 
tas; mas cuando observaron que ya no arrojaban 
ninguna, ocuparon las puertas y ventanas de lo 
alto, y sin el menor peligro se hicieron dueños de 
la torre abandonada. Mucho se elogió el arrojo de 
los 20 compañeros de armas de Pedro de Estúñiga. 
El cual, enemistado con razón con su suegra, mar- 
chó á Sevilla á suplicar á los Reyes que no per- 
mitiesen el despojo de un patrimonio legítima- 
mente adquirido, á causa de la maldad de aquella 
mujer, instigadora de la pérfida conducta del Con- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



IOi 



de de Plasencia, y que si se dignaban confiar á su 
lealtad la fortaleza de Burgos, seguramente el Al- 
caide se la entregaría. Mas como era pública la 
visita que en su camino había hecho Pedro á su 
pariente, y que por su consejo había movido es- 
tos tratos para que cesase el ataque de la forta- 
leza, se contestaba á las palabras con palabras, y 
Pedro, con aquellos pocos compañeros, seguía las 
banderas del Rey. Tomada la torre y la iglesia, 
inmediatamente se establecieron puestos avanza- 
dos para combatir la fortaleza de Zamora, con 
gran alegría de los vecinos que, libres ya del te- 
mor de verse arrancados de sus casas y sustituí- 
dos en ellas por los portugueses, según su inicuo 
proyecto, ofrecieron espontáneamente todas sus 
riquezas, alhajas y utensilios á los de la fortaleza, 
amigos suyos y partidarios del Rey. Lo mismo 
hacían todos los pueblos circunvecinos, que se 
habían negado á suministrar trigo á los portugue- 
ses, al paso que ofrecían á los de D. Fernando todo 
el grano encerrado en los silos, y les vendían ba- 
ratísimo lo que negaban á los primeros. 




CAPITULO X 



Regocijo universal de los pueblos por laocupación 
de Zamora.— Pesar de los portugueses y .:e los 
Grandes castellanos temerosos del poderío del 
rey D. Fernando. — Nuevas conferencias de 
aquéllos y diversas agitaciones. 

a inopinada ocupación de Zamora por 
el rey D. Fernando fué motivo de ex- 
tremada alegría para los pueblos, al par 
que de profunda pena para los portugueses y para 
los Grandes castellanos, persuadidos del perpetuo 
dominio de los primeros en la ciudad, causa, por 
tanto, de constantes dificultades para los Reyes 
legítimos. Visto el fracaso de sus esperanzas, fra- 
guaron nuevos planes y quisieron entablar otras 
negociaciones con los pueblos, que los rechazaron 
con burla. Traía apenados á los primeros los 
grandes triunfos de D. Fernando, y esto mismo 
hacía que los ciudadanos y los populares pusie- 
sen empeño en manifestar sus secretas intencio- 
nes por medio de juegos y regocijos públicos. 

Don Rodrigo Girón no tardó en dar oídos á los 
prudentes consejos del noble y avisado Gonzalo de 
Avila, que por mucho tiempo le había estado di- 
suadiendo de seguir los locos y pérfidos procedi- 
mientos de su primo el Marqués, y encomendar 




cxxxiv 



8 



io4 



A. DE PALENCIA 



sus cuantiosas rentas al arbitrio del joven á quien 
habían de perder los perversos consejos del Arzo- 
bispo de Toledo. En vez de esta conducta, debía 
por sí mismo prevenir la funesta ruina de su se- 
ñorío, congraciándose con la Reina, que pensaba 
muy diferentemente respecto á la sublimación de 
D. Alfonso de Aragón, según la voluntad de los 
que se oponían á semejantes encumbramientos, 
en especial, por que acaso enmendase sus yerros 
con alguna nueva excusa. Persuadido D. Rodri- 
go, llamó á Gonzalo de Avila, á quien había 
respetado el fragor de la guerra, y le eligió para 
entender en su reconciliación con los Reyes. Lo 
mismo se proponía hacer después de la recupera- 
ción de Zamora el conde de Ureña D. Juan Téllez 
Pacheco (i), hermano gemelo de D. Rodrigo, y tan 
parecido á él, que cuando habitaba en la misma 
casa, hasta sus criados los confundían. En días 
más felices, joven y soltero, hubiera podido esco- 
ger suegro á su gusto, porque su padre D. Pedro 
Girón, maestre de Calatrava, le había dejado in- 
mensa fortuna. Mas por seguir al Marqués, sufrió 
con él graves quebrantos, como fué la pérdida de 
la importante villa de Gumiel de Izán, recuperada 
por el conde de Castro D. Diego de Rojas, cuyo 
abuelo la había perdido con otras muchas cuando 
siguió el partido del rey de Navarra y del maes- 
tre de Santiago D. Enrique contra D. Alvaro de 
Luna. Estaba el conde de Haro D. Pedro de Ve- 
lasco, primo del de Castro, muy enemistado con 



(i) Más tarde se llamó D. Juan Girón. (JV. del T.) 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV I05 

él por haber preferido en la pasada guerra la 
amistad del conde de Treviño D. Pedro Manrique 
á la suya, y se mantenía entre ambos hondo re- 
sentimiento. Así, en cuanto el de Haro vió oca- 
sión propicia para molestar al primo y ayudar al 
Conde de Ureña, ensanchando á la vez el núcleo 
de sus propios partidarios, empezó á proteger al 
joven, ya camino de su ruina, brindándole con la 
mano de su hija. La oferta fué muy del agrado 
del favorecido, y cuando los Reyes lo supieron, 
también experimentaron cierta satisfacción, por- 
que con ello el Portugués ya no podría contar con 
las guarniciones de Ureña y Tiedra, tan útiles á la 
sazón para la empresa de Toro, como perjudicia- 
les á los zamoranos; si bien por otra parte se do- 
lieron de que el Conde de Haro salvase de la ruina 
al joven arrancándole de las garras de la versátil 
fortuna que le había vuelto la espalda. La aproba- 
ción á la censura de los Reyes no fué obstáculo 
para que el de Haro consintiese en el matrimonio 
de su hija (i) con el Conde de Ureña y le prestase 
todo su favor, arrostrando los riesgos de las riva- 
lidades con la resistencia que opuso á la facción 
del Conde su primo. De ellas surgieron tumultos y 
revueltas, y D. Diego de Rojas, al suceder á su di- 
funto padre en el condado de Castro, se atrevió, 
con el apoyo de sus aliados, á vejar con correrías 
y talas á los pueblos obedientes al Conde de 

(i) Hay un blanco en el texto latino. Suponiendo que 
faltara el nombre de la desposada, puede suplirse, puesto 
que es sabido se llamaba D. a Leonor de la Vega y de Ve- 
lasco. (N. del T.) 



A. DE PALENCIA 



Haro. Se impuso, por tanto, la necesidad de que 
el rey D. Fernando procurase el apaciguamiento 
de estas rivalidades, con prometer al de Castro 
grandes recompensas si entregaba la villa de Gu- 
miel de Izán á la Corona, y perdonar al Conde de 
Haro el parentesco contraído con el de Ureña, á 
condición de prestar pleito homenaje y obligarse 
á la debida fidelidad para lo sucesivo por medio 
del juramento militar, por más que en tiempos 
tan revueltos se tuvo por imprudente la aproba- 
ción de semejante parentesco. La única consi- 
deración que á la censura pudo oponerse fué la 
prolongada osadía de los que habían pretendido 
alcanzar sus medros hasta apoyándose en la co- 
rrupción de costumbres. 

También el Marques de Villena empezó á dar 
oídos á las insinuaciones del Cardenal, cuyo favor 
acaso pudiera alcanzarle el perdón de sus delitos, 
pues no ignoraba que su primo D. Rodrigo había 
buscado su protección. Verdad era que su yerro 
había sido másiigero, como que se reducía á un 
intento de retener la posesión del maestrazgo de 
Calatrava, al paso que su hermano ei Conde de 
Ureña había prestado acatamiento al rey de Por- 
tugal y había asistido armado al inicuo casa- 
miento de la pseudo reina D. a Juana, con tal des- 
caro, que el mismo Marqués y su hermano habían 
prestado funesto consentimiento. Diego Pacheco, 
por tanto, acusado de crímenes muy graves, y en 
su afán de retener á Bae/a, Madrid y Trujillo, 
andaba vacilante entre varios partidos sin resol- 
verse decididamente por ninguno. Al fin quiso 
averiguar en las juntas de sus amigos, qué propó- 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 



107 



sitos abrigaban para lo futuro. Ya dije que en 
compañía de D. Rodrigo Girón habían pasado 
por aquellos días desde Castilla la Nueva á 
Andalucía, y para aquel efecto procuró avis- 
tarse con el Marqués de Cádiz en Estepa, por 
creerse que un mismo interés le ligaba con el de 
D. Rodrigo Ponce de León, marido de D. a Leo- 
nor (1), hermana del de Villena, y dueño de Je- 
rez, Alcalá de Guadaira y Constantina, del terri- 
torio de Sevilla. El referido D. Rodrigo había te- 
nido poco antes una entrevista en San Martín de 
la Sierra con los alcaides de las fortalezas de Anda- 
lucía, enemigos del rey D. Fernando, y, como con- 
secuencia de ella, se mostró luego más activo en 
fortificarlas y proveerlas de guarnición, como si 
tratase, no sólo de acallar el temor con los prepa- 
rativos bélicos, sino de aterrar á los adversarios. 
Se consideraba á este hombre enérgico más incli- 
nado á tales procedimientos por haber conocido el 
fundamento preferente para sostenerse en sus re- 
soluciones. El Marqués de Villena creyó que debía 
sondearse el ánimo de D. Alfonso de Aguilar, que 
ocupaba á Córdoba, y que mientras vivió el Maes- 
tre Pacheco, y con pretexto de alegación de di- 
vorcio autorizado por el Papa, estuvo vacilando 
en apartarse de su legítima esposa Francisca para 
casarse con Catalina, hermana del Marqués. De 
esto trataron los dos primos en la entrevista que 
á su regreso á Castilla la Nueva, y antes de atra- 
vesar la sierra de Córdoba, tuvieron en la Torre 



<i) El ms. de Sevilla tiene al margen: Beatricem. 



io8 



A. DE PALENCIA 



de Diego de Aguayo, caballero cordobés, igual- 
mente adicto á D. Rodrigo Girón y á D. Alfonso de 
Aguilar. No me consta á ciencia cierta loque en 
suma se trató en la conferencia; pero, además de 
otros indicios del ánimo tiránico del de Aguilar, 
muy apartado de la recta intención de seguir el 
partido de D. Fernando, fué manifiesta demostra- 
ción de sus malos propósitos el que, después de la 
entrevista, comenzó á tratar de su matrimonio con 
Catalina, hermana del marqués D. Diego Téllez, 
precisamente en la ocasión en que ningún hom- 
bre prudente se hubiera atrevido á arrostrar el 
grave peligro de semejante enlace, sobre todo 
estando aún ligado por el legitimo vínculo de su 
primer matrimonio. En el hecho, de nada hizo 
caso; pero al escucharle, pregonaba que segui- 
ría aquel partido á que le obligasen sus juramen- 
tos. Y á una con los magistrados de Córdoba y 
con la voz de los populares, había prometido se 
guir á D. Fernando y á D. a Isabel. 





LIBRO XXV 

CAPÍTULO PRIMERO 



Doña Leonor Pimentel, mujer del Conde de Pía- 
sencia, procura con gran empeño el perdón de 
los delitos cometidos. — Arrecia el ataque contra 
la fortaleza de Burgos. — Declaración de la gue- 
rra de Francia. 

l empezar el año 1476 envió D. a Leonor 
Pimentel á la ilustre Reina emisarios 
secretos para pedirla encarecidamente el 
perdón de las pasadas ofensas. Viendo que no le 
alcanzaba, le impetró después por medio de su 
yerno D. Pedro de Estúñiga, residente en Zamora, 
donde intercedía con el Rey para que diese algún 
respiro al sitio y ataque de Burgos, por indicacio- 
nes del Conde de Benavente, que había dejado en 
poder del rey de Portugal á su hijo D. Alfonso 
Pimentel como prenda de la observancia de los 
pactos concertados, y además había entregado á 
alcaides portugueses las fortalezas de Portillo, Vi- 
llalba y Mayorga, á cambio de recobrar su liber- 
tad. Para esto juzgaba condición indispensable el 
levantamiento á¿\ sitio citado, y con suma habili- 
dad trataba de dar cima á un tiempo á dos nego- 
ciaciones propicias, puesto que consideraba el ho- 




no 



A. DE PALENCIA 



nor de su parienta D a Leonor unido á su pe- 
culiar provecho, y como le arrastraba el cariño 
hacia la primera esposa, ambas partes se esforza- 
ban con recíproco afán por conseguir su propó- 
sito. Para el rey D. Fernando era inconcuso que 
en la toma de la fortaleza de Burgos consistía la 
resolución de todo, y hubiera otorgado cualquier 
otro medio conducente á la libertad del Conde de 
Benavente menos cejar en el sitio en los momen- 
tos en que la toma no podía diferirse. Porque 
D. Alfonso de Aragón, con tan admirable solicitud 
y exquisita ciencia militar había rechazado á la 
guarnición del castillo, y derruido con la artille- 
ría el recinto murado, dejándole desnudo de toda 
defensa, que á los cercados, vanamente empeñados 
en resistir, no les quedaba medio alguno de de- 
fensa; al paso que ios sitiadores circulaban con 
toda seguridad por los fosos al pie del muro, y 
permanecían libremente junto á los cimientos. 
También se habían apoderado de algunos cubos 
del piimer recinto, y ya la guarnición tenía per- 
dida toda esperanza de futuro socorro, por más 
que conociese la declaración de guerra de los fran- 
ceses contra los vascos, guipuzcoanos y navarros, 
adictos á D. Fernando, por haber hecho el rey 
Luis qre se publicase á voz de pregón por todas 
las ciudades y pueblos de Gascuña, á fin de que 
la noticia animase á los sitiados para arrostrar 
trabajos y riesgos, con la esperanza del inmedia- 
to socorro de los amigos. Con igual propósito se 
valió el francés de numerosos artificios, ya es- 
cribiendo al de Portugal y á sus aliados que 
Fuenterrabía, oprimida con estrecho cerco, casi 



- 

CRÓNICA DE ENRIQUE IV III 

-destruida por terrible asalto, é impotente, por 
tanto, para resistir el poder de los franceses, les 
dejaría paso franco para penetrar en el corazón 
del reino; ya que le tendrían por Navarra, en 
parte su aliada, y más fácil y rápido para atrave- 
sar el Ebro por aquella parte. Además, por me- 
dio de repetidas cartas y de numerosos agentes, 
hacía cundir por aquel reino la voz de que Pedro 
de Peralta, antes inclinado al favor del rey de 
Aragón, era ya sospechoso á D. Fernando; y de 
que todos los principales vascongados eran hos- 
tiles á su causa, prefiriendo á los franceses. La 
astucia de éstos hacía aparecer como desleales á 
Juan Alfonso de Mújica, á Juan López de Lezca- 
no, á Juan de Salazar y á Pedro de Ayala, nobles 
vascongados favorables al bando Oyacino. Pero 
todo este cúmulo de cuidados y angustias no ami- 
lanaron al rey D. Fernando, antes continuó com- 
batiendo los dos castillos de Burgos y Zamora, y 
puso al frente de los vascongados defensores de 
Fuenterrabía al excelente Esteban Gayo (i), por- 
tugués muy experto en el arte militar, estimadísi- 
mo del rey D. Juan de Aragón por sus largos ser- 
vicios y lealtad acrisolada, y tan apreciado de don 
Fernando, que le escogió entre todos para dirigir 
la defensa de Fuenterrabía contra los franceses, 
por el heroico arrojo que en otras campañas había 
demostrado, rechazando en repetidos encuentros 
las acometidas de aquellos enemigos. 

Toda esta fama de esforzado no fué, sin embar- 
go, bastante para disipar entre los vascongados la 



(i) En el ras. G-29... Gado. 



112 



A. DE PALENCI A 



extrañeza de que un portugués pudies.e combatir 
al rey de Portugal. Al cabo el continuado trato 
les hizo desechar, en gran parte, sus sospechas. 
Con haber logrado toda la balumba de las má- 
quinas de guerra francesas abrir algunas brechas 
en los muros, de nada servía contra la tenaz re- 
sistencia de los defensores, porque el esfuerzo que 
en sus corazones infundía el ejemplo de su capi- 
tán, llenaba de pavor á los franceses; con ma- 
ravillosa solicitud se atendía á levantar nuevas 
defensas, y resultaba inútil la persecución del 
enemigo contra las naves, que no interrumpían 
sus viajes para traer vituallas á los vascongados. 
En cambio, los sitiadores solían pagar cara su te- 
meridad, pues, cortada su comunicación con Gas- 
cuña por la marea, veíanse obligados, hasta que 
bajaba, á pelear desde lejos sin el auxilio de los 
que acampaban en otros reales y contemplaban á 
veces el apuro de sus compañeros, sin poderles 
ayudar, por prohibirles el paso la altura de las 
aguas. 




CAPÍTULO II 



Esfuerzos del rey de Portugal por infundir te- 
mor á D. Fernando con incursiones y falsos 
preparativos de campaña. — Muerte de Juan de 
Ulloa.— Sucesos en Andalucía y en las fron- 
teras de Portugal. 



ientras D. Fernando seguía combatien- 
do el castillo de Zamora, el rey de Por- 
tugal pasaba por el amargo trance de 
ver decaído su prestigio entre las gentes, pues 
hasta entonces le habían considerado afortuna- 
dísimo en la guerra, como esforzado vencedor 
en Marruecos y eximio caudillo para el acierto en 
las expediciones, así terrestres como marítimas. 
También los portugueses habían perdido mucho 
de su fama de feroces y guerreros cuando, aban- 
donando á Zamora á impulsos de súbito terror, 
cometieron dos graves yerros, al rehuir la batalla 
junto á Toro y refugiarse en esta ciudad poseídos 
de espanto de la escasa guarnición del puente. 

Los Grandes portugueses, excitados por diarios 
contratiempos, impulsaban al Rey á incursiones 
bélicas, achacando á vergonzosa apatía el largo 




ii4 



A. DE PALENCIA 



asedio que venía sufriendo el alca ; de de la forta- 
leza Alfonso de Valencia, sin que los soldados de 
Portugal acudiesen á socorrerle en su trabajosa y 
solitaria defensa, con gran desdoro de los portu- 
gueses confinantes con la tierra zamorana. Ellos, 
acostumbrados á pasar al Africa con escasas fuer- 
zas contra innumerables moros, y á desafiar el 
empuje de cien mil jinetes, ahora, cambiado el es- 
fuerzo en cobardía, parecían haberse vuelto tan 
pusilánimes, que ni podían mantenerse firmes en 
los rebatos, ni acudir en socorro de los amigos. 
Dijérase que la sola vista del enemigo les acobar- 
daba, cuando se hallaban superiores en número, 
y no teniendo que temer peligro alguno por aque- 
llas cercanías, érales fácil quebrantar con diarias 
acometidas á los castellanos y buscar ocasión para 
que los primeros triunfos de D. Fernando recon- 
virtieran en irremediable desastre. Tales razones 
convencieron al rey D. Alfonso, y observando el 
empeño del enemigo en aprovechar la artillería y 
máquinas de guerra del duque de Alba 1\ García 
de Toledo para combatir la fortaleza de Zamora, 
se propuso interceptar los convoyes atacando á 
las tropas castellanas enviadas para conducirlos. 
Divisaron de repente al enemigo, ya poco distante, 
y, á pesar de reconocerse inferiores en caballe- 
ría, no por eso se acobardaron nuestros peones, 
antes excitaron á los hombres de armas á no 
tener en mucho á la caballería portuguesa y á 
considerar la inquebrantable firmeza con que la 
infantería castellana sabía defender la vida, el ho- 
nor y realizar las empresas que se le encomenda- 
ban, con lo que el portugués, tantas veces puesto 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV I I 5 

en fuga, habría de conocer que los soldados de 
D. Fernando vencerían en todos los sitios y con- 
ducirían al de la fortaleza de Zamora aquella ar- 
tillería con moderada marcha y perseverante va- 
lor. Los hombres de armas elog aron el arresto de 
los peones, y formadas las batallas en torno de las 
máquinas de guerra, aguardaron intrépidamente 
la resolución del enemigo. 

Cuando D. Alfonso, que á la sola vista de su 
hueste creía ver huir aterrados á los castellanos, 
observó sus batallas ordenadas al pie de las ban- 
deras, permaneció algún tanto indeciso hasta que 
entre sus cab lleros se tratara si había de rom- 
perse con el peonaje enemigo. Porque si el valor 
de los portugueses vencía, como los acaudillaba 
su Rey, poca gloria les granjearía la victoria; y 
si por caso de fortuna la fortaleza de los caste- 
llanos que, impertérritos, aguardaban el ataque 7 
les hacía vencedores, el nombre oortugués perece- 
ría juntamente con su Rey en campal batalla á 
manos de rústicos peones. Unánime fué el sentir 
del Rey y de sus caballeros, y después de amagar 
el combate, se alejaron con propósito de empeñarle 
en las cercanías de Zamora. Así, si por caso al alba 
acometían á ios que, desprevenidos, sitiaban la for- 
taleza por la parte exterior, ó rodeaban los fosos 
para ocultar la entrada ó salida, podrían derrotar- 
los ó interrumpir las obras empezadas, con daño 
de los de D. Fernando y ganándose el favor de los 
cercados. Aprobado el plan, al acercarse al ene- 
migo dispusieron las celadas y dividieron el resto 
de las tropas en dos haces, á fin de que el mayor 
núcleo caminase en orden de batalla y que la van- 



u6 



A. DE PALENCIA 



guardia cayera sobre los descuidados enemigos. 
Pero los centinelas estaban prevenidos y fueron 
avisados por ios corredores que patrullaban por la 
noche. Tocada al punto alarma, D. Fernando hizo 
adelantar 200 lanzas y numeroso peonaje para de- 
fender los puestos exteriores. Él, con el resto de 
las tropas, se situó en el centro de la plaza de la 
ciudad, y ordenó á su gente que no fuese al en- 
cuentro del enemigo sin tener antes descubiertas 
las celadas y conocido el número y disposición de 
la hueste portuguesa. Todavía no se habían re- 
puesto los de D. Fernando de su sorpresa, cuando 
el rey de Portugal llamó á su gente, y ya entrada la 
mañana, empezó la retirada, seguida por alguna 
caballería castellana, que picaba la retaguardia. 
Entonces tocó á los portugueses aterrarse, y don 
Alfonso trató de volver á Toro, como muy aco- 
modado para refugio y abundante en manteni- 
mientos. A causa de estas ventajas, hacía gran es- 
timación del infame Juan de Ulloa, detestado de 
todo hombre de sanas intenciones. 

No era sólo la corrupción de sus costumbres, 
sino la horrible deformidad de su cuerpo, loque 
indicaba á las claras ser éste albergue de un alma 
malvada. Pero al rey de Portugal, lejos de repug- 
narle la vista de tan inmundo y perverso tirano, 
no le eran intolerables otras muchas acciones aún 
más inmundas. Así, por ejemplo, algunas veces, 
en conversación con el Rey, satisfacía sin el menor 
empacho sus necesidades naturales, al modo de las 
bestias. No me sería fácil detallar todas las torpe- 
zas de aquel monstruo, por lo que, omitiendo la 
vergonzosa narración de su vida, sólo haré alguna 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV I I 7 

mención de su horrible fin. Poco después que don 
Alfonso, como dije, se dirigió á Toro sin conse- 
guir estorbar que los de D. Fernando llevasen á 
Zamora la artillería y máquinas de guerra de Alba 
de Tormes y quedase estrechamente sitiada la 
guarnición de la fortaleza, fué hallado cadáver 
Juan de Uiloa. Unos dicen que, á causa de su obe- 
sidad, murió de repente en un camastro; algu- 
nos aseguraron que había muerto al amanecer 
del i3 de Enero al intentar satisfacer una nece- 
sidad natural. Aumentó al punto la horrenda 
deformidad de su rostro, y fué tan insopor- 
table el hedor del cadáver, que su gente tuvo 
que abandonarle y no fué fácil darle sepul- 
tura. Díjose que la viuda, María Sarmiento, 
de sentimientos tan inhumanos como el marido, 
había sostenido ilícito trato con el rey de Portu- 
gal. No faltó quien dijese que Juan había muerto 
envenenado. Ni de lo uno ni de lo otro me consta; 
lo cierto es que ella empleó en favor de la causa 
portuguesa la crueldad que del difunto marido 
había heredado, y ejecutó cuanto al Rey plugo 
con mucho mayor entusiasmo que en vida había 
desplegado el inhumano Ulloa. En suma, su de- 
sastrada muerte se consideró como fausto augu- 
rio para el partido de D. Fernando. 

Continuábase sin interrupción el sitio de los cas- 
tillos de Burgos y Zamora. En Andalucía tam- 
bién el Duque de Medina Sidonia atendió desde 
el 8 de Enero con más solicitud á las cosas de la 
guerra, empezando por enviar 200 soldados á las 
fronteras de Portugal para molestar al enemigo, 
corriendo y talando sus tierras. Poco antes Diego 



I I 8 A. DE PALENCIA 

Marmolejo, alcaide de Nodar, que con ocho hom- 
bres de armas y cuatro infantes había ido á reco- 
ger cierta presa hecha á los portugueses, halló al 
paso setenta peones de esta nación, y para evitar 
que sus cuatro infantes cayesen prisioneros, no 
vaciló en acometer ai enemigo, como lo hizo, des- 
baratándolos, poniéndolos en fuga y apoderándose 
de doce de ellos. 

Por estos días un caballero de Trujillo llamado 
Luis de Chaves, largo tiempo sujeto á la tiranía 
del Marqués, logró volver á figurar entre los lea- 
les, en cuanto Alfonso de Monroy, llamado Maes- 
tre de Alcántara, pudo, con el recobro de su li- 
bertad, prestar ayuda á sus partidarios. Comenzó 
entonces á combatirse á los aliados del alcaide de 
la fortaleza de Trujillo Pedro de Baeza con tal ar- 
dor é insistencia que, no sólo quedaron escarmen- 
tados los del bando contrario, sino que, encerrán- 
dolos en el castillo, se les puso estrecho asedio-. 
Numerosas eran las bajas que ambas partes expe- 
rimentaban, y desde la fortaleza los trabucos lan- 
zaban enormes piedras á las casas y llenaban las 
calles con las ruinas de los edificios. Los vecinos, 
divididos en diferentes bandos, sólo ansiaban el 
exterminio de los contrarios. Pero en medio de es- 
tos trastornos, perduraba... (i). El Conde de Pla- 
sencia no se atrevía tampoco á socorrer al sitiado 
Alcaide, así por temor ai inaudito esfuerzo del 
Maestre ó Clavero de Alcántara Alfonso de Mon- 
roy, empeñado en tomar el castillo, como, más 



(i) En el códice de Sevilla un borrón torpemente ras- 
pado impide leer el texto. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV I ig 



principalmente porque, mientras se atacaba con 
tanta furia el de Burgos y andaban tratos para su 
entrega ó para una honrosa transacción, parecía 
que debía abstenerse de nueva intervención en el 
reciente contratiempo. 




CXXXIV 



CAPITULO III 



Arrepentimiento del alcaide del castillo de Bur- 
gos.— Marcha la Reina á intervenir en la en- 
trega. — Tentativa frustrada contra Madrid. — 
Conferencias de D. Rodrigo Girón con el Mar- 
qués de Cádi\. 

ahüe reconoció Iñigo de Estúñiga, alcai- 
de del castillo de Burgos, el error come- 
tido al rechazar los primeros tratos que 
para la entrega se le ofrecían. El deseo de D. Fer- 
nando de ganar tiempo y evitar las muertes y es- 
tragos que en los sitios de castillos bien fortifica- 
dos ocurren, le impulsó al principio á ofrecer al 
alcaide cuantiosas rentas y el pingüe señorío de 
la villa de Torquemada, desde muy antiguo per- 
teneciente á la Corona. Y no vaciló en despo- 
jarse de esta prerrogativa, así por acudir á un 
tiempo á muchos apuros, como, principalmente, 
porque mientras la fortaleza tenía en jaque á sus 
gentes, los franceses apretaban vigorosamente á 
los vascongados y arreciaban en su empeño de 
penetrar en Aragón para poder con más facili- 
dad ayudar á sus aliados. Y si esta ocasión se les 
estorbaba, para nadie era dudoso que se tendrían 
á raya los movimientos de aquella nación tan in- 
constante. Pero todo sucedió muy al revés de 




122 



A. DK PATENCIA 



como por los comienzos habían imaginado que 
sucedería franceses, portugueses y sus partida- 
rios. Sobre todo, se desvaneció la confianza en lo 
inexpugnable del castillo de Burgos. Porque, no 
ya por la falta de mantenimientos, ni por traición 
de los sitiados, ni por la avaricia del Alcaide, sino 
por el perseverante y constante valor de los sitia- 
dores y por el destrozo de las murallas, se vieron 
obligados á rendirse. Quiso aquél, sin embargo, 
para aparentar extremada fortaleza, prolongar su 
obstinación con señalar un plazo de sesenta días, 
contados desde el momento de la capitulación de 
entrega. Si cumplido el término sus amigos no le 
socorrían, podría rendir el castillo sin nota de 
traición ó cobardía. Bien entendido que, entretan- 
to, cesaría el ataque y se permitiría el avitualla- 
miento diario en proporción al número de los de- 
fensores; así como el Alcaide no admitiría nuevos 
refuerzos, con lo que abiertamente se daría favor 
á la hueste, que podría entonces empeñar campal 
batalla con los de D. Fernando. Tampoco los si- 
tiados habían de poder reparar trozo alguno de los 
muros destruidos, ni levantar nuevas defensas. 
Cumplidos lealmente estos pactos por ambas par- 
tes, y si nadie acudía en auxilio del Alcaide y de 
los sitiados, sólo podrían obtener la vida salva, 
pero con pena de perpetuo destierro. Seguro de 
que en los pocos días restantes del plazo no era 
fácil socorrer á los sitiados, la reina D. a Isabel fué 
llamada por D. Alfonso de Aragón, que quiso de 
este modo posponer todas sus aspiraciones al 
Maestrazgo de Calatrava al deseo de demostrar 
su afecto á su querido hermano. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV i ^3 

El 12 de Enero de 147Ó salió la Reina de Valla- 
dolid, y, arrostrando crudo temporal de nieves, 
entró en Burgos, donde los habitantes la reci- 
bieron con inmenso aplauso, entre danzas y cán- 
ticos de los niños á quienes el ferviente entu- 
siasmo les hacía resistir perfectamente el rigor del 
frío. Dos días antes de cumplirse el término del 
plazo ajustado, ó sea, el 2 de Febrero, se rindió el 
castillo, sin que le valiese de nada su astucia al 
Alcaide, que hasta el último momento anduvo 
buscando nuevas condiciones para la entrega. La 
Reina procuró acortar con dádivas el plazo de los 
dos días, con gran satisfacción de los burgaleses 
que al momento pudieron examinar el recinto de 
la fortaleza enemiga y contemplar el increíble 
destrozo del interior. Entonces se evidenció con 
cuánta exactitud había prometido el maestre de 
Calatrava D. Alfonso obligar por la fuerza á los 
de la guarnición á rendirse en término de diez 
días, á no haber concedido la Reina el plazo de se- 
senta por la capitulación concertada. No hay que 
decir que esta entrega fué tan grata al partido de 
D. Fernando como dolorosa para el rey de Por- 
tugal, para sus aliados los franceses y para los de- 
más Grandes de Castilla, animados de siniestros 
propósitos; que produjo mayor quebranto en el 
ánimo de los enemigos de D. Fernando que el cau- 
sado en la fortaleza por los embates de la arti- 
llería, y que, al recibir la triste noticia, todos ios 
secuaces de los reyes de Portugal y de Francia 
cayeron en profundo abatimiento. 

Al Marqués de Villena, empeñado en hacerse 
dueño de Madrid, le traía inquieto este propósito, 



I2 4 



A. DE PALENCIA 



porque poco antes de entregarse á D. a ísabel el 
castillo de Burgos, algunos madrileños trataban 
ya de pasarse al partido de D. Fernando. Cuando 
el alcaide del Alcázar de Madrid, Rodrigo de 
Castañeda, hombre cruel y en gran manera hos- 
til al partido de D. Fernando, tuvo noticia por 
algunos indicios de lo que trataban, se ensañó 
con los sospechosos, haciendo arrasar sus casas. 
Entre ellas lo fué la construida tiempo atrás 
con gran magnificencia por el acaudalado don 
Alfonso Alvarez de Toledo, sin más razón del 
castigo que el tenerse á su hijo, el Obispo de As- 
torga, por partidario de D. Fernando. En cuanto 
el Marqués de Villena pasó á Castilla la Nueva, 
su primo D. Rodrigo Girón volvió á avistarse 
con el Marqués de Cádiz, en Osuna, y allí re- 
cibieron con honda pena la noticia de la inmi- 
nente rendición de Burgos, como que en ade- 
lante se hacía dificilísimo empeñarse en ir contra 
la corriente. Más que todos, el joven D. Rodrigo 
Girón, impresionado con los descalabros sufridos, 
temía la llegada de D. Alfonso de Aragón, legíti- 
mo Maestre de Calatrava, á Castilla y á Andalu- 
cía, porque, libre ya del cuidado del sitio del cas- 
tillo de Burgos, podría consagrarse por entero á la 
defensa de su causa en unión con el maestre de 
Santiago D. Rodrigo Manrique, el Conde de Ca- 
bra, D. Fernando Ramírez de Guzmán y García, 
de Padilla, Comendador mayor el uno y Clavero el 
otro de Calatrava; de donde recelaba muy graves 
quebrantos para sus intereses. En consecuencia, 
siguiendo los primeros consejos de Gonzalo de 
Avila, trabajaba por emplear procedimientos me- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



125 



nos aventurados, y á cada momento procuraba 
sondear las intenciones de aquellos Grandes, como 
él atemorizados después de la rendición de Bur- 
gos. No hay, sin embargo, suficientes datos acerca 
de lo que al cabo se acordó en las entrevistas del 
Marqués con D. Rodrigo Girón. Lo que sí se via 
claramente de seguida fué el extraordinario afán 
del primero por fortificar el castillo de Jerez, de- 
moliendo las viviendas contiguas; aprovisionar 
Alcalá de Guadaira y Constantina; buscar nuevos 
caminos para pactar alianza con los montañeses 
granadinos; ganarse la amistad del rey Muley Al- 
buhacén, y despachar secretos mensajeros al Du- 
que de Medina Sidonia, antes su más encarnizado 
enemigo, para pedirle una entrevista reservada. 
El ansia de dilatar la tiranía les impulsaba á re- 
conciliarse. Nada temían más que una época de 
paz, y sólo la esperaban de la tranquila posesión 
de la corona (?) (i) por el rey D. Fernando. Así, 
pues, el Marqués de Cádiz favorecía cuanto le era 
posible las expediciones marítimas de los portu- 
gueses, y los había reconciliado con los gaditanos 
para que participasen de las (2) ganancias de que 
durante mucho tiempo habían disfrutado aqué- 
llos, como luego referiré. 



(1) Entre las palabras posesione... y Ferdinandi regis, 
un borrón impide leer la que rige al genitivo, y que suplo 
por corona. 

(2) Por igual causa falta aquí el adjetivo: pingües? 



CAPITULO IV 



Inveterada costumbre de los portugueses en su na- 
vegación por el mar de Guinea. — Intentos del 
rey D. Fernando contra los enemigos, sólo aten- 
tos á traer riquezas de aquella región. — Cauti- 
verio del rey de Gambia. 

l referir los últimos sucesos del reinado 
de D. Juan II de Castilla, tenido por al- 
gunos por padre de Enrique IV y por 
todos de D. Alfonso y de D. a Isabel, hablé ligera- 
mente de cómo después de la muerte de D. Alvaro 
de Luna quiso el Rey volver por sí, y, cual si des- 
pertara de un sueño, entre otras resoluciones, de- 
cidió enviar embajadores á Portugal á notificar al 
rey D. Alfonso que no continuase perjudicando 
á la Corona de Castilla con arrogarse la antigua y 
exclusiva facultad de navegar en los mares de Gui- 
nea y hacer guerra á los moros y otras gentes de 
Africa, por ser esto privilegio de los Reyes de Cas- 
tilla y León, pues sólo el abandono y desidia de 
los castellanos había alentado á los portugueses á 
guerrear en Marruecos y á navegar como señores 
por el mar de Guinea, prohibiendo con cruel saña 
á todos los demás pueblos cruzar aquellas costas. 
La muerte de D. Juan hizo fracasar la Embajada, 




128 



A. DE PALENCí A 



y su sucesor D. Enrique, como se ha visto en lo 
anteriormente narrado, dió más libertad á los por- 
tugueses para sus correrías, arrostrando la ver- 
güenza de pedir permiso al rey de Portugal para 
que no se molestara á los súbditos de Castilla 
cuando aportasen á Guinea á traficar con los na- 
turales, siempre que pagasen á D. Alfonso el 
quinto de las transacciones. Llegó á tanto la inso- 
lencia de los portugueses, que á los castellanosque 
apresaban más allá de las Canarias les hacían mo- 
rir, á unos, entre crueles tormentos, y para infundir 
á los demás perpetuo terror, mutilaban á otros 
cortándoles pies y manos. Luego, en el colmo de la 
soberbia, trataron de apoderarse de las Canarias, 
propias de la Corona de Castilla por indiscuti- 
ble derecho, y cuatro de ellas de particulares por 
merced real. De todas suertes, el antiguo señorío 
y el primitivo tenor de los documentos así lo pres- 
criben y la posesión lo confirma. En lo espiritual 
dependen de la diócesis de Sevilla, de modo que 
su Obispo es sufragáneo de la sede hispalense. 
Hasta cuatro tentativas diferentes hicieron los 
portugueses para perturbar á los nuestros en la 
posesión de las islas, y aún perdura tan grave 
trastorno, puesto que tres de ellas, las más impor- 
tantes por el número de indígenas y las más ricas 
por la feracidad de su suelo, no profesan la reli- 
gión cristiana, viven entregadas á ritos supers- 
ticiosos y feroces y se resisten á obedecer los pre- 
ceptos del catolicismo. 

Para poner coto á estas insolencias y crueldades 
de los portugueses, el rey D. Fernando envió una 
fuerte armada de andaluces con orden de que- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 1 29 

brantar su audaz soberbia y abatir el orgullo que 
les habían infundido las riquezas de Guinea. Ale- 
gres obedecieron los andaluces, y mientras en el 
puerto de Sevilla se preparaba una armada de 
3o naves, algunos pescadores de Palos, ya aveza- 
dos á las expediciones guerreras y afortunados 
contra los portugueses, se reunieron con otros ma- 
rineros del Puerto, y en dos carabelas arribaron 
á las costas más próximas á Guinea. Llámase 
aquel territorio de los Azanegas, con cuyo nom- 
bre se distingue á los de color cetrino de otros de 
color más negro y de costumbres también más 
negras. La condición de aquellos naturales, cuan- 
do se alimentan exclusivamente de pescado, es 
muy blanda, y como andan siempre desarmados 
por las lagunas, se dejan apresar sin dificultad por 
hombres aguerridos y bien pertrechados. Los ma- 
rineros de las dos carabelas se apoderaron de 12a 
azanegas y los trajeron á Andalucía, despreciando 
las órdenes del rey D. Fernando, que prohibían 
terminantemente el tráfico fraudulento con los de 
Guinea, más aún el hacerlos cautivos, y les manda- 
ban incorporarse á la Armada real y obedecer cie- 
gamente al Almirante. Las turbulencias de los 
tiempos dieron alientos á los de Palos para per- 
petrar aquella hazaña, y animados además por las 
procaces palabras de Gonzalo de Estúñiga, alcaide 
de la fortaleza de Palos, armaron otras tres cara- 
belas y arribaron á las costas de Guinea con in- 
tento de cargar esclavos. 

El Rey de aquella región, por su frecuente trato 
con los portugueses, con los que cambiaba por 
baratijas sus prisioneros de guerra, creyó que las 



l30 A. DE PALENCIA 

naves eran portuguesas. Hechas señales de paz 
por ambas partes, el Rey, con algunos de los su- 
yos, entró en la primera carabela, preguntó quién 
la mandaba, y la contestación en portugués le 
confirmó en su engaño. Convínose entonces en el 
cambio de esclavos por anillos de latón, adargas 
pequeñas, paños de diversos colores y otros obje- 
tos que la pobreza de los moradores les hace de- 
sear mucho. En celebración de los tratos, el Rey 
hizo traer para la comida de aquel día carneros y 
una ternera, y aceptó para el siguiente el convite 
del patrón de las carabelas. Presentóse en la playa 
rodeado de gran muchedumbre, y subió á la em- 
barcación con sus hermanos, sus íntimos y con 
los más poderosos de su pueblo. Acabada la co- 
mida, el patrón le invitó á visitar el interior del 
barco, y entonces los pérfidos marineros cerraron 
las portas y á mano armada se apoderaron de 
140 nobles de arrogante figura. 

Ya en alta mar, el Rey, quejándose del cruel 
engaño, volvió á preguntar de quién eran las em- 
barcaciones; respondiéronle que de españoles; 
quiso saber si obedecían á algún rey, y como se 
le dijese que á uno nobilísimo, manifestó su con- 
fianza en que le libraría de tan inicuo cautiverio. 

Al arribar á Palos, los andaluces quisieron 
obligarle á caminar entre el rebaño de los demás 
esclavos; pero él se resistió, y dijo que, ó le lleva- 
sen arrastrando con una soga, ó á caballo, por- 
que su desdicha había de ser ó terrible ó digna. 
Gonzalo de Estúñiga, conmovido ante esta resolu- 
ción verdaderamente de ánimo real, ó acaso espo- 
leado por el ansia del futuro rescate, mandó traer 



CRÓNICA DF. ENRIQUE IV I 3 1 

un caballo. Montó en él con ligereza el Rey, y, 
adelantándose á los esclavos, empezó á caminar 
con majestuoso continente. 

Cuando todo esto supo el rey D. Fernando, 
mandó que se le restituyese inmediatamente á su 
patria; mas como por las perturbaciones de aque- 
llos días se retrasase el cumplimiento de la orden, 
nos mandó al doctor Antonio Rodríguez de Lillo 
y á mí á intimar á Gonzalo de Estúñiga que pu- 
siese al Rey en libertad. Supo él dilatar el cum- 
plimiento de la orden, y sólo al cabo de algunos 
meses de cautiverio logramos devolver á su pa- 
tria al infeliz monarca, aunque no pudimos im- 
pedir que sus hermanos y los otros parientes fue- 
sen vendidos en Andalucía como esclavos. 

Aquel bárbaro conservó en su cautiverio cierta 
autoridad regia, y demostró dignidad en el rostro, 
seriedad en las palabras, prudencia en la con- 
ducta, fortaleza en la desgracia, y al llegar á su 
tierra empleó tal astucia para vengarse de sus pér- 
fidos opresores, que, á pesar de la desconfianza 
con que andaban, logró apoderarse de algunos y 
conservarlos para rescate de otros tantos pa- 
rientes. 




CAPÍTULO V 



Pesar de los portugueses por las contrariedades 
sufridas en la navegación de Guinea. — Expedi- 
ciones marítimas que, en su consecuencia, prepa- 
raron. — El Príncipe de Portugal reúne ejército 
para auxiliar á su padre.— Nuevas intrigas de 
los Grandes castellanos. 



oloroso fué á los portugueses que los an- 
daluces interrumpiesen las expediciones 
marítimas por tanto tiempo considera- 
das como privilegio suyo, y que el enemigo se 
aprovechase de las ganancias anualmente perci- 
bidas por ellos como por derecho y costumbre 
hereditarios. Así Fernán Gómez, que pagaba al 
rey D. Alfonso cada año 60.000 cruzados de oro, 
equivalentes á otros tantos ducados, á cambio de 
la exclusiva de enviar armada á Guinea y disfru- 
tar las ganancias de tal comercio, se negó á pagar 
la pensión mientras no recobrase su privilegio, 
y ante la probabilidad de que las expediciones 
llegasen á ser cada vez más productivas para los 
poderosos andaluces. Entonces el príncipe don 
Juan resolvió que Fernán Gómez, eximido del tri- 
buto, se fuese á Guinea con veinte naves, ga- 
nando por la mano á los andaluces que prepara- 




i ¿4 A. DE PALENC1A 

ban otra expedición de treinta velas. No lo ha- 
cían, sin embargo, con la diligencia necesaria, 
retenidos por la misma novedad de la empresa, 
y del rey D. Fernando no contaban con más au- 
xilio que el consentimiento. 

Por el contrario, los portugueses, con el acicate 
de las acostumbradas ganancias, tenían listas 
tripulaciones y mercancías, y zarparon á toda 
prisa en busca de las primicias del oro. Menos 
esperaban y más difícil les parecía la negocia- 
ción del comercio de la pimienta y del tráfico 
de esclavos. En tanto los nuestros se preparaban 
más bien á salir al encuentro á los portugueses que 
al cambio de mercaderías. Conocida por el prín- 
cipe D. Juan la crítica situación de su padre, fué 
recogiendo tropas por el reino; pero como las ri- 
quezas producidas por las expediciones de D. Al- 
fonso estaban agotadas, no había con qué pagar 
el estipendio á los soldados, porque la más pro- 
ductiva, la de Africa, no podía emprenderse, y de 
la de Marruecos, más inútil y hasta perjudicial, 
era imposible que pudieran volver con felicidad 
los portugueses, dada su pobreza. Tuvo, por 
tanto, que recurrir el Príncipe á nuevos impues- 
tos, exigiendo á sus vasallos la cuarta parte de 
los'bienes. Este grave recargo en los gastos y en 
los trabajos fué duro de sobrellevar á los portu- 
gueses; pero la costumbre de obedecer á sus Prín- 
cipes les dió resignación para sufrirlo. Después de 
repartidas entre los populares grandes sumas, se 
aumentó considerablemente la caballería, de modo 
que sobre las guarniciones apostadas en las fron- 
teras, pudo el Príncipe reunir 2.5oo caballos lige- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



135 



ros y 1 5.000 peones; pero el ánimo de estas tropas 
era muy otro del que al principio manifestaban. 
Al cabo llegaron con el Príncipe á Alfayates, don- 
de hicieron alto, aguardando las órdenes del Rey. 

No se hallaban sus parciales entretanto libres 
de trabajo y de nuevos cuidados, porque en cuanto 
tuvieron noticia de la expedición del Príncipe, vol- 
vieron á sus intrigas. Entre otros, D. Rodrigo Gi- 
rón, tuvo varias entrevistas con sus amigos de 
Andalucía, y trató principalmente de sondear el 
ánimo del Marqués de Cádiz en Morón. El le pro- 
metió enviarle i5o lanzas de Ecija adonde qui- 
siera. Algunos reanudaron antiguas amistades, y 
los más favorables á D. Fernando se esforzaron 
por inclinar á otros ciudadanos á la causa del Por- 
tugués. Eran bastantes los que seguían la opinión 
de D. Alfonso de Aguilar y de Luis Portocarrero; 
pero las familias antiguas de Ecija, aunque con 
menor número de individuos, se consideraban 
muy superiores en méritos y en energía. Los de 
Zayas, nobles y arrojados, miraban mucho por la 
libertad y el honor de los ciudadanos, y se esfor- 
zaban por sacudir el yugo de la tiranía que había 
hecho inveterada la dominación de D. Fadrique 
Manrique y de su yerno Luis Portocarrero. Ambos 
contaban con el favor de D. Alfonso de Aguilar, 
y prestábansele mutuamente los que ocupaban 
las ciudades en desprecio de la Majestad Real y 
daño de los naturales. No podían tolerarlo algu- 
nos de los principales, y haciéndoles imposible 
permanecer dentro de la ciudad el dominio de los 
citados Grandes, ocuparon la fortaleza de Mon- 
cloa para, desde ella, vengar los desmanes que co- 



cxxxiv 



10 



A. DE PA LE NCI A 



metieran contra sus amigos, acogerse á su ampa- 
ro de vuelta délas incursiones y hacerla el terror 
de los partidarios de peor causa. D. Luis Portoca- 
rrero, para hacer fracasar estos intentos, se dió á 
perseguir á los amigos de los ocupadores de la 
fortaleza, sepultando á unos en los calabozos, y 
desterrando á otros; pero no logró intimidarlos, 
antes continuaron extendiendo el campo de sus 
desoladoras excursiones. 

Por el mismo tiempo el Duque D. Enrique ha- 
cía sufrir grandes extorsiones á los sevillanos, á 
quienes se iba haciendo cada día más odioso por 
su avaricia é indolencia. Aún les traía más irrita- 
dos la ninguna confianza en su lealtad, porque 
les constaba que por secretas condescendencias 
suyas recorrían los enemigos á su antojo los pue- 
blos y se atrevían á guerrear en tierras muy 
distantes de la propia. Por ejemplo: los de los 
confines de Andalucía llegaban hasta la provin- 
cia de Ciudad Real, y es seguro que no lo hicie- 
ran sin contar con alguna autorización del Du- 
que, del Conde de Feria ó de D. Alfonso de 
Cárdenas. Daba con justicia más pábulo á estos 
rumores el que, precisamente cuando el Príncipe 
D. Juan había reunido tropas por todo el reino 
para llevarlas á Toro, el Conde de Plasencia dis- 
puso que las lanzas que habían enviado de guar- 
nición á Zalamea fueran á ponerse á las órdenes 
de la hija del difunto D. Juan Pacheco, la Con- 
desa de Medellín, siempre hostil al partido de don 
Fernando, y siempre favorecedora del Duque de 
Medina Sidonia y del de Plasencia, y no parecía 
.propio de la lealtad debida fomentar las enemis- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV I 37 

tades de los amigos y amalgamar estas cosas tan 
incompatibles, sobre todo cuando se esperaba 
que ei exterminio de un partido había de ser el 
triunfo del contrario, y no se dudaba de que 
la suma de todo el negocio consistía en el éxito 
de aquellas próximas expediciones. Contaba el 
rey D. Fernando en Zamora con 2.200 caballos y 
5.000 peones, con los que iba estrechando más el 
cerco de la fortaleza, y como el de Portugal, ai 
reunírsele su hijo, podía juntar en las cercanías 
de Toro, 3.5oo caballos y 20.000 peones, la batalla 
no parecía dudosa. De su resultado era fácil con- 
jeturar que dependería el ensalzamiento de uno 
de los partidos y la completa opresión del otro. 




CAPITULO VI 



Llegada de la reina D* Isabel á Valladolid. — 
Expedición de D. Alfonso, hermano de D. Fer- 
nando. — Crueldad de los portugueses en San 
Felices. — Disposiciones adoptadas por D. Fer- 
nando. 

abida la llegada del príncipe D. Juan de 
Portugal, la reina D. a Isabel tomó acerta- 
das medidas para la tranquila posesión de 
Burgos. Nombró Alcaide de la fortaleza al exce- 
lente sujeto Diego de Ribera, ayo que fué del 
príncipe D. Alfonso, y después de su muerte, tan 
estimado de la Reina, su hermana, que le creyó 
merecedor de la alcaidía. A D. Alfonso de Aragón 
le encargó que, al frente de 400 lanzas, atajase los 
desmanes de los ladrones que diariamente sa- 
queaban los pueblos y despojaban á los caminan- 
tes. Noblemente aceptó el encargo el valiente cau- 
dillo, posponiendo el cuidado de su Maestrazgo de 
Calatrava, porque del triunfo de su hermano, con- 
sideraba, además, dependiente la adquisición de 
aquél y el vencimiento de su adversario D. Ro- 
drigo Girón. Resolvió, ante todo, sitiar la forta- 
leza de Portillejo, levantada por el malvado Gon 
zalo de Castañeda á fin de enriquecerse con las 




140 



A. DE PALENCIA 



rapiñas, aprovechando las universales divisiones. 
Sus satélites recorrían los caminos hasta los tér- 
minos más remotos y no dejaban respirar á los 
caminantes, porque en todos los lugares de alre- 
dedor contaban con seguras guaridas para los ca- 
sos adversos, y vagaban libremente, ya atemori- 
zando á los moradores del contorno, ya repartien- 
do la presa con sus cómplices. D. Alfonso de Ara- 
gón asestó contra Portillejo la artillería y otras 
máquinas de guerra, con la misma pericia em- 
pleada contra el castillo de Burgos. El ladrón Cas- 
tañeda, temiendo la desunión de sus compañeros, 
y con ella el exterminio, prometió, en una confe- 
rencia, poner término á sus desmanes y correrías, 
á condición de que se levantase el sitio. Como por 
aquellos días se esperaba la llegada del príncipe 
D. Juan á Toro, los de D. Fernando se dejaron 
convencer intencionadamente, á fin de simular 
por cualquier concierto, que habían hecho algo 
por el alivio de los pueblos, y atendido principal- 
mente á las mayores dificultades, en obedien- 
cia á los deseos de D. Fernando. Este, entretan- 
to, se ocupaba en Zamora en recoger tropas de 
todas partes, por temor á las correrías del enemi- 
go por los lugares circunvecinos, mal presidiados 
y sin obras de defensa, como los que en Medina 
del Campo y en tierra de Salamanca y Zamora 
se encontraban expuestos á los trances de la gue- 
rra. Por esta razón, pareció lo más conveniente 
reforzar la guarnición de Medina, Tordesillas y 
Madrigal, para frustrar el ataque posible del po- 
deroso ejército enemigo á la primera de'estas po- 
blaciones, y acaso sorprenderle si algún caudillo 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 1 4 1 

portugués descuidaba precaverse por atender á 
evitar las emboscadas. 

Con la presencia de la Reina, que por consejo 
de su marido se trasladó allí desde Valladolid, 
acompañada de varios cortesanos, del Conde de 
Benavente y de Pedro de Estúñiga, se reforzó la 
guarnición de Tordesillas. Por aquellos días, al- 
gunos Grandes fueron á Zamora y secundaron los 
propósitos de la Reina de combatir la fortaleza. 
Eran éstos el Cardenal, el Duque de Alba, el al- 
mirante D. Alfonso Enríquez, su tío D. Enrique 
Enríquez y Luis de Osorio, tío de Pedro de Oso- 
rio, marqués de Astorga, y del Conde de Trasta- 
mara. Como el de Astorga era un niño, mandaba 
las gentes el tío, guerrero experimentado. Ya se 
sabía que el príncipe D. Juan había llegado el 
i.° de Febrero con sus tropas, desde Portugal á 
Ledesma. A fin de pasar más expeditamente el 
puente sobre el Tormes, tenía que apoderarse de 
la villa de San Felices, porque para los peones y 
para el bagaje los vados son peligrosos y poco ca- 
paces para la caballería. Su impetuosa corriente 
y los peñascos del lecho le hacen invadeable, y 
exponen, hasta en el estiaje, á los caballos y acé- 
milas, á caídas seguras, mucho más en invierno, 
cuando las crecidas hacen más rápida y turbia la 
corriente y con ello más aventurado el vadearla. 
Preocupado el Príncipe con estos obstáculos, em- 
prendió el ataque de la citada villa. Su alcaide 
Gracián aconsejó á los vecinos, bastante prácti- 
cos en la guerra, que resistiesen enérgicamente en 
los arrabales, rodeados de fosos y estacadas, mien- 
tras se ponían á recaudo los objetos de más valor 



142 A. DE PALENCÍA 

en el sitio más fortificado. Era muy difícil defen- 
derlo todo é impedir que el enemigo se apoderase 
de los barrios extremos. El primer ataque costó 
mucha sangre á los portugueses. Murieron mu- 
chos y perdieron gran número de caballos. Al 
cabo, los de la villa tuvieron que replegarse sobre 
las murallas, abandonando los arrabales, y no 
pudiendo el enemigo exterminarlos, pegó fuego á 
las viviendas, arrasó los edificios é hizo pedazos 
las tinajas llenas de vino. 

Mientras en esto se ocupaba el príncipe D. Juan, 
recibió D. Fernando á los enviados de Toro, que 
le propusieron apoderarse del rey de Portugal y 
de toda su comitiva dentro de la ciudad, si aquél 
se presentaba de repente á media noche con sus 
tropas á vista de las murallas. Como el rumor de 
la llegada del príncipe D. Juan hacía suponer que 
todas las expediciones se dirigirían contra él, don 
Fernando creyó más fácil engañar en tal coyun- 
tura al enemigo, y hubiera acertado, á no tener 
consigo á Lope Vázquez, hijo del arzobispo de 
Toledo. Aunque conocidamente tosco y rudo, en 
aquella ocasión, fuese por astucia ó por sugestión 
de su padre, se fingió muy contrario á la desleal- 
tad paterna y deseoso de mostrar su obediencia á 
ios Reyes. Había dado numerosas pruebas de es- 
tas disposiciones combatiendo valerosamente con- 
tra el enemigo, y D. Fernando le había premiado 
haciéndole merced del castillo de San Martín, con 
tierras, bosques y rentas, luego que los vascon- 
gados, á su paso por aquel término, se la tomaron 
al alcaide de Burgos, que la poseía. Pero, en esto 
se vió cumplida la antigua censura contra la falta 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 143 

de previsión de los que andan gritando ¡al lobo! 
Lope, atento á la seguridad de su padre, iba reco- 
giendo de aquí y de allí indicios para conocer las 
secretas disposiciones que se tomaban. Cuando 
supo que se había echado á volar falsamente la 
noticia de la expedición de las tropas de D. Fer- 
nando acantonadas en Zamora, contra el príncipe 
D. Juan al entrar por tierras de Ledesma, envió 
mensajeros ai Arzobispo avisándole de lo que 
contra el rey de Portugal y contra él se prepara- 
ba, para que estuvieran prevenidos. 

Tenía perfecto conocimiento de la expedición 
del rey D. Fernando para ocupar á Toro y de la 
traición dispuesta por sus moradores para el ex- 
terminio de los portugueses; pero el Rey creía que 
lo ignoraba, y así, sacó las tropas al anochecer y 
tomó el camino de Ledesma para despistar á los 
corredores enemigos. Luego, al cerrar la noche, 
cambió de dirección, y por ásperos rodeos, destacó 
algunos jinetes conocedores de los caminos con or- 
den de apoderarse de cuantos encontrasen, para 
evitar que el enemigo conociese lo que se tramaba 
antes de llegar el ejército. Tomadas estas precau- 
ciones, y conforme á lo acordado con los vecinos, 
se detuvo con las tropas á media noche ante las 
murallas é hizo señales de estar á la vista; pero, 
con gran extrañeza suya, no le contestaron. Se- 
guramente hubieran ejecutado lo ofrecido si nu- 
merosos indicios no les hubieran hecho compren- 
der que el Portugués estaba avisado. Desde el 
anochecer habían visto á los portugueses arma- 
dos vigilando en silencio la ciudad y cambiando 
los centinelas. Los caballeros, con tropa escogida, 



144 



A. DE PALENCIA 



andaban rondando por las calles contiguas á los 
muros, y contra su costumbre, habían enviado 
corredores á todas las aldeas con orden de no per- 
mitir á nadie salir de las casas sin previa identifi- 
cación de la persona y noticia del punto á que se 
dirigiera, pena de ser detenido. Al amanecer del 
5 de Febrero, D. Fernando dispuso su ejército en 
orden de batalla, como provocando al portugués 
á combate. D. Alfonso mantuvo á los suyos sobre 
las armas, sin permitir á nadie salir ni mirar des- 
de las almenas al ejército enemigo, obligando á 
todos á permanecer como sordos y mudos. Cuan- 
do D. Fernando, que había caminado durante 
casi toda la noche, vió que nada adelantaba y que 
hasta bien entrado el día á ninguno de los ene- 
migos se había visto, ni aunen las murallas, vol- 
vió con el ejército á Zamora. 

Los portugueses averiguaron con empeño la 
causa de aquella expedición, y apoderándose de 
varios vecinos sospechosos, ahorcaron algunos 
y dieron tormento á otros, incluso á varias muje- 
res, por muy ligeros indicios. 






CAPITULO VII 



Llega á Toro el príncipe D. Juan. — Combátese 
más eficazmente la fortaleza de Zamora. — Di- 
versos empeños de uno y otro partido. — Prisión 
de Lope, conde de Penamacor. 

5§rSl7ASAD0 )" a el puente sobre el Tormes, ei 



príncipe D. Juan con sus tropas tomó 



'8N^-c otro camino más seguro, y entró en 
Toro el 9 de Febrero con gran regocijo y aplauso 
de los portugueses. Con su llegada veían segura 
la ocupación de gran parte de los reinos de León 
y Castilla, y dentro de Zamora, el exterminio, 
al fin, del enemigo que sitiaba la fortaleza, si 
no se atrevía á salir contra los portugueses que 
extendían sus correrías á gran distancia; pero si, 
confiado en los refuerzos acumulados contra la 
fortaleza, intentaba empeñar batalla campal, en 
tal caso creían ios portugueses ofrecérseles doble 
ventaja, pues con la recuperación de Zamora des- 
truirían en un solo combate al ejército enemigo, 
en su concepto no inferior al suyo ni en valor ni en 
número. Después de un descanso de algunos días, 
tan necesario para las tropas fatigadas con mar- 
chas y vigilias, el Príncipe, los Grandes y el Ar- 
zobispo de Toledo resolvieron encaminarse hacia 
Madrigal y Medina, no bien guarnecidas á lo que 
se creía. Por lo menos, parte de los de esta viila ? 




146 



A. DE PALENCIA 



por su amistad con el alcaide de Castronuño y 
por la escasa confianza en el amparo de sus mu- 
rallas, pensaban los portugueses que no tardarían 
en pasarse á D. Fernando, y juntamente acabar 
con la guarnición. La opinión del rey D. Alfonso, 
del Príncipe su hijo y de los demás Grandes fué 
unánime en cuanto á lo resuelto. Mientras se de- 
tuvieron en Toro, jóvenes escogidos de la nobleza 
portuguesa se pusieron á las órdenes de Lope de 
Alburquerque, conde de Penamacor, muy querido 
del rey D. Alfonso, y al que había dado el título 
del Condado con nombre francés, para expresar 
que, como único cariño, había causado penas á su 
corazón. Con el favor real, y por consejo de los 
jóvenes, el Conde aspiró al honor de capitanear 
lucida expedición de ochenta lanzas, proponién- 
dose, si fuera de los muros de Zamora encontrase 
algunos caballeros de D. Fernando, hacerles ver lo 
que valía el esfuerzo de la nobleza lusitana. Hizo 
la casualidad que al mismo tiempo Alvaro de Men- 
doza saliera en busca de los portugueses al frente 
de sesenta hombres de armas escogidos, deseoso de 
demostrar con el arrojo de aquel puñado de com- 
batientes, á las tropas traídas á Castilla por el 
príncipe D. Juan, la superioridad de los guerreros 
castellanos. Desde las pequeñas eminencias que 
dominaban el valle intermedio miráronse frente á 
frente y á corta distancia los dos pelotones ene- 
migos. Uno y otro hicieron alto, y los respectivos 
Capitanes destacaron corredores para precaver 
toda emboscada y cerciorarse de que no venían 
nuevas tropas tras las primeras. Tranquilos so- 
bre estos puntos, bajaron al valle los primeros 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



147 



portugueses. Advirtió Alvaro lo arriesgado de 
empeñar combate con un enemigo en una cuarta 
parte superior en número á su gente, y vaciló en- 
tre mantenerse en la colina ó pelear en la llanura, 
donde las condiciones iguales del terreno habrían 
de realzar el esfuerzo de los menos. Su ánimo va- 
leroso se impuso, al fin, y bajó al llano con su 
gente. Al punto se empeñó encarnizado combate, 
y el ansia de alcanzar fama inmortal en aquel día 
centuplicó el ardor de uno y otro campo. A pesar 
de la superioridad numérica, el primer encuentro 
fué á los portugueses funesto, porque al empuje 
de los nuestros, la mayor parte quedaron desmon- 
tados, y, pisoteados y oprimidos, no pudieron ni 
aprestarse rápidamente á pelear á pie, ni volver á 
montar á caballo. Entretanto los castellanos, ante 
el afán de alcanzar la victoria, despreciando las 
heridas y la sangre que cubría sus cuerpos, pug- 
naban tenazmente por no perder las primeras 
ventajas conseguidas. Ya nuestra caballería supe- 
raba en número á la enemiga, que no había lo- 
grado desmontar á ningún castellano; de modo 
que á la tercera ó cuarta acometida, los vencedo- 
res encontraron ya poca resistencia en los solda- 
dos portugueses, desmontados y abatidos. Que- 
daron prisioneros Lope de Alburquerque, Conde 
de Penamacor, caudillo principal; su hermano; 
Rodrigo Pereira; Alvaro Freiré y otros quince no- 
bles. Doce quedaron muertos; los demás pudieron 
escapar de manos de los vencedores, porque el no- 
ble y arrojado joven Fernando de Acuña, hijo del 
Conde de Buendía, iba quedando exánime por la 
pérdida de sangre de las seis heridas recibidas, y 



A. DE PALENCIA 



parecía á sus compañeros aún más grave la de 
Alvaro de Mendoza. Además, algunos de los cas- 
tellanos, cubiertos de heridas y muertos de can- 
sancio, se vieron obligados á cesar en la persecu- 
ción de los enemigos, y satisfechos con la prisión 
de los más importantes y con la gloria alcanzada, 
dedicáronse á curar á sus heridos, y regresaron á 
Zamora. Para ambos partidos este encuentro fué 
grave presagio de los futuros combates. 

El rey de Portugal, su hijo el Príncipe y el Ar- 
zobispo de Toledo pretendieron ocultar el desca- 
labro sufrido, mayor que por el número de pri- 
sioneros, con disponer solícitamente una expedi- 
ción de numerosas tropas contra el enemigo. De- 
jaron en Toro al Conde de Marialba, yerno muy 
acepto de María Sarmiento, viuda de Juan de 
Ulloa, y el i3 de Febrero el rey D. Alfonso salió 
con su ejército, esforzándose por hacer ver al 
Príncipe cuán extensos territorios había cruzado, 
cual si con sola la marcha ya los portugueses tu- 
vieran subyugado el reino entero. Viendo con 
gran gozo ocupada tiempo hacía á Cantalapiedra, 
se encaminaron hacia Madrigal para introducir el 
«spanto en su guarnición, seguros de que á la sola 
vista del numeroso ejército portugués perderían 
toda esperanza de resistencia. Antes de salir el 
sol ya pudo verse la hueste enemiga formada en 
batalla. Pero los de la villa no se amilanaron; 
antes, preparándose á la defensa, salieron á ca- 
ballo fuera de puertas retando á los portugueses 
á escaramuza. No tardaron los nuestros, más 
prácticos en estos encuentros, en apoderarse de 
algunos de ios más arrojados enemigos. Luego, 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



149 



queriendo éstos aparentar que hacían algo, inti- 
maron á voz de pregón á los de la villa que deja- 
ran de rechazar á su Rey legítimo y le prestaran 
la debida obediencia, so pena de ser arrojados de 
sus posiciones y castigados con todo género de 
tormentos como infames traidores. Al pregón 
contestaron los de Madrigal con una lluvia de 
saetas y tiros de espingardas que sembraban la 
muerte entre los enemigos. Estos se dispusieron á 
asestar la artillería contra los muros, á rodear con 
las tropas la villa y á echar escalas por todo el 
recinto á fin de que los moradores se vieran pre- 
cisados á desamparar las defensas. Cuando vieron 
la inutilidad de estos alardes, se alejaron antes de 
medio día en dirección á Medina. Los nuestros, 
más confiados en las tropas que en las murallas, 
obedecían ciegamente á su general D. Alfonso de 
Aragón, maestro en las artes de la guerra, y por su 
orden construyeron defensas en determinados si- 
tios contra las repentinas acometidas de los por- 
tugueses. Puso á la caballería sobre las armas, y 
cuando los corredores le avisaron la llegada del 
enemigo, hizo marchar en su dirección las 700 lan- 
zas escogidas que tenía. Luego apostó fuera de las 
murallas la hueste para acudir á las futuras con- 
tingencias, y destacó ágiles jinetes, en ligerísimos 
caballos, á recorrer el llano, provocar á escara- 
muza á la caballería enemiga de vanguardia, que 
también corría el campo, y hacer ver al rey de 
Portugal que los de Medina estaban allí perfec- 
tamente dispuestos al combate. 

Convencido el Portugués de tan manifiesta hos- 
tilidad, dió vuelta hacia Zamora. 




CAPITULO VIII 



El rey de Portugal intenta en paño socorrer al 
Alcaide del castillo de Zamora. — Expedición 
de D. Aljonso de Aragón. — Diversos planes de 
los dos partidos. — Victoria del rey D. Fer- 
nando. 




sforzábase el rey D. Alfonso por inten- 
tar algún simulacro de sitio contra Za- 
mora á fin de que al menos la fama del 
suceso animase á sus partidarios más - 



distantes y al mismo tiempo abatiese las espe- 
ranzas de los que en lejanas provincias seguían el 
partido de D. Fernando. También creía que le - 
vantarían el sitio de la fortaleza de Zamora si 
asentaba su campo en la otra orilla del Duero y 
junto al puente, punto segurísimo para sus tro- 
pas en aquellos días, porque, cerrada la salida de 
aquél á los de D Fernando, la inundación les im- 
pedía vadear el río. En cuanto asentó el real, 
asestó la artillería contra la torre, defensa de la 
extremidad del puente, é interceptada la salida del 
enemigo, empezó á batir el muro haciendo que 
las bombardas lanzasen sin cesar grandes piedras. 
D. Fernando, imposibilitado de venir á las manos 
con el enemigo, arreció en su ataque al castillo 
que, ya aportillado por muchos sitios, á duras pe- 
cxxxiv II 



I 52 A. DE PALENCIA 

nas podia defender fa guarnición desde los baluar- 
tes, en parte derruidos. Tampoco la quedaba espe- 
ranza de salvación ni de socorro de fuera. Por la 
parte del templo, tiempo antes ocupado por los de 
D. Fernando, bombardas y trabucos lanzaban nu- 
bes de piedras que derruían el antemural del cas- 
tillo y arrasaban las construcciones interiores; y 
de lo alto de la torre, las saetas y los tiros de es- 
pingarda daban muerte á muchos de los que cir- 
culaban por el recinto. Por la parte que mira al 
campo, defendida por un profundo valle y escar- 
padas rocas, los soldados de D. Fernando cerraban 
Ja huida á los encerrados en el castillo. Al amparo 
del doble foso y del círculo de trincheras, aquéllos 
estaban libres de toda acometida del enemigo y 
seguros podían rechazar á todos los portugueses 
nuevamente llegados que saliesen del castillo ó de 
otra cualquier parte. De todo esto formó queja 
el Alcaide luego que se conoció lo inútil de la ex- 
pedición del rey D. Alfonso para llevar socorros 
á los soldados. 

Entretanto D. Fernando había llamado á su 
hermano D. Alfonso de Aragón por cartas; al 
ejército que éste mandaba se había incorporado 
con 3oo lanzas el Conde de Treviño, y de las ciu- 
dades y villas confinantes y hasta de Aragón y 
Castilla la Nueva se le había reunido fuerte con- 
tingente de caballeros. Mientras él recogía tropas, 
el enemigo permanecía acampado junto al puente 
de Zamora, y el nuevo ejército á las órdenes del 
esclarecido caudillo D. Alfonso infundía espanto á 
los portugueses, faltos ya de la mayor parte de la 
infantería, que por orden del Rey había marchado 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



á Portugal para librarla de las penalidades que 
sufría en los reales por la escasez de mantenimien- 
tos. Cuando el Portugués se vió amenazado por el 
nuevo ejército reunido á sus espaldas, se arrepin- 
tió de haberse desprendido del peonaje, y envió á 
D. Fernando secretos mensajeros á pedirle una 
entrevista é indicarle la conveniencia para ambos 
de buscar reservadamente algún medio para la 
futura tranquilidad del reino. Y para restablecer 
la alianza perturbada por cuestión del derecho he- 
reditario, ningún recurso más seguro, decía, que 
una entrevista de la que estuviesen excluidos to- 
dos los Grandes de uno y otro partido. De admitir- 
los, como sólo apetecían la discordia y las constan- 
tes enemistades para pábulo de perpetua tiranía, 
las discusiones no tendrían término. Convínose en 
celebrar una conferencia secreta á media noche en 
mitad del río, aproximando las bordas de los bar- 
cos en que con dos remeros y un solo acompa- 
ñante iría cada uno de los Reyes. La luz de una 
linterna sería la señal de llegada. A la hora pre- 
venida se embarcaron los Reyes con los acompa- 
ñantes señalados. Llegó primero D. Fernando y 
esperó en el sitio convenido á D. Alfonso que de- 
bía venir de la orilla opuesta. Pero la corriente, 
allí mas rápida, hacía cabecear á su barco que 
llegó á estar en peligro, porque los remeros no 
acertaban á dirigirle. Nuestro Rey no corrió este 
riesgo, ya por la mayor pericia de sus remeros, ya 
porque en aquella orilla las aguas, más mansas, 
permitieron navegación más tranquila. Mientras 
aguardaban, D. Fernando dijo á su tío D. Enrique 
Enríquez, único acompañante y solo confidente 



A . DE PALENCIA 



de aquella entrevista, que le extrañaba cómo tar- 
daba tanto D. Alfonso en tan corta travesía. Res- 
pondióle su tío que, en su opinión, la poca prác- 
tica de los remeros y lo rápido de la corriente ha- 
rían difícil la navegación, y que, como el rey de 
Portugal todavía era más inhábil para dirigir el 
barco, fácilmente podría acabarse con él, termi- 
nándose acaso de este modo en aquel único trance 
la guerra empeñada entre ellos. La proposición 
llenó de cólera á D. Fernando contra su tío, y le 
impuso silencio después de decir que sólo el pen- 
sar semejante maldad era una infamia. En toda 
la noche no logró D. Alfonso aproximarse al sitio 
señalado, con lo que fracasó la entrevista, sin que 
más tarde volviera á presentarse ocasión favo- 
rable. 

Mientras uno de los ejércitos pasaba en vano 
el tiempo en sus reales y el otro al extremo del 
puente, desde donde se divisaban, acechaba oca- 
sión oportuna para lanzar la infantería contra el 
enemigo, D. Alfonso de Aragón había hecho prac- 
ticar minas; había reunido en breve tiempo nu- 
merosas tropas de á pie y de á caballo y enviaba 
á su hermano frecuentes mensajeros sobre la mar- 
cha de la guerra. A seguir D. Fernando el con- 
sejo de su experimentado hermano, éste hubiera 
llevado por otro camino las tropas reunidas en 
Medina; las hubiera incorporado á las de Zamora, 
y en cuanto el río hubiese estado vadeable, el Por- 
tugués habría sido derrotado. Mas D. Fernando 
y los Grandes de su séquito creyeron más acer- 
tado llevar á Fuentesaúco el ejército reunido en 
Medina, y ocuparle en interceptar los víveres á 



CRÓNICA DK ENRIQUE IV 



i55 



los portugueses, haciendo así más fácil su exter- 
minio. Conocido este propósito por el rey de Por- 
tugal, resolvió levantar el campo antes de ama- 
necer el i.° de Marzo de 1476, á los trece días de 
haberle asentado en aquel sitio. Inmediatamente 
dispusieron la marcha; pero era obstáculo para 
acelerarla la balumba de la artillería, máquinas 
de guerra é impedimenta. En cuanto amaneció se. 
apercibieron los de Zamora del apresuramiento 
del enemigo, y por orden de D. Fernando se ar T 
marón todos. Pero la caballería no podía pasar 
sin que antes se reparase la cortadura del puente, 
y ni aun las minas practicadas á su extremidad 
permitían fácil salida á los peones, obstruida por 
el apiñamiento de la multitud. Contrariado don 
Fernando por esta dificultad, no permitió salir por 
las minas sino á aquellos pocos soldados que có- 
modamente podían emplearse en la reparación 
del trozo del puente destruido. Luego se saca- 
ron á toda prisa las barcas, á fin de atravesar á la 
opuesta orilla; pero el paso era muy estrecho é 
insuficiente para la rápida marcha de las tropas, 
y esta dificultad cedía en ventaja de los portugue- 
ses, favoreciendo su pronta retirada. Para prote- 
gerla apostó D. Alfonso, no lejos de los reales, 
unas 5oo lanzas, dispuestas á rechazar á los za- 
jnoranos que por acaso pudieran hostigar al ejér- 
cito. D. Fernando, por su parte, mandó al noble 
y valiente caudillo Alvaro de Mendoza que con 
Jos primeros cien caballos impidiese á los peones 
lanzarse contra el enemigo, para evitar que su im- 
previsión y corto número les entregase en manos 
de los portugueses, más prevenidos y numerosos, 



A. DE PALENCIA 



antes de estar el paso franco para todas las tropas. 
En estos cuidados de procurársele y de evitar un 
descalabro transcurrieron cerca de cuatro horas, 
que el enemigo aprovechó para llegar á la mitad 
del camino en su marcha hacia Toro antes que 
I). Fernando permitiese á los suyos lanzarse en 
su persecución. Mandó luego á Alvaro de Men- 
doza y á algunos caballeros animosos que con 
3oo lanzas picasen la retaguardia enemiga, en- 
torpeciesen la marcha de la hueste y empleasen 
la mayor diligencia en desordenarla más y más 
con repentinas acometidas y hábiles escaramu- 
zas á fin de ganar el tiempo perdido en el paso 
del puente y darlo á las tropas para marchar á 
su alcance. Cumplió animosamente Alvaro las 
órdenes del Rey. Los portugueses enviaron de- 
lante la impedimenta, dispusieron las batallas con 
el peonaje y algunos caballos y formaron con la 
caballería otros dos escuadrones. El príncipe don 
Juan se puso al frente de 800 lanzas escogidas de 
todos los espingarderos de á pie que pudo recoger. 
El núcleo restante de la caballería marchó en de- 
rredor del guión real, conservando al caminar el 
orden de las batallas lo mejor que pudo. Como por 
la derecha la dilatada llanura daba libre campo 
para la marcha, pues por la izquierda corría la 
orilla del Duero, no hallaban grandes estorbos en 
el camino, y, fuera del retraso, los jinetes de don 
Fernando no causaban otro daño á los portugue- 
ses. Mas cuando los torrentes ó las fragosidades 
de los montes les hacían apiñarse, Alvaro caía 
con tal furia sobre la retaguardia, que á las dos 
de la tarde ya el rey D. Fernando estaba á la vista 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV I 57 

con todo su ejército. La caballería venía repartida 
en cinco batallas, sin contar con la que hostigaba 
al enemigo, y que mandaban Alvaro de Mendoza; 
O. Alfonso de Fonseca, obispo de Avila y sucesor 
del difunto Arzobispo de Sevilla, y Pedro de Guz- 
mán, hermano de Gonzalo de Guzmán, Señor de 
Toral. Cuando los portugueses llegaron al paso, 
llamado por los naturales... (i), tan estrecho, que 
por tener á la izquierda el río y á la derecha los 
montes que forman allí la orilla del Duero, deja- 
ba muy reducido espacio para la marcha, sufrie- 
ron impacientes el retraso causado por los que les 
precedían é hicieron ligero alto, puesta la mira en 
ocupar la cumbre del monte de que se apoderaron 
los de D. Fernando aprovechándose del tropiezo. 

El rey de Portugal tomó el partido de condu- 
cir su ejército al llano y hacer alto en aquella 
dilatada extensión, á unos tres cuartos de legua 
de Toro, para aguardar el resto de la impedi- 
menta. Era opinión de los portugueses que los 
de D. Fernando, muy alejados de Zamora, co- 
rrían doble riesgo, porque la prisa para perse- 
guirlos les había impedido alimentarse, y por 
su inferioridad numérica, si llegaba á empeñarse 
campal batalla. Por el contrario, á ellos se les 
ofrecía doble ventaja en semejante caso; la del 
refuerzo recibido con las tropas procedentes de 
la guarnición de Toro, y la proximidad del re- 
fugio y la oscuridad de la noche, ya cercana, para 
remediar un eventual descalabro. Por todo esto 



(i) En blanco en el original. 



i58 



A. DE PALENCIA 



el rey de Portugal juzgaba rnuy propicia para 
alcanzar glorioso triunfo aquella ocasión de li- 
brar combate. El Arzobispo de Toledo y el prín- 
cipe D. Juan tenían opinión contraria. Contentá- 
banse con que, salvada la impedimenta, se hu- 
biese atravesado aquella angostura que ya no 
ofrecía peligro, y sí para el enemigo. Pero como 
el Rey deseaba venir á batalla y sus Grandes 
apoyaban su proposición, se dispuso formar el 
ejército para combatir. Si luego el enemigo rehu- 
sara el encuentro, la gloria alcanzada por los 
portugueses se convertiría en doble vergüenza 
para los castellanos que, habiéndose manifestado 
dispuestos á la pelea, temblaban ante el ejército 
portugués formado en la llanura, después de tan- 
tos días de estrecho asedio. Ya había pasado el Rey 
con todo el ejército el desfiladero, y divisando no 
lejos de allí las tropas portuguesas el noble y va- 
liente caballero Luis de Tovar, censuró la apatía 
de D. Fernando, diciéndole en altas voces: «Mu- 
cho temo, ínclito Monarca, que, por el parecer de 
los Grandes, sea más apariencia que verdadero 
deseo el que muestras por empeñar combate. 
Quiero que te persuadas de que si deseas ser reco- 
nocido por Rey de Castilla te conviene librarle, 
y manifestarte resuelto á no rehusarle jamás si 
diez veces se presentase la ocasión.» Irritaron 
estas palabras á D. Fernando; pero no quiso re- 
velar á los circunstantes la causa de su enojo, 
por quejarse todos en voz alta de la deslealtad 
de los Grandes, obstáculo para el indudable 
triunfo de aquel día; que siempre habían pre- 
ferido la ruina perpetua de los pueblos y el 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



-desdoro de la Corona á la gloria y tranquilidad del 
reino. Echó el Rey el brazo al cuello de Luis de 
Tovar, y con mesuradas razones censuró su des- 
templanza, declarándole que se había decidido no 
empeñar batalla hasta ver en el enemigo indicios 
de querer librarla. Inmediatamente recibió aviso 
D. Fernando de que el enemigo parecía dispuesto 
al combate. Sin perder momento envió el Rey al 
arrojado y aguerrido Pedro Vaca, uno de sus pre- 
dilectos, á saber la opinión del Duque de Alba, del 
Cardenal y de los demás Grandes, porque la ca- 
ballería estaba formada en cinco escuadrones, 
además de los otros tres más reducidos, enviados, 
como dije, en persecución del enemigo. Mientras 
regresaba Pedro Vaca, D. Fernando se puso el 
casco y dispuso acertadamente todo lo necesario 
para la batalla. Lo mismo hicieron los Grandes, 
porque encolerizados con las voces de los acusa- 
dores, procuraron ocultar en el semblante y en 
las palabras todo deseo de rehusar la pelea. Al 
volver Pedro Vaca reconoció en la vanguardia por- 
tuguesa á algunos caballeros de Castilla y, poseído 
de indignación, exclamó: «¡Qué vergüenza, cas- 
tellanos! ¿Cómo no advertís la mancha de des- 
Icaltad y de torpe infamia que echáis sobre vos- 
otros al disponeros á pelear contra vuestro Rey 
legítimo bajo las banderas de nuestro eterno ene- 
migo?» Uno de los aludidos, contestó: — «Por la 
antigua amistad que contigo me une, te aconsejo, 
Pedro Vaca, que antes que dar consejos mires por 
tu propia seguridad.» 

Al punto los espingarderos encendieron las me~ 
chas, y para librarse de los tiros, Vaca torció el 



l60 A. DE PAT ENCIA 

caballo, resguardándose con su cuello y poniéndole 
luego al galope hasta reunirse con los suyos. El 
príncipe D. Juan dio una embestida á los jinetes 
más próximos, que durante todo el día habían ve- 
nido picando la retaguardia. En el encuentro, cayó 
sin vida, atravesado el pecho por un tiro de espin- 
garda, Alfonso de Castro, esforzado caballero de la 
vanguardia del escuadrón de Alvaro de Mendoza. 
Fué el primero que murió de los nueve valientes 
hermanos, leales partidarios de D. Fernando, y la 
primera víctima de los portugueses. A haberle so- 
brevivido, no hubiera llorado su padre Antonio 
García al hijo que moría por la libertad y por el 
honor de los suyos al frente de la multitud lan- 
zada contra el enemigo. 

Además del irresistible empuje de la falanje lu- 
sitana, espantó á los caballos el estrépito y el hu- 
mo de los tiros de las espingardas, y no pudiendo 
contenerlos los jinetes, se introdujo tal confusión 
en las filas, que la fuga de 100 de los de Alvaro 
de Mendoza alentó al príncipe D. Juan para arro- 
jarse repentinamente con 800 lanzas escogidas 
y 3oo peones, repartidos en tres escuadras con- 
tra otros 3oo hombres de armas castellanos, de- 
rrotarlos y ponerlos en huida. Cuando Alvaro de 
Mendoza y los demás capitanes castellanos, em- 
pujados hacia el desfiladero, pudieron recoger 
algunos de los más escogidos jinetes, porque mu- 
chos se habían dispersado en la huida, volvie- 
ron al sitio que parecía más seguro. Entretanto 
el Cardenal acometía con furia en su paso el 
flanco de la hueste del príncipe D. Juan, y el Du- 
que de Alba, sin amilanarse por la fuga de los 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV l6l 



tres escuadrones, se iba apoderando de muchos 
portugueses. El primero, la ira reconcentrada con- 
tra ios que le acusaban diciendo que se rehusaba 
la batalla por la maldad de tres de los Grandes, él, 
elDuque de Alba y el almirante D. Alfonso, le hizo 
alzar la voz en medio de la pelea diciendo:— «¡Aquí 
tenéis al Cardenal, manciiladores de mi honra!» 
El de Alba, con extraordinario empuje, hacía ta- 
les estragos entre los portugueses, al principio en- 
valentonados con la fuga de la caballería caste- 
llana, que sólo, merced á la oscuridad de la no- 
che, que se acercaba, lograron al cabo librarse de 
completo exterminio las 700 lanzas primeras que 
con el príncipe D. Juan se habían arrojado furio- 
samente en persecución de los fugitivos castella- 
nos, como luego diré. Al ver D. Fernando el es- 
panto de muchos de los suyos y la huida de las 
400 lanzas, les gritó: — «¿Qué terror es ese, nobles 
soldados? ¡Cobrad ánimo, y todos los valientes 
salgamos sobre el enemigo en busca de gloriosa 
victoria!» Dicho esto, y al toque de todos los cla- 
rines, embistió con escogida caballería, aunque in- 
ferior en número á la enemiga, contra el centro de 
batalla de D. Alfonso. Breve fué la resistencia, 
porque la caballería castellana arrollaba fácil- 
mente á los contrarios, y los numerosos portu- 
gueses, derribados de sus monturas, introdujeron 
tal desorden en las filas, que Pedro Vaca (1), caba- 
llero de corta estatura, pero de gran esfuerzo de 



(1) El códice de Sevilla tiene al margen esta nota: 
«García de Resende le llama Sotomayor, y era Pero Vaca 
de Sotomayor, un caballero principal de Alcaraz.» 



1Ó2 



A. DE PALENCÍA 



ánimo, llegó hasta el Alférez del pendón Real, y 
deseando borrar la antigua afrenta de los caste- 
llanos cuando perdieron el suyo en la desdichada 
batalla de Aljubarrota, derribó al Alférez, arrancó 
el guión del asta y, aunque cercado por multitud 
de portugueses, la llegada de los suyos fué oca- 
sión de que se empeñase terrible refriega. No pudo 
al cabo escapar de manos de la muchedumbre 
enemiga; y cerca ya de la orilla, cayó al río re- 
vuelto con el soldado portugués que le había 
arrancado el guión hecho jirones. Luego reco- 
gió la desgarrada insignia cierto hombre de armas 
de los nuestros, al intentar librar de manos del 
enemigo á su compañero Pedro Vaca, sumergido 
en las aguas. Quedó en nuestro poder el otro 
guión más pequeño del rey de Portugal, que le 
seguía, según costumbre del rey de España. Ante 
el temor de caer prisionero de los castellanos, ven- 
cedores ya de sus contrarios, D. Alfonso huyó por 
la llanura con unos 20 caballeros, y torciendo á 
la derecha, costeando la falda de los montes y ale- 
jándose de la orilla del río, llegó después de mu- 
chos rodeos á Castronuño, donde se refugió am- 
parado por las sombras de la noche. Al empren- 
der la fuga, la noche ya próxima y una tormenta 
que amenazaba, dejó á los nuestros inciertos 
sobre emprender la persecución ó permanecer 
sobre el campo. Además, la fatiga y el hambre les 
atormentaban. La multitud portuguesa se enca- 
minó al puente de Toro, refugio más próximo. 
Unos cuantos que vieron en la opuesta orilla á 
Zapico con 20 caballos, indicándoles por señas 
que no atravesaran el río, creyeron en su turba- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 1 63 

ción que los movimientos de las adargas les ad- 
vertían hallarse vadeable, y perecieron miserable- 
mente al atravesarle. Quedaron prisioneros la ma- 
yor parte de los portugueses lanzados de sus mon- 
turas; á otros muchos dieron muerte nuestros sol- 
dados, y de haber tomado parte en el combate los 
peones castellanos que al principio subieron al 
monte, el desastre de los portugueses hubiera sido 
mucho más terrible. La lluvia, la oscuridad de la 
noche y el no saber de cierto el camino que lleva- 
ban los fugitivos, hizo á los nuestros perder la for- 
mación y no les permitió adoptar un plan para 
alcanzar victoria completa. Al rey D. Fernando 
le acompañaban tan pocos que á veces tuvo que 
perseguir al enemigo con sólo tres caballeros, Gar- 
cía Manrique, Iñigo López de Albornoz y Fer- 
nando Carrillo de Córdoba, que nunca se aparta- 
ron de su lado. Las demás tropas se entretenían en 
recoger el botín ó en perseguir rápidamente al 
enemigo por la llanura. 






capítulo IX 




Desgracia del conde de Alba de Liste D. Enri- 
que Enrique^. — Vuelve á Toro el Rey de Por- 
tugal. — Alegría de la reina D. & Isabel al saber 
la victor ia. — Prodigios que la anunciaron. 

*§y?y a confusión hubiera podido trocar en de- 
sastre la victoria si el príncipe D. Juan, 
todavía á la cabeza de tropas en buen 
orden y próximo á la orilla del Duero, hubiese 
atacado á nuestra gente desparramada; pero lleno 
de excesivo terror, sólo pensaba en aprovechar 
las sombras de la noche para encaminarse lenta- 
mente hacia Toro. Su irresolución engañaba á 
los nuestros, no menos vacilantes, y cuando por 
caso algunos reconocían en la marcha al caudi- 
llo portugués, temían acometer con tropas des- 
rdenadas al escuadrón correctamente formado, 
ólo Luis de Osorio, capitán de las lanzas del 
'arqués de Astorga, quiso atacar á los portu- 
ueses y al Príncipe; pero le retuvo la orden del 
ey D. Fernando, que iba reuniendo la gente 
cupada en recoger botín. Sucedió entonces que 
conde de Alba de Liste D. Enrique Enríquez, 
eptuagenario, pero de grandes arrestos, después 
e perseguir á todo galope al enemigo fugitivo 



A. DE PALENCIA 



hasta el puente de Toro, al recogerse á su campo 
se engañó con la oscuridad de la noche, y tomó 
por amigos á un pelotón de soldados portugueses 
próximos al río. Apenas pronunció el nombre 
del rey D. Fernando, echáronsele encima los con- 
trarios, y quedó en su poder con dos compañeros 
de armas, únicos que de toda su gente le habían 
quedado. Nada supieron los que con el rey don 
Fernando se encaminaban á Zamora á las nueve 
de la noche, y al día siguiente aún no había no- 
ticia cierta de la desgracia del noble anciano. De- 
cían unos que se había ahogado en el río; otros, 
que, derribado del caballo, había perecido á 
causa de tan grave fatiga en tan avanzada edad; 
de su desdichada prisión nadie hablaba. Cuando 
por fin se tuvo noticia cierta del cautiverio, el 
Rey sintió honda pesadumbre, y á toda la no- 
bleza castellana causó profunda contrariedad la 
desgracia del ilustre anciano. Ella turbó entre 
los castellanos la alegría del triunfo, y entre los 
portugueses el vago rumor de haber perecido su 
Rey, aunque ignorándose cómo, les hizo tener en 
poco el descalabro sufrido. Durante toda la no- 
che, los fugitivos amparados en Toro lamentaron 
la suerte de los hermanos, de los amigos, muertos 
en la batalla; pero ni su pérdida ni la de toda su 
fortuna y de tan numerosos caballos les causaba 
tan hondo pesar como la desdicha de su Rey, que 
lloraban con tristes alaridos. 

En cuanto el enemigo empezó á volver las es- 
paldas, y antes de recoger las tropas entregadas al 
pillaje y de disponer la vuelta á Zamora, D. Fer- 
nando envió á Iñigo López de Albornoz á Torde- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



sillas para participar á D. a Isabel la alegre nueva 
de la victoria. 

Sorteando los muchos peligros que ofrecía el 
encuentro con las guarniciones enemigas deToro, 
Castronuño y otras fortalezas, y caminando por 
apartados montes, tras largos rodeos, pudo al 
cabo presentarse á la Reina, presa de indecible so- 
bresalto por ignorar todo lo ocurrido en Zamora, 
y participarla la noticia del triunfo. Del paradero 
del rey de Portugal ni de lo sucedido después de 
su partida nada pudo decirla. Describir el gozo 
de la Reina sería imposible; sólo diré que inme- 
diatamente se encaminó á la iglesia con algunos 
religiosos. Poco después llegó un mensajero de 
D. Alfonso de Aragón con la noticia de haber 
huido los portugueses; que á media noche, victo- 
rioso D, Fernando, había vuelto á Zamora á dar 
descanso y alimento á las tropas, y que el rey de 
Portugal se había acogido á la fortaleza de Cas- 
tronuño á buscar en el desalmado Alcaide con- 
suelo á sus pesares y alivio para sus quebrantadas 
fuerzas. Más tarde se supo la vuelta de D. Al- 
fonso á Toro y el lenitivo al dolor de los por- 
tugueses por la inesperada llegada de su Rey. 
El nombre del Arzobispo de Toledo, en otro 
tiempo tan ensalzado en todos los combates, para 
nada sonó, ni al hablarse de la batalla, ni después 
de derrotada y puesta en fuga la hueste de sus 
parciales. La figura del Prelado, tan grande en los 
demás encuentros en que había tomado parte, 
aparecía ahora, rebajada en el campo portugués. 
El cambio de partido cambió también su fortuna. 
Imaginóse el desdichado que podría en aquella 



CXXXIV 



12 



A. DE PALENGIA. 



noche rehabilitar algo su decaída fama con acon- 
sejar al príncipe D. Juan, de regreso ya el vence- 
dor D. Fernando, que antes de entrar en Toro 
sufriera la molestia de detenerse algún tanto junto 
ai puente. De aquí tomaron pie los portugueses 
para escribir desvergonzadamente á Lisboa que el 
Príncipe había permanecido en su campo como 
vencedor. Pero cada día aumentaba el número de 
los que por la pérdida de amigos y parientes iban 
comprendiendo lo terrible del desastre. La fuga 
del Rey acabó de hacer patente lo vergonzoso de 
la derrota, y los de Lisboa vieron á las claras que 
sin las sombras de la noche y la proximidad del 
refugio, salvación de tantos, la caballería portu- 
guesa hubiera quedado exterminada. Nadie que 
no estuviese obcecado por la pasión dejó de co- 
nocer que si no se continuó la segunda acometida 
contra el príncipe D. Juan fué porque, además de 
la incierta luz del crepúsculo, D. Fernando, 
atento á la persecución de los fugitivos, no con- 
siguió arrancar á los vencedores de su rebusca de 
botín para volver á ordenar las batallas, y el largo 
camino de vuelta para restaurar las fuerzas de los 
hombres y cuidar de los caballos, muertos de can- 
sancio y de hambre, aconsejaba no empeñarse ya 
en aquella noche en aniquilar al ejército portu- 
gués. Creyó también D.Fernando que bastaba que 
el enemigo, aun conociendo la imposibilidad para 
las tropas de Zamora de acometerle, á causa del 
río desbordado que las separaba y de la interrup- 
ción del puente, se hubiera alejado de pronto 
temiendo verse envuelto por la hueste de don 
Alfonso de Aragón, y que, contando al empezar el 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 169 

combate con 3.5oo lanzas, no sólo hubiese sido 
vencido por 3.ooo castellanos, sino deshecho y 
puesto en fuga, viéndose obligado á abandonar á 
dos suyos y acogerse, con solo 20 y por aparta- 
das sendas, á la fortaleza de Castronuño. Las va- 
gas noticias del desastre habían hecho además pa- 
sar á sus tropas un día entero de indecible angus- 
tia, y cuando luego volvió á Toro como resuci- 
tado, por consolar á los sobrevivientes, perdió la 
ocasión de pasar á cuchillo ó arrojar al río á 
cerca de 5oo enemigos, peones y caballos, sin im- 
portarle tampoco el inmenso despojo sufrido y los 
caballos muertos en la pelea. De la gente de don 
Fernando, por el contrario, constaba no haber pe- 
recido más que cinco hombres; con el botín de los 
portugueses habían quedado ricos muchos hom- 
bres de armas, y el ejército había vuelto intacto y 
victorioso á Zamora con más comodidad para to- 
mar la fortaleza. A estrechar el asedio se consa- 
gró inmediatamente D. Fernando, después de 
honrar como se merecían á los que en la batalla 
se habían distinguido por su valor. 

Con extraordinario denuedo pelearon el Duque 
de Alba y el Cardenal, y corrieron serios peligros 
Alvaro de Mendoza y el Obispo de Avila; su pri- 
mo Alfonso de Fonseca y Pedro de Guzmán. La 
caballería que mandaban, derrotada por el prín- 
cipe D. Juan, se rehizo luego, en su mayor parte, 
gracias al arrojo de sus caudillos. Mereció gran- 
des elogios de D. Fernando la resistencia y vigo- 
roso ardimiento de Pedro Vaca, y no menos Luis 
de Tovar, que tuvo que resistir el primer ímpetu 
del encuentro. Asimismo se elogió el mérito de 



A. DE FALENCIA 



García Manrique, de Luis de Osorio y de D. San- 
cho de Castilla, hijo del difunto obispo de Piasen- 
cia L). Pedro de Castilla. De los otros caballeros 
de menor categoría fueron muchos los dignos de 
gran loa* al paso que de execración é infamia 
aquellos pocos que al principio huyeron tan des- 
alados, que hicieron creer á los de Zamora en un 
gran desastre causado á los castellanos por los 
portugueses. Se dice que el que llevó la falsa no- 
ticia fué D. Pedro de Sandoval, conde de Castro, 
hijo del difunto D. Diego Gómez de Sandoval, uno 
de los más esforzados nobles castellanos. El hijo, 
ciertamente no emulador del valor del padre, 
huyó á Zamora á uña de caballo y creyó disimu, 
Jar su cobardía con la falsa nueva de la derrota- 
sin caer en la cuenta de que bien pronto otros 
descubrirían la verdad. índicósela, con admira- 
ción de muchos, á la duquesa de Alba D. a María 
Enríquez, un perro que tenía, y por lo singular 
del prodigio haré ligera mención del caso. Desde 
los días de la entrada del rey de Portugal en Cas- 
tilla llevaron al duque de Alba D. García el citado 
perro, llamado Odorinseco (i), y muy querido de 
D. Alfonso. La Duquesa cuidaba tanto de que 
le diesen de comer, que el animal la demostraba 
singular cariño. A la misma hora en que el Rey 
salió huyendo de Zamora, en dirección á Toro, 
para evitar que D. Fernando le sorprendiera en 
aquella ciudad, empezó el perro á aullar de re- 



, (i) Este extraño nombre está escrito de dos maneras 
en los originales: Odorin secus y Odor vi sequo. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV (ff 

pente, con gran extrañeza de la Duquesa y de sus 
familiares. Y no causó menos maravilla el previo 
aviso de la fuga del rey de Portugal, cuando se 
vió que el perro había presentido esta desgracia de 
su antiguo amo. Pero lo más admirable fué que, 
á la misma hora en que D. Alfonso fué derro- 
tado y puesto en huida en los campos de Toro, 
lanzó el animal tan horribles aullidos, que cayó 
muerto repentinamente. 

Poco antes de la batalla fué presagio de la vic- 
toria de D. Fernando y de la derrota de su adver-' 
sario el siguiente prodigio acaecido en Sevilla. Un 
marinero de la ciudad desembarcó en Marruecos 
y habló con un moro, famoso entre todos por sus 
vaticinios y por ser eximio poeta. Preguntó al se- 
villano si conocía la feliz entrada del rey de Por- 
tugal en los reinos de Castilla y León, así como 
el poder del rey D. Fernando. El interpelado res- 
pondió que sólo tenía noticia de los universales 
trastornos del reino, del espanto de los naturales 
y de la perfidia de los nobles, únicamente atentos 
i. restablecer su tiránico dominio. Entonces, el 
moro le dijo: «Quiero, amigo, que sepas que ha 
sido concedida la victoria á aquel Rey de España 
que ostenta el famoso yugo de Gordiano, anti- 
guamente deshecho por Alejandro de Macedo- 
nia. Y para que mejor conozcas la verdad de este 
presagio, vuelve cuanto antes á Sevilla, dirígete 
á la lonja de la iglesia mayor, y en las gradas ex- 
teriores de los mercaderes, sobre el abrevadero 
de muías y caballos, verás un mármol negro, y 
en medio un yugo blanco, naturalmente incrus- 
tado en la piedra Además, debajo del primer 



I72 A. DE PALENCIA 

escalón te maravillarás del descuido de la gente- 
que durante tantos siglos viene subiendo y bajan- 
do aquellas gradas sin ver lo que tú verás el pri- 
mero: una mata de esparto nacida bajo las pie- 
dras, y que los transeúntes arrancarán y destrui- 
rán inmediatamente.» Maravillado el marinero 
con lo que oía, en cuanto llegó á Sevilla lo refirió 
todo á sus amigos. Fueron á cerciorarse de la ver- 
dad del vaticinio y hallaron en la lonja, según 
las indicaciones del moro, una losa de mármol, y 
en ella incrustado, como se dijo, un yugo blanco r 
nunca hasta entonces visto por la multitud de 
gentes que por allí pasaban. Acudieron los ciuda- 
danos, toda la nobleza é innumerable concurso de 
mujeres á contemplar el prodigio, y algunos im- 
prudentes trataron de arrancar el yugo del már- 
mol,* pero, rotos los ángulos, perdió su forma. Yo 
también fui testigo y vi cómo muchos cogían 
fibras sueltas del esparto y atribuían á milagro lo 
referido por el marinero. Estos y otros semejantes 
fueron los presagios de la batalla. De los posterio- 
res sucesos haré un breve resumen en lo referente 
á lo ocurrido en Andalucía á los partidarios del 
rey de Portugal. 




CAPITULO X 



Hechos de los partidarios del rey de Portugal en 
Andalucía. — Encuentros de los franceses que si- 
tiaban á Fuenterrabía. 

asi por los mismos días en que el rey don 
Fernando venció al Portugués, sus par- 
tidarios, que después de rendido el casti- 
llo de Burgos habían empezado á sentir cierto re- 
mordimiento por su conducta, volvieron á sus 
procederes y llevaron por todas partes las disen- 
siones y la revuelta. Entre otros, D. Rodrigo 
Girón, entonces en Andalucía, con el auxilio 
y fuerzas de sus partidarios, intentó apoderarse 
por engaño de la villa de Sabiote, próxima á 
Baeza y Ubeda, y que había ocupado el maestre 
dé Santiago D. Rodrigo Manrique, después de la 
prisión de... (i), Comendador de Sabiote. Para 
conseguir su deseo, y siguiendo el vano con- 
sejo de sus íntimos, tramó una añagaza, encu- 
briendo su verdadero propósito con otros muy 
diferentes, propios de la juventud, con objeto de 
que los auxilios que habían de acudirle de todas 
partes no pareciesen llamados para el fin que se 




(i) Blanco. 



174 



A. DE PALE NCI A 



proponía. Entre sus amigos, ei más solícito en 
enviarle contingente de tropas fué el marqués de 
Cádiz D. Rodrigo Ponce de León, siempre dis- 
puesto á suscitar tumultos. Penetró las intencio- 
nes de los dos Rodrigos su tocayo el Maestre de 
Santiago; frustró abiertamente el plan de los in- 
trigantes, y notificó á sus sagaces instrumentos 
que sería posible que D. Rodrigo Girón, novicio 
en este género de maquinaciones, cayera en la 
trampa preparada por él para otros. En esto, 
como en lo demás, triunfó el veterano guerrero, 
porque el Alcaide del castillo se hubiera apode- 
rado de todos los jinetes escogidos para ei intento, 
á no haber percibido uno de ellos, muy avisado, 
cierta señal de falsa rendición, con lo que, des- 
pués de ya entrados muchos de sus compañeros 
en la fortaleza, retrocedió y les descubrió en altas 
voces la traición del Alcaide. No pudo, sin em- 
bargo, dar tan pronto la voz de alarma que no 
quedasen prisioneros la mayor parte de sus ami- 
gos. Uno de éstos, Enrique de Figueredo, princi- 
pal entre los malos consejeros de D. Rodrigo, 
quedó encerrado en estrecho calabozo, y gran 
parte de las lanzas enviadas por ei Marqués de Cá- 
diz cayeron también en manos de los leales. Sólo 
sintieron que se les escapase el que más deseaban 
coger, D. Rodrigo Girón. 

Hacia el mismo tiempo ios de Gibraleón, vasa- 
llos del Conde de Plasencia, obligados á librarse 
de las muchas y diarias vejaciones que los portu- 
gueses les hacían sufrir, ó á sucumbir bajo su 
yugo, escribieron á su Señor, partidario de D. Al- 
fonso, rogándole se compadeciese de los sufri- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



175 



mientos que el Alcaide de Malpica les hacía pade- 
cer diariamente. El mismo Conde, ai principio de 
las revueltas, y por indicación de cierto caballero 
portugués, Martín Alfonso de Meló, había puesto 
en el castillo guarnición portuguesa. Pero des- 
pués que se perturbaron las relaciones entre el 
rey D. Alfonso y el Conde, por el apático apoyo 
de cada uno, el Alcaide empezó á molestar á los 
pueblos obedientes al último. Este, arrepentido 
de la entrega de la fortaleza, contestó á los de Gi- 
braieón, manifestándoles cuánto deseaba arran- 
carla de manos de los malvados partidarios á 
quienes un día la confiara. No se lo hicieron re- 
petir los aludidos, y casi á diario trababan esca- 
ramuzas con los portugueses. Una vez que caye- 
ron sobre las tierras fronterizas, y al volver de 
noche, entraron en una aldea indefensa para des- 
cansar algún tanto, se vieron rodeados por los de 
la guarnición que, envolviéndolos en una cintura 
de fuego, Ies obligó á abrirse paso con las espadas 
para salvar la vida, siendo tal la furia con que pe- 
leó aquel puñado de héroes que, derrotados los 
numerosos portugueses, siete quedaron muertos, 
22 prisioneros, y el resto apeló á la fuga. 

Por el mismo tiempo entraron cuatro galeras 
de D. Fernando por la desembocadura del rió 
Faro, y tal espanto infundieron al pirata portu- 
gués Alvar Méndez, que se encontraba despreve- 
nido reparando sus barcos en el río, que capituló 
entregarse al capitán de las galeras, el catalán 
Andrés Sonier, obligándose á acudir con sus bar- 
cos dentro de un mes allí donde supiera que esta- 
ban surtos. Así lo verificó luego, cumpliendo la 



A. DE PALENCIA 



palabra empeñada, pero con la lealtad propia de 
los piratas, como se dirá en su lugar. 

En aquel mes de Marzo algunas lanzas de don 
Rodrigo Girón, que por orden suya defendían á 
Almagro, intentaron caer en repentina acometida 
sobre los de Ciudad Real, aborrecidos de aquel 
Grande; pero encontraron en el Maestre de San- 
tiago tan enérgica resistencia, que tras ligera es- 
caramuza, la victoria se declaró por los de don 
Fernando, y el enemigo quedó duramente escar- 
mentado. Tres Comendadores de Calatrava y 
66 hombres de armas quedaron prisioneros; mu- 
rieron unos pocos y otros cuantos se salvaron con 
la huida. Los vencedores ofrecieron á los de la 
ciudad alegre espectáculo al atravesar las calles 
conduciendo los caballos de los prisioneros. 

Con no menor fortuna peleó contra el enemigo- 
el conde de Salinas D. Diego Pérez Sarmiento, 
capitán por el rey D. Fernando de los vasconga- 
dos que defendían á Fuenterrabía, y que á diario 
peleaban con los franceses sitiadores. Confiados 
éstos en la numerosa artillería que verdadera- 
mente les hace terribles en los sitios, habían re- 
ducido á tan crítica situación á los de la villa y á 
la caballería de la guarnición, derruida la mu- 
ralla á los tiros de las bombardas, arrasadas las 
defensas, y por completo destruidos fosos y trin- 
cheras, que ya la única salvación consistía en no 
esperarla. Pero en una salida de los nuestros con- 
tra la muchedumbre enemiga, dueña ya casi de 
la plaza, de tal modo la aterraron que, además 
de matarles muchos soldados, se apoderaron de 
cañones y máquinas de guerra, y repararon las 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 177 

defensas para tener algún tanto á raya la furia de 
la muchedumbre francesa, porque retrasar mu- 
cho tiempo la rendición de la plaza se tenía por 
muy difícil. Sin embargo, la llegada de la caba- 
llería del condestable D. Pedro de Velasco, y de 
los Condes de Aguilar y de Monteagudo, y D. Ro- 
drigo de Mendoza, hijo del prestamero Juan de 
Mendoza, obligó á los franceses á refugiarse en 
el otro campamento de la costa de Gascuña, allí 
donde la marea señala la división de las dos pro- 
vincias, una de cuyas costas pertenece á los es- 
pañoles y otra á los gascones. Entre éstos y los 
vascongados perdura antigua y sangrienta con- 
tienda, porque los últimos sostienen que su te- 
rritorio se extiende i.5oo pasos más allá de donde 
llegan las aguas, y sus adversarios afirman que 
termina en la mitad de este espacio. Asentados ya 
en su nuevo campamento los franceses, acordaron 
los nobles castellanos encomendar el mando de 
la guarnición á D. Rodrigo Mendoza, esforzado 
guerrero que, al valor de los vascongados, añadía 
ciertas simpatías que entre ellos gozaba. 

Los demás nobles regresaron á sus tierras. In- 
mediatamente se reanudaron las hostilidades de 
cada día, y en cuanto la profundidad de las aguas 
permitía vadearlas, se empeñaban ligeros comba- 
tes, las más veces funestos á los franceses, y lo 
hubieran sido más si la mayor parte de los na- 
turales de Urturi(?), acostumbrados á pelear con 
los vascongados, hubieran resistido con más acier- 
to al tan conocido enemigo. Iguales en idioma, en 
armas y en pensamiento á los vascongados, refres- 
caban los antiguos enconos por la cuestión de lí- 



178 



A. DE PALENCIA 



mites, y la sangre teñía frecuentemente las aguas 
de sus territorios. Una vez, por fin, exasperados 
todos, se lanzaron por todas partes cuando las 
aguas estaban más bajas, y tras confusa revuelta, 
trabaron combate todas las tropas hasta que el 
reflujo vino á separarlas. Cerca de 4.000 fran- 
ceses perdieron allí la vida. De los vasconga- 
dos murieron 5oo, entre ellos Fortún de Zarauz, 
hombre de extremado valor, á quien lloraron 
amargamente sus paisanos. En aquel día cobra- 
ron los de la plaza más firme esperanza de con- 
servarla, y los demás naturales mayor confianza 
de resistir al numeroso ejército francés. Asimis 
mo se pudo emprender la reparación de las mu- 
rallas y defensas. El mayor daño consistía en las 
correrías de los franceses por las aldeas de los vas- 
congados, que dejaban asoladas. Y como por la 
costumbre del país están repartidas por los valles, 
y las casas construidas de troncos y tablas, el 
cruel enemigo las entregaba á las llamas. Dueños 
de una torre situada de la parte acá del río des- 
bordado, y asegurada con obras de defensa, desde 
ella se lanzaban á frecuentes correrías, llevando 
la desolación á las más remotas aldeas. 



LIBRO XXVI 



CAPITULO PRIMERO 




Maquinaciones diversas de los Grandes castella- 
nos. — Recuperación de Madrid. — Muerte de Pe- 
dro Arias. — Ríndese el castillo de Zamora. 

' n el mes de Marzo, cuando Marte se mos- 
traba tan contrario á los enemigos de 
don Fernando, los Grandes castellanos 
meditaban diversos planes, ó bien para contrariar 
el éxito de tan prósperos sucesos, ó bien para bus- 
car medios de reconciliarse con el vencedor. En- 
tre los que parecían favorecer la causa de D. Fer- 
nando, el duque de Medina Sidonia D. Enrique 
de Guzmán llevaba tan á mal los triunfos del 
Rey, que no quería oir hablar de habérsele en- 
tregado Zamora; recibió con disgusto la noticia 
de la rendición del castillo de Burgos y más aún 
la de la victoria, y fué tal su pesadumbre que, 
no pudiendo disimularla, cabizbajo y con torva 
mirada presenció los regocijos de los sevillanos, 
se negó á tomar parte en ellos y acabó por huir de 
la general alegría retrayéndose á oculto retiro, 
como quien á todo anteponía el afán de señorío 
tiránico. Los demás nobles andaluces, aunque po^ 



l80 A. DE PALENCIA 

reídos de igual pesadumbre, ocultaban, sin em- 
bargo, sus sentimientos bajo el disfraz de alegre 
semblante. D. Rodrigo Girón, que después de la 

-empresa del príncipe D. Juan y de su entrada 

en Castilla, no sólo dejó de rendir el debido aca- 
tamiento, aunque lo intentó, á D. Fernando, sino 
que una y otra vez tramó, sin éxito, contra su cau- 
sa nuevas alteraciones de guerra, volvió á some- 
terse otra vez á los consejos de Gonzalo de Avila. 
Asimismo el Marqués de Villena, perdida la ma- 
yor parte de sus Estados, trabajó juntamente con 
su primo D. Rodrigo por que el Cardenal les re- 
conciliara con el Rey. Era su ánimo, sin embargo, 
conservaren su poder la villa de Madrid, de que 
su padre se había hecho dueño, porque si la per- 
día, ya no tenía esperanza de hallar vestigio al- 
guno de su prístino poderío. Sabía que los madri- 

I leños anhelaban recobrar su antigua libertad, y 
ponía todo su empeño en aquel dominio. Resulta- 
ron, sin embargo, todos sus gastos y todo su em- 
peño inútiles, porque Pedro Arias, hombre adine- 
rado en Castilla la Nueva, con poderoso partido y 

1 llamado por muchos vecinos, y Pedro Núñez, el 
más acaudalado de ellos y desterrado á la sazón 
por orden del Marqués, se pusieron al frente de 

•algunas lanzas, que aumentó el favor del Mar- 
qués de Santillana, con quien había trabado 
amistad y que deseaba atraerse á su devoción á 

, los madrileños. Estos dos adinerados caballeros 
ocuparon el arrabal, y asestaron muchas bombar- 

. das contra la puerta de Guadalajara, con escasa 
resistencia del Alcaide puesto por el Marqués para 

, defenderla. Dícese que obró así deliberadamente, 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV l8l 

porque deseaba que la noble villa volviese á la Co- 
rona; pero para amenguar la nota de traición, de- 
rrocaron la parte de muralla contigua á la puerta. 
Tomada luego la villa, los sitiadores dirigieron el 
ataque contra aquélla por todas partes, y para res- 
guardo de los tiros con que desde lo alto les mo- 
lestaban, utilizaron los cimientos socavados, in- 
terpolando maderos como puntales. Entretanto, 
cada día iba destruyéndose más la fábrica de la 
puerta y estaba próxima á su ruina en cuanto se 
pusiese fuego á los puntales de madera. Aterrado 
con este peligro el que dirigía la resistencia, ca- 
pituló la rendición, y quedaron en adelante los 
de D. Fernando en libre posesión de la villa. El 
Alcaide y D. Rodrigo de Castañeda, principal cau- 
dillo de la guarnición, pusieron fuego á los arraba- 
les más próximos al Alcázar; pero los habitantes 
levantaron tapias, establecieron puestos y al am- 
paro de fosos y trincheras, rechazaron las repen- 
tinas acometidas, desplegando extremada vigilan- 
cia y habilidad suma. Murió Pedro Arias porque 
^1 excesivo peso de la armadura fué mortal para 
su antigua herida, en constante supuración. To- 
dos los vecinos lloraron la pérdida de su libertá- 
dor, y nombraron en su lugar á su hijo Diego 
Arias; pusiéronse bajo la protección del Marqués 
y pidieron á la reina D. a Isabel que les enviara 
algunas lanzas. Envióselas, y por capitán al es- 
forzado Diego del Aguila, servidor muy leal de los 
Reyes. 

No cesaba en tanto D. Fernando de batir el cas- 
tillo de Zamora. El alcaide Alfonso de Valencia 
simuló la intención de poner al hijo del Conde de 



A. DE PALENCIA 



Benavente, dado por éste en rehenes, en los pun- 
tos más expuestos á los tiros de bombardas y tra- 
bucos, á fin de que el Rey, movido á compasión 
del noble mancebo, aflojase la violencia del ata- 
que. Cuando vió ya la fortaleza desnuda de defen- 
sas y la derrota de los portugueses abatió su áni- 
mo, se valió de medianeros benévolos para pactar 
la rendición, con tal que se entregara el castillo á 
persona que respondiera de la vida y riquezas de 
los rendidos. Además, su tío, el Cantor de Zamo- 
ra, corifeo de la primera rebelión, había de pedir 
perdón al rey D. Fernando, gravemente irri- 
tado con él, y permitírsele á Alfonso sacar todo- 
lo que los portugueses habían escondido allí, 
con más los muebles de su propiedad, los víve- 
res, utensilios, caballos, armas y los cañones 
que fueran transportables. El vivo deseo de aten- 
der á tantas necesidades urgentes obligó á D. Fer- 
nando á aceptar tales condiciones, porque conoci- 
damente el sitio del castillo era causa de funesto 
retraso para otras empresas, retenía allí un nu- 
meroso ejército y los habitantes tenían que sufrir 
graves y diarios trabajos. Al cabo se renunció á 
la venganza ante la ventaja de más provechosa 
expedición. La alcaidía de Castrotoraf se dió á Al- 
fonso de Valencia, á quien inmediatamente y por 
orden de D. Fernando la cedió D. Juan Enríquez,. 
comendador de la Orden de Santiago, á fin de 
conseguir luego la entera y pacífica posesión de 
tan importante villa y con ello facilitar al Rey 
D. Fernando ulteriores empresas contra el enemi- 
go.; Rindióse el castillo de Zamora el 19 de Marzo 
de 1476, á los diez y ocho días de la derrota de los 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 1 83 

portugueses, influyó mucho en ello la presencia 
de D. Alfonso de Aragón, que en aquellos pocos 
días adoptó para la toma del castillo medidas más 
eficaces que las preparadas en tantos meses, si 
bien se consideró de gran importancia todo lo dis- 
puesto antes por su hermano el ilustre rey don 
Fernando, y causó la admiración de cuantos to- 
maron parte en el sitio. 



CXXXIV 



CAPÍTULO II 



Sucesos ocurridos en ¿a frontera de Portugal. — 
Llegada del rey D. Fernando á Medina. 

m pulsado por su activo temperamento el 
clavero Alfonso de Monroy, que también 
se llamaba Maestre de Calatrava, em- 
pezó á molestar á los enemigos talando los cam- 
pos y manteniendo una escogida caballería ligera 
con el botín que les arrebataba. Todos los hom- 
bres de ánimo belicoso que espontáneamente 
le habían seguido antes de su desgraciado cau- 
tiverio, acudían ahora á ponerse bajo su mando. 
Su autorizada experiencia, su simpática llane- 
za, su actividad para toda empresa guerrera, su 
singular vigilancia, su infatigable perseveran- 
cia para llevar á cabo lo que una vez se pro- 
pusiera y su inquebrantable adhesión á la disci- 
plina militar, todas estas singulares dotes eran 
umversalmente ensalzadas. Este ilustre capitán 
mantenía 200 lanzas sin estipendio señalado y sin 
ser gravoso á las poblaciones amigas, de las que 
sacaba oportunamente su peonaje cuando el caso 
lo exigía. Pero no satisfaciendo mucho á su mag- 
nánimo corazón los recursos que le proporciona- 
ban aquellas correrías, puso la mira en más altas 




i86 



A. DE PALENCIA 



empresas y de más duraderos resultados para ef 
sostenimiento de su gente. Entre los pueblos de la 
frontera portuguesa se distinguía Portalegre, tan 
fuerte por su posición y obras de defensa, que 
durante la guerra, allí habían escondido los de- 
más pueblos sus más preciados bienes. Para ase- 
gurar el éxito de la empresa concebida apoderán- 
dose de la villa, discurrió el siguiente ingenioso 
plan. Envió 400 caballos á talar los pueblos del 
interior de Portugal, sabiendo de antemano la 
prisa con que los de Portalegre acudirían al soco- 
rro de las villas confinantes, sin preocuparse del 
propio riesgo, por su excesiva conñanza en las 
defensas naturales del pueblo. Luego, á media 
noche, puso celadas en lugares próximos á él; em- 
pleó como corredores á los soldados más sagaces 
y apostó en determinados sitios atalayas para que 
hiciesen señales convenidas á los emboscados. Pre- 
parado así todo con gran sigilo, envió á talar los 
campos de los puebios del término de Portalegre á 
unos cuantos jinetes de los 3oo que se había reser- 
vado. En cuanto los de la villa percibieron la voz- 
de alarma, corrieron desaforados en auxilio de los 
amigos; nuestros jinetes cedieron el paso, y fin- 
giendo gran espanto, fueron abandonando la presa 
á los enemigos que les perseguían. Vacilaban éstos 
en seguir el alcance; pero se consideraban á cu- 
bierto de todo desastre por lo próximos que se 
creían á la villa y por no ver peligro alguno que 
les amenazara. Entonces los de las celadas, en 
cuanto conocieron por las señales de los corredo- 
res que, á excepción de las mujeres, niños y an- 
cianos, todos los de la villa estaban desparrama- 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 



l8 7 



dos por el campo, destacaron á los más resueltos 
para apoderarse rápidamente de la puerta de la 
población. Siguiéronles al punto los demás, que, 
á su vez, hicieron señales al caudillo D. Alfonso 
de estar ocupada la entrada. Entonces éste salió 
al paso del enemigo cuando se dirigía á sus casas, 
ya tomadas por los nuestros. Maravilla la facili- 
dad con que por el ardid de un hombre se tomó 
villa tan inexpugnable. Luego arrebató á todos los 
moradores tantas riquezas escondidas allí por los 
portugueses como en lugar enteramente seguro, y 
arrimando de repente las escalas, se apoderó de 
la fortaleza. Después D. Alfonso con parte de s u 
caballería se llevó todo el botín y los cautivos; es- 
cogió los hombres de armas y peones que habían 
<ie quedarse con él en la villa, y se reservó abun- 
dante provisión de mantenimientos, pues encon- 
tró las trojes atestadas de trigo y cebada, y gran- 
des cantidades de vino, aceite y demás vituallas 
<:on que alimentarásus soldados durante dosaños. 

Cuando el Obispo de Evora, egregio defensor 
de aquella provincia, pues se distinguía por sus 
riquezas, valor y nobleza, supo el grave desastre 
de los de Portalegre, mejor dicho, de todos los por- 
tugueses, reunió gran contingente de infantes 
y 400 caballos, y antes de que el enemigo reci- 
biese más refuerzos, cayó sobre los nuestros, con- 
fiado en el espanto que había de causarles la re- 
pentina acometida. No contaba con la previsión 
de D. Alfonso de Monroy que, cuando el Obis- 
po, al alborear el día, con propósito de alojar en 
las casas del arrabal, una vez dueño de la igle- 
sia, numerosos y valientes soldados que resistie- 



A. DE PALENCIA 



ran las acometidas del enemigo, empezó á comba- 
tir el templo bien defendido por su situación v 
reparos, y previamente ocupado por los castella- 
nos, según orden del de Monroy, éste con ánimo 
sereno retuvo á su gente en el recinto amura- 
llado, dispuso que restaurasen sus fuerzas, y con 
templadas razones contradijo á los más vehemen- 
tes que aconsejaban acudir inmediatamente en 
socorro de los compañeros de armas, antes que 
la multitud enemiga se apoderase de la iglesia. Su 
situación le había convencido de que aquel em- 
peño de los portugueses y su temeraria confianza 
vendría á serle al cabo ventajosa. Cuando ya re- 
corrían descaradamente las calles del arrabal, y 
llegaban en su audacia á pegar fuego á sus puer- 
tas amontonando leña seca, salió de repente á la 
cabeza de un escogido escuadrón, acometió con 
furia á los desordenados enemigos, y puestos en 
fuga los primeros, cayó sobre los que combatían 
la iglesia, ya diezmados por los tiros y piedras 
que desde lo alto les arrojaban. Así aquel puñada 
de castellanos, con su destreza y presencia de áni- 
mo, dió cuenta de muchos portugueses, los infun- 
dió espanto, y les hizo conocer muy á su costa 
cuán temerariamente habían confiado en aquella 
confusa muchedumbre para realizar su empresa. 
Muchos pasaron los nuestros á cuchillo; el resto, 
bien escarmentados, buscó refugio en los pueblos 
próximos, que fortificaron lo mejor que pudie- 
ron. No lograron, sin embargo, ponerse tan á cu- 
bierto de las correrías y asechanzas de sus experi- 
mentados enemigos que no se viesen precisados á 
retirar sus rebaños á dehesas más interiores y á 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV I 89 

abstenerse de toda salida por las tierras circun- 
vecinas. Ni aun en aquellos distantes pastos lo- 
graron salvar sus ganados, porque acudiendo al 
llamamiento del de Monroy el Conde de Feria 
con numerosas lanzas, aumentadas con algunos 
infantes y caballos del Comendador mayor de 
León D. Alfonso de Cárdenas, se llevaron de aque- 
llos escondidos valles, sin la menor resistencia del 
enemigo, tres mil vacas, multitud de yeguas, cinco 
mil ovejas y gran cantidad de cabras y de cerdos. 

Del castillo de Nodar, Diego Marmolejo, á quien 
los caballeros de Sevilla, sus parientes, habían 
puesto al frente de la guarnición, salía con fre- 
cuencia á recoger presas, y ensoberbecido con el 
éxito, ya negaba á sus bienhechores la debida co- 
rrespondencia, trabajando por someter á la guar- 
nición á su albedrío, y hacerse dueño de la for- 
taleza. Para poner á raya su insolencia, Juan de 
Peón y Cerasio Gallegos se unieron con Ñuño de 
Esquivel, deseoso de castigar la ingratitud y los 
perversos intentos de su pariente. Valiéronse de un 
ardid para combatirle, y después de riñas y pe- 
leas en que corrió la sangre, se apoderaron del 
culpado y le sepultaron en un oscuro calabozo. 
Quedó de alcaide Juan de Peón, hombre audaz, 
pero tan poco escrupuloso en el empleo de malas 
artes, que en corto tiempo perpetró crímenes me- 
recedores del último suplicio. 

Salió por estos días con tropas el rey D. Fer- 
nando y entró en Medina, mientras su hermano 
D. Alfonso con otro ejército se dirigía á Madrigal, 
después que el príncipe D. Juan á principios de 
Abril llevó á Portugal á su suegra con escolta de 



i go 



A. DE FALENCIA 



400 lanzas. A fines de este mes, la reina D. a Isa- 
bel fué á reunirse con su marido para tratar 
juntos en Medina de los asuntos de la guerra 
y del exterminio del enemigo que sabían no po- 
dría sostenerse mucho tiempo dentro de Toro, 
después de la derrota sufrida, si la guarnición de 
Cantalapiedra los atacaba. Porque el rey de Por- 
tugal había enviado allí escogidos caballeros para 
que, no sólo facilitasen el aprovisionamiento de 
Toro, sino que talasen el territorio obediente á 
D. Fernando. 




CAPÍTULO III 



Fuga del Arzobispo de Toledo y fingimiento del 
Conde de Treviño. — Novedades ocurridas en 
Francia. — Mención del Gran Turco. 

nte todo se creyó necesario perseguir al 
0ftsg¡*% Arzobispo de Toledo, que había persua- 
•*$p33<k dido al rey de Portugal de que el me- 
jor reparo para tan gran peligro sería adelantár- 
sele él á visitar el territorio del Tajo y levantar el 
ánimo de los Grandes ó sondear sus intenciones. 
A más de este recurso, indicaba muchas contingen- 
cias verosímiles al entristecido Monarca, que aco- 
gía como consuelo á su pesar la esperanza de po- 
sibles remedios futuros. Como en aquella cam- 
paña el Arzobispo se había presentado ai Rey sin 
su acostumbrada comitiva, quiso éste honrarle 
dándole para el viaje 4c c lanzas además del corto 
escuadrón de 70 que con él estaban; pero poseído 
todavía del miedo, y para evitar todo peligro, dió 
mil rodeos en su marcha, y empleó toda clase de 
astucias. No pudo, sin embargo, engañar mucho 
tiempo á los de D. Fernando. Unos y otros tenían 
sus corredores, y los portales estaban llenos de 
.hombres astutos. Pronto avisaron que fácilmente 
se apoderarían del Prelado al marchar, si inmedia- 



192 



A. DE PALENCIA 



tamente salía tras él un fuerte escuadrón. Este 
encargo se confió al conde de Treviño D. Pedro 
Manrique, que lo aceptó más bien acaso para li- 
brarle del riesgo que para prenderle, ó en memo- 
ria de antiguos beneficios y de frecuentes alianzas, 
ó por el recíproco olvido de las ofensas comunes 
entre los Grandes, que, conformes en sus aspira- 
ciones, aunque á veces finjan odiarse, pocas lle- 
gan á destruirse. Sea de esto lo que quiera, mu- 
chos acriminaban al Conde diciendo que había 
hecho alarde de excesivos preparativos y vigilancia 
para la persecución del Arzobispo; pero en reali- 
dad había empleado rodeos, porque, conociendo 
el camino que llevaba, habría podido apoderarse de 
él antes de pasar el Duero desbordado, y no había 
querido hacerlo, sino que había tomado otra ruta, 
cual si se propusiera salirle al encuentro con su 
hueste al pie de los montes próximos á Buitrago. 
El Arzobispo, caminando de noche, entró en Por- 
tillo, y fué destruyendo los puentes sobre el río, 
para detener al enemigo si le perseguía, mientras 
él buscaba seguro refugio. Tres veces empleó 
este recurso antes de llegar á Portillo; pero los 
de D. Fernando, al comenzar la persecución, 
prendieron al paso del puente del Adaja á Pedro 
López, su capellán más estimado, y le llevaron 
á presencia de la Reina, por constarles el inicuo 
cambio de este clérigo, antes leal á sus Reyes, y 
después entregado á reprobadas costumbres. Nin- 
guno, entre los familiares del Arzobispo, había 
demostrado en otro tiempo tanta habilidad y fide- 
lidad en todas las secretas entrevistas ó en las 
negociaciones ^en que el digno Prelado había 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV I g3 

tomado parte; y luego en Valladolid, el perverso 
sacerdote había consagrado la solemnidad del sa- 
cramento matrimonial, pero, como otro Alarcón, 
ante las promesas del rey D. Alfonso, había inge- 
rido en el ánimo del Arzobispo el veneno de la 
discordia. No quiso la Reina conservar al prisio- 
nero, y dió orden de ponerle en libertad y devol- 
vérsele al Arzobispo. La empresa del Conde de 
Treviño no tuvo éxito, bien porque deliberada- 
mente lo hiciera, bien porque fuese resultado del 
acaso el dirigirse el Arzobispo desde Cantalapie- 
dra á lugares adonde jamás imaginó el de Treviño- 
que pudiera encaminarse. Desde allí, á los pocos 
días, pasó con su escolta portuguesa á tierras del 
Tajo. 

Repetidas veces habían intentado los capitanes 
franceses enviados por su Rey al sitio c^e Fuente- 
rrabía apoderarse de esta plaza, ya más fuerte por 
el aumento de guarnición y nuevas obras de de- 
fensa, y, frecuentemente rechazados, habían retro- 
cedido, yendo á estacionarse en algunos casos á 
más seguros campamentos, más allá del reflujo del 
mar, y en otros á villas más remotas, según las> 
órdenes del rey Luis. Parecía vacilar éste ante 
la multitud de dificultades que surgían de las nue- 
vas cuestiones, y al querer atender á todas, fijaba 
atención poco seguida á cada una en particular. 
Entre él y el duque de Borgoña Carlos existía, 
antigua diferencia, aparentemente dirimida por 
mutuos pactos; pero no se borraban de sus cora- 
zones los rencores de la antigua rivalidad, por 
más que las nuevas ocurrencias les obligaban á 
reconciliarse. El de Borgoña, soberbio y guerrea* 



194 A - DE pale ncia 

-tior constante, no podía hacer frente á las muchas 
atenciones de la guerra de Alemania emprendida 
primero contra los de Colonia y después contra 
los belicosos suizos, si pretendia al mismo tiempo 
mantener en respeto al rey de Francia. Con des- 
precio de la antigua alianza, miraba tan poco por 
ia suerte del rey D. Juan de Aragón, combatido 
por los franceses_, que se alegraba de verlos ocu- 
pados en aquella expedición y en el sitio de Fuen- 
terrabía, con tal de poder él continuar sus anti- 
guas luchas con los alemanes. Por otra parte, mu- 
chos españoles le creían más inclinado al triunfo 
-de su pariente el rey de Portugal, con el que le 
unía verdadera amistad, nacida del estrecho víncu- 
lo. Pensaban, pues, que de buen grado acepta- 
ría otras guerras en las más remotas provincias 
como excusa para diferir su ayuda en favor de 
los aragoneses y del rey de Castilla D. Fernando, 
á quien había dado la Orden del Toisón como 
prenda de haberle elegido por uno de sus cons- 
tantes amigos. Mas las amistades de los Príncipes 
son deleznables, y pronto se apaga su entusias- 
mo, sin que surja el amor sino cuando se entrevé 
algún provecho. Asimismo los parentescos de los 
Grandes, hasta los más estrechos, por muy ligera 
•causa se quebrantan cuando se levanta la voz de 
la ambición, avasalladora de sus corazones. En 
su deseo de destruirlos, el rey de Francia acome- 
tió por diversas partes, pero con igual furor, á los 
vascongados. Murió el Duque de Saboya, her- 
mano de la mujer del rey Luis, dejando varios hi- 
jos de la suya, parienta del Duque de Borgoña; 
mas como el primogénito fuese incapaz, por su 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV I gf> 

corta edad, de gobernar tan vastos estados, el rev 
de Francia aprovechó la coyuntura para intentar 
que sustituyera á su difunto hermano en aquel 
gobierno Juan, muy querido de él y de su her- 
mana la Reina. La Duquesa acudió inmediata- 
mente al Duque de Borgoña, y le pidió su favor 
y sus tropas para defender los derechos heredita- 
rios del hijo contra la violencia del poderoso rey 
de Francia. Contó además con el amparo del du- 
que de Milán Galeazo María Sforza, por cuanto 
la violencia del rey Luis y la ambición de Juan 
era temible para ios de Lombardía y sospechosa á 
los genoveses. Así, so color de antiguos tratados, 
el francés trabajaba por aumentar sus dominios 
con la insigne ciudad marítima de Savona, perte- 
neciente al genovesado, y, según su costumbre, 
daba descaradamente al olvido el frecuente auxilio 
que contra el rey D. Juan de Aragón le había pres- 
tado el Duque de Milán, protector de los genove- 
ses. Sólo hacía cuenta del favor del momento, ol- 
vidando los pasados, y trabajaba por extender por 
el orbe toda la peste de las guerras. 

Esto fué causa en aquellos días de grave daño 
para el Cristianismo, porque el Gran Turco Ma- 
homad siempre procuró ensanchar su poderío- 
aprovechando las discordias de los Príncipes cris- 
tianos, y con hábil astucia las hacía servir á me- 
nudo para dominar más en Europa. Doloroso es 
decirlo; pero no favorecía poco sus designios la 
molicie y la avaricia de los Pontífices romanos, 
en quienes eran notorios estos vicios, no ya sólo 
como hereditarios, sino como extraordinaria- 
mente aumentados por una emulación de extre- 



A. DK PALENCIA 



marlos. No tropezaba el imperio turco con más 
resistencia que la constancia de los venecianos, 
digna de toda alabanza, y la del Rey de Hun- 
gría, que había dado el señorío de la Valaquia al 
Vaivoda Esteban, esforzado guerrero, hijo del 
ilustre Vaivoda Juan, ya difunto, y que había ce- 
ñido algún tiempo la corona de Hungría á la 
muerte de Segismundo, hijo del emperador Al- 
berto. Este, yerno y heredero de Segismundo, el 
viejo, rey de Bohemia y Hungría y emperador de 
romanos, se dice haber muerto envenenado, de- 
jando un hijo de tierna edad bajo la tutela del 
duque de Austria Federico, sucesor en el Impe- 
rio romano. Aborrecieron tanto muchos ale- 
manes y todos los húngaros la avaricia y desi- 
dia de este Monarca, que fué causa, á la muerte 
del Vaivoda Juan, de que el Vaivoda Matías en- 
sanchase su real señorío, como más por extenso 
constará en las historias de Hungría. Para la nues- 
tra sólo conviene declarar que no fué pequeña 
causa de la común ruina del Cristianismo la ri- 
validad de los príncipes y la maldad y avaricia de 
los eclesiásticos, cada día mayores, á medida que 
iban aumentándose los, peligros y calamidades de 
ios suyos. 




CAPITULO IV 



Marcha el rey D. Femando á Madrigal.— Sitio 
de Cantal aipiedr a. — Conjuración de los de Fuen- 
teovejuna, que dieron cruel muerte al comenda- 
dor mayor de Calatrava Fernando Ramírez de 
Guarnan. — Muerte violenta del alcaide de San 
Felices, Gracián. 

erribles eran los males que, como se 
dijo, afligían á los cristianos por toda 
Europa, á causa de las discordias de los 
Príncipes; pero mucho mayores los sufría Espa- 
ña, donde la tiranía en sus mil formas se había 
difundido hasta las entrañas de los más pusiláni- 
mes. Las prolongadas guerras, y la libertad para el 
mal habían corrompido á las muchedumbres, y 
así en el interior de las ciudades como en los cam- 
pos, por todas partes los malvados se entregaban 
al pillaje y al asesinato. Entre las villas más fuer- 
tes de los portugueses se había distinguido Can- 
talapiedra por los frecuentes latrocinios y rapiñas 
-que á su amparo se cometían, á causa de confi- 
nar con otros muchos pueblos, en su mayor 




A. DE FALENCIA 



parte faltos de toda defensa de la naturaleza 6 
del arte, y á consecuencia de las continuas corre- 
rías y talas, allí habían acudido muchos caballe- 
ros portugueses y castellanos, dedicados á estas 
hazañas. Distinguióse entre todos Alfonso Pérez 
de Vivero, hermano de Juan de Vivero, y con fre- 
cuencia visitaba la fortaleza de Castronuevo, de 
que era dueña la portuguesa Isabel Cotiña, viuda 
de este último. Aquel refugio le permitía lanzar- 
se á mayores empresas, y sus satélites recoman la 
dilatada llanura llevando la devastación á tierras 
de Salamanca, Avila, Medina y Segovia, hasta 
arrebatar á las puertas mismas de Medina del 
Campo á infelices moradores, despojarles de sus 
bienes y atormentarles con variados suplicios, con 
gravísimo daño de toda la provincia y desdoro del 
rey D. Fernando. Para remediarlo marchó con sus 
tropas á Madrigal y llamó á su hermano D. Al- 
fonso de Aragón, como á hombre tan práctico en 
la expugnación de fortalezas. Sospechando lo que 
se intentaba contra Cantalapiedra, el rey de Por- 
tugal envió allá escuadrón escogido de sus nobles,. 
creyendo que su defensa seria más tenaz y que 
acometerían con tal energía á los de D. Fernando 
que les obligarían á desistir de la empresa. Llevó 
éste en su compañía á su hermano, al Duque de 
Alba de Tormes y al Conde de Treviño, con esco- 
gidas lanzas y numeroso peonaje; dispuso el asien- 
to de los reales, y quiso repartir por sí mismo los. 
cargos propios para el sitio, para que la autoridad 
desús órdenes fuese garantía de la ejecución por 
parte de todos los Grandes. Hecho esto, se volvió 
á Madrigal al lado de la Reina. Era común opi- 



CRÓNICA DF. ENKIQUE IV 



nión que no convenía á la majestad Real ocuparse 
en aquel sitio hasta tener noticia cierta de si el 
Portugués pensaba acudir en socorro de los suyos 
ó abandonar la defensa á los refuerzos ya envia- 
dos. Cuando ya supo que D. Alfonso, ni aun den- 
tro de Toro se sentía libre de temor, creyó que 
debía procurar que en aquel sitio se mostrase pa- 
tente el valor de sus Grandes. 

Vinoá perturbar esta esperanza la triste nueva 
de la muerte del nobilísimo guerrero D. Fernando 
Ramírez de Guzmán, comendador mayor de Ca- 
latrava, estimadísimo con justo título del Rey por 
sus muchos servicios á la Corona, como esforzado 
adalid y tenaz perseguidor de los aliados del Portu- 
gués. Así, lo mismo D. Rodrigo Girón que D. Al- 
fonso de Aguilar y cuantos veían con malos ojos 
la actividad del valiente caudillo, y temblaban 
ante sus planes, cuya ejecución facilitaban sus ri- 
quezas, andaban buscando medio de deshacerse 
del Comendador, constantemente hostil, desde la 
muerte del maestre Pacheco, á D. Rodrigo Girón, 
á quien jamás había concedido su aprecio. Y como 
el de Guzmán mereció todo el del Rey por sus ser- 
vicios en favor de la república y de las leyes san- 
cionadas, y como fué muerto por astucia viperina 
de sus enemigos, creo deber hacer mención de su 
cruel muerte. Queda más arriba explicado cómo 
el rey D. Enrique, cuando vió que no podía dar 
la posesión de Fregenai al maestre Girón, impe- 
tró del Papa con porfiados rodeos que se le diese 
la de la villa de Osuna, de la Orden de Calatrava, 
y adjudicada al Comendador mayor de la misma, 
á fin de que el Maestre pudiese legarla á un hijo 



CXXXIV 



14 



200 



A. DE PALENCI A 



suyo habido en una manceba. En compensación 
de aquella villa, y contra la voluntad de los cor- 
dobeses, á cuyo señorío pertenecía la de Fuente- 
ovejuna, el Rey la dió al comendador Fernando 
Ramírez, además de la aldea de Belmez, también 
del señorío de Córdoba, con tal que se le entregase 
con ella el castillo, muy fuerte por su situación, 
para evitar que los moradores, irritados con el 
cambio, combatiesen á su nuevo señor. Mas va- 
liéndose de tiránica violencia, el Maestre, conse- 
guida ya la posesión de Osuna, con facultad de 
legarla á su heredero, dió Fuenteovejuna al Co- 
mendador y se quedó con el castillo de Belmez, 
que es decir, la villa. Ni por ruegos ni en virtud 
de lo pactado logró jamás el Comendador la pro- 
metida posesión del castillo, ni en vida del Maes- 
tre ni después en la de Pacheco, hermano suyo, 
que ocupó el cargo en lugar del adolescente su 
primo hermano. Comprendiendo Pacheco cuán 
lejos estaba el Comendador de consentir en el ti- 
ránico atropello, y cuán amarga había sido para 
el noble caballero la intrusión en el {Maestrazgo 
de Calatrava, había buscado á menudo ocasiones 
de rompimiento que le proporcionasen la de apo- 
derarse también de Fuenteovejuna. A este intento 
se oponía la ilustre prosapia del Comendador, su 
fecundo ingenio y su notoria liberalidad media- 
dora entre sus partidarios; y por otra parte, las 
nuevas ocurrencias habían sido hasta entonces 
salvaguardia del Comendador. En cuanto murió 
Pacheco puso aquél cerco al castillo de Belmez 
que, como sólo expugnable por hambre, resistió 
largo tiempo. La muerte del rey D. Enrique le 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 



201 



hizo concebir esperanzas de que se rindiera, pues 
con la elevación al trono de D. Fernando y Doña 
Isabel, á quienes seguía aun en vida de D. Enri- 
que, cobró nuevos alientos y, como dije, persiguió 
á D. Rodrigo Girón, en compañía del maestre de 
Santiago D. Rodrigo Manrique, del conde D. Die- 
go de Córdoba y del clavero de Caiatrava García 
de Padilla. Volvió luego á Fuenteovejuna para 
dar calor al sitio del castillo de Belmez; pero la 
inicua conjuración de los de Fuenteovejuna inuti- 
lizó enteramente su esfuerzo. Mensajeros envia- 
dos por D. Rodrigo Girón y D. Alfonso de Agui- 
lar para preparar sus dañados fines, les excitaron 
á dar muerte al Comendador, en secretas reunio- 
nes celebradas en los escondrijos de los montes. 
En ellos, lejos de Fuenteovejuna, tienen la ma- 
yor parte sus chozas adecuadas para el cuidado 
de las colmenas, y como en verano el pueblo ca- 
rece de aguas, la recolección de los frutos y el 
pasto de los ganados les hacen preferir para mo- 
rada lugares más húmedos entre bosques y va- 
lles, donde el ejercicio de la caza les infunde há- 
bitos feroces. En aquellos escondrijos tenían sus 
conciliábulos y allí maquinaba la multitud la des- 
gracia del infeliz Comendador. Tenía éste su casa 
en el centro de la villa sin la menor defensa, y 
por toda precaución había dispuesto á la salida 
de los arrabales cuatro puertas, por donde única- 
mente era permitida la entrada. Había mandado 
tapiar los antiguos portillos de los muros, como 
libre de todo temor por parte de los de la villa, de 
quien se creía bienquisto por sus grandes bonda- 
des para con ellos, porque visitaba á los enfermos, 



202 



A. DE PA LE NCI A 



y de entre los vecinos había escogido sus hombres 
de armas y Íes daba salario. La única queja del 
vecindario parecía ser el aumento de pechos por 
causa de las rentas anuales. Y este fué el pretexto 
para la conjuración, tramada en gran parte por 
los más perversos de entre ellos. El 22 de Abril, 
los de la villa levantaron repentino tumulto; acu- 
dieron á calmarlo los criados del Comendador, y 
acometiéndoles la muchedumbre, los dispersó, lo- 
grando muy pocos acogerse al portal de la casa de 
su amo, porque á la mayor parte se lo impidieron 
los vecinos sublevados. Aquéllos resistieron du- 
rante toda la noche los ataques de los rústicos, 
sedientos de la sangre del Comendador; pero al 
amanecer penetraron con irresistible empuje por 
todas las habitaciones bajas de la casa. En el co- 
rredor defendía valientemente el paso el Guzmán, 
armado de todas armas, y mientras la furiosa 
multitud trataba de ganar la subida, y, á pesar de 
la resistencia de los criados, penetraba violenta- 
mente en la hospedería, él apeló á las súplicas. 
Cuando vió que se ensañaban con los suyos y 
daban cruel muerte á dos de ellos, volvió á salir 
armado y les preguntó la causa de aquella saña, 
ó si deseaban la restitución de las rentas que ha- 
bía cobrado, pues estaba pronto á devolver la 
parte que estimaran justa á quien de derecho la 
reclamara. Contestáronle que aplacarían la có- 
lera si le veían sin el casco en la cabeza. Hízolo, 
y al punto se adelantó uno que, superando á todos 
en crueldad, torció el hierro de la lanza en el 
cráneo del Comendador, cuando intercedía por la 
vida de sus criados. «¡Santa María! ¡Misericordia!» 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 2ü3 



fueron las últimas palabras que con voz ahogada 
pudo pronunciar. En seguida los feroces rústicos 
hundieron sus puñales en el pecho y en el rostro 
del herido, que cayó al suelo sin vida. Luego arro- 
jaron por la ventana el cuerpo medio destrozado 
á la calle, donde las turbas acabaron de despe- 
dazarle á golpes y pedradas. Una vieja que intentó 
recoger los informes restos en una espuerta, 
fué azotada. A un religioso del monasterio de San 
Francisco, fundación del Comendador, no se le 
permitió tampoco que diera sepultura al cadáver, 
y á duras penas escapó con vida. Después se apo- 
deraron del oro, plata y otras riquezas, y se ensa- 
ñaron con los criados del Comendador, antes sus 
amigos. Para disculpar de algún modo sus críme- 
nes, acusaron al difunto de torpezas y corrom- 
pidas costumbres; pidieron volver al señorío de 
Córdoba y avisaron al Rey que los habían come- 
tido por no ser más tiempo víctimas de maldades 
que ningún hombre libre podía tolerar. Los innu- 
merables apuros de aquellos días impidieron al 
Rey castigar á los inicuos rústicos y vengar la 
desastrada muerte del Comendador, tan leal á su 
partido. 

También los vecinos de San Felices de los Ga- 
llegos dieron cruel muerte á Gracián, su Señor 
y Alcaide del castillo; pero alegaron causa más 
razonable, que fué^la nota de traición del Alcaide, 
amigo ya de los portugueses. La enemiga de los 
vecinos con éstos y su deseo de cumplir las órde- 
nes del rey D. Fernando les hacía confiar en su 
indulgencia, por cuanto no tenían otro medio le- 
gítimo para librarse de su inicuo Señor. No pare- 



204 



A. DE PALENCI A 



ció justa, sin embargo, la conducta del rey D. Fer- 
nando que, á pesar de la merced concedida á ve- 
cinos tan adictos á su causa de no ser enajenados 
nunca de la Corona, dió la jurisdicción de la villa 
al Duque de Alba. 




CAPITULO V 

Expediciones marítimas y combate 
de los portugueses en las costas de Marruecos. 

l orden de los sucesos exige que se dé 
cuenta de las expediciones marítimas dis- 
puestas por castellanos y portugueses. 
Estaba acostumbrado el rey de Portugal á sacar 
muy pingües riquezas, aunque nada honrosas, de 
las expediciones marítimas enviadas á las costas 
orientales y occidentales, además de la que anual- 
mente despachaba á Guinea, y cuyos productos 
ingresaban en el Real Tesoro. Y como á las de- 
más ofensas inferidas por los portugueses á los 
Reyes castellanos se añadía una soberbia y orgu- 
llo tan excesivos que rayaban en locura, fundados 
en la abundancia de oro traído de sus navegacio- 
nes por el mediodía, quiso el rey D. Fernando ven- 
gar las pasadas injurias y hacer frente á las expe- 
diciones que se preparaban. Sabía que la nume- 
rosa armada reunida en aguas de Lisboa y desti- 
nada, según costumbre, á Guinea, al mando del 
portugués Fernán Gómez, tenía por fin cargar oro. 
Como faltaba disposición para aprestar por nues- 
tra parte otra, con tripulación andaluza, se nos 
mandó al Dr. Antonio Rodríguez de Lillo y á mí 




20Ó 



A. DE PALENCIA 



que con toda diligencia buscásemos los fondos ne- 
cesarios para el efecto, y que enviásemos á Guinea 
las embarcaciones suficientes para combatir con 
el enemigo, iban ya delante veinte naves portu- 
guesas, conocidas de aquellos naturales, porque 
la frecuente arribada á sus costas había estable- 
cido relaciones de amistad con los tripulantes; y 
así fué preciso reforzar nuestra armada. Impedía- 
lo la escasez de recursos, y difícilmente podíamos 
conseguir de los sevillanos los préstamos necesa- 
rios. Al fin, dando fiadores á satisfacción y con 
ingeniosa perseverancia, logramos aprestar para 
Guinea treinta embarcaciones ligeras, pues las 
grandes son impropias para la navegación de 
aquellos mares, que las carabelas cruzan rápida- 
mente desde el gaditano. El regreso se efectúa con 
demasiada lentitud y la residencia es tan insalu- 
bre, que muchos enferman y pierden la vida por 
buscar el oro. Los que sobreviven traen los ros- 
tros ennegrecidos, padecen gran abatimiento de 
fuerzas, pero no desisten de emprender uno y otro 
viaje al sepulcro del oro, mientras llega el tér- 
mino de la enfermedad contraída. ¡Tan grande es 
el poder de la avaricia en el corazón de los míse- 
ros mortales! 

Ya teníamos reunidas unas diez carabelas en la 
desembocadura del Guadalquivir, cuando supi- 
mos que dos galeras portuguesas, con rumbo de 
Oriente y atestadas de riquezas, habían cruzado 
el estrecho de Cádiz, y que, vencidos los angostos 
pasos del mediterráneo, y arribando á puerto res- 
guardado por los montes de Gibraltar que miran 
al océano, aguardaban al pirata Alvar Méndez 



CHÓNICA DE ENRIQUE IV 



207 



que, al frente de otras naves, venía á protegerlas. 
Había prometido á los maestres de nuestras gale- 
ras, como se dijo, que en cuanto saliese de la boca 
del faro seguiría á las galeras, obedeciendo las ór- 
denes de los capitanes; pero con pirática desleal- 
tad, al llegar á las costas andaluzas, se apoderó 
de algunos barcos y envió una lancha para que 
en voz alta les notificasen que Alvar Méndez ha- 
bía cumplido ya su promesa, llegando de paz; 
pero que en adelante volvería á hacer guerra á los 
castellanos, irritados los nuestros con la burla, 
forzando velas y remos, volaron en persecución 
del pirata, que les llevaba delantera, y para com- 
batir con las naves portuguesas reunieron cuatro 
galeras; tres grandes embarcaciones vascongadas, 
la mayor, llamada Zumaya, gobernada por el va- 
liente joven Juan de Mendara, que asumió el cargo 
principal para el combate. Desde el puerto de Ba- 
rrameda partieron otras dos galeras y cinco cara- 
belas para pelear con Alvar Méndez y con las dos 
grandes naves portuguesas. Era capitán de las ca- 
rabelas Carlos de Valera, hijo ilustre del caballero 
Diego de Valera; mandaba las galeras Andrés So- 
nier, en lugar de Alvaro Nava, que después de 
permanecer mucho tiempo al lado del Rey, al re- 
gresar con Joanoto Bosca á Andalucía, cayó en 
una emboscada de los portugueses, y á su compa- 
ñero le apresaron los guardas del puente del Ar- 
zobispo sobre el Tajo. Por esta causa no asistie- 
ron al combate naval estos dos valientes. Sonier 
mandando sus galeras y los demás capitanes de 
las embarcaciones y carabelas, salieron muy uni- 
dos de ia desembocadura del Guadalquivir á alta 



208 



A. DE PALENCI A 



mar, en busca de los enemigos. Estos, en cuanto 
llegó Alvar Méndez, dejaron el puerto con rumbo 
á las costas amigas de Marruecos, para que si las 
mercaderías sufrían algún siniestro, al menos los 
marineros mercaderes pudiesen escapar de manos 
de sus contrarios, porque temían del gran nú- 
mero de andaluces y de la crueldad de los catala- 
nes que, si los vencían, les echarían al remo. Po- 
seídos de este temor los genoveses que iban en la 
gran nave, aunque la resolución de los marineros 
la hacía inexpugnable, saltaron todos al esquife y 
abandonaron las mercaderías, figurándose que la 
armada andaluza á la vista se dirigía contra ellos 
para exigirles reparación del honor bético, por 
haber cargado en el puerto de Cádiz gran canti- 
dad de trigo, con desprecio de las órdenes del rey 
D. Fernando. Admiráronse los nuestros al distin- 
guir una nave casi inmóvil en alta mar, y acer- 
cándose más, sólo vieron á bordo á un alemán que 
disparaba una bombarda, ó para hacer señales á 
los amigos, ó como dando á entender que estaba 
preparado á la defensa. Puestos ya al costado de 
la nave, subieron y encontraron con el alemán á 
un chico; las mercancías abandonadas por los 
mercaderes, ningún piloto en el timón, y para 
tantas armas un solo soldado. De común acuerdo, 
quedó al cuidado de la nave y de su riquísmo car- 
gamento Carlos de Valera, con treinta vascon- 
gados. Los demás partieron rápidamente en perse- 
cución de las naves portuguesas, y las alcanzaron 
cerca ya de las costas de Marruecos. Las cinco ga- 
leras enemigas se colocaron de este modo: en el 
centro la Borra! la, la mayor de todas, y como 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



209 



baluarte y sostén de las otras cuatro, á ella su- 
bió toda la tropa portuguesa allí presente, ó sean 
5oo soldados escogidos, de ellos, 200 con resplan- 
decientes armaduras, que desde Pisa habían traído 
para la guerra de España: al cuerno izquierdo dos 
naves de segunda magnitud, una de las cuales 
había navegado con la Borralla desde Portugal á 
Pisa, y con ella regresaba; en el derecho, la galera 
de Alvar Méndez, cuyas carabelas pequeñas ro- 
deaban á las dos, y en ellas sólo quedaron patro- 
nes y marineros, por haber embarcado los otros 
en la Borralla. 

Frente á las cuatro galeras portuguesas los an- 
daluces y vizcaínos pusieron la Zumaya, no infe- 
rior á la Borralla, y tripulada por 3oo hombres, 
con el maestre Juan de Mendaro. La Gaviota y la 
Saladar, embarcaciones vizcaínas más pequeñas, 
pero de gran andar, andaban disparando sus bom- 
bardas en derredor de las enemigas. Otras tres 
carabelas apoyaban á la Zumaya que, trabado ya 
combate con la Borralla, lanzaba contra ella todo 
género de armas arrojadizas. Ante el enérgico ar- 
dor del valiente Juan de Mendaro que excitaba la 
emulación de los vascongados, los portugueses 
temblaban ya por su suerte; pero cuando en pri- 
mera fila mostraba su ardimiento contra el ene- 
migo, un tiro de bombarda le hirió mortalmente 
en el pecho, cayendo sin vida el infeliz joven, 
único hijo de otro del mismo nombre, más des- 
graciado todavía. Con su muerte empezó á cam- 
biar la fortuna, pues todos los combatientes vas- 
congados de la nave, y en particular los princi- 
pales, unidos al joven por lazos de parentesco, se 



210 



A. DE PALENCIA 



quedaron tan paralizados, que de no haber salido 
repentinamente de las galeras y carabelas tropas de 
refresco, los portugueses hubieran quedado vence- 
dores. Recobraron los vascongados su valor y se 
lanzaron con más furor á la venganza, confiados 
en alcanzar la gloria del combate empeñado. Por 
conservar la vida, los enemigos abandonaron na- 
ves y mercaderías, y ya á la defensiva, fueron 
aproximándose más y más á la costa para ganarla 
aunque fuese á nado. Muchos, despojándose de 
las corazas, lo consiguieron; los que no pudieron 
quitárselas, se ahogaron. En la confusión, Alvar 
Méndez, con su nave mayor á toda vela, escapó 
de los vencedores, dejándoles dos más pequeñas 
abandonadas por los marineros portugueses. En 
las dos más grandes todo lo consumió el fuego 
que los nuestros lanzaron, porque, como atraca- 
das á la costa, no hubiesen podido apoderarse de 
las mercaderías sin daño de las quillas. Era de 
ver en la playa á los mercaderes portugueses dan- 
do lastimeros aves, lamentando su gran desastre, 
* arrancándose los cabellos y dando todas las seña- 
les del más vivo dolor. Se calculó que el valor de 
los géneros incendiados llegó á 200.000 ducados. 
Destruyó el fuego, entre otras muchas cosas, 600 
corazas milanesas. De los portugueses murieron 
unos 100; de los nuestros, sólo cuatro, pérdida bien 
pequeña, si entre ellos no se contara á Juan de 
Mendaro, y si no hubiese amargado el gozo de la 
victoria la maldad del avaro Andrés Sonier, capi- 
tán de las galeras, que volviendo á Gibraltar, pro- 
metió la libertad á sus remeros si le ayudaban á 
apoderarse de la galera genovesa; y se hubieran 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



21 I 



dirigido inmediatamente á Cataluña, si la falta de 
esquifes no le hubiese obligado á repasar el Gua- 
dalquivir. 

Surgió luego gran contienda entre los que pri- 
mero apresaron las naves y los que llegaron más 
tarde, porque mutuamente se echaban en cara el 
robo de las mercancías. Al cabo fué preciso ex- 
pulsar de la nave á Sonier, lo cual no pudiera 
hacerse sin pelea, ausente el principal capitán de 
las galeras, Alvaro de Nava; pero llegando oportu- 
namente, sacó de la nave á los remeros, que se re- 
sistían enérgicamente á perder su libertad, y les 
obligó á embarcar en la galera abandonada. 

Con la disputa se descuidó la guarda de la em- 
barcación, que remontando el Guadalquivir, tocó 
en un banco de arena; su casco sufrió grave daño 
y fueron robados los géneros que conducía, por- 
que así lo hacían los encargados de custodiarlos. 




CAPITULO VI 

Expedición de las carabelas á Guinea. — Rapacidad 
de los Grandes andaluces. 

ontinuábase preparando la expedición de 
Carlos de Valera; pero con dificultad pu- 
dieron reunirse %5 carabelas, además de 
tres embarcaciones vascongadas. Estas tenían que 
ayudar en el cabo de Leona á las pequeñas, por- 
que, pasado aquél, la navegación se hace difícil 
para las de gran calado, por el poco fondo de las 
costas de Guinea. También es penoso para las ca- 
rabelas la vuelta al mar gaditano á causa del 
fuerte oleaje y la escasa resistencia de las quillas. 
Las embarcaciones que desde Cádiz navegan 
hacia Guinea, se deslizan suavemente como de 
bajada; pero para la vuelta necesitan fuerza de 
vela y vientos muy favorables, porque si sopla 
contrario, el retraso es tan considerable que, bas- 
tando las más veces para las 7.000 millas de la 
ida unos veinte días, en la vuelta suelen tardarse 
cuatro meses. La estación más propicia es nuestro 
invierno, cuando el mar de Guinea está más sere- 
no, y los aires son más saludables. Poco prácticos 
los andaluces y vascongados en sortear estas difi- 
cultades, retrasaban la salida, temerosos de arros- 




2I 4 



A. DE PALENCIA 



traiias, porque sólo los de Palos conocían de an- 
tiguo el mar de Guinea, como acostumbrados 
desde el principio de la guerra á combatir con los 
portugueses y á quitarles los esclavos adquiridos 
á cambio de viles mercancías. Carlos de Valera 
aumentó con estos marineros la armada, cre- 
yendo que encontraría en el camino á los portu- 
gueses de vuelta de Guinea, y así, los andaluces, 
no quisieron llevar más cargamento que las ar- 
mas para arrebatarles á viva fuerza el oro, pi- 
mienta y esclavos que Hernán Gómez, capitán 
de la armada portuguesa, hubiese cambiado por 
baratijas. Seguramente nuestro Capitán, con sus 
andaluces y vascongados, hubiera logrado su 
intento, si la armada hubiese zarpado en invier- 
no, cuando los portugueses salieron del puerto de 
Lisboa; pero la dificultad primero de reunir em- 
barcaciones, y después la escasez de medios ade- 
cuados, hizo que se pasase en preparativos la 
mayor parte del mes de Mayo de aquel año de 
1476. Causa de mayor retraso fué también la mala 
voluntad de los sevillanos, contraria á la del Rey. 
El duque de Medina Sidonia D. Enrique de Guz- 
mán había apelado á mil recursos para que la 
armada no se reuniera, y no logrando impedir 
que se obedecieran las órdenes de D. Fernando, 
envió mensajeros á los Reyes á suplicarles que se 
le diese el señorío de la isla de Antonio, si por 
caso llegaban á ocuparla los nuestros. Muy ajeno 
el Rey de que aquella merced de futuro pudiera 
ser funesta para la presente expedición, no tuvo 
reparo en concedérsela. Por otra parte, el Mar- 
qués de Cádiz, que por entonces seguía secreta- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



215 



mente el partido del Portugués, no sólo entorpe- 
ció cuanto pudo la pronta salida de la armada, 
sino que envió delante dos carabelas gaditanas 
para advertir al capitán portugués Hernán Gó- 
mez de cuanto se preparaba en Andalucía, y de- 
cirle que, ó las emplease en el combate naval, ó 
si por caso no se encontraba con nuestra arma- 
da, las hiciese participar de sus ganancias. 

Pedro de Estúñiga, aunque en sus palabras se 
mostraba favorable á la expedición, de hecho la 
entorpecía, apoyando la tiranía y las astucias de 
Gonzalo de Estúñiga, usurpador del señorío de 
Palos, en agradecimiento de haberle dado partici- 
pación en su violenta rapacidad. El Gonzalo se 
había resistido por mucho tiempo á que los de 
Palos se reunieran con las demás carabelas ya 
despachadas, lo cual fué causa de algún retraso. 

Cuando por fin zarparon los nuestros del puer- 
to, hicieron rumbo hacia la isla de Antonio Nolli, 
separada de los primeros promontorios de Guinea 
por un pequeño brazo del océano occidental. Los 
rayos del sol no son allí tan ardientes y, por tan- 
to, sus habitantes no tienen la piel negra ni dema- 
siado tostada. No tengo certeza de si era esta isla 
la que los antiguos geógrafos llamaban Merua ó 
Autolola, pero podemos inferir de dónde tomó el 
nombre de Antonio con que hoy se la conoce. En 
el reinado de este D. Alfonso de Portugal, llegó á 
Sevilla con otros comerciantes genoveses Antonio 
de Nolli, de allí á Lisboa, y por largo trato con 
D. Alfonso y con su tío D. Enrique, tomó parte 
en las expediciones de los portugueses á Guinea, y 
en sus transacciones con los naturales del país. 



CXXXIV 



1.5 



2l6 



A. DE PALENCIA 



En uno de los viajes arribaron á una isla feraz y 
no falta de agua, aunque despoblada, y persua- 
didos por el genovés, de gran autoridad entre 
ellos, resolvieron habitarla. Dióse tan buena 
maña, que en poco tiempo la población alcanzó 
gran prosperidad; se hizo una buena casa en la isla 
y llegó á ser rico, así con los productos de la agri- 
cultura, en que los navegantes que se dirigían á 
Guinea hallaban muy conveniente refresco, como 
con las mercaderías de otros comerciantes, á 
cambio de víveres. De aquí que todos dieran á 
la isla el nombre de Antonio. Cuando los nuestros 
arribaron á ella, se apoderaron de él y de los de- 
más habitantes, robaron cuanto tenían, y al saber 
que Fernán Gómez con la armada venía de 
vuelta á Portugal, los andaluces, para indemni- 
zarse de los gastos de su expedición, se dirigieron 
á las costas africanas y apresaron las dos carabe- 
las del Marqués de Cádiz con todo el cargamento 
y los esclavos azanegas. Este nombre dan los 
otros bárbaros á unos hombres que se alimentan 
exclusivamente de pescado; gente de elevada es- 
tatura y de color cetrino; de poco ánimo y flo- 
jos para el trabajo hasta que cambian la alimen- 
tación por el pan, con lo que se robustecen y ad- 
quieren energías. Con el botín cogido en la isla 
de Antonio y los 5oo esclavos azanegas, los mari- 
neros, especialmente los de Palos, se negaron á 
seguir á Carlos de Valera, y continuaron solos el 
viaje. Los patrones de las demás carabelas, no 
tan obligados como aquéllos, obedecieron; pero 
todas las ganancias adquiridas se perdieron. El 
Duque de Medina Sidonia, con pretexto del se- 



CHÓNICA DE ENRIQUE IV 



2I 7 



ñorío de la isla de Antonio, recientemente alcan- 
zado del rey D. Fernando, exigió con empeño á 
Valera la entrega de Antonio y del botín cogido 
en la isla, y luego empezó á molestar con repeti- 
das correrías á los del Puerto de Santa María, del 
•señorío del Conde de Medinaceli, cuyo Corregidor 
era Diego de Valera, padre de Carlos, mal quisto 
de los Grandes andaluces á causa de sus relevan- 
tes cualidades y excelentes costumbres. Como el 
Marqués de Cádiz y D. Enrique de Guzmán, du- 
que de Medina Sidonia, persistían tenazmente en 
vejar á los vecinos del Puerto, se vieron obligados, 
para conseguir algún respiro, á entregar al últi- 
mo al Antonio y á devolver á los dos la mayor 
parte de los esclavos. De este modo, la rapacidad 
de los Grandes hizo perder al Rey y á los maes- 
tres de las carabelas todos los gastos de la ex- 
pedición. 

Por orden de D. Fernando, el Duque dió liber- 
tad á Antonio, que marchó á darle gracias á Me- 
dina del Campo, porque quiso oir de su boca, 
antes de que pudiese regresar á Andalucía, lo ocu- 
rrido en la expedición á Guinea. 

Ahora conviene reanudar la serie interrumpida 
•de los sucesos. 



CAPÍTULO VII 



Tratos para levantar el sitio de Cántala-piedra. — 
Los franceses reanudan tenazmente el de Fuen- 
terrabía. — Exito desgraciado de la empresa del 
Arzobispo de Toledo y del Marqués de V Hiena 
en Uclés. — Prodigio acaecido en Sevilla. 

ONTiNUABA sin tregua y con vigor el sitio 
de Cantalapiedra, al paso que aflojaba la 
defensa, porque los tiros de las lombar- 
das iban cuarteando y demoliendo las murallas 
de tierra, dejando muy expuestos á los sitiados. 
Su principal esperanza consistía ya en el doble 
foso que las rodeaba por completo, y en la fuerte 
estacada construida en derredor. La valiente ca- 
ballería portuguesa intentaba con frecuentes sa- 
lidas procurarles algún alivio; los ladrones caste- 
llanos se esforzaban también por escapar al casti- 
go de sus fechorías; pero ios sitiados, sin embargo, 
no lograban el menor respiro, y veían acudir á 
vengar sus injurias á todos los pueblos confinan- 
tes, víctimas de innumerables atropellos y corre- 
rías. No cesaban, por tanto, de pedir el auxilio 
del rey de Portugal, así los que él había enviado, 
como cuantos se sabía que habían invocado su 
nombre. Para castellanos y portugueses, en la 
toma de Cantalapiedra iba el honor del ejército ó 




220 



A. DE PALENC1A 



su deshonra. Al mismo tiempo que la combatía,, 
el rey D. Fernando preparaba numerosas fuerzas 
para que, si por caso el enemigo desde Toro se 
atrevía á socorrer á los suyos, perdiese en una 
sola batalla los restos todos del ejército que había 
traído á Castilla. Don Alfonso creía inútil la lu- 
cha encarnizada; conocía que empeñar un com- 
bate desordenado le sería funesto; pero también 
consideraba cuán deshonroso sería abandonar tan 
numeroso escuadrón de nobles portugueses sin 
intentar llevarle algún socorro. En tal aprieto, 
imaginó un recurso para hacer frente á la urgen- 
cia del caso, y fué: proponer la restitución de las 
fortalezas del Conde de Benavente á cambio de 
que se levantara el sitio. Las condiciones pactadas 
fueron las siguientes: que restituidos los castillos 
de Villalón, Mayorga y Portillo al Conde de Be- 
navente (puesto que ya por su libertad personal 
habían conseguido la suya el Conde de Penama- 
cor, Lope de Aiburquerque y otros muchos no- 
bles portugueses), D. Fernando había de levantar 
el sitio del castillo, sin que durante seis meses pu- 
diese la guarnición de Cantalapiedra intentar 
nada para ocupar la villa, y sin hacer daño alguno 
á los pueblos ni á los caminantes, que todos ha- 
bían de conservar el paso franco y segura la es- 
tancia. Confirmados los pactos y restituidos los 
castillos, tranquilizáronse los pueblos; el rey don 
Fernando quedó más libre para atender á otras 
empresas, y pudo darse vado á muchos asuntos 
detenidos por aquel obstáculo. 

Uno de los principales era acudir á hacer frente 
á los franceses, que nuevamente estrechaban el 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 



221 



sitio de Fuenterrabía, y no se veía otro general 
que pudiera evitar la toma de la plaza largo 
tiempo combatida por el tenaz enemigo, sino el 
rey D. Fernando, temido de los franceses y á 
quien seguirían á la guerra vascongados y nava- 
rros. Aceptáronse los pactos; pero uno y otro rey 
era elogiado ó censurado, según los varios juicios 
de las gentes. Elogiaban algunos el gran afecto 
del Portugués hacia sus nobles, al restituir al 
Conde de Benavente tres fortalezas bien guarne- 
cidas por temor deque pereciesen los caballeros á 
quienes él había enviado á defender la villa de 
Cantalapiedra. Otros muchos le acusaban de 
falta de resolución para socorrer á los suyos; de 
haber restituido tan cobardemente los tres fuertes 
castillos, tan bien situados para proteger largas 
correrías, y de haber aflojado tanto en empresa 
con tanta soberbia acometida. Con la misma di- 
versidad de juicios se calificaba de imprudente ó de 
previsora la conducta del rey D. Fernando. Para 
muchos era un mérito haber dejado de combatir 
una villa desprovista de toda natural defensa, y 
que podía tomar cuantas veces quisiera atacarla, 
á cambio de dejar dos provincias libres de funes- 
tas incursiones; haber obtenido la libertad del 
Conde de Benavente, apresado por poderosas fuer- 
zas enemigas cuando servía con toda lealtad á sus 
reyes, y logrado además la restitución de sus cas- 
tillos. En cambio no faltaban algunos que le acu- 
saban de apatía, porque habiendo emprendido el 
sitio, según se decía, con el propósito de no levan- 
tarle hasta arrasar la villa y dar á los ladrones el 
merecido castigo, luego, con pretexto de gene- 



222 



A. DE PALENCTA 



rosidad y humanidad, los había dejado tranquilos 
en aquella guarida, despojada en derredor de toda 
defensa por el valor de los sitiadores, cuando en 
breve, y sin daño alguno de éstos, hubiese podido 
apoderarse de aquellos sicarios ó condenarlos al 
suplicio; además, decían, por la libertad de los 
nobles portugueses hubiera conseguido segura- 
mente la restitución de los tres castillos. Este jui- 
cio, sin embargo, mereció la reprobación de todas 
las personas sensatas, pues entre otras muchas 
ventajas que se ofrecían á la vista, se prefirió como 
más útil la recuperación de los tres fuertes casti- 
llos, que aseguraban á muchos pueblos de las te- 
rribles incursiones del enemigo, ya internado en 
el corazón del reino. 

El Arzobispo de Toledo y el Marqués de Vi- 
llena intentaron por este tiempo llevar socorro 
al Alcaide del castillo de Uclés , reciamente com- 
batido por D. Rodrigo Manrique, maestre de 
Santiago, porque, no sólo el prolongado asedio 
hacía sufrir mucho á la guarnición puesta por 
el Marqués, sino que la poderosa artillería de- 
jaba poca esperanza de que pudiera sostenerse 
por más tiempo. Esta desgracia, añadida á las 
otras que en aquellos días habían caído sobre el 
Marqués, iban arrastrándole á su perdición. El 
Arzobispo creyó que hasta donde alcanzasen sus 
fuerzas debía reunir numerosa hueste para auxi- 
liar al joven combatiendo al antiguo amigo, con- 
vertido por el trastorno de las cosas en declarado 
adversario; porque, de crecer el poderío del exce- 
lente caudillo, era indudable que todo el territo- 
rio del Tajo quedaría sujeto á la voluntad de don 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



223 



Rodrigo Manrique. Sabedor el Maestre del propó- 
sito del Arzobispo, trató principalmente de re- 
forzar los puestos de soldados escogidos que había 
apostado en derredor del castillo, en una em- 
pinada colina dominada por éste, y dejó perfecta- 
mente ordenada la defensa, para evitar que el 
enemigo, con repentina acometida, ó á favor de la 
noche, atacara por frente y retaguardia á la gente 
de los reales. Los corredores le tenían al tanto de 
todos los movimientos del enemigo: llamó á su 
yerno Pedro Fajardo, adelantado de Murcia; no 
quiso asegurar más la villa de Uclés, en parte fiel 
y en parte sospechosa á unos y otros, para no 
aumentar con otra la necesidad de vigilancia, y 
cuando conoció que se acercaban los contrarios, 
aguardó su llegada observando todos sus movi- 
mientos para adoptar el partido que su ataque le 
aconsejara. 

Sucedió lo que el ilustre caudillo había previs- 
to. Creyendo el Arzobispo y el Marqués al Maes- 
tre ocupado con todas sus tropas en el sitio del 
castillo, se lanzaron repentinamente al amane- 
cer sobre el campamento, al tiempo que desde 
aquél salía la guarnición para coger á los sitia- 
dores, que, resguardados en derredor por la esta- 
cada de los reales, resistían vigorosamente el 
ataque. El Maestre, que con su marcha á me- 
dia noche había engañado hasta á los de la villa, 
llevó sus tropas, ordenadas para este fin, hacia 
la parte de la colina más segura para acudir 
oportunamente al socorro, y rompió con tal fu- 
ria contra la multitud enemiga, ocupada en el 
ataque de los reales, que, poseídos de espanto, 



224 



A. DE PALENCIA 



en medio de las tinieblas, vinieron á reunirse el 
Arzobispo y el Marqués, encontrando á su gente 
presa del temor que habían presumido infundir al 
enemigo. Entre las desordenadas batallas procu- 
raba el Marqués, no acostumbrado á semejantes 
terrores, defender su vida. El Arzobispo cuidaba 
especialmente de mantener algún orden en las 
filas para que al amanecer pudiese pelear, por lo 
menos, en campal batalla; pero todos sus esfuer- 
zos se estrellaban ante el arrojado valor del Maes- 
tre, que al fin le obligó á huir precipitadamente 
al llano, y al Marqués á mirar por su propia sal- 
vación. Muchos de los que vinieron con el Prelado,, 
perdidos los caballos, escaparon en precipitada 
fuga; algunos de los más escogidos perdieron allí 
la vida. Derrotada la hueste, costó no poco trabajo 
al Arzobispo y al Marqués reunir en puntos más 
seguros á los caballeros que pudieron recoger en 
la huida. El Alcaide del castillo, cuando vió el 
desastre de las fuerzas que venían á socorrerle, se 
sometió bajo más duras condiciones á la entre- 
ga tanto tiempo dilatada. Por esta victoria quedó 
en posesión del Maestre de Santiago la villa de 
Uclés, cabeza militar de la Orden en Castilla. El 
adelantado Pedro Fajardo se congratuló del triun- 
fo; pero consideró una desgracia no haber podido 
tomar parte en el combate por hallarse muy lejos. 

En Sevilla aterró á las gentes el horrendo pro- 
digio de haber dado á luz una mujer dos gemelos, 
uno con cabeza de león y otro con cabeza de 
cerdo. 



CAPITULO VIII 




Marcha D. Fernando á las provincias vasconga- 
das. — Quéjase el Conde de Plasencia de la in- 
gratitud del rey D. Alfo7iso. 

estitüídos ya al Conde de Benavente los 
tres castillos ocupados por los portugue- 
ses, el rey D. Fernando metió guarni- 
ciones en Toro y Castronuño, antes muy moles- 
tadas por las correrías de los de Cantalapiedra. 
Ahora que durante seis meses ya no se temían 
por aquella parte los antiguos daños, se dispuso 
que la reina D. a Isabel quedara en Tordesillas 
con 3oo lanzas mandadas por D. Alfonso de Ara- 
gón, maestre de Calatrava. El Cardenal, que tam- 
bién debía acompañar á la Reina, había pro- 
puesto á los reyes que ganasen á su partido á 
D. Rodrigo Girón, confirmándole en el Maes- 
trazgo de Calatrava, y que diesen alguna com- 
pensación al hermano del rey, D. Alfonso, aquél, 
la Reina y el mismo D. Rodrigo. De aquí surgió 
multitud de disgustos. Quejábase D. Alfonso de 
la ingratitud de su hermano y de la Reina y de 
la ofensa que le inferían, y como las respuestas 
eran muy contrarias á sus deseos, sentíase impul- 
sado á abandonar su compañía y regresar á Ara- 



226 



A. DE PALENCIA 



gón ó reconciliarse con el enemigo. Pudo, sin em- 
bargo, aplacar su enojo la Reina con promesas de 
grandes honras, y el Rey, por su parte, con otras 
y con enviarle mensajeros á hacerle ver la extrema 
necesidad á que le tenía reducido la perversidad de 
los Grandes, empeñados en procurar la ruina del 
desgraciado reino. Pero lo que más contribuyó á 
apaciguar á D. Alfonso, aparte de su carácter in- 
dulgente, fué la pasión que le había inspirado Leo- 
nor de Soto, una de las doncellas de la Reina, pues 
era muy sensible á las seducciones del amor. Así 
quedó resuelta en cierto modo esta cuestión, en 
que intervino Pedro del Algaba, en otro tiempo 
muy bien quisto de D. Alfonso, y en esta ocasión 
intérprete para con él de las intenciones de su 
hermano, inclinado á demostrarle su gratitud con 
grandes mercedes. 

Marchó en seguida D. Fernando á Burgos el i3 
de Mayo del año 1476, con ánimo de llevar luego 
socorro á los vascongados y celebrar una entre- 
vista con el Rey su padre, porque sus íntimos, 
con dañado intento, le habían inspirado sinies- 
tras sospechas de que el hijo intentaba recluirle 
con pretexto de librarle así de más torpe servi- 
dumbre á que en su avanzada edad le tenían redu- 
cido las vanas seducciones que, inducida por sus 
familiares, empleaba la barcelonesa Roxa, exci- 
tando con sus caricias los ardores del anciano, 
para apagar con ello ios últimos resortes de su 
existencia. Borró del corazón del Rey esta negra 
sospecha Pedro del Algaba y le persuadió á que 
se avistara con el hijo en Vitoria. A los dos les 
pareció excelente el acuerdo, porque esta ciudad, 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 227 

confinante con Vizcaya y Navarra, facilitaba mu- 
cho ei poder acudir á los asuntos de ambas pro- 
vincias, y entre aquellas poblaciones estériles era 
la más abundante en mantenimientos, á causa del 
gran concurso de cortesanos. La Reina, á fin de re- 
coger la caballería necesaria para guarnecer villas 
y castillos, envió sus cartas á las ciudades de An- 
dalucía para que sin demora mandasen sus con- 
tingentes á Castilla. Sevilla debía enviar 3oo caba- 
llos ligeros; Córdoba, 200; Jerez, 80; Ecija, otros 
tantos y Carmona, 5o. A excepción de Sevilla y 
Jerez, todas las demás obedecieron. Ocupaba la 
última el Marqués de Cádiz, y para no aparecer 
rebelde, exigió á los vecinos más inclinados á la 
obediencia de la Reina el dinero necesario para 
costear otros tantos caballos como ella había pedi- 
do, y expuso públicamente la mayor conveniencia 
de costear los 80 jinetes, que acudir en persona. 
Para disfrazar sus intenciones, aceptó, en nombre 
de los ciudadanos, el reparto de las provisiones 
de pan y vino necesarias para el apresto de la ar- 
mada. Los sevillanos, obedientes en todo al duque 
D. Enrique, expusieron la gran dificultad de 
enviar caballería, que diariamente necesitaban 
tener dispuesta para guarnecer sus términos , 
porque en ellos están obligados á repeler los ata- 
ques más formidables de los portugueses. Las 
demás ciudades, como dije, enviaron sus contin- 
gentes, y primera de todas, Ecija, donde man- 
daba el nobilísimo D. Fadrique Manrique, suegro 
de D. Luis Portocarrero, su sustituto en el corre- 
gimiento, y partícipe en las tiránicas exacciones. 
Quiso, sin embargo, colorar las calumnias de 



228 



A. DE PALENGIA 



tiempos miserables con lo rápido de la expedición 
que solicitaba vivamente por cartas su hermano 
el maestre de Santiago D. Rodrigo Manrique. 
Gomo, por otra parte, era prudente y esforzado, 
le dolía el retraso causado por estorbos de la ava- 
ricia. 

El conde de Plasencia D. Alvaro de Estúñiga 
envió al rey de Portugal sus cartas con amargas 
quejas porque, siendo el primero de los Grandes 
que abrazó su partido, se había visto abandonado 
en la defensa del castillo de Burgos; jamás le ha- 
bía prestado ayuda, y siéndole notoria su cons- 
tante adhesión, siempre le había sido sospechoso, 
al paso que había preferido en su estimación á 
otros inútiles para su servicio, inconstantes en su 
seguimiento y dignos, por tanto, del mayor des- 
precio, llegando, cuando todavía las circunstan- 
cias eran sumamente críticas, hasta á premiar á 
los merecedores de castigo por sus deservicios y á 
castigar á los beneméritos. Tan injusto proceder 
le había impulsado, decía, á hacer constar en las 
•cartas, antes de separarse del Rey, cuanto había 
notado después que éste había demostrado en sus 
acciones el odio hacia aquéllos. Luego cada uno 
debía quedar en libertad de acudir al despacho de 
sus propios negocios. Sobre estos puntos se ex- 
tendió el Conde en sus cartas en largas considera- 
ciones. 

No le fué en zaga el Portugués en su respues- 
ta. Hízole observar que sus acusaciones estaban 
muy lejos de su pensamiento; antes había callado 
justas quejas que debieron darle, por creer que 
de día en día el Conde iría dando mejor cumplí- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 220, 

miento á sus antiguas promesas de palabra y por 
escrito. 

En cuanto á las desatenciones de que se dolía, 
ninguna queja podía tener quien le había visto 
tantas veces despojarse de su autoridad Real 
en obsequio del amigo entrañable. 

Por último, en lo del castillo de Burgos, su in- 
tención había sido socorrerle tan eficazmente 
como exigía el estado de la guerra; pero á ningún 
hombre le era factible vencer á un tiempo á la 
fortuna y las fuerzas de la razón. Así que cuan- 
tos conociesen á uno y á otro, antes verían la acu- 
sación lanzada contra él en el pensamiento del 
que la formulaba que en la injusticia del que 
respondía. Por su parte se creía perfectamente 
justificado; desistía de acusar á quien merecía la 
censura; de todo lo demás debía dejarse por juez 
al tiempo. 

Ya antes Pedro de Estúñiga, primogénito del 
de Plasencia, por instigación de éste y de la ma- 
drastra D. a Leonor Pimentel, había preparado di- 
ligentemente el terreno para la reconciliación con 
los reyes, primero con D. Fernando y después 
con D. a Isabel. Anhelando por muchas razones 
esta reconciliación, complacíale ver cómo por ca- 
sos de fortuna, el padre, siempre obediente á la 
mujer, y ésta con todo su imperio, se veían obli- 
gados á volver al buen camino, borrando su des- 
honra con el arrepentimiento de la ¡conducta pa- 
sada. 




CAPITULO IX 



Expediciones de los andaluces y de D. Alfonso de 
Cárdenas contra los portugueses.— Numerosa 
falange de moros ataca furiosamente la pla\a de 
Ceuta. 



esú, sin embargo, al rey de Portugal la 
resolución del Conde de Plasencia, y 
cuando, cumpliendo lo que había insi- 
nuado en sus cartas, levantó pendones á la usanza 
española por D. Fernando, le fué difícil á D. Al- 
fonso ocultar en el semblante su profundo pesar, 
y lanzó contra el Conde muchas acusaciones. 
Los hombres honrados le notaban de poco franco, 
y sobre todo parecíales indigno que no hiciese en 
las cartas mención alguna de su arrepentimien- 
to, puesto que éste debía ser el principal móvil de 
su conducta, ya que forzosamente había hecho 
traición al uno ó al otro partido. Como quiera que 
sea, para la causa de D. Fernando fué bastante fa- 
vorable la pública mudanza del de Plasencia y las 
tentativas de sus aliados para volver á la gracia 
de los Reyes. Los andaluces y los Señores confi- 
nantes con tierras de Sevilla empezaron con más 
entusiasmo que de costumbre á reunir tropas 
para escarmentar á los portugueses. D. Alfonso 




ex XX IV 



ió 



232 A. DE PA LE NCI A 

de Cárdenas, comendador mayor de Santiago en 
la provincia de León, juntamente con Fernán Gó- 
mez de Solís, trajeron á la frontera portuguesa 
i.ioo caballos ligeros y unos 8.000 peones, con 
ánimo de provocar á batalla al príncipe D. Juan 
de Portugal, que, después de su vuelta al reino, 
permanecía en Evora con 600 lanzas. Al dar vista 
á la ciudad los castellanos, ya salido el sol, for- 
maron el ejército en una elevada planicie para 
que los enemigos, recelosos de caer en celadas, no 
rehuyesen el combate. Pero el Príncipe mandó 
que parte de su caballería permaneciese junto á 
las murallas á vista del enemigo, como aperci- 
bida á la defensa. Hasta el mediodía aguardó la 
hueste de Alfonso de Cárdenas, formada en bata- 
llas, por lo menos que se empeñase alguna ligera 
escaramuza, y para elio envió algunos jinetes 
sueltos; mas viendo la pasividad de los portugue- 
ses, los jefes les mandaron torcer hacia los cam- 
pos donde pastaban numerosos rebaños, y sin 
hallar la menor resistencia, se apoderaron de con- 
siderable presa. 

El duque de Medina Sidonia D. Enrique y el 
Adelantado de Andalucía D. Pedro Enríquez, 
creyendo fácil la empresa, reunieron tropas para 
apoderarse de una villa portuguesa confinante con 
Andalucía; pero fracasada la iniciada estratage- 
ma, imaginaron otra expedición á las costas de 
Tánger, siguiendo las instigaciones de algunos 
castellanos que trataban de entregar por traición 
esta ciudad. Antes de embarcarse nuestros solda- 
dos, los traidores recibieron el castigo de s-u mal- 
dad. Se dijo que el Marqués de Cádiz, presin- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



233 



tiendo las intenciones de los nuestros, descubrió 
la compra á la guarnición portuguesa de Tánger. 

En este mismo mes de Mayo de 1476 intenta- 
ron los moros hacer sufrir otro descalabro á los 
portugueses, obedeciendo las órdenes de un árabe 
tenido en gran veneración entre ellos, y que les 
había asegurado que se apoderarían fácilmente 
de Ceuta, si se esforzaban por sacudir la ver- 
güenza del nombre cristiano. Para ello no de- 
bían consentir que las escasas tropas portugue- 
sas ocupasen por más tiempo á Ceuta, emporio 
famoso de Marruecos, cuando, incapaces de soste- 
nerse en Europa, antes vencidas en batallas y re- 
ducidas á la última ruina, difícilmente podrían 
defenderse tras los muros de Lisboa. Asimismo 
debían poner coto á la osadía de los miserables 
marineros andaluces, que al declararse contraria 
la fortuna al rey de Portugal, se atrevían á pasar 
á las costas de Tánger para arrancar esta ciudad 
de manos de los portugueses que la ocupaban. 
Las excitaciones del santón hicieron mella en el 
ánimo de ios moros, que le escuchaban ansiosos, 
y hasta de las más distantes regiones del Africa 
acudió tal número de infantes y caballos, que, re- 
unida una hueste de 20.000 mahometanos y tune- 
cinos, cayeron con terrible ímpetu sobre la guar- 
nición portuguesa. Difícilmente se aprestó á de- 
fender la parte más fortificadade la ciudad, y fuéla 
imposible proteger el resto contra la multitud de 
invasores, porque la lucha en las estrechas calles 
se iba haciendo imposible. Seguramente los mo- 
ros hubieran logrado su intento de haber con- 
tado con armada ó persistido en la furia de la pri- 



A. DE PALE NCJA 



mera embestida. Mas la compasión de los andalu- 
ces abatió su furor, porque al primer aviso del 
apurado trance de la guarnición cristiana, aque- 
lla gente católica sintió conmoverse su corazón, 
y dando al olvido la enemiga con los portugue- 
ses, embarcó en gran número en las naves, 
arribó á la costa africana y prometió á los sitiados 
abundantes provisiones y cuantos refuerzos ne- 
cesitaran para la defensa. El Gobernador portugués 
aceptó gozoso las primeras, pero rehusó las tro- 
pas ofrecidas, y entonces aquellos enjambres de 
bárbaros, creyendo que Europa entera se lanza- 
ba á su exterminio, abandonaron la parte des- 
mantelada de la ciudad que habían ocupado y 
corrieron á situarse en una eminencia próxima, 
donde durante toda la semana se ocuparon en dar 
sepultura á los muertos. El santón había prome- 
tido á los- moros que los que muriesen en batalla 
ó en el asalto de la ciudad, irían á gozar de un pa- 
raíso eterno, y con esta ilusión los bárbaros, sin 
buscar amparo alguno en las armas, se lanzaban 
desnudos hasta los umbrales de las puertas, guar- 
dadas por soldados armados y defendidas por toda 
suerte de máquinas de guerra, con lo que, cayen- 
do unos sobre otros, como locos, iban formando 
inmenso montón de cadáveres. Calcúlanse en 5.ooo 
los que allí perecieron. Ni las balas, ni el fuego 
de la artillería les arredraba; de los montones de 
muertos hacía puente la muchedumbre que les 
seguía; al cabo, aquella furia fué poco á poco 
calmándose, hasta convertirse en pusilánime co- 
bardía y hacerles desistir de su temerario arrojo. 
De haberse podido contar con el apoyo de una es- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



235 



-cuadra, ó de haberse dispuesto de más tiempo, el 
exterminio de los moros hubiera sido completo, 
porque la costa está abierta para un desembarco, 
y una poderosa escuadra paraliza todos los es- 
fuerzos de los bárbaros, como ocurrió en aquella 
ocasión á los andaluces que acudieron. A caste- 
llanos y á portugueses inspiró este suceso diver- 
sos pensamientos para lo futuro, porque los an- 
daluces, cuyo generoso impulso había merecido 
el desprecio de los portugueses, concibieron desde 
aquel momento el propósito de aprovechar contra 
ellos la primera oportunidad que se les presen- 
tase. Los portugueses, por su parte, lamentaron 
más y más la desgracia de su Rey, causa de nueva 
osadía en los moros y de nuevas angustias para 
■ellos, hasta el extremo de necesitar de la miseri- 
cordia de los enemigos para rechazar á los bár- 
baros. 





CAPÍTULO X 



El rey D. Fernando se traslada á Vizcaya. — Re- 
tirada del rey de Portugal y pretexto que para 
ello alegó. — Empeño de los del partido de don 
Fernando para que la Hermandad popular se 
estableciese en todas partes. 

ran pesadumbre causó á D. Alfonso la 
noticia del temerario ataque de los mo- 
ros. Don Fernando, ante los intentos 
del Francés, se vio obligado, al marchar á Viz- 
caya, á acudir al remedio de las futuras nece- 
sidades con el establecimiento de la Hermandad 
popular, á que antes, por consejo de los Grandes, 
se había opuesto. Pero claramente conoció luego 
que sólo la Hermandad podría acabar con los la- 
trocinios y crímenes y extirpar de cuajo las mal- 
dades profundamente arraigadas por una larga 
tiranía. Un Rey tan falto de recursos como él no 
tenía otro para satisfacer la soldada de las tropas, 
y sin él, ó había que alimentarlas con las presas ó 
licenciarlas. Concedió, pues, el Rey todo su apoyo 
al propósito de los leales vasallos quedurante tanto 
tiempo le habían estado aconsejando este remedio 
como el único para el revuelto estado de las cosas. 
Luego marchó á la provincia de Vizcaya, recia- 




238 



A. DE PALENCIA 



mada corno propiedad suya por los franceses, por 
la inicua y vana liberalidad del Portugués, que 
para ocupar también lo ajeno había querido en- 
ajenar lo que no le pertenecía, cediendo el señorío 
de aquella provincia al ambicioso rey de Francia. 
Pretendía con ello hacérsele aliado y enemigo per- 
petuo de Castilla y aumentar los enconos de los 
partidarios de D. Fernando contra los franceses, 
tanto tiempo contrarios al anciano Rey y á su ilus- 
tre hijo por causa de la pérfida ocupación de la 
hermosa provincia catalana del Rosellón, como 
dejo explicado. 

Había dispuesto también D. Fernando todo lo 
conveniente para la entrevista con su padre, em- 
pezando por enviar á su confidente Pedro del Al- 
gaba, que supo hábilmente disipar los falsos 
recelos de que hablé, é hizo recaer toda su viru- 
lencia sobre los calumniadores. Además, conven- 
ció al anciano de las respetuosas y filiales dispo- 
siciones de D. Fernando, que dejaba á su elección 
el señalamiento de lugar para la entrevista. Esco- 
gida por aquél la ciudad de Vitoria, inmediata- 
mente salió de Zaragoza para Navarra para acudir 
á la cita en cuanto supiese la llegada del hijo. 

Entretanto el rey de Portugal maquinaba di- 
versas empresas; pero, por lo que después se vió, 
todas las pospuso á la inmediata entrevista con el 
rey de Francia. Quería, sin embargo, ocultar su 
propósito á los de Toro, temeroso de que llevaran 
á mal sus partidarios el viaje á tan lejanas pro- 
vincias, adonde sólo podía ir por mar. Ni aun á 
sus más íntimos reveló su resolución, y sólo les 
dijo que necesitaba visitar las ciudades de su reino 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



para exigirlas recursos más duraderos para la 
paga del ejército; levantar el ánimo decaído de los 
pueblos y refrenar la reciente osadía de los moros, 
que se habían atrevido á atacar á Ceuta y otras 
plazas de Marruecos, y seguramente se arrojarían 
cada vez más á mayores desmanes si no veían ro- 
bustecerse de nuevo el valor de los portugueses. 
Para conseguir esto era preciso equipar una ar- 
mada que supliendo con ventaja á las guarnicio- 
nes de Africa, mantuviese á raya los insultos de 
los andaluces, y hacer que las expediciones de los 
portugueses á las costas de Guinea fuesen lo que 
habían sido, castigando duramente á los que se 
habían propuesto arrojarlos para siempre de 
aquellos lugares é islas adyacentes, y apoderarse 
á su antojo y sin ningún trabajo del oro buscado 
y hallado por la industria, valor y sagacidad de 
la nobleza portuguesa. Así en otro tiempo no se 
atrevían los andaluces á navegar libremente por 
los mares de Canarias, sin contar antes con la 
aquiescencia de los portugueses, pues siempre 
que á los nobles se les antojaba visitarlas, los an- 
daluces, por temor á su ánimo esforzado, apenas 
se atrevían á defender la antigua posesión de las 
islas y á representar, en forma suplicante, ante el 
rey de Portugal su derecho, y tenían á gran dicha 
recibir alguna respuesta moderada ó que los ma- 
rineros de aquella nación les permitieran pescar 
en las costas africanas. 

Con estas y otras razones análogas convenció 
D. Alfonso á sus íntimos de la conveniencia de re- 
tirarse á sus tierras, cosa que les fué muy grata. 
A los de Toro y á ios de Castronuño les prometió 



24O A. DE FALENCIA 

volver dentro de dos meses con invencible poderío, 
y en caso que la reunión de tan fuerte ejército se 
retrasase más de lo que pensaba, regresaría áToro r 
en cuya defensa dejaba al Conde de Marialba con 
su nueva esposa y su amadísima suegra D. a María 
Sarmiento. Valiéndose de grandes promesas logró 
también concillarse la voluntad del ladrón Capi- 
cio, que en aquella guerra había demostrado sin- 
gular pertinacia y astucia. Tales ofertas pugna- 
ban con aquellas primeras jactancias á su entrada 
en Castilla, cuando prometía mostrarse liberal 
con todos los buenos y severísimo con los culpa- 
dos, hasta restituir á los pueblos, vejados con tan 
cruel y prolongada tiranía, al goce de la antigua 
justicia. 

Pero ya ai querer ensayar mi) recursos va- 
cilaba, y no pudiendo sostener por más tiempo el 
peso de los asuntos del reino, cifraba en el viaje á 
Francia el alivio de los quebrantos sufridos y el 
completo remedio de todos los males. Salió de 
Toro ei i3 de Junio, y siguiendo el curso del 
Duero, llegó á Oporto, la ciudad más importante 
del reino después de Lisboa. Allí se detuvo más 
tiempo del que había dicho á los de Toro, por es- 
perar al gascón Colón, almirante de la armada del 
rey Luis de Francia y encargado de conducir á 
D. Alfonso por las costas de Narboná, porque las 
del océano de Gascuña no ofrecían tanta seguri- 
dad, así por las frecuentes correrías de los vascon- 
gados, como por las noticias que tenía Colón del 
apresto de una fuerte armada de 3o navios, pre- 
parada en Bilbao por orden de D. Fernando. 
Mientras aguardaba en Oporto el arribo de la ar- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



24I 



mada francesa, se ocupó con gran cuidado en la:, 
exacción del dinero. Pidió á los judíos el tercio de 
sus bienes y á sus vasallos la cuarta parte, y apeló 
á otros muchos recursos para conseguir lo que ne- 
cesitaba. Al cabo descubrió á sus más leales la 
necesidad de su viaje para conferenciar con el rey 
de Francia, con cuyo auxilio había de vencer L 
sus enemigos, y la de sufrir las molestias de la na- 
vegación para resolver muchas cosas que era peli- 
groso tratar por cartas ó por intermediarios. 

Varios de los Grandes, poco conformes con estas 
razones, aseguraron, no sin fundamento, que la 
pesadumbre del Duque de Braganza había sido 
presagio de todos estos riesgos, y que este asunto, 
nacido en los mismos comienzos de la guerra, sería 
funesto para D. Alfonso por exigir, ó más bien 
implorar en tiempos tan desdichados, los oficios 
de amistad de un Rey enemigo por largas riva- 
lidades y, sobre todo, de un Rey sin afectos ni odios, 
sólo inclinado hacia donde la fortuna se incli- 
naba, y dispuesto á tolerar la acusación de perfi- 
dia en cuanto se atravesara la posibilidad de ga- 
nancia. 

Por esta inútil y frágil correspondencia con 
los franceses, la nación portuguesa, siempre obe- 
diente á su Soberano, se vería obligada á ponerse 
en frente de sus antiguos y constantes aliados los 
ingleses y borgoñones, cuya alianza había valido 
al rey de Portugal acrecentamiento de poderío, y 
en cuya compañía todo había sucedido próspera- 
mente; pero con los que el Francés tenía empeña- 
das encarnizadas guerras, y sagaz y astutamente 
había trabajado por privar á sus enemigos del 



242 



A. DE PALENCIA 



apoyo de la verdadera amistad, como lo había 
conseguido. En todo caso, hasta tal punto estaba 
arraigado por la naturaleza en los pechos portu- 
gueses el acatamiento á la voluntad de sus reyes, 
-que una vez expuesto el resultado de sus delibera- 
ciones, dejarían á su arbitrio la resolución de todo, 
y si necesario fuese partir las fortunas ó abandon 
nar familias y hogares, no sólo seguirían á su Rey 
hasta los últimos confines orientales, sino que 
obedecerían ciegamente sus órdenes, como podría 
ver por experiencia. El resultado de los debates de 
los Grandes fué afirmar unánimes su acatamiento 
al Monarca y disponer cada uno, en primer lugar, 
cuanto pareciese más conveniente para las expe- 
diciones que se habían ordenado. 




LIBRO XXVII 



CAPITULO PRIMERO 



Envían los Reyes Católicos un mensajero con car- 
tas al Duque de Medina Sidonia y al Marques 
de Cádiz, con instrucciones y facultad para 
aconsejarles lo que debían hacer. — Sucesos ocu- 
rridos en Sevilla sobre el establecimiento de la 
Hermandad. 

ientras el rey de Portugal preparaba lo 
necesario para su navegación, D. Fer- 
nando y D. a Isabei, ya más desemba- 
razados con la ausencia de su adversario, se con- 
sagraron á proveer las futuras contingencias. 
Entre otras cosas, parecióles preciso hacer de 
modo que el duque de Medina Sidonia D. Enri- 
que de Guzmán, en quien habían observado al- 
gunos indicios de desafecto ó menosprecio, na 
abusase de ias amplias facultades que al prin- 
cipio le habían concedido. Al efecto enviaron con 
sus cartas á Diego García de Henestrosa, varón- 
intachable, y le dieron instrucciones reducidas á 
declarar lo siguiente: Que tanto el Rey como la 




244 A - DE FALENCIA 

"Reina se maravillaban de que desde los confines 
del territorio sevillano hubiesen marchado los 
soldados portugueses á las lejanas provincias de 
Castilla la Nueva, dejando tranquilamente muje- 
res é hijos en villas, pueblos y aldeas, faltos de 
toda defensa, sin que el Duque, investido con 
amplias facultades por autoridad real, hubiese 
molestado al enemigo con la más ligera correría, 
antes concedídole treguas en grave perjuicio de 
la causa del Rey Católico, si la divina Omnipo- 
tencia no hubiese quebrantado las fuerzas del 
adversario. Porque con aquella seguridad, el Prín- 
cipe había llevado á Toroá todos los portugueses 
de los confines de Sevilla, desde los mancebos 
hasta los ancianos, reuniendo así tan considera- 
ble refuerzo el ejército de su padre, que entre 
otras intentonas, el Portugués había querido sitiar 
á Zamora por la parte del puente, y para no tole- 
rar tan vergonzosa osadía, había sido preciso 
venir á campal batalla. Mas como quiera que en 
•ella se había obtenido victoria, parecía ya super- 
fluo recordar el pasado abandono, siempre que el 
Duque, rompiendo inmediatamente las treguas, 
penetrase con sus tropas en Portugal y obligase 
A D. Alfonso á abandonar los demás propósitos 
para acudir á la defensa de sus fronteras. En caso 
contrario, por las instrucciones dadas al enviado 
podría el Duque conocer cómo entendían los Re- 
yes proveer al remedio. 

Leídas las breves cartas, y habiendo contestado 
«1 Duque que él no rompería las treguas por no 
incurrir en la vergüenza de violar los pactos y 
xausar graves daños en el territorio de Sevilla, el 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 2^.5 

mensajero añadió: que venía provisto de cartas 
•del Rey, por las que, después de conocido el pro- 
pósito del Duque, se concedía al Marqués de Cá- 
diz amplia facultad para reunir fuerzas andaluzas 
y conducirlas contra el enemigo; pero que, sin 
embargo, teniendo consideración á los pasados 
servicios del Duque, los Reyes venían en que 
cumpliese solo con su cargo, ó aceptase para ello 
la compañía del Marqués, como tiempo antes lo 
había pedido él mismo en sus cartas al Rey y á 
la Reina. Entonces él, con gran altanería, alardeó, 
por medio de Martín de Córdoba, hijo del Conde 
de Cabra, del comendador de San Juan Diego Eter- 
nal y de Diego de Fuentes, caballero sevillano, in- 
térpretes de su pensamiento, de los muchos servi- 
cios prestados por él, aun en vida del rey D. Enri- 
que, á la causa de ambos cónyuges, y que ellos, 
olvidándolos, pretendían equiparar al servidor 
leal y decidido con el Marqués de Cádiz, constan- 
temente hostil á los Príncipes, y á quien, ni aun 
contando con iguales méritos, era razonable igua- 
lar con el Duque en dignidad ni en poderío. Sin 
embargo de esto, deseaba que el enviado de los 
Reyes volviese con esta respuesta y les explicara 
las causas de las treguas pactadas con los portu- 
gueses, cuyo quebrantamiento se juzgaría ilícito. 
Contestó el de Henestrosa que no traspasaría un 
punto las instrucciones recibidas, y que ya sus 
Señores tenían resuelto lo que había de hacerse 
si el Duque se negaba á romper las inicuas tre- 
guas y hacer cruda guerra al Portugués, porque 
en tal caso no podía regresar á la corte sin comu- 
nicar al Marqués las segundas instrucciones. En- 



24Ó A. DE PALENCI A 

tonces los tres confidentes del Duque profirieron 
tales amenazas, que, atemorizado Diego, y por 
consejo de D. Pedro Enríquez, Adelantado de An- 
dalucía, ocultó su partida y, siguiendo caminos 
más seguros, se dirigió á Jerez y dió cuenta ai 
Marqués de su encargo por cartas breves, con- 
firmadas y explicadas por órdenes más explí- 
citas. 

El marqués D. Rodrigo Ponce se mostró muy 
agradecido á los Reyes, y con humildes palabras 
se ofreció por entero á su servicio. Después envió 
al Duque, con Rodrigo Pedro de Avellaneda, las 
cartas que Diego había traído, y le dió segurida- 
des de que no había querido aceptar el compro- 
miso hasta saber si le era grato compartirle con 
él. A esto contestó el Duque cortés, aunque figu- 
radamente, pero lo bastante claro para que el 
Marqués lo entendiese, que D. Enrique se parecía 
al perro del hortelano, que ni come las coles ni 
las deja comer. Por su parte aceptó el cargo de 
mandar la hueste andaluza contra los portugue- 
ses, y comunicó á los pueblos el propósito de la 
futura expedición. Luego dió todo su favor á 
Diego para que obtuviese el corregimiento de Car- 
mona, haciendo que el bando de los vecinos á de 
voción suya le diese su apoyo, á fin de obligar á 
prestarle el suyo al bando contrario, obediente al 
duque D. Enrique, con lo que se avivaron los 
odios y volvió á encenderse la lucha de la envidia 
y las rivalidades. Retiró éste el permiso antes 
otorgado en Marchenilla al Marqués para la libre 
pesca d^- atunes en las costas gaditanas, alegando 
los imprescriptibles derechos de su primogénito,. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 247 

que hacían ilegales tales concesiones, como lesi- 
vas á sus intereses, y en nombre de su hijo don 
Juan interpuso apelación ante los Reyes. Este 
cambio de conducta exasperó tanto al Marqués, 
que les envió un mensajero á pedirles en secreta 
licencia para retar á singular combate al Duque 
por quebrantador de la fe jurada. El Rey, más de- 
seoso de extirpar estos arraigados enconos de los 
Grandes andaluces "que de darles pávuio, con- 
testó con evasivas y disimulo; pero juzgó lo más 
práctico recurrir á la Hermandad popular, por 
creer fundadamente que la voluntad de los pue- 
blos, á causa de las prolongadas vejaciones y 
daños de los tiranos recibidos, se mostraría más 
propicia á cualquier expediente eficaz para su 
defensa. Con tal objeto nos dió sus cartas ai 
Dr. Antonio Rodríguez de Lillo y á mí, encargán- 
donos de sondear el ánimo de los sevillanos y de 
procurar robustecer su opinión con la autoridad 
real en cuanto los viéramos inclinados á aceptar 
el establecimiento de la Hermandad. El Doctor na 
aceptó el encargo con mucho entusiasmo, por 
constarle la ojeriza del Duque contra él por su em- 
peño en recabar para la Corona las rentas que ti- 
ránicamente y durante largos años había estado 
usurpando aquel magnate. Yo empecé á desem- 
peñar con más resolución mi cometido, aunque 
hubiera deseado más secretoen los principios; pero 
como el negocio exigía el asentimiento de muchos, 
el Duque tuvo repentina noticia de nuestras ges- 
tiones. Su indignación llegó hasta un furor poco 
común en él y manifestó bien á las claras quenada 
temía más que la aceptación de la Hermandad po- 

cxxxiv 17 



248 



A. DE FALENCIA 



pular, conocido como le era el ardiente deseo de 
los sevillanos de encontrar un remedio radical con- 
tra su desenfrenada tiranía. Llamó á su presencia 
á algunos corifeos de la plebe y quiso saber de 
ellos si el Dr. Lillo ó yo habíamos hablado en favor 
de la Hermandad. Los sevillanos le respondieron 
que sospechaban que el procurarse cartas para 
ese objeto había. sido la causa del viaje á la corte 
tiempo hacía emprendido por fray Enrique de 
Mendoza, religioso cuyos sermones eran muy del 
agrado del pueblo. Con esto aumentaron los re- 
celos del Duque, pues había sabido que en el ca- 
mino le había acompañado Diego de Morales, uno 
de los cuatro sujetos que principalmente aconse- 
jaban ai pueblo esta y otras medidas semejantes. 
También supo que yo, así ante la multitud como 
aparte con los amigos, había elogiado calurosa- 
mente los principios de la Hermandad popular, 
aceptados por los reinos de Castilla y León, in- 
mediatamente ordenó al Doctor que saliese sin 
demora de la ciudad, y sin admitir sus excusas 
ni hacer caso alguno de la autoridad real, en 
cuya virtud gestionaba aquél los negocios, le 
obligó á marchar, y llevó muy á mal que se de- 
tuviese ocho días en el monasterio de San Jeró- 
nimo, extramuros de la ciudad. Conmigo no se 
mostró tan airado; pero envió á decirme que ver 
daderamente se maravillaba de que yo, persona 
tan de su afecto, trabajase en favor de la Her- 
mandad, cuyo establecimiento por el acuerdo 
unánime de los ciudadanos y de la plebe sería lo 
más perjudicial que pudiera ocurrirle. En reali- 
dad de verdad, en mi respuesta dije muchas co- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



249 



sas poco gratas al Duque. Reunidas luego las au- 
toridades, explicó ante ellas los peligros á que se 
exponían de aceptarse en Sevilla. A ios conversos 
les hizo ver que equivaldría á su exterminio, y 
que debían resistirla con tanto tesón, como que de 
<ello dependía la pérdida de sus vidas, la honra de 
sus hijos y la ruina de sus fortunas. La pusilá- 
nime muchedumbre de los conversos se sintió po- 
seída de invencible espanto, y á una con las auto- 
ridades de la ciudad excitaron al Duque á no 
cejar en su enojo contra el Doctor y los fautores 
de la Hermandad, antes multar, castigar y deste- 
rrar á cuantos hablasen en favor de esta peli- 
grosa innovación. Más excitada con esto la cólera 
del Duque, avisó aj Doctor que saliese inmediata- 
mente del monasterio. No le quedó más recurso 
que marchar á Carmona, donde fui á reunirme 
con él, y así por el relato de cuanto nos había pa- 
sado, como por no implicar á Diego García de He- 
nestrosa en las rivalidades de ios de Carmona que, 
como de tan opuestas opiniones, miraban de muy 
diferente manera al encargado de castigar á los 
magistrados delincuentes, no quise detenerme 
.allí y me marché á Córdoba. Allí encontré, po- 
seído de igual indignación que el Duque, á D. Al- 
fonso de Aguilar, el cual había arrebatado con 
engaños las cartas que llevaba el enviado del Rey 
para trabajar por eí establecimiento de la Her- 
mandad, y despreciado sus órdenes, parte por 
maldad suya, parte por cobardía del mensaje- 
ro, de quien con razón se burlaba. Me he dete- 
nido algún tanto en referir estos sucesos para 
que se comprendan mejor luego los ocurridos 



25o 



A. DE PALENCIA 



en Andalucía por los encontrados esfuerzos en 
pro ó en contra del establecimiento de la Her- 
mandad. 

Ahora continuaré la serie de otros hechos rela- 
cionados entre sí. 



CAPITULO II 

Sucesos de Toledo. — Sitio del Alcázar de Ma- 
drid. — Frustrado ataque del ejército de D. Fer- 
nando contra Toro. . 

reían los Reyes que los toledanos admi- 
tirían con entusiasmo la Hermandad, 
así por ser ciudad muy obediente á la 
•Corona, como porque á diario sufría innumera- 
bles daños con las correrías de los ladrones que 
devastaban gran parte de la provincia desde los 
bosques de Segovia y de Avila hasta los montes 
que dominan la ciudad. Los vecinos y los cami- 
nantes que caían en sus manos eran sometidos 
á duros tratamientos; luego los malhechores se 
refugiaban en la fortaleza de Canales, y salían 
á reunirse en mayor número con los que acudían 
de las Navas ó del Pardo. Además, se habían pro- 
porcionado cada siete millas guaridas seguras en 
diversos lugares, desde donde podían prestarse 
mutuo apoyo, con lo que los míseros habitantes 
no podían permanecer en sus casas sin sufrir toda 
clase de daños, porque creciendode díaen díael nú- 
mero de los ladrones, habían llegado á formar un 
verdadero ejército. El Marqués de Santillana, que 
sitiaba el Alcázar de Madrid, á duras penas con- 




252 



A. DE PALENCIA 



seguía defender los alrededores de la villa contra 
los ladrones que hasta en las aldeas más próximas 
se ensañaban con los míseros moradores. Ni los 
arrabales hubiesen escapado á la devastación si 
el Marqués no hubiese acudido con todo su poder 
á impedirlo, después que el valiente caballero avi- 
lés, Diego del Aguila, enviado por la Reina contra 
los ladrones, cayó sin vida de un tiro de espin- 
garda. Iban éstos extendiendo su poderío sin en- 
contrar obstáculo á sus desmanes, y para po- 
nerse á cubierto de sus correrías, no se presentaba 
otro medio que el amparo de aquel procer gran- 
demente reverenciado de todos los madrileños, y 
contra el que mientras se ocupaba en el sitio de la 
fortaleza de Madrid, no se atrevían á cometer nin- 
gún atentadolos secuaces del Arzobispo de Toledo, 
Los habitantes de esta ciudad se opusieron con 
todas sus fuerzas al establecimiento de la Her- 
mandad. Opusiéronse también con singular astu- 
cia los Grandes que allí residían, como el conde 
de Cifuentes D. Juan de Silva, en otras cosas 
persona estimadísima, y su tío D. Juan de Ribera, 
hostil en todo, pero principalmente en aceptar la 
Hermandad toledana. Todos éstos indujeron á los 
vecinos á corromper las Ordenanzas, ycon astutos 
procedimientos, propios de la tiranía, pervirtie- 
ron la libre provisión de los cargos, nombrando, 
contra el tenor de aquéllas, para los de capitanes 
y caballeros, á hombres muy ajenos de la profe- 
sión de las armas, con lo que los ciudadanos se 
negaban á pagar sus cuotas para el estipendio de 
la milicia, y sólo tenían el vano nombre de Her- 
mandad, sin la verdadera provisión de las plazas. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



253 



Como el rey D. Fernando andaba ocupado en 
arreglar las diferencias de los bandos de Vizcaya 
y acudir á conjurar los peligros que amenazaban, 
y la Reina en Tordesilias cuidaba de recoger por 
los lugares circunvecinos lo necesario para ei 
ejército de Toro, faltaba oportunidad para repri- 
mir ios desmanes de los que dominaban en las 
tierras del Tajo, y cuanta más actividad desple- 
gaban para lograrlo los que permanecían con 
D. a Isabel, más rápidamente fracasaban en su 
intento. Confiados en las promesas de algunos, 
creyeron fácil apoderarse de Toro si en sus re- 
pentinos ataques lograban aplicar las escalas á la 
parte de las murallas desprovistas de defensa de 
la naturaleza ó del arte. Además, se contaba con 
el odio profundo que se decía abrigaban todos los 
ciudadanos contra ios portugueses y contra doña 
María Sarmiento. Aseguraban que si á la vista 
de las fuerzas de D. Fernando no se resolvían á 
más, por lo menos no ayudarían á sus opresores, 
y entonces, lo reducido de la facción lusitana no 
podría defender las murallas, en parte en ruinas y 
poco amparadas por el cinturón de estacadas ó 
fosos, tan extensos para la defensa, que á un ene- 
migo numeroso difícilmente podrían estorbar el 
paso los ciudadanos todos unidos á los portugue- 
ses. Aprobó la Reina el consejo, y señaló día para 
la expedición. En seguida llegó el Almirante y se 
hicieron venir peones y lanzas del Conde de Bena- 
vente. Un día de los primeros del mes de Julio, 
antes de amanecer, se presentaron de improviso 
los nuestros ante las murallas de Toro y empe- 
zaron inmediatamente á combatirlas. Al pronto 



254 



A. DE PALENCIA 



quedaron sobrecogidos de espanto el joven Conde 
de Marialba y su suegra D. a María Sarmiento; pero 
€sta astuta mujer, al oir que los sitiadores apelli- 
daban repetidas veces ¡Benavente! ¡Benavente! re- 
corrió furiosa las calles de la ciudad enseñando á 
los defensores unas cartas cualesquiera y gritán- 
doles: «¡Miserables ciudadanos! ¡Estáis vendidos al 
de Benavente! ¡Aquí tenéis un aviso certísimo de 
nuestra desdicha! Yo, viuda infeliz, sucumbiré; 
pero vosotros quedaréis sujetos á perpetua servi- 
dumbre! ¡ Ahí tenéis al enemigo de nuestra ciudad, 
el Conde de Benavente, pronto á escalar las mu- 
rallas, después de haber empleado innumerables 
falacias para destruirlas!» Con estas y otras seme- 
jantes lamentaciones logró la artera mujer excitar 
á los ciudadanos, que en gran número acudieron 
con tan furioso ímpetu á la defensa, que derriba- 
ron á muchos enemigos desde lo aito de las esca- 
las é hirieron á no pocos desde las troneras bajas. 
Cayó entre los primeros el nobilísimo y esfor- 
zado joven... (i) Portocarrero, con otros cincuen- 
ta valientes compañeros de armas, cuando, saltan- 
do de los caballos, trepaban por las escalas. Mu- 
chos fueron los heridos, y cambiado en terror el 
temerario arrojo de los que intentaron el asalto, 
fueron al cabo rechazados. El de Benavente no 
abandonaba á los suyos, y con magnánimo esfuer- 
zo salvó á algunos, imposibilitados de huir por te- 
ner rotas las piernas. El Almirante, como menos 
deseoso de gloria, corrió menores peligros. Los 



(i) En blanco el nombre. 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 



255 



demás, bastante escarmentados, volvieron cam- 
biada en tristeza la alegría con que habían 
salido. La Reina sintió doblada angustia, porque, 
sobre el descalabro de sus soldados, lamentaba 
que por aquel error se hubiera inspirado á los 
de Toro falsas sospechas de enajenación, sin que 
se alcanzase el medio de recuperar su adhesión, 
porque antes su perseverante fidelidad les había 
valido vejaciones sin cuento, y ahora surgía 
otro motivo de nuevos vejámenes que no de- 
jaría de hacerles sufrir el furioso encono de los 
portugueses y de D. a María Sarmiento. Para cal- 
mar el cuidado de la Reina, diéronse los que la 
acompañaban á discurrir alguna empresa opor- 
tuna, y no tardó en presentarse la coyuntura. 
En este mismo mes de Julio, los terribles aguace- 
ros de una repentina tormenta hicieron desbordar- 
se el Duero, cuya rápida corriente arrastraba gran 
cantidad de corpulentos troncos y ramaje. Esto 
sugirió á los de D. Fernando una idea conforme 
con los deseos de la Reina, y que mereció la apro- 
bación hasta del hermano del rey de Aragón, que 
se hallaba presente. Unos cuantos soldados esco- 
gidos se metieron en dos faluchos con varios dies- 
tros ballesteros y espingarderos, encargados de 
tirar sobre los enemigos, ocupados en la defensa 
de los molinos. Creían los nuestros que, ó los ha- 
brían abandonado sus guardas, ó que si quedaban 
algunos aislados por las aguas, no podrían hacer 
frente á los embarcados, favorecidos por la orilla 
izquierda por fuerte escuadrón que molestaba á los 
portugueses con continuas descargas. Tampoco 
la guarnición de Toro podía socorrerlos, porque 



256 



A. DE FALENCIA 



sólo por el puente había paso para aquella parte 
de la orilla de que los de D. Fernando estaban 
apoderados. Fracasó la estratagema porque, ba- 
jando el nivel de las aguas desbordadas por el si- 
tio del ataque, los de Toro no encontraron tan 
difícil el paso. Trabóse, sin embargo, ligera esca- 
ramuza entre la caballería de ambas partes; don 
Alfonso de Aragón cogió algunos prisioneros, y 
supo mantener la disciplina entre los suyos para 
evitar que cayesen en manos del enemigo. Los 
molinos, bien por el descenso de las aguas, bien 
por la previsión de los portugueses, no sufrieron 
el menor daño. 





CAPITULO III 



Graves tumultos de Sgovia excitados por la osa- 
día de Alfonso Maldonado. — Auxilio que pres- 
tó la Reina y que censuraron muchos de los de 
D* Fernando. 



^ penas enterada la Reina del resultado de 
esta empresa, recibió la noticia, que á 
toda prisa y muy turbado la trajo un- 
mensajero, de que Maldonado se había introdu- 
cido furtivamente en el Alcázar de Segovia y 
que el suceso había levantado en la ciudad vio- 
lentos tumultos. Los que con la Reina se halla-^ 
ban, comprendiendo inmediatamente la gravedad 
del hecho, porque la única hija de los Reyes había 
quedado en el Alcázar confiada á la guarda del 
Alcaide, observaron el rostro de D. a Isabel, y 
no notando la menor señal de turbación, deduje- 
ron que estaba previamente advertida. Por la 
menos debían estarlo Beatriz de Bobadiila y su» 
marido Andrés de Cabrera, que cifraban todas 
sus esperanzas en la Alcaidía del Alcázar y en la. 
guarda de la doncella, juzgándose riquísimos y 
honradísimos con tal prenda, cual si contasen coií> 
la sucesión hereditaria de los reinos de León y 



258 



A. DE PALKNCIA 



Castilla. Aterrados marido y mujer con la noticia, 
no encontraron otro medio que acudir al amparo 
del cardenal D. Pedro González de Mendoza y del 
Conde de Benavente, que allí se hallaban y que 
por igual favorecían á la Bobadilla. Como quiera 
que este favor se interpretara, no parecía inspirar 
el menor cuidado á Andrés que, despreciando las 
murmuraciones de los cortesanos, recibía alegre 
y cortésmente á uno y otro huésped, sin dar señal 
alguna de celos. Prometiéronles ambos proceres 
su resuelto apoyo, y Andrés se adelantó ai frente 
de 3o lanzas, mientras la Reina, el i.° de Agosto, 
mandó salir á toda prisa de Tordesillas un escua- 
drón para Segovia, á pesar de haberla tranquili- 
zado algún tanto un segundo aviso de que la 
ocupación del Alcázar no era completa. Afirma- 
ba, sin embargo, que después Alfonso Maldo- 
nado, poseído, según se decía, de cólera por ha- 
berle despojado de la Alcaidía, había querido ven- 
garse de los agravios que le había inferido Andrés 
Cabrera y que había disimulado largo tiempo. 
Era el Maldonado muy conocido del portero del 
Alcázar y de todos los soldados que le guardaban, 
y á diario se le recibía familiarmente y se le con- 
vidaba á comer, sin que al Alcaide ni á sus com- 
pañeros de armas inspirase la menor sospecha. 
Mas cuando con repetidos engaños se hubo gran- 
jeado la amistad de todos, y cuando el parentesco 
de su mujer le hubo adquirido la adhesión de 
-algunos ciudadanos, un día, el 3o de Julio, á la 
hora en que sabía que faltaban del Alcázar mu- 
chos soldados, llamó á la puerta. Abrió el porte- 
ro, que cayó á sus pies atravesado el pecho de una 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 25C) 

puñalada. Luego franqueó la entrada á cinco cóm- 
plices que le seguían y se apoderó de Pedro de 
Bobadilla, padre de D. a Beatriz, que gobernaba 
el Alcázar y que no pudo precaver lo sucedido. 
Corrió en seguida á ocupar la torre del homenaje, 
donde acaso se hallaría la princesa D. a Isabel; 
pero las doncellas, las criadas y el ama que la 
acompañaban, en cuanto sintieron los primeros 
ruidos del tumulto, cerraron las puertas de la 
torre, y mirando por la vida del Alcaide, confiado 
al arbitrio del feroz Maldonado, dieron desde las 
ventanas tantas voces y alaridos, que todos los ve- 
cinos y soldados que ya regresaban al Alcázar, se 
lanzaron en su socorro. Entonces Maldonado 
tuvo que refugiarse en la torre avanzada con sus 
cinco compañeros. El resto de la fortaleza quedó- 
custodiada por los leales y libre la Princesa, que 
antes tenía el Alcaide en estrecha custodia. La 
noticia causó tal alegría á la Reina, que no pudo 
disimularla en el semblante, aunque acudió á 
consolar á la Bobadilla y á sus favorecedores pro- 
metiéndoles castigar la osadía de Maldonado. 

Había yo llegado dos días antes á darla cuenta 
de las novedades ocurridas en Sevilla, y me ha- 
bían atacado graves calenturas en cuanto lle- 
gué, por lo cual la Reina, antes de mediodía, 
me ordenó que no fuese á Vitoria, adonde pensaba 
dirigirme para ver al Rey, sino que me quedase 
curándome en Valladolid y la esperase, porque 
había resuelto volver dentro de ocho días á Tor- 
desillas. Sin embargo, en el mismo día marchó á 
Olmedo, y después de cenar y descansar un rato, 
salió á media noche, y antes de las doce del día 



2Ó0 



A. DE PALENCI A 



^ntró por un postigo en el Alcázar de Segovia. Ya 
tenía noticia de la fuga de los que ocupaban la 
primera torre y de que eran dueños de la Cate- 
dral, separada del Alcázar por un estrecho foso, 
ios criados del obispo D. Juan Arias, enojado de 
-que tuviera en ella gente Andrés de Cabrera, así 
como la puerta de Santiago que atacaban furiosa- 
mente los ciudadanos, con las de San Juan y de 
:San Martín. Cuando la Bobadilla, cuyo marido ha- 
bía entrado el primero en el Alcázar, confundido 
con los criados de la Princesa, vió perdido su anti- 
cuo poder, rogó á sus favorecedores el Cardenal y 
el Conde de Benavente que se diesen prisa á venir 
su ayuda. Insistieron ellos con Ja Reina para 
<que desoyese los clamores de las gentes y no priva- 
se á Cabrera y á su mujer dd favor tan merecida- 
mente alcanzado, recordándola sus servicios con 
-entusiasta ponderación. La Reina, solicitada por 
las opuestas súplicas de los dos Grandes y de los 
vecinos, parecía inclinarse ya á unos ya á otros, 
pero á todos procuraba dar buenas palabras. Em- 
pezó, sin embargo, por mandar á los de la ciudad 
que cesasen en el ataque de las dos puertas. Esta 
lenidad déla Reina les hizo prorrumpir en grandes 
-quejas contra el Alcaide Cabrera, y cual si los 
segovianos hubiesen sacudido por fin el yugo que 
él y la Bobadilla les habían impuesto durante 
tanto tiempo, decían con gran libertad que era 
Inicuo que ciudad tan importante estuviese sub- 
yugada por un advenedizo, juguete de la volun- 
tad de su mujer, y á su capricho abusase del favor 
de los Reyes, reteniendo á su hija en su poder como 
prenda del interés propio.' 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 26l 

Doña Beatriz acusaba en altas voces delante de 
la Reina á los ciudadanos de grave desacato por 
haber despojado de sus oficios á los amigos de su 
marido. Al oirlo Luis de Mesa, caballero muy re- 
putado entre los segovianos, y con razón bien 
quisto de la Reina, protestó con más audacia que 
todos de aquellas palabras, y públicamente cen- 
suró la excesiva lenidad de D. a Isabel al disi- 
mular el criminal alarde de la Bobadilla cuando 
decía que ella y su marido proveían á su antojo 
los oficios de la ciudad en favor de sus criados, 
sin recatarse de exponer esta y otras semejantes 
arrogancias en presencia de tan alta Majestad. Re- 
fiero aquí tan detalladamente estos hechos, por- 
que cada uno de ellos originó luego muchos des- 
aciertos. Fué el primero el haber accedido la Reina 
á las súplicas de los dos Grandes protectores de 
D. a Beatriz, y el segundo haber temido el enojo 
de ambos, cuando fingidamente amenazaron con 
abandonar el partido de los Reyes si no se restituía 
á sus favorecidos el Alcázar y la provisión de los 
oficios de Segovia. Deaquí surgieron otros muchos 
peligros que sucesivamente iré refiriendo, aunque 
-creo oportuno exponer ahora las quejas de Luis 
de Mesa. Persuadido de que la Reina, no sólo pen- 
saba restituir á Cabrera el Alcázar y la provisión 
de los oficios de la ciudad, sino que consideraba 
reos de traición y vergonzoso crimen á Luis Mal- 
donado y á los demás libertadores de la princesa 
D. a Isabel, se atrevió á hablar en estos términos: 
«En esto, ínclita Reina, has querido superar el 
poder de la fortuna, pues nos quitastes lo que 
ella jamás arranca á los mortales, mientras alien- 



2Ó2 



A. DE PALENCIA 



tan, la esperanza. Además, te plugo trastornar 
los derechos de la gratitud, con acusar de traición 
á los libertadores de tu única hija, dignos por 
ello del mayor premio, y tener por muy leales á 
los reconocidos por opresores de la libertad, y 
otra vez señores, mejor dicho, tiranos de esta 
desdichada población.» 

Tal fué la queja de Luis de Mesa, no tan amar- 
ga para la Reina como grata á los oídos de los 
vecinos. El Obispo, ya manifiestamente hostil 
á Cabrera, le echó en cara su gran ingratitud y. 
censuró á la Reina por haber hecho patente ante 
los Grandes su sumisión en este asunto, al mismo 
tiempo que castigaba á los leales. Sobre todo se; 
dolió de que hubiese estado disimulando durante 
dos meses sus intenciones. 




CAPITULO IV 



Hechos de D. Fernando en este tiempo en tierras 
de Vizcaya. — Tentativa fracasada del pirata 
Colón. 




ntret a nto había reunido D. Fernando en 
tff Vitoria 5oo lanzas del condestable Conde 
de Haro y de otros nobles. El Conde de 
Treviño, tan poderoso en aquellas provincias, 
pretextó los cuidados que le daban las competen- 
cias' de D. Alonso de Arellano, conde de Aguilar, 
para excusarse de enviar caballería é ir á saludar 
al Rey. Eran, sin embargo, bien conocidas sus 
intenciones hostiles al partido de D. Fernando, 
á causa del favor que empezaba á dar al Con- 
destable, émulo del Conde, y sus constantes que- 
jas de la injusticia del Rey, que prefería á los 
Grandes, un tiempo enemigos, á los que siempre 
le habían sido leales. Con pretexto de estas que- 
jas, el conde D. Pedro Manrique favorecía á vas- 
congados y navarros, y odiaba á los que antes 
había conocido combatir á los franceses. No pa- 
recía, por otra parte, á propósito llamar gente de 
á caballo de los demás Grandes ó de pueblos dis- 
tantes, á causa de la esterilidad de aquella pro- 
vincia, poco adecuada para el sostenimiento de 

cxxxiv 18 



264 



A. DE PALENC IA 



la caballería, pues todos los vascongados y gui- 
puzcoanos viven en tierras pobres en frutos, y las 
más veces tienen que traer el trigo por mar de 
Francia, á la sazón su enemiga, porque del terri- 
torio alavés sólo pueden exportar cebada. Alojó, 
por tanto, D. Fernando aquellos 5oo caballos en 
Vitoria y pueblos comarcanos, y él con los nobles 
ahorrados marchó á Bilbao, la ciudad más impor- 
tante de Vizcaya. Allí trabajó, ante todo, con em- 
peño porque se admitiese la Hermandad popular, 
que parecía incompatible con aquella gente fac- 
ciosa y acostumbrada á vivir del latrocinio. Uno 
de los principales, Juan de Salazar, muy estima- 
do del conde D. Pedro Manrique, estaba dispuesto 
á la rebelión y defendía con su gente el castillo 
de San Martín de Somorrostro, contra todos los 
demás vascongados partidarios de D. Fernando. 
Mientras éste atendía con extraordinaria solicitud 
al ataque del castillo, los franceses, que antes de 
su llegada trataban de estrechar el sitio de Fuen- 
terrabía, acamparon á distancia, al otro ladodel río 
que por allí corre, y rodearon los reales con doble 
foso y empalizada, temerosos deque D. Fernando 
les acometiera. Los vascongados y los que con ellos 
estaban en Fuenterrabía, cobraron tanta audacia 
como desaliento sus contrarios, y con diarias aco- 
metidas de la caballería les molestaban y trata- 
ban de excitar la temeridad de los franceses. Pero 
sus capitanes, considerando la reciente fortuna de 
aquéllos y el aprieto que á los suyos aguardaba, 
cuidaron de conservar la disciplina, reprimiendo 
su ligereza, hasta no permitirles la más pequeña 
escaramuza. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



265 



Cuando llegó á noticia del rey Luis, mandó 
inmediatamente al pirata Colón que aprestase 
una expedición marítima. Sabedor D. Fernando 
de que en ellas principalmente ponía el enemi- 
go su confianza, quiso preparar una armada 
de treinta navios. Para el pago de soldadas eran 
escasos los recursos, que sólo podían sacarse 
del repartimiento de pedidos en los pueblos; pero 
la gente vascongada, por su costumbre de pro- 
curárselos con el robo fuera de su territorio, 
no podía resignarse á echar estos grandes gas- 
tos sobre la carga con que contribuía para su 
propia expedición. Venció, sin embargo, tan gra- 
ves dificultades su innata inclinación al real 
•servicio, y repartiéndose ' los gastos de solda- 
das y provisiones, lograron equipar los 3o navios.' 
Nombró el Rey por Almirante á Ladrón de Gue- 
vara, sujeto nobilísimo, oriundo de aquellas pro- 
vincias y adornado de muy estimables prendas. 
Faltábale, sin embargo, la práctica de las cosas 
«de mar y no le favorecía tampoco su edad avan- 
zada. Diósele por adjunto á Gracián de Agra- 
monte, caballero navarro, de gran pericia en las 
materias de guerra, vencedor en muchos encuen- 
tros y distinguido por su agudo ingenio. También 
se puso á sus órdenes á Tolón, joven aragonés, 
hombre de letras, de gran expedición para las 
consultas y muy al tanto de los planes adoptados. 
El francés, sin embargo, pudo despachar antes su 
armada, porque el pirata Colón que la mandaba 
tenía constantemente preparados i3 navios, abun- 
dantes riquezas para pago de los soldados, enri- 
quecidos, además, con los despojos de muchas 



2Ó5 



A. DE PALENCIA 



gentes, y salía con furioso empuje á sus rapiñas 
del segurísimo puerto de Harfleur, su guarida. 
Al dirigirse á Bermeo, una recia tormenta arrojó 
al mayor de sus navios contra la costa enemiga, 
y viendo á los otros empujados sobre las rocas á 
punto de estrellarse, dió rápidamente orden de 
salir á alta mar. Al dar vista á las costas de As- 
turias y Galicia, trató de compensar con alguna 
presa la pérdida de su navio; mas al querer atacar 
á Ribadeo, los gallegos, ya prevenidos á la defen- 
sa con tropas auxiliares, le mataron mucha gente, 
y de tal modo le escarmentaron, que amedrentado 
con el doble descalabro huyó á Portugal en busca 
de tranquilo refugio. Aquí le aguardaba el Rey 
para pasar á Francia, junta su reducida armada 
con la gruesa de Colón, y de camino reforzar 
y aprovisionar las plazas de Ceuta, Tánger, Al- 
cazarquivir y Arzila, por tener noticia, no sólo de 
que los moros no cejaban en su intento de atacar 
á la primera de las citadas, sino que, ante todo, 
eran de temer las embestidas de los andaluces, 
que adelantarían la toma de la plaza. 



CAPÍTULO V 

^rústranse los falaces intentos del Duque de Me- 
dina Sidonia. — Terrible combate de Colón con 
los genoveses en aguas de Cádi^. 

ese ando vivamente D. Enrique de Guz- 
mán, duque de Medina Sidonia, realizar 
alguna expedición marítima después del 
fracaso de la empresa contra Tánger y de su poca 
fortuna con los portugueses, resolvió el ataque de 
Ceuta, considerado por algunos como fácil de 
acometer y facilísimo de llevar á término. Más 
que todos lo aseguraba Pedro de Córdoba, corre- 
gidor de Gibraltar, muy empeñado en esta em- 
presa y que, pintándola todos los días como muy 
realizable, había logrado entusiasmar al apático 
Duque, tan inclinado por carácter á repentinos 
arranques como desidioso para perseverar en 1q 
-comenzado. Pero mientras iba accediendo á lo 
•que el Corregidor le proponía con repetidos men- 
sajeros, creyó muy ventajoso á sus intereses bus- 
car oportunidad de recobrar á Gibraltar, aparen- 
tando la empresa contra Ceuta. Consejeros muy 
de su intimidad le aseguraban que aquella plaza 
podía considerarse vendida á D. Fernando, mien- 




268 



A. DE PALENCI A 



tras consintiese en ella á los conversos de Córdo- 
ba, tan reconocidamente inclinados á su obedien- 
cia que, so color de fidelidad debida á la corona r 
seguramente intentarían alguna novedad en daña 
del Duque. Además, sus íntimos le habían impu- 
tado frecuentemente á gran crimen el que, movi- 
do de codicia, hubiese encomendado ciudad de 
tan inexpugnables defensas naturales á aquellos- 
prófugos, aborrecidos de la religión católica que, 
una vez dueños de la libre navegación, se en- 
tregarían absoluta y disolutamente á las ceremo- 
nias judaicas, y algunos tratarían de trasladarse 
á Jerusalén para practicar con más libertad los 
ritos hebraicos. Al oir estas acusaciones, el Du- 
que se alegró de haber hallado ocasión de ocultar 
sus propósitos, y envió tropas al sitio de Ceuta, 
mientras él, más moroso, necesitaba mayores- 
fuerzas. Iniciaron el ataque 5.ooo resueltos anda- 
luces, y ya, con sólo la pérdida de 3o hombres, 
habían ocupado todas las posiciones, á excepción- 
de una más fortificada, dispuesta por los portu- 
gueses para un caso extremo, cuando llegó ei 
Duque á Gibraltar, como de paso, con escogida 
caballería. El Alcaide de la fortaleza le abrió sus 
puertas y obedeció rendidamente sus órdenes, y 
el Duque no tuvo escrúpulo en deponerle ignomi- 
niosamente de su cargo y aun intentar prenderle 
como á traidor; todo á fin de disfrazar su perfidia,, 
pues había prometido muchas cosas que luego no- 
cumplió, y doblemente movido de avaricia, echó 
fea mancha sobre el principio y el fin de la em- 
presa. Empezó por demostrar gran humanidad 
permitiendo que se acogiese en Gibraltar la muí- 



CFÓNICA DE ENRIQUE IV 



269 



titud de conversos fugitivos; pero como la guarda 
de la ciudad exigía estipendio de soldados y gasto 
de copiosas provisiones, vendió el refugio á los 
afligidos conversos para no tener que tocar á sus 
propias rentas; y- al fin, cuando ya vió agotados 
sus recursos, porque sobre los demás infortunios 
habían tenido que soportar los gastos de la edifi- 
cación de nuevas moradas, expediciones maríti- 
mas y transporte de caros víveres, acabó por ex- 
terminarlos, ya que habían empezado á resarcirse 
de los daños de sus mudanzas. Ante el provecho 
que esperaba, les hizo perder inhumanamente el 
fruto de sus pasados trabajos. No me sería fácil 
referir á qué extremo de necesidad se vieron re- 
ducidos los conversos cordobeses al verse otra 
vez precisados á volver á sus antiguas moradas, 
arrostrando los mismos peligros que habían co- 
rrido. El Duque, arrojando la máscara del viaje á 
Marruecos, manifestó públicamente haberse pro- 
puesto con aquella estratagema la recuperación 
de la fortaleza de Gibraltar. 

Entretanto los soldados que por su orden com- 
batían la fortaleza de Ceuta, hubieran sido com- 
pletamente exterminados por los portugueses 
enviados con el pirata Colón por D. Alfonso, sin 
el grave descalabro que á franceses y portugueses 
hicieron sufrir los andaluces. Exasperado Colón, 
como dije, con el naufragio de su nave junto á 
-Bermeo, y con el daño recibido en el ataque de 
Ribadeo, anunció al rey de Portugal en cuanto 
entró en el puerto de Lisboa, que había resuelto 
barrer de las costas andaluzas, hasta el estrecho 
de Gibraltar, cuantas embarcaciones encontrase. 



270 



A. DE PA. LE NCI A. 



Llegó de seguida la noticia del ataqire del cas- 
tillo de Ceuta, y entonces D. Alfonso reunió gran 
número de sus nobles, y á toda prisa despachó dos 
galeras que habían escapado á les pasados desas- 
tres, la Real y la Lope Yáñe^; las tripuló con buen 
número de portugueses, que también embarcaron 
en las once de Colón, y las envió á la defensa de 
aquella plaza. Al mismo tiempo zarparon del 
puerto de Cádiz, con rumbo á Inglaterra, tres 
gruesas naves genovesas, una galera grande y otro 
navio flamenco jn^rxiaijk^e^^ sin temor 

á otro peligro que el de las tormentas, por !a mag- 
nitud de las embarcaciones y la numerosa tripu- 
lación, aumentada entonces por la previsión de 
experimentados genoveses para asegurarse con- 
tra los ataques de Colón. La fortuna lo dispuso 
de otro modo. Al divisar estas cinco embarcacio- 
nes las i3 unidas del rey de Portugal y de Colón, 
destacó éste una carabela á enterarse de quién 
eran y qué se proponían. Contestaron los genove- 
ses que bien conocía Colón la firme alianza que 
con los franceses tenían, en cuya virtud disfru- 
taban de libre navegación por todos ios mares. 
Pero él, con igual astucia que la empleada con 
les obedientes vascongados, dijo que el Almiran- 
te, los Maestres de las naves y los principales mer- 
caderes podían pasar á la suya para enseñarle sus 
papeles. Como los genoveses no habían olvidado 
la pérfida conducta del pirata, se negaron á lo 
propuesto, y empuñaron las armas. Adelantóse 
entonces Colón con la Real contra una de las tres* 
galeras genovesas; la de Lope Yáñe\ se arrimó al 
•costado de otra, y una tercera clavó su arpón en la 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 2J1 

elevada borda de la fiajiiejicjuie Pasquerio, en ale- 
mán urca. Las otras dos galeras genovesas, segu- 
ras de los ataques de las naves más pequeñas del 
pirata, auxiliaban á los suyos. Ante la tenaz re- 
sistencia de la galera genovesa, Colón dió orden á 
otra de las suyas, también atestada de combatien- 
tes escogidos, de arrimarse al otro costado, á fin 
de apoderarse antes de ella entre las dos. No veía 
otro recurso más eficaz para combatir que el em- 
pleo de los artificios de fuego, con los que, ha- 
ciendo volar por los aires llamas de azufre y chis- 
pas encendidas, aterraba y vencía á sus enemigos. 
En aquella ocasión, sin embargo, unos y otros su- 
frieron el daño, porque cuatro naves del pirata: 
la Real, la pegada al costado de la genovesa, la 
que combatía con la galera grande y la que tra- 
taba de incendiar la flamenca, fueron, como las 
enemigas, presa de las Harrias. Siete quedaron 
casi destruidas, y también lo hubieran sido las 
otras dos genovesas, á no haber logrado extinguir 
rápidamente el fuego que empezaba á prender 
en ellas. Al defenderse de los ataques de otras 
embarcaciones, perdieron gran parte de la gen- 
te. También perecieron todos los genoveses y 
alemanes de las otras galeras, menos i5o que se 
salvaron á.nado y recogieron las carabelas por*- 
tuguesas, cuyos tripulantes miraban desde la 
playa de Lagos qué término tendría aquel encar- 
nizado combate que duraba diez horas. Quinien- 
tos nobles portugueses perdieron allí la vida, 
hundidos en las aguas á causa del peso de las ar- 
maduras. Además, 2.000 franceses y portugueses 
perecieron entre las llamas ó al filo de las espa- 



272 



A. BE FALENCIA 



das. Colón, con unos pocos, logró á duras penas 
subir á otras naves. Tal fué el terrible desastre 
de este pirata, tan funesto también para los la- 
drones franceses y para la nobleza lusitana. El 
malvado Colón, arrancándose los cabellos, me- 
sándose la hirsuta barba, entre aullidos, llantos y 
lamentaciones mujeriles, maldecía la desdichada 
alianza portuguesa, causa de la terrible derrota. 
Perdiéronse siete grandes naves, á saber: cuatro 
\ i de Colón y portuguesas, una de las tres mayores 
i/? genovesas y la urca jDcorbeta de Flandes. Logra- 
" ron arribar á Cádiz dos de las genovesas, cuya 
tripulación lamentaba tristemente la pérdida de 
la mayor parte de sus compañeros en el comba- 
te. Ocurrió éste el 7 de Agosto de 1476, no lejos 
del cabo de Santa María, en la costa andaluza, 
á unas 90 millas de Sanlúcar de Barrameda. Acha- 
caban algunos el desastre de las dos armadas á 
la fortuna del rey D. Fernando, por ser geno- 
veses y portugueses enemigos de la Corona ara- 
gonesa y del poder de Castilla. D. Fernando, sin 
embargo, lamentó mucho el descalabro de los 
primeros, porque trataba de reconciliarlos con 
los catalanes y hacerlos amigos de los castella- 
nos, siguiendo los consejos de su tío D. Fernando 
de Nápoles, que á la sazón negociaba alianza con 
los genoveses y quería tener á su lado por auxi- 
liar en esta negociación á su sobrino. 



CAPÍTULO VI 

Marcha á Francia el rey de Portugal. — Temor 
de los andaluces que sitiaban la fortaleza de 
Ceuta. — Entrevista del rey de Aragón con su 
hi i o D. Fernando. 

l combate de Colón y los portugueses 
con los genoveses, funesto para todos, 
causó hondo pesar á D. Alfonso, en- 
vuelto á la sazón en muchas dificultades. Veía 
además cómo la fortuna abandonaba á los suyos 
que, sobre los trabajos de la defensa de Ceuta, ha- 
brían de encontrarse desesperados de todo socorro^ 
al paso que los sitiadores andaluces cobrarían nue- 
va osadía cuando supiesen el desastre de portu- 
gueses y franceses. La única esperanza de auxilia 
consistía en que el Rey marchara á Francia y vol- 
viese acompañado de Colón con las naves restan- 
tes, para luego, reunidas todas las fuerzas maríti- 
mas de Portugal, libertar á Ceuta, y con su esco- 
gida nobleza, atravesar el mediterráneo y arribar á 
las costas de Narbona. En cuanto el duque de Me- 
dina Sidonia D. Enrique supo esta resolución de 
D. Alfonso, se la comunicó á los andaluces que- 
con tan poco resultado sitiaban la fortaleza de 
Ceuta, y que, atemorizados ante el peligro alejado 




274 



A. DE PALENCIA. 



por la batalla naval, no querían creer que con la 
espera se exponían á otro. Así, antes que D. Al- 
fonso pudiese acudir al socorro, se volvieron á 
Andalucía sin gloria y con grave desdoro del Du- 
que, acostumbrado á acometer con arrogancia 
grandes empresas, á continuarlas flojamente y á 
renunciar ignominiosamente á darlas cima. 

Arribó el rey de Portugal á las costas de Ma- 
rruecos con numerosas embarcaciones bien tri- 
puladas, pues aunque las grandes naves no eran 
muchas, precedía tal multitud de esquifes, lan- 
chas y navetas, que cubrían gran extensión del 
mar. Reforzó y aprovisionó abundantemente las 
guarniciones, con lo que se consideró muy opor- 
tuna su llegada, y aminoró mucho el sentimiento 
de la partida de Monarca tan previsor, porque los 
que le acompañaban habían hecho partícipes á 
los soldados repartidos por las guarniciones de 
la vana esperanza concebida, y que tan bien se 
aliaba con la estupidez portuguesa. Del viaje de 
D. Alfonso á Francia resultaría, según ellos, la 
inmediata reunión del ejército francés con el de 
Portugal, y de la entrevista de los dos Reyes, es- 
trecha y firme alianza que permitiría, sin duda 
alguna, la posesión de los reinos de Castilla y su 
reparto entre las dos Coronas. Al francés toca- 
rían las provincias de Cataluña, Navarra, Gui- 
púzcoa y Vizcaya, las tres últimas con idiomas 
muy semejantes, y la primera con lengua poco 
diferente de la de oc. Los reinos de Aragón y Va- 
lencia y el resto de las provincias de España, li- 
mitadas por el océano y mediterráneo, se darían 
á la posesión ó á la conquista del rey de Portugal. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



La primera cesión no parecía excesiva, si se con- 
sideraba que, gracias al concurso del poder fran- 
cés, había de lograr Portugal la extensión de do- 
minio que suponía el segundo reparto. Esta pers- 
pectiva y otras semejantes traían perturbado el 
cerebro de los portugueses y les hacían llevaderas 
las molestias del viaje, sin ocurrírseles para nada 
la conocida inconstancia del rey Luis y su con- 
ducta de siempre, esclava de los vi-entos de la for- 
tuna; nunca inclinado á consideraciones de vir- 
tud; que ni sabía amar ni aborrecer, si en el fin- 
gido amor no veía ilegítima ganancia, ó si el odio 
no le suministraba ocasión de injusta guerra, y 
con ella ensanche de sus dominios. El rey de 
Portugal y sus compañeros, voluntariamente 
ilusionados, pasaron por las costas de Valencia y 
Baleares con rumbo al puerto de Colibre, sepa- 
rándose de Colón y de la multitud de carabelas 
y barcas. Los demás portugueses, á excepción 
de los nobles que con el Rey iban y de los refuer- 
zos para las guarniciones, se volvieron á Portugal 
desde Ceuta y desde las costas de Tánger. 

El menoscabo de las fuerzas marítimas del pi- 
rata le obligó á renunciar á sus correrías por los 
mares de oriente, y volviendo á las costas del 
norte y occidentales, intentó otra vez atacar á 
los gallegos y apoderarse de un puerto para reha- 
cer en lo posible su armada. Cuando vió la po- 
derosa escuadra equipada exclusivamente por los 
vascongados para perseguirle, se acogió á su gua- 
rida de Harfíeur. Entretanto D. Alfonso, con es- 
cogida comitiva de nobles portugueses, arribó á 
Colibre y marchó por tierra á Tours, donde le 



276 



A. DE FALENCIA 



recibió el Arzobispo por orden de su Rey y fué 
acogido por el pueblo con vivas aclamaciones, 
Allí estuvo algunos días aguardando al rey de 
Francia el cual, contra lo que los portugueses 
habían imaginado, demostró con la lentitud de 
su marcha y el retraso de la entrevista que la 
visita no le había sido grata. Luego, con objeto 
de ocultar su propósito, apeló á la dilación seña- 
lando día determinado para celebrar una dete- 
nida conferencia en París. Al mismo tiempo 
quería dar á entender con esta desanimación á los 
enviados de D. Fernando, que había dado de 
mala gana hospitalidad al Monarca extranjero, 
cuando la razón exigía haberle recibido con la 
mayor afabilidad. Pero la agitación de sus pensa- 
mientos y sus secretas interpretaciones habían lle- 
gado á traslucirse hasta en su fruncido ceño y en 
cierto rubor del rostro. Antes de llegar D. Alfon- 
so, y en presencia de sus enviados y de los de 
D. Fernando, había manifestado contrarias opi- 
niones, dando aparte á cada uno el título de Rey 
de León y Castilla. En las entrevistas con él no 
habían podido obtener los prudentes enviados 
ninguna formal respuesta, porque aparentaba 
que las antiguas disputas sobre el Rosellón le. 
obligaban á maquinar muchos planes contra su 
voluntad y á complacer á nuevos aliados, sin des- 
cuidar tampoco el sitio de Fuenterrabía. Tales 
eran las razones que este falaz y astuto Monarca 
solía manifestar de palabra ó por medio de sus 
confidentes á los enviados de D. Fernando, mien- 
tras decía á los portugueses otras muy opuestas. 
Con la permanencia de un día en Tours y con un 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 



277 



breve é insignificante coloquio pretendió cumplir 
con la hospitalidad debida al Rey extranjero, é 
inmediatamente marchó á proveer asuntos ur- 
gentísimos de guerra, porque ninguna de las 
juntas celebradas para pactar alianzas ó tre- 
guas bastaban para arreglar las diferencias, al 
parecer eternas, entre él y el duque Carlos de 
Borgoña, á la sazón envuelto en guerra con los 
de Colonia y pronto á romper con los suizos, con 
quien la astucia de este Rey había procurado ene- 
mistarle. Natural era en él que atendiese á estas 
maquinaciones con preferencia á dar satisfacción 
más decisiva al rey de Portugal, de tan lejanas 
tierras venido. 

Don Fernando, por su parte, no sólo preparó la 
armada de 3o naves que desde las costas de Viz- 
caya hasta Cádiz había de dejar libres los mares 
<ie las piraterías de Colón, defender á los leales 
gallegos y combatir á Perálvarez de Sotomayor, 
parcial de D. Alfonso y que ocupaba la ciudad de 
Túy, sino que ordenó á los vascongados com- 
batir la fortaleza de San Martín y trabajó por la 
libertad de los habitantes de Orduña, víctimas 
<de la tiranía de Garci López de Ayala, del bando 
del conde de Treviño D. Pedro Manrique, en cu- 
yas arterías la apoyaba. Además mandó, y fué 
obedecida su orden, que quedase establecida la 
Hermandad popular para castigo de los crimina- 
les. Por encargo del conde de Haro D. Pedro de 
Velasco y de los otros nobles encargados de la 
defensa de Fuenterrabía, se aplazó el combate con 
los enemigos, fuertemente acampados en la orilla 
opuesta, no lejos de la plaza, por ser más conve- 



278 



A. DE PALENCIA 



niente, según decían, á la dignidad del Rey, en 
caso que resolviera combatir, contar con más 
caballería, para alejar la vergonzosa contingencia 
de ser vencidos los castellanos por las numerosas 
fuerzas francesas. Además, como, ausente el rey 
Luis, dirigían Ja campaña sus Generales, si don 
Fernando, en campal batalla, los vencía ó los ex- 
terminaba, seguramente la ventaja sería grande, 
pero muy pequeña la gloria para el nombre caste- 
llano. Por el contrario, los que defendían la plaza, 
gente aguerrida y muy acostumbrada á pelear 
con los franceses, aseguraban que se les infun- 
diría gran espanto y se les aniquilaría si D. Fer- 
nando, fingiendo venir contra ellos desde los 
puestos próximos con infantería vascongada, en- 
viaba una vanguardia de 5oo jinetes que oportu- 
namente, por los más apartados desfiladeros, les 
acometiera, al mismo tiempo que en el repliegue 
del río los soldados escogidos de la guarnición 
empeñaban el acostumbrado combate con el ene- 
migo. Al fin prevaleció la opinión del conde de 
Haro, y D. Fernando marchó á Vitoria en cuanto 
supo que su padre le esperaba allí para celebrar 
la deseada entrevista. El i3 de Agosto llegó el 
anciano Rey, y á poco su hijo. Abrazáronse con 
demostraciones de mutuo cariño, libres de las 
malévolas insinuaciones de los que tanto habían 
trabajado por introducir la sospecha en el ánimo 
del padre. Con él venía numeroso séquito de ca- 
talanes, valencianos y aragoneses, y entre ellos 
D. Juan de Cardona, antes conde de Pradés, y el 
obispo de Gerona Juan Margarit. El primero, lar- 
go tiempo retenido en la corte del rey de Francia, 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



079 



cuando llegó allí enviado con Bernardo Hugo de 
Rocaberti, fué por entonces notado de alguna des- 
lealtad; el otro, cuyo hermano Bernardo también 
había incurrido en esta nota por la traición de 
Gerona, logró hacerse perdonar sus delitos, gra- 
cias á la extrema bondad det anciano Monarca. 




cxxx; v 



CAPITULO Vil 



Auge de la Hermandad popular. — Sumaria rela- 
ción de oíros sucesos. — Toma del castillo de 
Arroyomoiinos. — Sitio de la fortaleza de las 
Savas. — Sucesos de Galicia. — Descalabro que 
el rey de Granada hi^o sufrir á los andaluces. 

-I v MPEZ ° entonces ^ tomar auge la Herman- 
^JpT^ dad popular y se escogió la villa de Due- 
jfcy- y ñas para que los capitanes redactaran 
sus ordenanzas. Acudió numeroso concurso, y en 
la primera Junta celebrada en Agosto, se resolvió 
que cada i5o ciudadanos subvendrían al sosteni- 
miento de un hombre de armas, y cada ciento, al 
de un jinete; se señalaron las armas para los cua- 
drilleros, se estableció la cualidad de los caballos 
y se fijaron otra multitud de acertadas condicio- 
nes. Todos los habitantes, sin excepción alguna de 
nobles, religiosos ó eclesiásticos, quedaron obli- 
gados á contribuir equitativa y proporcional- 
mente á sus recursos al sostenimiento de los gas- 
tos, á fin de que los hombres honrados, los pa- 
dres de familia, librando á la patria de las extor- 
siones y crímenes que por tanto tiempo la habían 
hecho sufrir ladrones y sicarios, devolviesen la 
paz á los reinos, haciéndose- acreedores, junta- 
mente con los esclarecidos Monarcas, á la grati- 



282 



A. DE FALENCIA 



tud de las gentes. D. Fernando aprobó todos los 
acuerdos tomados en la Junta, y concedió singu- 
lares privilegios á los Hermanos. 

inmediatamente se organizó una expedición que 
siempre y con gran acierto había estado soli- 
citando Juan Ortega, hombre de bien, á la sa- 
zón Arcipreste de Palenzuela y sacristán del Rey, 
secundado por otros prudentes y severos varones, 
distinguidos por la santidad de su vida. Al prin- 
cipio los clérigos, los religiosos y los nobles lleva- 
ron muy á mal la carga que se les imponía; mas 
al cabo la bondad del propósito y lo urgente de la 
necesidad dirimieron las controversias y alcanza- 
ron general asentimiento. Así pudo reunirse un 
escuadrón de caballos para combatir la fortaleza 
de las Navas, que, como asentada en las vertien- 
tes de la sierra de Avila, ofrecía seguro refugio 
á los numerosos ladrones que corrían y devasta- 
ban extensos territorios de Castilla la Nueva. 
Mandábalos el alcaide Fernando de Pareja, antes 
Adelantado de Galicia y ahora partidario del rey 
de Portugal. Con el despojo de los caminantes sos- 
tenía buen número de soldados, auxiliares de los 
otros ladrones refugiados en las fortalezas próxi- 
mas; pero ésta de las Navas, por su especial si- 
tuación, era la que causaba mayores daños. Fa- 
cilitaba la empresa el skio que Gonzalo Chacón, 
favorito de los Reyes y Señor de Casarrubios, ha- 
bía puesto, forzado por la necesidad, á la forta- 
leza de Arroyomolinos, levantada, merced á la co- 
rruptora licencia de la época, por Juan de Oviedo, 
antiguo secretario del rey D. Enrique, y á la sa- 
zón secuaz del Marqués de Villena, que, com<* 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



283 



enemigo de Chacón, sostenía allí hombres malva- 
dos contra el partido de D. Fernando. Como sin 
la posesión de la fortaleza era imposible la del 
pueblo de Casarrubios, Chacón se vió obligado á 
combatirla, y reuniendo el mayor número de tro- 
pas que pudo, estableció el cerco. La proximidad 
de los lugares por la facilidad de prestarse mutuo 
apoyo, hacía esperar de aquí gran ventaja para la 
empresa acometida por ia Hermandad; pero Cha- 
cón empezó á combatir ia fortaleza antes del 
tiempo conveniente, cuando defendía la de las 
Navas gran número de ladrones que, no sólo en- 
torpecían sus trabajos, sino que causaban gran- 
des daños á los de la Hermandad, incapaces de 
resistir á la avalancha de bandidos que caía sobre 
ellos desde las fortalezas y que frecuentemente 
•sorprendían y daban muerte á los que llevaban 
provisiones. 

También los gallegos sufrían á menudo graves 
extorsiones de los portugueses, favorecidos por 
algunos magnates más amigos de la tiranía que 
de la paz. Entre ellos se contaba á Perálvarez de 
Sotomayor, tirano de Túy, ciudad separada del 
territorio portugués por el Miño. Por la parte de 
Asturias, frontera de Galicia, el sanguinario ban- 
dido Pedro Pardo, tirano de Mondoñedo, y ocu- 
pador de la villa de Vivero, asolaba los pueblos 
fronterizos de Galicia, favoreciendo á los portu- 
gueses contra los partidarios de D. Fernando. El 
arzobispo D. Alfonso de Fonseca, varón integé- 
rrimo, defendía con gran dificultad el célebre tem- 
plo de Santiago en favor de aquéllos. Aborrecido 
por los magnates gallegos, temerosos de los fallos 



284 



A. DE FALENCIA 



de la justicia, este Prelado, modelo de probidad,, 
había caído tiempo atrás en una emboscada, y 
sufrido multitud de penalidades, escapando al fin 
de su prisión, merced á la oportuna muerte de 
Bernardo Yáñez Moscoso. Este tirano de Compos- 
tela se proponía, después de abatir al Arzobispo 
con dos años de duro encarcelamiento, apode- 
rarse por fuerza de armas de la célebre basílica 
de Santiago. Pero la ocupaban valientes soldados 
que, en tanto no veían libre al Prelado, su señor, 
la defendían con tal tesón y esfuerzo, que mu- 
chos, antes que el tirano Moscoso, perdieron allí 
su vida, y los restantes no cejaron un momento de 
resistir, quitándosela á 93 de los satélites del Mos- 
coso. Cuando éste se disponía á destruir el tem- 
plo con las bombardas, un tiro de ballesta, entrán- 
dole por la boca y atravesándole la garganta, acabó 
con su vida. El Arzobispo, víctima tres ó cuatro 
veces de los desmanes de los tiranos gallegos, ha- 
bía logrado otras tantas vencerlos, como dejo atrás 
indicado, y ocupar con varia fortuna la sede com- 
postelana. Muerto el citado Enrique, y despojado 
el Arzobispo de la posesión de los pueblos perte- 
necientes á la silla, quedó defendiendo la ciudad y 
el templo contra el tirano Lope Sánchez de UUoa 
y sus secuaces. Vino á favorecer su resistencia la 
expedición de los vascongados, que con 3o naves 
arribaron á las costas de Galicia, y que aún hubie- 
ran sido de más auxilio á los de D. Fernando, á 
no estorbarlo la apatía del almirante Ladrón de 
Guzmán. Contra su opinión, el esforzado navarro 
Gracián de Agramonte y algunos valientes vas- 
congados tomaron la villa de Vivero, de donde ex- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



285 



pulsaron á la mujer de Pero Pardo; se apodera- 
ren del puerto de Bayona y de la villa, fuerte por 
su situación y defensas y ocupada por el tirano 
Perálvarez de Sotomayor, y se hubiesen hecho 
dueños de Túy si el capitán Ladrón de Guz- 
mán hubiera tomado con más calor el sitio de la 
plaza; pero asegurando que los vascongados se en- 
gañaban, prefirió libertar á Pontevedra, sujeta á la 
diócesis compostelana, á otra cualquier empresa 
necesaria á los gallegos, por haber ocupado de an- 
temano un buen puesto y héchose dueña de la 
villa la galera portuguesa y numerosa hueste lu- 
sitana. Los marinos más experimentados comba- 
tían resueltamente la opinión del Capitán porque 
el fondeadero próximo á los muros ofrecía mucha 
seguridad para la galera y para las embarcacio- 
nes pequeñas de los portugueses, pero no para 
las vascongadas, á causa del flujo y reflujo del 
mar. Cuando ya se había consumido en estas 
disputas la mayor parte del dinero de las solda- 
das y el Arzobispo había reunido inútilmente tro- 
pas, el Capitán llenó de satisfacción á muchos 
vascongados dando orden de regresar á la patria. 
De las naves, unas, excepto cuatro que quedaron 
en las costas de Galicia por resolución del vale- 
roso navarro Gracián y de Pedro de Monzaraz, 
hicieron rumbo á las conocidas costas, y otras 
arribaron á la desembocadura del Guadalquivir 
para llevar trigo de Andalucía á sus estériles pro- 
vincias. Así se disolvió repentinamente la ar- 
mada vascongada, no por naufragio ni por com- 
bate, sino por la decisión del jefe, que ni supo ni 
quiso emplear oportunamente los recursos de se- 



286 



A. DE PALENC] A 



s?nta días en alguna empresa gloriosa, cuando 
manifiestamente las fuerzas enemigas se hallaban 
quebrantadas por varios desastres, y los vascon- 
gados, entonces poderosos, no tenían que temer 
ningún ataque de armadas francesas ó portugue- 
sas. Muy á mal lo llevaron el celtíbero Colón y 
el navarro Gracián; el primero fué á contarle al 
Rey lo que se había hecho en Galicia ó lo que hu- 
biera podido hacerse; y el otro permaneció con 
Pedro de Monzaraz para que si los magnates ga- 
llegos contrarios al partido de D. Fernando in- 
tentasen alguna novedad en favor de sus amigos, 
no pudiera navegar muy lejos la galera que en el 
puerto de Pontevedra se encontraba anclada en 
un fondeadero peligroso. 

Aprovechando una ocasión oportuna para hacer 
entrada por los pueblos andaluces, el rey de Gra- 
nada cayó repentinamente sobre las aldeas de 
Santiago é Higuera, de la diócesis de Jaén y Maes- 
trazgo de Calatrava, y se llevó cautivos á cuan- 
tos habitantes encontró desprevenidos. 





CAPÍTULO VIH 



Resoluciones adoptadas en Vitoria por el rey don 
Juan y por su hijo D. Fernando. — Tregua de 
seis meses. — Viajes de ambos Reyes. 



^|/f>*,N tanto que esto sucedía en Galicia y en 



Andalucía, el anciano Monarca aragonés 



/ y su hijo permanecían muy complacidos 
en Vitoria, tratando de la guerra con los france- 
ses y de los bandos vascongados en que aquéllos 
confiaban mucho. En lo que había de decidirse 
respecto de Barcelona los pareceres eran varios, 
porque el asunto ofrecía muchas dificultades, y 
en las conferencias había que pesar el pro y el 
contra. Aseguraban algunos que sería poco hon- 
roso para el rey D. Fernando abandonar las Vas- 
congadas sin dejar exterminado al enemigo frente 
á Fuenterrabía, cosa vergonzosa para tan esclare- 
cido Rey que, con sola su marcha á Bilbao, ha- 
bía aterrado á los franceses; luego se había 
aproximado más y no. había prestado á ios suyos 
desde los lugares próximos auxilio más eficaz que 
el que les había dado desde los remotos. Sin em- 
bargo, para toda persona sensata la excusa de 
esto era evidente, como arriba queda dicho. 
Añadíase también la grave disidencia del conde 
de Treviño que, ofendido por la ingratitud deb 




288 



A. DE FALENCIA 



Rey, había cambiado sus favores, inclinándose, 
al parecer, más al conde D. Pedro de Velasco 
que á D. Fernando, y miraba con torvo ceño á 
quien, á causa de los servicios prestados, estaba 
obligado á dar la preferencia en su afecto. Si- 
guiendo el consejo de su padre, D. Fernando lla- 
mó al ofendido Conde, y con benévolas razones 
le aplacó algún tanto; mas el rencoroso D. Pedro 
Manrique, á escondidas de D. Fernando, se em- 
peñó en hacer saber al padre en junta de los 
Grandes todos los agravios que en pago de sus 
servicios decía haber recibido. Celebróse en un 
campo cerca de Vitoria, donde se presentó el 
Conde con unos 200 caballos, como si no se en- 
contrase seguro mientras el condestable D. Pedro 
de Velasco siguiese en las gracias del rey don 
Fernando. Expuso el Conde en la junta con mu- 
cho calor y elocuencia sus servicios, y el an- 
ciano Monarca le escuchó con gran benignidad. 
Luego, con amables razones, le manifestó las dis- 
posiciones de su hijo para con él; le prometió 
darle en adelante mayores pruebas de su benevo- 
lencia y recordó ante los presentes con tanta am- 
plitud los servicios que debía á los padres del 
Conde, que éste prometió ejecutar las órdenes 
que se le diesen con más entusiasmo que hasta 
entonces. 

Disuelta la junta, hicieron venir de Navarra 
al conde de Lerín D. Luis de Beaumont, yerno 
del Rey, que le había dado en matrimonio á su 
hija Leonor, habida en una concubina, creyendo 
que el parentesco con este magnate, jefe de uno 
de los dos bandos navarros, le ganaría los áni- 



CRÓNICA DE EiNRIQUE IV 289 

mos de los beamonteses ó lusitanos que, ya á 
causa del antiguo partido del príncipe D. Carlos r 
ya, principalmente, porque el mismo rey de Ara- 
gón había favorecido á Pedro de Peralta, cabeza 
del partido de los agramonteses, se mostraban 
siempre contrarios á la Corona. Con deliberado 
propósito, así como el padre favorecía á una 
facción, el hijo favorecía á la otra. Por esta razón 
el de Lerín acudió inmediatamente al llama- 
miento, y consintió en renunciar á sus antiguas 
opiniones con tal que el agramontés Pedro de Pe- 
ralta cumpliese lo acordado. Además, el mismo 
D. Fernando quiso avistarse con su hermana Leo- 
nor, viuda del conde de Foix é hija legítima del 
rey de Aragón. 

Entretanto se trató entre los magnates catala- 
nes si convendría más que D. Fernando fuese 
á Barcelona para poner término á muchas dife- 
rencias, ó si el padre, en tan avanzada edad, po- 
dría dirimirlas é imponer el derecho. El anciana 
Monarca reprendió á aquellos magnates que pe- 
dían la intervención del Príncipe y no se aver- 
gonzaban de declararle á él incapaz por sus años 
para el gobierno, cuando, sin grave daño de los 
asuntos de Castilla, no podía su hijo marchar á 
provincias lejanas. Y este viaje se le habían acon- 
sejado sus íntimos, vehementemente estimulados,, 
no por la razón, sino por la avaricia, porque los 
catalanes prometían darle 3oo.ooo libras de oro- 
barcelonesas si quería ir á Cataluña. Llegué yo en 
aquel momento y, con mucha insistencia, y fun- 
dando mi opinión en gran copia de razones, traté 
de disuadir al Príncipe del viaje, y aconsejé al 



2'0Ü 



A. DE PA L ENCIA 



padre y al hijo, como lo más conveniente, que 
después de proveer con cautela á la guerra con 
fos franceses y á los bandos de los navarros, cada 
uno por su parte resolviese todos los asuntos pen- 
dientes y regresaran el uno á Cataluña y el otro 
á las provincias de León y Castilla. Túvose por 
lo más acertado que la Reina marchase desde Se- 
govia á ver á su suegro á Burgos, donde ambos 
Reyes habían de ir para que el anciano visitase el 
maravilloso convento entre el regocijo de todos. 
Aprobó la Reina el plan; pero no le favoreció la 
fortuna, pues surgieron muchas dificultades que 
obligaron á D. Fernando á prestar toda su aten- 
ción á los asuntos de Segovia y de Toro, y á su 
padre á remediar los tumultos de los navarros y 
Jas disensiones de los de Zaragoza. 

Mientras se creía posible la alegre entrevista y 
él anciano Rey permanecía en Vitoria, su hijo 
decidió ir á visitar á su hermana, viuda, llamada 
princesa de Navarra, y luego, cruzando el monte 
de San Adrián, divisoria de Alava y Guipúzcoa, 
reunir en Segura, villa situada en las faldas de 
aquel altísimo monte, una junta de guipuzcoanos 
en. que le prestasen juramento de fidelidad, como 
acostumbran los vascongados para el reconoci- 
miento de sus Soberanos so el árbol de Guernica. 
Este acto de acatamiento de ambos pueblos difería 
en el nombre, pues los vascongados llaman Con- 
des y reconocen por Señores á los que lo son de los 
reinos de León y Castilla, y los guipuzcoanos qui- 
sieron llamar primero á D. Fernando su .Rey, para 
que la provincia de Guipúzcoa, antes del señorío 
de Navarra, pero ya de antiguo del de los reyes 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 2QI 

de Castilla, se citase en la enumeración de ios rei- 
nos y provincias de España. 

Marchó D. Fernando á Salvatierra, dejando to- 
davía á su padre en Vitoria, y allí se avistó de 
nuevo con el Conde de Treviño D. Pedro Manri- 
que, ya bien dispuesto para preparar lo conve- 
niente á la defensa de Orduña y entrega de la for- 
taleza de San Martín. De allí fué á ver á su her- 
mana, la Princesa viuda, á la aldea de Eulate, en 
Navarra, lindante con Salvatierra, consiguiend o 
su asentimiento para cuanto creyó necesario en el 
arreglo de las diferencias de los nobles de Navarra. 
Luego hicieron que se les entregaran los castillos, 
cuyas guarniciones habían reforzado los cabezas 
de ambos bandos, y que alternativamente se com- 
batían, y terminada la conferencia, D. Fernando 
regresó á Salvatierra. Al día siguiente atravesó el 
monte; fué á Segura, donde se habían reunido las 
autoridades guipuzcoanas; recibió de ios princi- 
pales el juramento de fidelidad; volvió á Vitoria y 
continuó el viaje en compañía de su padre, que 
deliberadamente había salido en dirección á Lo- 
groño, donde entraron juntos. De allí marcharon 
á Tudela y discutieron detenidamente con el con- 
destable Pedro de Peralta acerca de la entrega del 
castillo que poseía por merced de los reyes de 
Aragón y Navarra. Arreglados estos negocios, 
hubo que acelerar la marcha del anciano Monarca 
á Zaragoza, perturbada con los tumultos de los 
ciudadanos. 

Por aquellos días el rey de Francia, envuelto en 
mil dificultades, pidió treguas de seis meses. Don 
Femando las aceptó, para poder con más libertad 



292 



A. DE PALENCIA 



.atender á otros asuntos urgentes, y marchó á 
Burgos á ver á ia amada esposa, que se había de- 
tenido mucho tiempo en Segovia. Allí estuvo al- 
gunos días aguardando al conde de Haro D. Pe- 
dro de Velasco, que se había detenido en la pro- 
vincia de Alava todo el tiempo que pudo, porque 
el retraso favorecía grandemente sus intereses. 
Era él el único de los Grandes que acompañaba 
al Rey; el Cardenal, con quien le unía recíproca 
amistad, seguía á la Reina, y podía decirse que 
era el árbitro de los negocios; uno y otro pare- 
cían poderosísimos en todas partes, mientras el 
Rey, separado de la Reina, se gobernase exclusi- 
vamente por el consejo del Conde; pero una vez 
juntos en el Gobierno, era de temer que admitie- 
sen á otros Grandes del reino á sus consejos. 




CAPITULO IX 



Toma admirable de Toro. 

URANTE la permanencia de D. Fernando 
en Logroño con su padre, recibió la gra- 
tísima noticia de la noble hazaña rea- 
lizada contra la opinión general y que fué tan 
favorable á los castellanos como funesta á ios 
portugueses. El pastor Bartolomé consiguió con 
su perspicacia realizar la expugnación de Toro, 
tantas veces intentada en vano por numeroso 
ejército. Apacentando su rebaño durante mucho 
tiempo en los alrededores de la ciudad, ocurríale 
á veces, al volver, encontrar cerradas las puertas, 
v para poder hallar entrada, tenía que ir exami 
nando el terreno hasta dar con una, aunque no de 
fácil acceso. Pasa el Duero por Toro en su curso 
hacia el océano, y allí donde la ciudad se levanta 
sobre escarpada eminencia dominando el río, 
queda en parte defendida por la misma natura- 
leza del sitio. Desde la salida del puente que da 
acceso á la altura, va ésta elevándose gradual- 
mente, y el lienzo de muralla que corre hacia 
oriente llega hasta el castillo y luego rodea tam- 
bién la ciudad, situada en llano por el norte; pero 
luego se dirige hacia occidente y queda resguar- 




A. DE FALENCIA 



dada por naturales defensas. Además, imposibili- 
tan el acceso un rápido torrente é inaccesibles hon- 
donadas que las aguas pluviales, al precipitarse 
hacia el Duero, hacen más profundas. El espacio 
entre la desembocadura del arroyo y el puente 
está tan defendido por lo escarpado de la emi- 
nencia, que sólo en contados puntos admite al- 
guno que otro puesto de centinelas. Así, pues, 
tanto la naturaleza del sitio como el ir el río tan 
pegado á la abrupta colina que sólo queda un es- 
trecho sendero á los moradores que desde la en- 
trada del puente siguen la orilla, les había dado 
siempre entera confianza en su seguridad. Defién- 
denle por la parte de ia ciudad dos puertas; por la 
más alta entran los que suben á la ciudad; la otra, 
lateral, y cara á oriente, se abrió para poder 
abrevar los caballos y para el paso de los cami 
nantes. 

El que bajo la primera bóveda que no toca á 
las aguas se dirige al sendero de que hablé, puede 
hacerlo á pie enjuto, pues por la otra parte que 
mira á la extensa llanura defiende el puente una 
torre de piedra con guarnición en tiempo de gue- 
rra. El pastor, hombre astuto, impulsado princi- 
palmente por el ansia de libertad, se condolía de 
los sufrimientos de sus conciudadanos, y veía con 
pena desterrar á los leales, á otrus, asesinados por 
ios satélites de los tiranos, y demolidas en daño de 
la ciudad las moradas de los nobles. Guando vió 
frustrados los intentos de los de D. Fernando para 
tomar la ciudad, se avistó en secreto con uno de 
tos capitanes y se ofreció á guiar á los soldados 
elegidos hasta el interior de la plaza, siempre que 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



295 



fuesen hombres ágiles y con arrestos para se- 
guirle. 

Entre los nobles toresanos del partido de don 
Fernando había algunos principales caudillos 
como el obispo de Avila D. Alfonso de Fonseca y \ 
su sobrino del mismo nombre, ambos acaudala- 
dos, de gran esfuerzo, en otro tiempo muy ene- | 
migos de Juan de Ulloa, y á la muerte del cruel 
tirano, más aún, y con justicia, de los invasores 
de su patria, cuya libertad deseaban ardiente- 
mente. Informáronse éstos con cautela del pastor, 
y, convencidos de su lealtad y de su conocimiento 
del terreno, fueron á tomar consejo de D. Fadri- 
que Manrique, el más noble de todos los capitanes 
que en derredor de Toro dirigían las operaciones 
del sitio; de gran experiencia militar, valiente y 
universalmente apreciado. Alabó éste el ánimo del 
pastor, y la traza por él ideada; pero juzgó nece- 
sario elegir á un caballero noble, y á ser posible 
oriundo de Toro, adalid de juventud escogida, que 
en los tumultos nocturnos se diese á conocer de los 
ciudadanos leales, para que, desechado el temor de 
la confusión del saqueo, se uniesen á los liberta- 
dores de la patria que dentro de la ciudad pelearan 
contra los opresores. Sobre todo indicó que era 
absolutamente preciso proporcionar entrada en la 
ciudad por la puerta inferior del puente á los ca- 
balleros de su escuadrón, para librar de un de- 
sastre probable á los pocos peones que guiados 
por el pastor se dirigiesen al interior de la ciudad. 
El pastor se comprometió á ejecutarlo así todo. 

La principal dificultad parecía consistir ya en la 
designación del caudillo, pues el Obispo de Avila 



ex XX IV 



20 



2Q6 



A. DE PALEN'CIA 



citado y su tío, tenían cargo de la caballería; pero 
Antonio de Fonseca, hermano del acaudalado Al- 
fonso, aceptó de buen grado el encargo, y se puso 
á la cabeza de unos 70 hombres vigorosos, elegi- 
dos entre los jóvenes más esforzados. Dejaron los 
caballos en la falda de la escarpada colina, y con 
el arrojado joven Antonio siguieron al pastor, 
llevando por indicación suya algunos azadonci- 
llos y armas arrojadizas. 

El 19 de Septiembre de 1476, á las doce de una 
oscurísima noche, llegaron á la áspera colina se- 
parada de la orilla del Duero por tan estrecha 
senda que apenas deja espacio para tres perso- 
nas que caminen de frente. El pastor les animó 
aconsejándoles que no les amilanasen las prime- 
ras dificultades, sino que, á imitación suya, mar- 
chasen resueltamente al interior de la ciudad 
cuando, pasada aquella especie de muro que cor- 
taba el paso, se viesen de repente las demás par- 
tes del terreno. Luego él, con su azadón, fué 
haciendo escalones en la tierra arcillosa del co- 
llado, y cogiendo por la mano, de uno en uno, á 
los que le seguían, les facilitó la bajada hasta 
la estrecha senda. Después de subir y bajar 
tres veces los fosos y trincheras naturales de 
aquel abrupto terreno, llegaron por fin á los 
puestos avanzados que, como considerados in- 
útiles, guardaban con poca vigilancia rústicos 
centinelas. Avanzó Bartolomé protegido por la 
oscuridad de la noche, y al sentir al que ha- 
cía la guardia, le gritó con voz estentórea: 
«¡Centinela, alerta!» Se cree que el rústico, por 
saber de lo que se trataba, había respondido: 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



«¡Adelante, y buena suerte!» sim añadir una pala- 
bra más. 

A la misma hora, D. Fadrique Manrique y los 
demás capitanes de la caballería estaban aguar- 
dando atentamente el resultado; pero en vano hu- 
bieran intentado penetrar por la puerta oriental 
del puente, si Bartolomé y sus compañeros no la 
hubiesen abierto repentinamente desde dentro. 

Engañando á los guardias, los 70 que con An- 
tonio de Fonseca y con Bartolomé habían entrado 
en la ciudad rompieron fácilmente con hachas las 
puertas del puente, aseguradas con cerrojos y 
pestillos, y de seguida dieron entrada á los caba- 
llos. A fin de tener engañada á la guarnición de 
Toro, Bartolomé envió á un compañero, muy 
conocido de los sicarios que por orden de Doña 
María Sarmiento y del Conde de Marialba guar- 
daban una ermita próxima al puente, y le encargó 
que les diese noticias falsas. Ya sobresaltados, les 
dijo que los de D. Fernando eran dueños de la 
parte opuesta de la ciudad, y viéndolos coléricos, 
dispuestos á resistir á los jinetes que iban su- 
biendo la colina, se arrojó sobre dos de ellos, los 
hirió, y mientras entretenía á la turba, fué soco- 
rrido por los suyos que, llegados á la cima, pene- 
traron hasta la plaza, llena de soldados portu- 
gueses. 

Allí se trabó feroz pelea, empeñados unos en 
dar cima á la empresa acometida y los otros en 
rechazarlos. En la primera embestida vencieron 
ios de D. Fernando, que por la plaza y por las 
aldeas más próximas al castillo dieron muerte á 
los portugueses y á sus secuaces, y en la con- 



A. DE FALENCIA 



fianza de que los ciudadanos adictos los perse- 
guirían también, empezaron á recorrer las calles 
entregándose al botín y á la venganza. Hasta tal 
punto perduraban en los caballeros del Obispo 
de Avila y de su tío D. Alfonso de Fonseca los 
odios antiguos contra los de Toro, antes favo- 
recedores de Juan de Ulloa, y á la sazón de la 
viuda, que en la plaza apenas quedaban 8o sol- 
dados con D. Fadrique Manrique. Al saberlo los 
portugueses, reanudaron la pelea, y con tal ím- 
petu cayó la multitud sobre aquel puñado de- 
hombres, que los obligaron á refugiarse en la 
casa de Avellaneda, situada en la entrada de la 
plaza, cerca de la iglesia de Santa María. No tar- 
daron, sin embargo, en salir por el postigo á re- 
anudar el combate 3o valientes hombres de armas 
que D. Alfonso de Aragón, hermano del Rey, ha- 
bía puesto á las órdenes de D. Fadrique, y que 
se atrevieron á resistir el empuje de la multitud 
portuguesa. Su valeroso ejemplo animó á sus 
compañeros, y pronto lograron rechazar á los 600 
enemigos hasta su primer refugio del templo y de 
los arrabales que desde aquella pequeña plaza se 
dirigen al castillo y tocan á la iglesia, para lo 
cual les daba seguridad la que los portugueses 
tenían de no temer ningún ataque por la espalda. 
Los demás soldados de D. Fernando recorrían en 
tanto la ciudad auxiliando á sus compañeros, que 
ya habían perdido siete, y tenían la mayor parte 
heridos. Aterraba á los portugueses, aunque to- 
davía indemnes, el confuso clamor y el toque de 
las trompetas, y creció su espanto cuando creye- 
ron ver á los ciudadanos mezclados con la multi- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



2Q9 



tud de caballeros de D. Fernando, para ruina de la 
nación portuguesa. 

Zapico, que con unos cincuenta compañeros 
guardaba la puerta de la ciudad más próxima del 
castillo, no se atrevió á esperar allí el ataque de 
los enemigos, y á favor de la oscuridad de la no- 
che, se escapó con ellos, llegando casualmente al 
sitio en que la gente que seguía á D. Antonio de 
Fonseca y al pastor Bartolomé habían dejado 
60 caballos. El y sus compañeros montaron in- 
mediatamente en ellos, y con el Conde de Mariaiba 
escaparon á todo galope. Los demás se acogieron 
al castillo ó á la iglesia de Santa María, ocupada 
por buenas defensas, y trataron de ocupar los dos 
barrios de su primer refugio. 

Al alborear el día, los ciudadanos partidarios de 
D. Fernando desecharon todo temor; los capitanes 
recogieron á los peones y jinetes entregados al sa- 
queo; cesó la oscuridad de la noche, amparo de la 
imprudencia; todos se alabaron de alguna hazaña, 
y con excepción de algunos pocos cuyos bienes 
habían sido robados, los demás ciudadanos se ale- 
graron de lo ocurrido y desearon que al cabo se 
tomara el castillo. 

De repente, corren los soldados al ataque de 
la iglesia y forman la testudo; prenden fuego á 
las puertas que miraban á la plazuela, sin hacer 
caso de la nube de saetas y de piedras que desde 
lo alto arrojaban á la plaza y de que fácilmente 
se libraban, y cuando ya el fuego consumió las 
puertas y los quicios y el humo hizo imposi- 
ble el ataque, los de la torre tuvieron que ren- 
dirse. 



3oo 



A. DE PALENCIA 



Los valientes puestos por D. Alfonso de Aragón 
á las órdenes de D. Fadrique Manrique recibieron 
el encargo de recuperar los arrabales ganados por 
los portugueses. Antes de anochecer ya los habían 
obligado á refugiarse en el castillo, único que fal- 
taba tomar. Inmediatamente reforzaron los pues- 
tos frente al enemigo; hicieron minas en dirección 
á los fosos que rodeaban la fortaleza; dispusieron 
en ellas ramales y contraminas para asegurarse de 
las acometidas de los contrarios y reunieron nu- 
merosas máquinas de guerra. 

En cuanto la Reina oyó la noticia, marchó á 
toda prisa desde Segovia á Toro, y D. Alfonso de 
Aragón dispuso la artillería y máquinas de gue- 
rra para el ataque. D. a Isabel esperaba con tanto- 
afán el resultado, que muchas veces entraba en 
las minas hasta el foso del castillo y presenciába- 
los combates desde los ángulos. D. Alfonso, con 
los cañones más ligeros y con los trabucos, mo- 
lestaba á los enemigos que le defendían. Luego 
aprestó tres gruesas bombardas y las asestó con- 
tra el punto que conoció podría servir de refu- 
gio á D. a María Sarmiento y á sus hijos en casa 
que lograsen escapar de las pelotas de los tra- 
bucos que caían sobre cuantos acometían cubier- 
tos con las escalas, cuando algún tiro de bom- 
barda abriese brecha en la muralla exterior. Una 
de las culebrinas llevó la cabeza al Alcaide del cas- 
tillo, que tenía dispuestos muchos planes contra 
sus enemigos. Su muerte aumentó el temor de 
D. a María y de los que la acompañaban, pues él 
era el principal nervio de la resistencia, y acabó 
de aterrarlos el conocer la inminente ruina que les 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



amenazaba, porque D. Alfonso de Aragón había 
descubierto su refugio bajo la tortuga y podía 
aportillar el muro cuando la mujer con sus hijos 
intentaran escapar de los tiros de los trabucos. 
Para huir ella y librarlos de tales peligros, pactó 
la entrega bajo ciertas condiciones, entre las que se 
incluía la entrega de las otras tres fortalezas, La 
Mota, Monzón y Vilialonso, entonces á su obe- 
diencia, y en otro tiempo ocupadas por Juan de 
Ulloa, siempre que la última, fortísima por su si- 
tuación y obras de defensa, y levantada por Ulloa 
en daño de los pueblos, quedase, con pleito ho- 
menaje, en poder de D. a María para seguridad 
suya y de sus hijos. Además, debía permitírsela 
detenerse algunos días en el castillo de Toro, bajo 
la guarda del alcaide Pedro de Velasco, hijo del 
difunto Fernando de Velasco, que había peleado 
esforzadamente en la recuperación de la ciudad. 
La viuda, antes de entrar en posesión del castillo 
de Vilialonso, había de pagar cierta suma para 
compensar hasta cierto punto los daños causados 
á los pueblos, pues parecía imposible resarcirlos 
en absoluto. La cruel furia de Juan de Ulloa, de 
su mujer y de los portugueses había hecho demo- 
ler cerca de 700 casas, y las ruinas de muchas de 
ellas, pertenecientes á familias principales de 
Toro, daban á la ciudad tristísimo aspecto. 

La fortaleza se rindió el 20 de Octubre, estando 
aún el Rey en Burgos preparándose á visitar á la 
Reina. 



CAPÍTULO X 



Lo que hi\o el Rey en su camino. — Sitio de los 
castillos de Cubil las, Castronuño y Sieteigle- 
sias. — Reunión de los Reyes con su hija. 

Partió el Rey de Burgos el 1 8 de Octubre, y al 
salir, vino á su encuentro el obispo D. Luis de 
Acuña que, entre los de ánimo enconado contra 
los de D. Fernando, había levantado el castillo de 
San Rabeto para saltear á los caminantes y á los 
burgaleses. A este Prelado, tanto por su per- 
versa conducta como porque por cartas y por 
emisarios había tratado con el rey de Francia de 
procurar nuevos peligros á los españoles, se le 
consideraba digno de castigo; pero, sin embargo, 
creyó el Rey que debía oirle y responderle benig- 
namente, excusando sus maldades y sus costum- 
bres, que habían de llevarle á su ruina, para evi- 
tar que, desesperando del perdón, se arrojase á 
mayores excesos. No se le permitió, sin embargo, 
entrar en la ciudad, por más que lo pidió enca- 
recidamente, siendo ésta la única súplica á que el 
Rey opuso severa negativa. Al día siguiente mar- 
chó el Obispo á Palenzuela. 

Como el deseo de todos los cortesanos era la ida 
á Valladolid, adonde creían que el Rey se encami- 
naba directamente, él, con pretexto de la caza, 
engañó á la multitud, y con rápida marcha, acom- 



3o4 



A. DE PALENCIA 



pañado de unos pocos, trató también de engañar 
al alcaide de la fortaleza de Gumiel de Izan... (i) 
cuya guarda se había confiado á su lealtad en aten- 
ción al celo con que tiempo antes había procurado 
concertar las rivalidades del condestable D. Pedro 
de Velasco y de su pariente Diego de Rojas, conde 
de Castro. Mas como transcurriese el tiempo se- 
ñalado para el arbitraje y, según el tenor de los 
conciertos, el Alcaide estuviese obligado á entre- 
gar ía fortaleza á D. Diego de Rojas, se le redujo, 
por ardid, á hacerlo cuando más desprevenido se 
hallaba. Muy ajeno de sospechar la presencia del 
Rey, oyó de pronto que unos hombres, previa- 
mente iniciados en la estratagema, exigían en alta 
voz á los guardias, ante las puertas del castillo, ser 
oídos por el Alcaide. Preguntóles desde el recinto 
qué querían, y le notificaron que el Rey les en- 
viaba para que entregase el castillo á otros que 
oportunamente enviaría. Excusóse el Alcaide, y 
entonces el Rey, que se había tapado el rostro, se 
descubrió de pronto, y en alta voz le dijo quién 
era y le mandó que, cumpliendo con su deber de 
vasallo, entregase la fortaleza á quien él orde- 
nase. El Alcaide se negaba alegando ios pactos, y 
entonces D. Fernando contestó: «A cuantos estáis 
al lado del Alcaide y habéis oído mi real mandato 
os ordeno que inmediatamente me abráis las puer- 
tas, aunque tengáis que romper pestillos y cerro- 
jos, si es que preferís á las excusas la lealtad que 
se me debe.» Al punto todos, sin cuidarse del Al- 
caide, rompieron con las hachas cerrojos y pasado- 



(i) En blanco el nombre. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 3üS 

res y abrieron la fortaleza á su Rey, ante las inúti- 
les protestas del Alcaide contra la violencia que se 
le hacía obligándole á romper los pactos ajus- 
tados. 

El Rey dió la tenencia de la fortaleza á Juan de 
Salazar, caballero de Aranda, y se encaminó por 
otra vía hacia Valladolid. Aquí permaneció pocos 
días, y á ruegos de su tío D. Alfonso Enríquez r 
fué á comer á Simancas. Después de comer, le 
amonesté en largo discurso que no prescindiese^ 
como sospechaba, de los consejos de su anciana 
padre. Me contestó benignamente que en nada se 
apartaría de lo que se había tratado en Vitoria 
acerca del común remedio de las cosas públicas. 

Al día siguiente, 3o de Octubre, llegó á Toro, y 
en el mismo día se estableció el cerco de las for- 
talezas de Cubillas y Sieteiglesias y se sentaron 
los reales al rededor de Castronuño para que, ya 
que la situación y defensas de la fortaleza hiciese 
difícil el ataque, al menos se tomase la población. 
Reforzáronse al efecto varios puntos con doble 
campamento y se rodeó todo con fosos y trinche- 
ras. Los caballeros de la Hermandad fortificaron 
sus reales con mayor actividad; pero se descuida- 
ron otros puntos más próximos al peligro, y ob- 
servado por los sagacísimos ladrones de la guarni- 
ción, salían diariamente por el postigo de la 
fortaleza y molestaban á los sitiadores con fre- 
cuentes embestidas. En una ocasión faltó poco- 
para que los hiciesen sufrir terrible descalabro. 
Cuando el Rey lo supo, marchó al campamento 
y encargó mayor cuidado y diligencia en la de- 
fensa; acusó de desidia á D. Alfonso de Fonseca 



3o6 



A. DE PALENCI A 



por haber establecido desacertadamente los pues- 
tos, y elogió á los caudillos de la Hermandad por 
■el cuidado con que habían provisto á todo. 

Sucedió casualmente que, cazando el Rey por 
los campos, su halcón cayó, con la presa entre 
las garras, dentro del castillo de Cubillas, floja- 
mente cercado. Envió el rey á un criado á reco- 
gerle, y como el Alcaide se negara á entregársele, 
el criado le dijo: «Obras como necio al retener el 
halcón del Rey, pues, además de la grosería, no 
adivinas cómo el haber caído desde lo alto en el 
interior de la fortaleza es un presagio de lo que 
será el poderío del Soberano.» Por entonces el Al- 
caide no hizo caso de las palabras del criado, que 
profetizaban lo venidero. 

Llamó el Rey mayores fuerzas de los pueblos 
para el ataque de la villa, ocupada por gran nú- 
mero de ladrones, á fin de combatir luego de to- 
mada, el castillo, fortísimo por la naturaleza y 
por las obras de defensa. Su situación había oca- 
sionado frecuentes combates, porque los alcaides, 
devastando en gran extensión los territorios cir- 
cunvecinos, habían inferido gravísimos daños á 
caminantes y moradores. Principalmente Pedro 
de Avendaño, desalmado capitán de ladrones, ha- 
bía recorrido durante largos años aquella tierra, 
oprimiendo á los pueblos con el yugo de la más 
cruel servidumbre, y así obedecieron contentos 
las órdenes del Rey. Pronto acudieron de Sala- 
manca caballeros é infantes salamanquinos con 
manteletes construidos para el sitio, y tras ellos 
vinieron los de Zamora, Avila, Segovia, Valladolid 
y Medina. 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV OOJ 

El día señalado llegó el Rey con la gente de 
Toro á los campamentos, que ya eran tres, pues 
entre los dos primeros, los populares habían forti- 
ficado el tercero, sin suspender por ello el batir de 
las bombardas ni los disparos de otras piezas más 
pequeñas llamadas en francés ribadoquines, y que 
desde una colina que descubre las calles de la vi- 
lla, derribaban sin vida á los defensores. Las bre- 
chas abiertas en las murallas por los tiros de las 
bombardas grandes tenían ya atemorizados á los 
habitantes, culpables al igual de los ladrones por 
sus relaciones con ellos, y como por orden del Rey 
se hubiese dispuesto el asalto general para el día 
siguiente, intervino D. Fadrique Manrique, en 
otro tiempo secuaz del alcaide Pedro de Aven- 
daño, y consiguió del Rey que aceptase la en- 
trega pacífica de la villa, con lo que evitaría la 
pérdida de muchos soldados y se proporcionaría 
mayor seguridad en el ataque de la fortaleza. 
Todo á condición de que se levantase el sitio de 
la de Cubillas, y con promesa de que en adelante 
las guarniciones ni hiciesen botín ni ejerciesen 
violencias, sin poder tampoco admitir refuerzos 
ni nuevas provisiones. Algunos de los que con 
el Rey estaban desaprobaban estas negociaciones 
de D. Fadrique, porque venía á salvar de inmi- 
nente peligro al Alcaide que, luego más seguro 
en la fortaleza, causaría á los de D. Fernando ma- 
yores daños y con más comodidad que la que le 
ofrecía la defensa de las murallas derruidas de 
la villa falta de reparos. Además, salvaba con 
aquellos pactos ia fortaleza de Cubillas, ya for- 
zada á rendirse. 



3o8 



A. DE PALENC1A 



El Rey, sin hacer caso de los varios juicios de 
los contradictores, tomó posesión de la villa; li- 
cenció á los fuertes contingentes de los pueblos; 
mandó á íos caballeros de la Hermandad que se 
mantuviesen en otro campamento, porque otros 
de los primeros avanzaron más á fin de reprimir 
las salidas de los ladrones por el postigo de la for- 
taleza,. y dió el mando de la guarnición de la villa 
á D. Alfonso de Fonseca. 

Luego volvió á Toro, donde, la llegada de la 
ilustre princesa D. a Isabel, causó gran alegría 
los Reyes. 





LIBRO XXVÍ1I 

CAPÍTULO PRIMERO 

Diferentes salidas efectuadas por los ladrones. 
— Muerte del maestre de Santiago D. Rodrigo 
Manrique. 

ran alegría causó á los Reyes la presen- 
cia de la niña, porque, como prenda con- 
fiada en el Alcázar de Segovia al arbitrio 
-ajeno, tenían deseos de verla, y milagrosamente 
Dios había favorecido la verdadera libertad de la 
Princesa, que ya podían conservar á su lado ó en- 
viar adonde quisiesen en compañía de fieles ser- 
vidores y de nobles doncellas, mientras los nego- 
cios exigiesen la constante marcha de un lugar á 
otro, como ocurrió bien pronto con la noticia de 
la muerte del preclaro Maestre de Santiago don 
Rodrigo Manrique, que obligó á la Reina á mar- 
char apresuradamente á Castilla la Nueva. 

Este indomable caudillo, que en su vejez sobre- 
pujaba en los ejercicios militares á los más robus- 
tos jóvenes, con un vigor físico incansable para to- 
do, sucumbió á consecuencia de una pústula can- 
cerosa, que en pocos días le consumió ei rostro. Al 
-conocer que se aproximaba su fin, envió á los Re- 




3io 



A. DE PALENCIA 



yes cartas coa excelentes consejos, que en resu- 
men advertían cómo la divina clemencia jamás 
abandonaba al pecador, siempre que, arrepentido, 
se confiase á la omnipotencia del cielo, y así á él, 
conociendo que se aproximaba el fin de su vida, 
y deseando merecer gozar de la verdadera y per- 
petua luz, se le presentaban á la mente, por tanto 
tiempo ofuscada con vanas ilusiones, muchas co- 
sas, cuya verdad hacía patente una breve refle- 
xión. Por estas consideraciones se había decidido á 
comunicar por escrito á los Reyes todo aquello 
que, si para él era amargo, podía ser útilísimo 
para ellos. Ciertamente, á sus años, la muerte no 
venía de sobresalto, y así podían estar seguros de 
que no le apenaba el término natural de su ca- 
rrera, sino por el ardiente deseo de dejar pacíficos 
y tranquilos los reinos de Castilla y León bajo el 
cetro de los reyes D. Fernando y D. a Isabel, á cu- 
yas reconocidas virtudes había rendido constante 
homenaje. Mas no siéndole dado ver esto y ale- 
grarse juntamente con los que se alegraban, 
puesto que la hora de la muerte se aproximaba,, 
les pedía encarecidamente y les suplicaba que 
nunca se desviasen del camino recto en la gober- 
nación del reino, sino que en los tiempos calami- 
tosos buscasen el auxilio del Omnipotente, obe- 
deciesen los divinos preceptos, diesen constante 
cumplimiento á las leyes establecidas, repartiesen 
los premios y castigos con arreglo á los mereci- 
mientos, y si alguna vez la divina Majestad, por 
cuya voluntad reinan los reyes, se dignaba favo- 
recer sus empresas, reverenciasen humildemente 
á su bienhechor y no les ensoberbeciese la prospe- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



3ll 



ridad. Asimismo debían trabajar por volver á su 
norma al Maestrazgo de Santiago, perturbado 
por largas revueltas; y obligar á las demás Orde- 
nes militares á regirse por sus antiguas constitu- 
ciones, para que no quedasen encomendadas por 
más tiempo las cosas de Dios y consagradas á la 
virtud á la avaricia de los inicuos y á las impu- 
rezas délos vicios. Muy especialmente les rogaba 
que se compadeciesen de su mujer, de sus hijos 
y de sus fieles criados, á quienes le apenaba de- 
jar sin amparo ni bienes de fortuna, porque los 
extremados trabajos é intolerables dispendios les 
habían reducido á la última indigencia, de que 
sólo podría sacarles la liberalidad de los Reyes, á 
quienes servirían con la misma lealtad y sumisión 
que les sirvió siempre, mientras tuvo vida, el que 
ahora, á las puertas de la muerte, les daba los úl- 
timos consejos. 

Envió estas cartas el Maestre desde Ocaña el i3 
de Noviembre de 1476, mes en que falleció. Le- 
yéronlas los Reyes con lágrimas en los ojos, y 
amargó su corazón el recuerdo de las hazañas de 
tan ínclito varón, merecedor de las mayores ala- 
banzas entre todos los magnates españoles, y cuya 
pérdida era tan sensible en momentos en que más 
se necesitaba su concurso. Resolvieron luego re- 
partirse la resolución de los negocios, encargán- 
dose la Reina de los de Castilla la Nueva; de ir 
á Ocaña y recibir de mano de D. Pedro Manri- 
que, primogénito del difunto Maestre, y de la de 
otros Alcaides la villa de Uclés y las demás for- 
talezas del Maestrazgo. Por último, se encargó de 
poner término á las turbulencias de Andalucía, 

cxxxiv 21 



3¡2 A. Dü PALENCIA 

especialmente á las rivalidades de los de Baeza, 
porque á causa del largo cerco del castillo, como 
los moradores facciosos se dividían en varios ban- 
dos y el Conde de Cabra favorecía á los más fie- 
les, se necesitaba el poderío real para, con su au- 
toridad, dar fin á todo pretexto de delito. 

Don Fernando marchó desde Toro á Medina del 
Campo para poner á seguro á su tierna hija, por- 
que allí había una gran torre con amplísimos alo- 
jamientos, cuya guarda estaba encomendada á 
Gutierre de Cárdenas, persona de la entera con- 
fianza de los regios cónyuges, motivo para que se 
eligiese aquella mansión como más á propósito 
para la seguridad y decoro de la ilustre adoles- 
cente. Antes de el Rey continuar el camino em- 
prendido pareció necesario poner término á las 
correrías con que ios ladrones de Castronuño mo- 
lestaban á los caminantes, porque después de los 
desmanes cometidos por aquel pérfido Alcaide 
contra lo pactado, según su costumbre, parecían 
inútiles los esfuerzos de la gente de D. Fernando 
contra la fortaleza, si éste no apelaba á nuevos y 
más eficaces recursos. 

Bien pronto había arrastrado á las acostumbra- 
das tropelías á los ladrones que, según lo pactado, 
estaban obligados á permanecer quietos en la for- 
taleza de Cubiüas, y como la otra desde enfrente 
dominaba la orilla opuesta del Duero, se hacía 
preciso poner estrecho cerco á ambas. De otro 
modo era imposible evitar el mutuo auxilio que se 
prestaban, porque al amparo de ellas tenían una 
barca para el paso del río, y saliendo de noche, 
burlaban á los de D. Fernando, que difícilmente 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



3i3 



podían con toda su vigilancia reprimir las salidas 
de aquellos bandidos. Así pues, á principios de 
1477, el Rey se ocupó con más atención en Medina 
de proveer á todas estas urgencias, después que la 
Reina, con arreglo á lo resuelto, marchó en los 
primeros días de Diciembre anterior á tierras del 
Tajo, tomó posesión de Ocaña y de Uclés y puso 
á raya las tentativas del comendador mayor de 
León D. Alfonso de Cárdenas que, como dije, se 
había arrogado descaradamente el título'de Maes- 
tre de Santiago en vida de D. Rodrigo Manrique, 
su rival en la posesión del Maestrazgo. Alentado 
por los votos de muchos Comendadores de la 
Orden, y al frente de 3oo lanzas, había venido á 
Castilla desde la frontera portuguesa; pero la 
presencia de la Reina refrenó sus ambiciones, 
pues, temeroso de caer en manos de la caballería, 
ya de antemano prevenida por D. a Isabel, retro- 
cedió rápidamente hacia tierras de León. 

Entretanto se enviaron al papa Sixto IV cartas 
en que se pedía para el Rey la administración del 
Maestrazgo de Santiago, en atención á las rivali- 
dades de los Grandes por obtenerla, con igual 
ambición y descaro que á la muerte del Maes- 
tre Pacheco. Para ahogar estas ambiciones no se 
veía otro remedio que encomendar al Rey la ad- 
ministración, y que con las rentas de cuatro ó de 
cinco años proveyera á los gastos, imposibles de 
sufragar por otro medio, consumido ya por don 
Enrique todo el real tesoro en inicuos dispendios, 
¿orno arriba queda dicho. 



CAPÍTULO II 



Entrevistas del Rey con el Duque de Alba y Conde 
de Treviño. — Expedición contra franceses. — 
Recuperación de Huete. — Toma de las Navas. 
— Tumultos en Toledo. 

ntes de adoptar el Rey estos acuerdos en 
Medina había provisto por el camino á 
otras muchas urgencias. Conocía la poca 
constancia de los navarros, siempre divididos en 
bandos y rivalidades, y veía al Conde de Treviño 
inclinado á nuevas perturbaciones, y así trató de 
calmar á un tiempo los trastornos de aquel reino 
y declarar con blandas razones sus propósitos al 
Conde, á la sazón en compañía del Duque de Alba. 
Hízolo así particularmente por creer más opor- 
tuno tratar del asunto cuando se celebrase en 
Tordesillas la entrevista con el Duque de Alba, 
puesto que conocía los propósitos de los Grandes 
que, como de iguales tendencias, y por ser el 
más poderoso y el más aficionado á novedades, 
le preferían á todos en las entrevistas, y pro- 
curaban excitar su amor propio por constarles 
cuán á mal llevaba el especial favor que los Reyes 
concedían al conde 4e Haro don Pedro de Velasco 
y al Cardenal. 




3ib 



A. DE PALENCÍA 



Todavía daba más pábulo á su resentimiento» 
el Conde de Treviño, que le acompañaba, exa- 
cerbando con quejas y reflexiones al ofendido pro- 
cer. Aceptada la entrevista por el Duque, su tío 
el Almirante, que con él estaba, y que á ninguna 
de las facciones de los Grandes inspiraba bastante 
confianza, halló medio de mezclarse en el asunto. 
Lo mismo el Duque que el de Treviño expusieron 
al Rey numerosas quejas y agravios, cuyo fondo 
penetró él, y á las que satisfizo prometiéndoles 
mercedes y confesando haberles tenido y tenerles 
siempre en la mayor estima. 

Después envió á Navarra al conde de Monte- 
agudo D. Pedro de Mendoza, al frente de 5oo 
lanzas de las Hermandades populares de Burgos, 
Falencia y Soria. Acaudillaba á los primeros 
Gonzalo de Cartagena; á los segundos, Luis de 
Acuña, hijo del Conde de Buendía, y á los terce- 
ros... (i). Todos ellos á las órdenes del conde 
D. Pedro de Mendoza, debían, según el mandato 
regio, proveer cautamente en Pamplona á los 
asuntos de Navarra y oponerse á los conatos de 
los franceses, pues, en cierto modo, se les habían 
abierto todos los pasos de las montañas, al norte 
por los gascones, y al mediodía por los navarros. 
Así, pues, de no oponérseles fuerzas militares en 
Pamplona, tenían franco el paso para el interior 
de la península, pues ocupada aquella ciudad, la 
principal de Navarra, facilísimamente podían lle- 
gar hasta la ribera del Ebro, y después, sólo mer~ 
ced á un combate encarnizado podría evitarse que 



(i) Ed blanco en todos los originales. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



3.7 



fuesen dueños de la llanura, al igual de nosotros. 
El traidor que facilitó el escarpado paso de Ron- 
cesvalles, viendo á Pamplona fuertemente presi- 
diada por la caballería castellana, no permitió á 
las tropas francesas ocupar la fortaleza del mo- 
nasterio, y su aparente vacilación le hizo sospe- 
choso á unos y á otros. Del mismo modo los demás 
magnates navarros, á vueltas de amenazas, pre- 
tendían opinión de leales, y ninguno de los Reyes 
los acusaba públicamente de traidores; pero la 
ficción y el disimulo por ambas partes se descu- 
bría, mientras los ánimos sentían muy diferente- 
mente de lo que los semblantes demostraban. 

Por este tiempo trataron los capitanes de don 
Fernando de recobrar á Huete, largo tiempo tira- 
nizada por Lope Vázquez de Acuña, hermano del 
Arzobispo de Toledo. Los pueblos limítrofes se 
quejaban amargamente de los intolerables daños 
que aquel tirano, por naturaleza enemigo de la 
humanidad, les había hecho sufrir, y de la guerra 
y de las rapiñas con que á la sazón, siguiendo el 
partido portugués, les castigaba. En cuanto los 
Reyes pudieron verse algo libres del enemigo más 
poderoso y extender su poder á sitiar fortalezas 
enemigas ó á combatir á los Grandes ó á los pue- 
blos que se les rebelaban, decidieron acabar con 
aquel lobo (1) para que no devorase á las ovejas. 
El favor de su hermano dió alientos á Lope para 
despreciar aquellas primeras expediciones contra 
él enviadas; mas cuando el arrojado capitán Al- 
fonso Fajardo, hijo de Alfonso Fajardo, se pre- 



(1) Por su nombre Lope (de Lupus,). 



3i8 



A. DE PALE NCI A 



sentó á combatirle con gente más guerrera, ya se le 
fué teniendo de día en día más á raya y los pueblos 
fueron cobrando más osadía, al paso que el Ar- 
zobispo no se atrevió en adelante á confiar en sus 
estratagemas, limitándose á mirar por la salva- 
ción del hermano, y dejando de favorecer su tira- 
nía. Cumpliendo órdenes de la Reina, los capita- 
nes de la caballería de D. Fernando Juan de 
Robles y Rodrigo del Aguila, lograron en Noviem- 
bre de 1476 exterminar ai tirano y entrar en pací- 
fica posesión de la ciudad de Huete, devolviéndola 
la tranquilidad, así como á los pueblos del con- 
torno. 

Con igual suerte se apoderaron los caballeros 
de la Hermandad popular de la fortaleza de las 
Navas, aunque, con arreglo á lo pactado, tuvie- 
ron que contentarse con el destierro de los la- 
drones que la defendían. Arrasada hasta los 
cimientos, los pueblos á quienes tantos y tan pro- 
longados daños había causado su cercanía, disemi- 
naron las piedras de aquella mole para que no que- 
dase de ella memoria. Trabajoso fué demolerla, 
pero al cabo redundó en gran provecho de los del 
territorio del Tajo, pues se quitó la ocasión de 
restaurarla, como algunos Grandes intentaron 
cuando ya estaba medio derruida, con pretexto 
de no inutilizar el trigo que en ella se encerra- 
ba. A los capitanes de la Hermandad allí pre- 
sentes se debió aquella resolución adoptada con 
acertada cautela. Con ello se acreditó más y más 
por los reinos de Castilla y León la eficacia del re- 
medio, y no sólo se corroboraron las primeras or- 
denanzas de la Santa Hermandad, sino que se 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 3 I g 

promulgaron nuevos privilegios en su favor, de 
modo que en adelante desde las montañas de As- 
turias hasta las sierras de Andalucía, ios natura- 
les todos pudiesen recorrer los caminos con com- 
pleta seguridad. 

Por aquellos mismos días, las antiguas rivali- 
dades entre los Grandes toledanos, uno de cuyos 
bandos había lanzado al contrario al destierro, 
dieron ocasión á tumultos, sería amenaza para la 
existencia de los ciudadanos. Tiempo antes, el 
primogénito de Fernando de Ribadeneira, pode- 
roso entre los caballeros toledanos, había sido 
expulsado de la ciudad, y reunido con otros no- 
bles y ricos que habían sufrido igual afrenta, mo- 
lestaba á los vecirlos con diarias incursiones. 
Esto y la extrema penuria de aprovisionamientos 
obligaron al conde de Cifuentes D. Juan de Silva 
á llamar en su auxilio fuerzas de caballería para 
rechazar á los desterrados y reprimir su sober- 
bias acometidas escarmentándoles seriamente. 
Excitados ya á la pelea ambos bandos, los deste- 
rrados reunieron todas sus fuerzas, superiores 
á las de la ciudad en caballería, aunque inferio- 
res en el número de peones, y en cuanto llegó 
la noticia de la algarada de los desterrados cerca 
de la ciudad contra las gentes del partido de los to- 
ledanos, el Conde con sus amigos salieron precipi- 
tadamente en dirección al río Guadarrama bien 
preparados para luchar. Pasaban de 35o las lanzas 
de los desterrados, mientras el Conde apenas dis- 
ponía de 170. De los peones pocos podían resistir 
ia rapidez de la marcha, y la fatiga Ies inutilizaba 
para entrar en acción. Pero mientras por ambas 



020 



A. DE FALENCIA 



partes se preparaban para el combate, algunos de 
los peones delanteros tomaron algún respiro, é in- 
mediatamente los jinetes, según costumbre de la 
■caballería irregular, empeñaron escaramuza. 
Pronto cayeron tres caballeros de los desterrados 
al empuje del denodado joven Alfonso de Silva, 
hermano del Conde, y seguramente no hubiera 
tardado en trabarse campal batalla si milagrosa- 
mente no hubiese separado á los combatientes 
una recia tormenta de agua y granizo, y si la no- 
che, que ce venía encima, no les hubiese aconse- 
jado retirarse los unos á Toledo y los otros á otro 
punto. Más tarde acabó de templar sus ansias de 
pelea la orden de la Reina para que se presentaran 
todos en Ocaña y allí se sometiesen las rivalidades 
á términos del derecho, acallando todo estímulo 
de disputa. Así la extremada diligencia de la Reina 
arregló cuanto había perturbado la ambición de 
os Grandes ó la corrupción de las costumbres. 




CAPITULO III 




Maquinaciones del Rey de Granada. — Perversos 
intentos de algunos Grandes y caballeros de 
Andalucía. 



provecho por este tiempo el rey de Gra- 
pa nada Muley Albuhacén la ocasión pa- 
ra ocupar á Alcalá la Real, fortísima 
por naturaleza, pero más respetable por su pro- 
ximidad á Granada, de la que sólo dista 24.000 
pasos. En extensión y número de habitantes su- 
pérala Granada; pero Alcalá se considera in- 
expugnable para el que por fuerza de armas y de 
artillería intente someter á una guarnición para- 
petada tras sus muros. 

Esto era evidente para todos; pero conocedor el 
Rey de la imprevisión del Alcaide que, confiado 
sólo en el peso de las cadenas, había permitido á 
los muchos granadinos cautivos andar libremente 
por la ciudad, les envió secretos mensajeros para 
que en día señalado facilitaran la entrada á los 
soldados que enviase. Convenido el plan bien 
concertado, el Rey organizó rápidamente la expe- 
dición aparentando una de tantas correrías con 
que acostumbraba castigar algunas poblaciones 
del señorío de D. Alfonso de Aguilar, con quien 



322 



A. DE PALENC I A 



tenía gran enemiga, aunque parecía estimar al 
Conde de Cabra, cabeza del bando contrario cor- 
dobés y con él había pactado alianza. Ante el de- 
seo de ocupar ciudad tan importante, debía ce- 
der la benevolencia, además de que no existe lazo 
bastante fuerte de amistad entre cristianos y mo- 
ros, cuya supersticiosa falacia es declaradamente 
hostil al catolicismo y trabaja por su exterminio, 
y de que las alianzas entre ambos pueblos no ex- 
cluyen semejantes ardides, con tal que no aparezca 
á las claras intento de guerra. Tuvo aviso de esta 
expedición del Rey moro cierto granadino casado 
con una mujer hermosa, á la que amaba entraña- 
blemente y que, aunque en otro tiempo cautiva, 
gozaba luego de libertad entre los granadinos por 
haber renegado del cristianismo. Como por el 
amor que la profesaba la daba parte de cuanto 
sabía, ella logró persuadirle á que diese inmediata- 
mente aviso al gobernador cristiano para librar 
de miserable cautiverio á los cristianos de Alcalá, 
á quienes en su corazón conservaba afecto. En 
cuanto aquél conoció el plan, sepultó en las maz- 
morras á los cautivos granadinos que con tan poca 
previsión había dejado andar por la ciudad con 
solas las cadenas, y adoptó otras medidas con 
que hizo fracasar la intentona del rey de Granada 
obligándole á volverse con ánimo abatido desde 
Moclín á su corte. 

Entretanto, D. Alfonso de Aguilar y sus parti- 
darios habían tratado de proporcionarle contra- 
riedad aún más grave, llamando á dos hijos del 
otro Abencerraje, enemigos mortales del rey AI- 
buhacén, de cuyas manos tuvieron la suerte de 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



323 



escapar, muerto ya su padre, y que en su destierro 
de la Mauritania sitifense habían persuadido á 
cierto moro de estirpe real á pasar á las costas 
malagueñas á reunirse con los muchos enemigos 
de Abulhacén apoyados por la mayor parte de los 
andaluces. Lo mismo, y con gran interés, procu- 
raban las guarniciones portuguesas de Tánger, 
Ceuta, Albuhacén y Arzila por acuerdo del prín- 
cipe D. Juan de Portugal, porque así los portu- 
gueses como D. Alfonso de Aguilar y Fernán 
Arias de Saavedra, que ocupaba á Tarifa, hubie- 
ran deseado introducir en las fronteras de Anda- 
lucía este germen de futuras guerras, pues mien- 
tras los moros peleasen entre sí en el reino de 
Granada, uno de sus bandos sería reciamente 
hostil á los pueblos amigos de la otra provincia 
andaluza y no habría facilidad para las turbu- 
lencias, como deseaban vivamente Alfonso de 
Aguilar y sus partidarios, desmoralizados por 
larga tiranía. 

Llamaron, pues, los portugueses ai citado mo- 
ro, y con él á los dos hijos del Abencerraje, en- 
cargándoles que primero fuesen á Alcazarén, y 
desde allí, siguiendo lo dispuesto por Fernán 
Arias de Saavedra, á Tarifa, donde debían espe- 
rar á su joven señor. Pero al Caucino abencerraje, 
hombre pequeño de cuerpo, aunque de ánimo in- 
domable, se le hacía insufrible pasar el tiempo en 
vano, y así, como primer huésped de Fernán 
Arias, quiso ser el primero en excitar á la guerra 
á los alcaides de los castillos y lugares próximos 
á los bosques y serranía de Ronda, cuyos mora- 
dores, casi en su mayoría, eran inclinados al par- 



324 A. DE PA LE NCI A. 

lido de los antiguos Abencerrajes, y de los quir- 
cotes, á quienes el Rey después de derrotarles, ha- 
bía mandado quitar la vida. Dejando, pues, al her- 
mano ai lado del Señor, el abencerraje Carino, 
con un guía conocedor de las veredas y con otros 
-siete acompañantes, se dirigió de noche por extra- 
viadas sendas y espesísimos bosques en busca de 
algún poblado de la serranía donde pudiese estar 
en seguro. Dícese que su intención era ir á Gaucín 
ó á Casares, porque los alcaides de estos castillos 
pasaban por muy amigos suyos; pero la fortuna 
se le mostró casi en los comienzos adversa, porque 
cuando ya estaban cerca se le ocurrió que no con- 
venía entrar de día en el pueblo ni pedir habla ai 
alcaide de la fortaleza de Casares, sino permanecer 
hasta la noche ocultos en algún sitio próximo é 
invisible. Así lo. hicieron los nueve hombres con 
sus monturas, que esperando la postura del sol, 
se entregaron al descanso. Hizo la casualidad 
que, como en aquellos días las treguas permitían 
á los caballeros cristianos recorrer seguros el 
campo, el alcalde de la fortaleza de Gibraltar Pe- 
dro de Vargas, pasara por aquellos sitios cazando 
ai dirigirse á visitar á Pedro de Estúñiga, caba- 
llero sevillano. Saltó un jabalí, y persiguiéndole^ 
llegó con sus gentes al monte en que estaban 
ocultos los moros, aún no repuestos del temor de 
caer en manos de la caballería de D. Enrique, du- 
que de Medina Sidonia, porque habían compren- 
dido que venían contra ellos desde que conocieron 
la causa de haber atravesado los mares. 

Principalmente Pedro de Vargas, por orden del 
Duque, había ya antes dispuesto celadas contra 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



325 



los abencerrajes, conocido el objeto de su salida de 
Africa, atraídos por la proyectada guerra que al- 
gunos magnates andaluces trabajaban por encen- 
der; mas,á pesar de su arrojo y de su conocimiento 
de los caminos, nunca hasta aquel día logró su 
objeto, porque la prolongada detención de los mo- 
ros en Tarifa frustró tóalos sus planes. Mas lo que 
no pudo conseguir su pericia lo alcanzó la casua- 
lidad, porque el jabalí penetró en el escondite y 
les obligó á tomar las armas y á montar á caballo. 

Acudió al punto más tropa, y fácilmente se apo- 
deraron de los moros, imposibilitada la huida por 
io espeso del ramaje. Unicamente logró escapar 
el abencerraje Carino, abandonando el caballo y 
ocultándose más allá, con lo que pudo burlar 
par un momento á los que le buscaban, y hubie- 
se conseguido ponerse en salvo, á no perseguirle 
i^ual desgracia que antes, porque saltando un 
ciervo desde el nuevo escondrijo, les descubrió el 
refugio del desdichado. 

Preso y conducido á Sevilla á presencia del Du- 
que, éste se encargó del cautivo, y le dió tan có- 
modo hospedaje en su casa y le regaló tan bien, 
que, á excepción de la libertad, no conoció las 
molestias de la pobreza ni del mal trato. A los 
pocos días el rey de Granada escribió al Duque 
pidiéndole con instancia el canje del cautivo moro 
por otros muchos cristianos. Dícese que ofrecía, 
además de gran suma de oro, entregar 3oo cauti- 
vos cristianos á cambio de aquel solo abencerraje, 
siempre que se le permitiese castigar como cum- 
plía á quien alardeaba de imitar á su padre k El 
Duque vacilaba entre los encontrados pareceres de 



326 



A. DE FALENCIA 



sus amigos, algunos de los cuales consideraban 
más bien humano que cruel un canje por el que se 
entregaba al suplicio á un solo enemigo á cambio 
de la redención de 3oo cristianos. Y se inclinaban á 
esta opinión, principalmente, por ser indudable 
que D. Alfonso de Aguilar había tramado todo 
aquello, no sólo en daño del rey Albuhacén, sino 
con el fin de implicar en nuevas guerras al mismo 
duque D. Enrique y á otros Grandes andaluces del 
partido del rey D. Fernando, y por conocer que lo 
mismo deseaban las guarniciones portuguesas de 
las plazas africanas, cuando unánimes habían 
acogido cortésmente á los abencerrajes, antes sus 
enemigos, y les habían permitido atravesar el Es- 
trecho. Se ignora, sin embargo, qué aparente sen- 
timiento de humanidad movió al Duque á tener 
por cruel la entrega del cautivo á las amenazas 
del castigo del rey Albuhacén, y á preferir con- 
servarle en su poder con humano trato durante 
quince meses, á redimir caritativamente 3oo pró- 
jimos, complacer á sus amigos y partidarios y 
obedecer cual cumplía al rey D. Fernando. Al cabo 
el de Aguilar, luego que el abencerraje Mahomad 
trabajó por conseguir la libertad de este Carino, 
se trasladó con el regio joven desde Tarifa á 
Córdoba, sacándole furtivamente de noche del 
palacio del Duque y llevándole á Córdoba. Por 
otra parte, contrariando la voluntad del rey Don 
Fernando, se atrevió á conservar en Córdoba 
70 jinetes moros que amenazaban al rey de Gra- 
nada con nuevos trastornos y á los Grandes an- 
daluces con grandes daños. 



CAPITULO IV 




Muerte del Duque de Milán. 

'o parecerá ajeno de este relato mencionar 
ff¿ aquí brevemente la muerte del duque de 
Milán Galeazzo María Sforza. A la par 
que el rey D. Fernando de Nápoles favorecía al 
partido de D. Juan de Aragón en la guerra de Ca- 
taluña contra los franceses, Drago Galeazo, desde 
la provincia de la Emilia, enviaba escogidísima 
caballería en auxilio del rey Luis de Francia con- 
tra el anciano Monarca aragonés, porque casi to- 
dos los príncipes de Europa se habían declarado 
favorables á uno ó á otro partido. Hasta los que 
rodeaban al romano Pontífice tomaban en tal con- 
tienda caluroso é inmoderado interés, no exento 
de maldad, porque eran excesivas é inveteradas 
en la Sede apostólica la intervención en los nego- 
cios mundanos, la turbulencia, la envidia, la ene- 
miga, la codicia y las demás pasiones que tenían 
corrompidos los corazones de la curia eclesiástica. 
Principalmente reservaba sus audacias para los 
asuntos de España, porque los reinos de León y 
Castilla, ó por desidia ó por insensatez de los Re- 
yes, venían padeciendo de antiguo grave merma 
en sus intereses á causa de las inicuas exacciones 

CXXXIV 22 



328 



A. ÜE VALENCIA 



de los Papas y la costumbre iba de día en día 
aumentando ciertos gérmenes de dominación. Así 
que, por guerra ó por paz, en nuestros asuntos 
se mezclaban de buen grado los príncipes ex- 
tranjeros. 

Uno de ellos, el Duque de Milán, trabajaba 
por extender las facciones por las tierras occi- 
dentales, y considerado como poseído de espí- 
ritu tiránico en su reino, juzgaba serle lícito 
cuanto le viniese en mientes. Y esto con tanta 
más osadía cuanto que el en su edad floreciente 
había entrado á regir unos estados adquiridos por 
el valor de su padre y afirmados por ios derechos 
hereditarios de su madre. Con ello se ensoberbeció 
el ánimo de un joven ya de costumbres corrom- 
pidas, en quien se descubría por principal objeto 
en cuantas ocasiones de guerra buscaba el afán 
de procurarse mayores riquezas, imposibles de 
reunir con las rentas ordinarias sin las tiránicas 
violencias que lleva consigo la necesidad de sus- 
tentar los ejércitos. Fué también tan inclinado á 
la liviandad, que no se libraron de sus apetitos 
ni las mujeres é hijas de sus más íntimos. Entre 
las indignidades de este género fué una la pasión 
que sintió por la mujer de Andrea Sampugnana, 
gobernador de Genova por el duque Felipe María, 
que había premiado así recientes méritos del so- 
brino de otro subdito también benemérito. Como 
hombre inteligente y de gobierno, era tenido por 
uno de los primeros en el cariño del Duque, aun- 
que no tanto como su hermosísima mujer, de 
quien el joven estaba perdidamente enamorado. 
Para satisfacer más libremente su pasión, procuró 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



329 



alejar al marido, encargándole con frecuencia los 
asuntos del gobierno de Génova, con lo cual se 
dice que logró á sus anchas ver cumplidos sus de- 
seos. No tardó mucho el ausente esposo en tener 
noticia del adulterio, y meditando la venganza, 
disimuló por mucho tiempo su profunda pena, 
hasta que el largo aguante llevó su cólera al últi- 
mo límite. Un día salió de Genova y se presentó 
de repente ante el duque Galeazzo cuando, en la 
fiesta de San Esteban, salía de aquella iglesia ro- 
deado de numeroso séquito. Aparentó el Duque 
acoger con júbilo el saludo del gobernador; pero 
éste, deslizándose poco á poco entre la multitud, 
se arrojó de pronto sobre el joven y hundió tres 
y cuatro veces el puñal en su pecho con tal preci- 
pitación, que los circunstantes, estupefactos y 
como fuera de sí, no se movían de su sitio. Algu- 
nos que mientras Juan huía á través de la com- 
pacta multitud intentaron sostener al Duque 
que se desplomaba, cayeron cosidos á puñaladas 
por los criados que los tomaban por el asesino. 
Cuatro hombres perecieron de este modo antes 
¿jue pudiera deshacerse el error. Un negro de la 
vcomitiva de Galeazzo persiguió al fugitivo, y, se- 
gún se dice, no le hubiera dado alcance tan 
pronto, á no caer aquél enredado en los encajes del 
manto de una mujer. Allí quedó muerto acribi- 
llado de heridas aquel infeliz, más aún en cuanto 
expiró. 

Sucedió esto el i.° de Enero del año 1476, con- 
tando su principio en la Natividad, pues, como 
dije, comúnmente las gentes contaron el nuevo 
.año de 1477 desde el i.° de Enero. Las primeras 



33o 



A. DE PALENCIA 



noticias descubrieron el motivo de la conjuración 
de Juan Andrea y de otros dos cómplices para ma- 
tar al duque Galeazzo; pero luego se alegó otra 
causa, diciendo que uno de sus hechos tiránicos 
había sido desposeer á Juan de cierta abadía, con 
lo que fácilmente indujo al crimen á los dos jóve- 
nes, que sufrieron varonilmente el último suplicio 
como vengadores de la república. Con increíble ce- 
leridad acudió ia afligidísima viuda á acallar el tu- 
multo, pues en cuanto recibió la amarga noticia, 
mirando por la seguridad del primogénito, se en- 
cerró con sus hijos en el castillo, y á voz de pre- 
gón mandó, en nombre de aquél, á los milaneses 
deponer las armas y reconocer fielmente, en lu- 
gar del padre difunto, al nuevo Duque, de carác- 
ter bondadoso, libre de toda mancha de tiranía, y 
que desde aquel instante abolía todas las exaccio- 
nes é impuestos extraordinarios exigidos por el. 
padre, dejando sólo en pie los tributos que los an- 
tiguos Duques percibían. Además, prometía res- 
tituirles en dinero cuanto el difunto les hubiese, 
ilegalmente cobrado. 

En el pregón la viuda reconoció lo tiránico de 
muchos de los actos de su marido, indudable- 
mente ejemplos muy provechosos para 'la en- 
mienda en el hijo, y dijo que durante la menor 
edad de éste ella gobernaría siguiendo los conse- 
jos de los ciudadanos más distinguidos por su 
nobleza y pericia. Para elegirlos consultó al pue- 
blo; dió á conocer sus planes á los genoveses por 
cartas y mensajeros y los exhortó á permanecer 
constantes en la fidelidad que espontáneamente 
guardaron primero al ilustrísimo duque Francis- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



33i 



-co Sforzza y luego á su hijo Galeazzo. Por tan 
maravilloso modo se conservó la tranquilidad en 
aquel grave suceso, que el Duque pareció tan 
.afortunado en medio de tamaño trastorno como 
desgraciado su padre al perecer en medio de ía 
paz más completa. 




CAPITULO V 




Muerte del duque Carlos de Borgoña. 

Créceme oportuno referir aquí la cruel 
muerte del duque Carlos de Borgoña, 
víctima ya antes de las artificiosas ma- 
quinaciones del rey Luis de Francia, á quien le 
r7aT5Tan~" hecho temible su espíritu guerrero, in- 
cansable para toda fatiga en las campañas, pro n- 
to á arrostrar sus peligros, y cuyo ánimo indo- 
mable jamás cejaba en su encarnizada hostilidad 
al poder de Francia, humillado antes algunas ve- 
ces por el fuerte brazo del guerrero Duque. 

Era recíproca en ambos la desconfianza respec- 
to al seguro de las treguas y pactos concertados 
á sabiendas, el uno por su costumbre de ir en pos 
de la fortuna, y el otro, ó sea el Duque, por las 
guerras que la ingratitud del Rey había originado. 
Nuevo motivo de enemiga era en éste la constante 
inclinación del Duque hacia los pueblos invadidos 
por el francés, y el odio á sus auxiliares. Princi- 
palmente le inquietaba su alianza con nuestro rey 
D. Fernando, en ocasión en que se peleaba por 
el derecho á la Corona de Castilla con el rey de 
Portugal, muy amigo de los duques de Borgoña 



334 



A. DE FALENCIA 



y hermano del mismo duque Garlos, si bien ante 
las necesidades del momento el Portugués había 
prescindido del parentesco y preferido Ja alianza 
francesa, hasta el extremo de ir á Francia á pedir 
auxilio contra D. Fernando. Es fama, sin embar- 
go, que al rey Luis le era sospechoso el Portugués, 
porque la afinidad le impulsaba á granjearse las 
gracias del Duque por medio de secretas conferen- 
cias de sus familiares. Por todo esto, además de 
los obstáculos de la guerra de Colonia, en que du- 
rante tanto tiempo había estado empeñado el du- 
que Carlos, el rey Luis le suscitó otra nueva con- 
tra los suizos. En ella aparecían con desventaja, 
atendido el número de las tropas, pero reconoci- 
damente temibles para el contrario, si se conside- 
raba el valor de aquellas gentes, soldados de su- 
perior temple entre los germanos y dispuestos á 
quebrantar la indomable cerviz del Duque. Este, 
por su parte, con pertinaz esfuerzo, trabajaba por 
abatir la resistencia de los suizos, y arrastrado por 
sus afectos, arregló como pudo sus diferencias con 
los alemanes, para entrar más desembarazada- 
mente por Suiza, en la confianza de poder atacar 
con más seguridad al enemigo dentro de sus áspe- 
ras fronteras. En realidad, en aquellas abruptas 
montañas es donde el invasor corre grave peligro. 
Feroces y crueles, jamás rehusan el combate, ni 
vuelven las espaldas. El que flojea en la lucha ad- 
quiere perpetua é infamante nota, y la fuga se cas- 
liga con pena de muerte. Dejan sin cubrir las 
espaldas para que no se funde esperanza alguna 
en la huida, y los compañeros más próximos 
puedan clavar su puñal en el fugitivo. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



335 



Con esta gente se había aliado el rey Luis para 
-dar confianza con su apoyo á la innata ferocidad 
de tales guerreros, y todo ello había servido de 
estímulo ai duque Carlos para invadir su terri- 
torio. Tres veces derrotado en poco tiempo, co- 
rrió gravísimos peligros, y al fin el estrago pro- 
ducido en ambos ejércitos por la muerte y las pe- 
nalidades les obligó á concertar más humanos 
pactos. Los descalabros sufridos ablandaron la 
dureza del Duque, y los suizos, viendo muy mer- 
madas sus fuerzas, trataron de evitar ulteriores 
campañas. Permaneció, sin embargo, reconcen- 
trado en los corazones el odio, exacerbado por la 
persistencia de los conflictos. 

Al cabo no pudo el Duque contener sus ímpe- 
tus guerreros y emprendió otra campaña contra 
el duque de Lorena que, con el apoyo del rey 
Luis, vejaba á las poblaciones obedientes ai de 
Borgoña. Como en las pasadas guerras había 
perdido la mayor parte de sus nobles, llamó á 
su sueldo á Carlos de Campobasso, capitán ita- 
liano, distinguido en la pasada guerra de Cata- 
luña y que mandaba 1.000 hombres de armas 
aguerridos. Con este refuerzo el duque Carlos 
logró poner en aprieto á su enemigo, y después 
de varios felices encuentros y de la toma de mu- 
chas villas, vino á sitiar la ciudad de Metz, prin- 
cipal del Señorío del de Lorena. El rey de Fran- 
cia, envuelto á la sazón en múltiples cuidados, no 
pudo socorrerle abiertamente, sobre todo por el 
temor de quebrantar las treguas pactadas con el 
•duque Carlos, con lo que al mismo tiempo se hu- 
biera acarreado la enemistad del rey Eduardo de 



336 



A. DE PA LE NCI A 



Inglaterra, rompiendo la alianza establecida, fu- 
nesto expediente, porque una estrecha necesidad y 
correspondencia había unido á los afines. Cuando 
el Rey francés vió á su amigo el duque de Lorena 
reducido al último extremo, echó m a no de astutas 
y pérfidas artes, sobornando al C a ipitarí Tt áTiaño y 



excitando por medio de secretos intermediarios 
á los suizos, á la venganza de la sangre en otro 
tiempo derramada. Para el comple.to logro de es- 
tas maldades, le pareció necesario que el duque 
de Lorena, sitiado, señalase día para una batalla 
campal que, seguramente, y conocido su carácter,, 
aceptaría el de Borgoña, contento de poder coro- 
nar así con un solo combate los largos trabajos de 
la guerra, libre de teda sospecha acerca de la trai- 
ción del Conde italiano, y confiado en triunfar fá- 
cilmente del enemigo. Preparáronse al encuentro,, 
el Duque Carlos, reforzando su ejército, y el rey 
de Francia, iniciando á los traidores en sus ma- 
quinaciones. La víspera de la batalla el Duque 
arengó á sus tropas, y después de ensalzar su va- 
lor, aseguró que le sobraba gente si tuviera que 
entrar en lid con el poder de Francia, cuanto 
más contra el Duque de Lorena, para cuyo ejér- 
cito, compuesto de pocos y bisoños soldados, re- 
cogidos de todas partes, eran más que suficien- 
tes los veteranos que él mandaba. Con esto les 
infundió ánimo y les aconsejó que se esforzasen 
por terminar con una victoria las interminables 
operaciones de los sitios, pues vencido el ejército 
enemigo, al punto se abrirían todas las fortalezas 
de aquella provincia. La arenga fué acogida con 
grandes aplausos; todos declararon estar períec- 




CRÓNICA DE ENRIQUE IV 2>Zj 

tamente dispuestos para el combate del siguiente 
día, y sólo se trató de dar descanso á los cuerpos, 
porque el Duque no tenía la menor sospecha de 
traición por parte de los suyos, ni esperaba que 
lóscorTEFárTós recibiesen extraño auxilio. 

Pero entretanto iban llegando por desviados ca- 
minos y espesos bosques grandes refuerzos de 
franceses y suizos, y ya la noche que precedió á la 
batalla fué extendiéndose ei rumor de que las 
fuerzas enemigas habían aumentado considerable- 
mente. Al alba, el impertérrito Duque formó sus 
batallas, y no viendo ante sí más obstáculo que la 
engrosada multitud enemiga, que trataba de ven- 
cer con sus animosas palabras y con su valerosa 
ejemplo, se imaginó, á pesar de ser un día de invier- 
no, el 6 de Enero de 1477, que con su arenga había 
hecho entrar en calor á sus soldados. El enemigo,- 
con la confianza que le daba su número y ei cono- 
cer la traición preparada por el Conde de Campo- 
basso, atacó de repente, y de seguida el italiano 
abandonó su puesto y rompió la formación de sus 
escuadrones, aterrando al Duque de Borgoña, que 
á través de las filas enemigas, corrió á la orilla del 
próximo río para intentar ganar la opuesta y bus- 
car allí algún medio de salvación para sí y para los 
suyos. La confusión del combate impidió tener 
exacta noticia de la muerte desdichada del Duque 
de Borgoña, y ni los mismos vencedores la supie- 
ron por las primeras cartas, que sólo anunciaban 
la victoria. Así que el rey Luis supo que el ejército 
borgoñón había quedado deshecho, pero que el du- 
que Carlos había logrado escapar á todo galope. A 
los tres días se encontró en la orilla del río el cadá- 



338 



A. DE PALENCIA 



ver del Duque, atravesado con trece heridas. Luego 
se averiguó que un soldado bisoño francés conser- 
vaba el casco del Duque, adornado con oro y pie- 
dras preciosas. Otros soldados inferiores robaron 
también las insignias con que iba revestido. Se 
dice que el rey Luis hubiera preferido ver al Du- 
que prisionero que muerto tan desastradamente. 
Al punto invadió la 'Borgoña, recuperó muchos 
pueblos, largo tiempo poseídos por el duque Car- 
los, próximos á la ciudad de Arras, y ofreció á 
la única hija que aquél tenía de su primera mu- 
jer el matrimonio con su primogénito, á cambio 
de sus dominios; pero la doncella, que había reci- 
bido igual proposición del emperador Federico, 
envió embajadores á los Príncipes de Europa con 
quienes su padre había entablado alianzas, á la- 
mentarse de su muerte y á demandarles auxilio. 

La noticia de la desgracia de los dos esclareci- 
dos Duques impresionó hondamente á las gentes, 
que con razón se admiraban de que en el espacio 
de once días hubiesen perecido ambos en diversas 
partes con distinto género de muerte. 




CAPITULO VI 



Actividad de los sevillanos para el establecimiento 
de la Hermandad popular. — Tumultos ocurri- 
dos en la frontera portuguesa. 

l rey D. Fernando preparaba por aque- 
llos días en Medina del Campo lo nece- 
sario para el sitio de las tres fortalezas 
reforzadas por el alcaide de Castronuño con guar- 
nición de ladrones y sicarios, mientras procuraba 
ocultar sus pérfidos propósitos, con la promesa 
de entregar la fortaleza de la villa si Juan de 
Valenzuela le relevaba del juramento militar de 
fidelidad que aseguraba haberle prestado tiempo 
hacía. Aguardó á Valenzuela, antiguo Prior de 
San Juan, D. Fernando, quien, aprobando la de- 
signación del Maestre de Rodas, y en obedien- 
cia de las letras apostólicas, había aceptado 
como Prior de dicha Orden á Alvaro de Estú- 
ñiga; pero llevó á mal su apatía, puesto que 
llamándole para trabajar en la recuperación del 
castillo de Castronuño, pretendió dar cumpli- 
miento á su obligación á costa de trabajos y peli- 
gros ajenos. 

Ante la inutilidad de estos preparativos, el 
Rey resolvió marchar á Castilla la Nueva para 




340 



A. DE PALENCIA 



reunirse con su mujer, .á la sazón en Ocaña, y 
proveer á muchos asuntos de aquella región y 
de Andalucía. Para ello le pareció conveniente de- 
jar establecida la Hermandad popular en este rei- 
no, tan vejado por la tiranía de los Grandes, con- 
tra la que no se veía remedio más eficaz que la 
unión de los pueblos. Hallándome yo en Medina 
del Campo, recibí de su orden el encargo de anun- 
ciar á los andaluces aquella oportuna resolución, 
y á Pedro del Algaba y á Juan Rayón, caballeros 
sevillanos, se les encomendó, por disposición de 
D. Fernando y por unánime asentimiento de la 
Hermandad, que me siguiesen y llevasen á los an- 
daluces cartas con las Ordenanzas aprobadas en 
las juntas celebradas en aquellos días. Asimismo 
,dió el Rey instrucciones á Francisco de Peña, ca- 
ballero sevillano, enviado del duque de Medina 
Sidonia D. Enrique de Guzmán, para hacerle 
saber sus propósitos sobre este particular, y lo 
mismo á mí, ya dispuesto á marchar á Andalucía. 

Finalmente, recomendó muchas precauciones 
para dar principio al establecimiento de la Her- 
mandad en aquel territorio, por serle conocida 
la abierta oposición de los Grandes á este me- 
dio de procurar la tranquilidad, y principalmente 
el constante empeño del de Medina Sidonia por 
hacerle fracasar. Atendida, además, la condición 
de los tiempos, había que valerse con cautela de 
ciertas insinuaciones y prevenir á los sevillanos 
del encargo que traían Pedro del Algaba y Juan 
Rayón. A Francisco y á mí, que por disposición 
del Rey debíamos tratar de contemporizar en lo 
posible, nos dijo el Duque que había llevado á 



CRONICA. DE ENRIQUE IV 

mal el establecimiento de la Hermandad, porque 
-en Sevilla todo intento de conciliación era un se- 
millero de nuevos escándalos, siempre con daño 
de los principales; pero que por nuestro relato 
había visto ser aquella disposición muy conforme 
i sus pensamientos, y si antes la hubiera conoci- 
do, en nada la hubiera contrariado; por lo cual 
podía yo escribir al Rey que estaba pronto á acep- 
tarla. 

Marchó luego el Rey desde Medina á Castilla la 
Nueva y mandó á los de Ocaña que prestasen fa- 
vor á la Hermandad. Los principales la resistían, 
pero los buenos oficios de los citados caballeros 
sevillanos encargados de tales asuntos también 
en esta provincia lograron que fuese admitida. 
Alentados con este reciente éxito, marcharon á 
Andalucía y solicitaron el asentimiento de Sevi- 
lla, como cabeza de toda la provincia. En ausen- 
cia del Duque de Medina Sidonia, el clero aceptó 
la Hermandad; pero las autoridades seglares qui- 
sieron contar antes con el consentimiento del Du- 
que. No tardó él en presentarse y en manifestarse 
de nuevo contrario al establecimiento de aquella 
milicia, por considerarla perjudicial páralos ha- 
bitantes de la provincia y para todos los natura- 
les. Atemorizó á los conversos insinuando que 
cualquier reunión de la masa popular sería en 
daño suyo, y aseguró á las autoridades que, por 
causas diferentes, también sería para ellos funesta. 
Agotados los razonamientos por los dos Comisa- 
rios de la Hermandad, al cabo notificaron á los 
principales de la ciudad cuatro leyes promulgadas 
en las juntas celebradas en Cigales, Santa María 



A. DE PALENCIA 



de Nieva, Dueñas y Burgos, y sancionadas con au- 
toridad real. Montó el Duque en cólera é intentó 
castigar á los Comisarios, amenazando con la hor- 
ca á Juan Rayón, y á Pedro del Algaba con dego- 
llarle. Luego arrebató violentamente las cartas y 
Ordenanzas de manos del escribano. Los dos Comi- 
sarios se refugiaron en casa de Pedro de Estúñiga, 
que antes les había ofrecido su apoyo; pero luego, 
fuese por cobardía, miedo ó natural vacilación, pa- 
reció inclinarse á la opinión del Duque, con lo que 
los amenazados huyeron al amparo del monasterio 
de San Pablo. Quedé yo solo para llevar el peso 
de la negociación, y arrostré el riesgo de acon- 
sejar ai airado Duque más templanza para resol- 
verla. Al fin logré que en pública junta de auto- 
ridades me diese más templada respuesta, y quiso 
Dios disipar así la tormenta que amagaba, por- 
que mis partidarios se habían armado en lugares 
secretos y el Duque había metido aquel día en 
el Alcázar cerca de 400 conversos. Poco á poco 
fué calmándose la ira, y á los cincuenta días vino 
á poner término á muchos tumultos que amena- 
zaban, la aceptación general de la Hermandad, 
acordada en presencia del Duque, que elogió una 
institución tan justamente loable. Resistíase á 
confirmar el compromiso de la observación de las 
•Ordenanzas promulgadas, á que todos estaban 
obligados por juramento; pero no pudo oponerse 
á la multitud, y aunque, á pesar suyo, tuvo que 
ceder á la utilidad general, como se vió luego en 
la's ciudades y pueblos de Andalucía, merced á la 
actividad de los dos caballeros citados. Estable- 
cida la Hermandad, muchos ladrones y sicarios 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 

sufrieron el condigno castigo de los crímenes per- 
petrados, y toda la provincia quedó en completa 
tranquilidad. 

Por el contrario, en las fronteras de Portugal 
diariamente se recrudecía el azote de las guerras, 
no sólo por los mismos portugueses, sino por las 
discordias intestinas de los Grandes castellanos, 
causa de graves perjuicios. El Conde de Plasencia 
y sus partidarios trabajaban en daño del valeroso 
clavero de Alcántara D. Alfonso de Monroy, 
tiempo antes arrancado de su prisión y ya al 
frente de numerosa caballería, con que amena- 
zaba con probable derrota á sus contrarios. Al 
solo nombre del esforzado guerrero temblaban 
de miedo. Más que todos, el Conde de Plasencia, 
en su afán por dar el Maestrazgo de Alcántara á 
su hijo Juan, habido en D. a Leonor Pimentel, tra- 
taba de dar muerte al rival D. Alfonso. 

Con las tropas que pudo recoger de todas partes, 
se dió prisa á sitiar ai Clavero en la iglesia de Vi- 
llanueva de la Serena, fortificada con foso y trin- 
chera, pero poco segura por lo endeble de su fá- 
brica y su situación naturalmente débil para 
resistir al cerco puesto por las 800 lanzas enemi- 
gas, contentas de terminar con aquel solo sitio 
la guerra, según habían pensado. Pero el cauto 
Alfonso, antes de encontrarse completamente cer- 
cado, derrotó con un puñado de jinetes aquella 
multitud de enemigos; se apoderó en el combate 
con maravillosa sagacidad de cuatro de los prin- 
cipales capitanes y libró á su gente del sitio. Luego 
sembró la turbación entre sus contrarios, y apro- 
vechando la diversidad de pareceres de los caudi- 

CXXXIV 23 



344 



A. DE PALENCIA 



líos, frecuentemente lograba que uno de los suyos 
les dejara duramente escarmentados. No quedó 
más recurso á D. a Leonor Pimentel y á su marido 
el Conde de Plasencia, que favorecer al bando tru- 
jillano enemigo del otro, de que era cabeza Luis de 
Chaves constante aliado del Clavero. Como, ade- 
más, el Conde contaba con el auxilio de Pedro de 
Baeza, alcaide del castillo, creyó fácil vencer al 
Chaves. Con tal confianza marchó á Trujillo al 
frente de numeroso escuadrón de caballería, y 
trató de reducirle al último aprieto. El metió fuer- 
tes retenes en la iglesia de Santa María y barrios 
cercanos, en una casa y en la torre llamada Alcá- 
zar real, y ni de día ni de noche interrumpió el 
combate. Dos hijos suyos cayeron á la misma 
hora peleando valerosamente; pero esta desgracia 
no acobardó al anciano, que siguió luchando enér- 
gicamente y llamó cobardes á sus amigos, que se 
imaginaban calmar con lágrimas el dolor, cuando 
sabían que ó se le debía buscar compensación in- 
firiendo otro desastre al enemigo, ó anularle con 
la pérdida de la vida. Perecieron luego muchos 
criados de Luis de Chaves; corrió la sangre por 
las calles de Trujillo, y su casa quedó en parte 
hundida con la lluvia de piedras lanzadas desde 
lo alto del castillo por los trabucos. Morían de 
sed los caballos por la imposibilidad de salir á 
la aguada; únicamente podían los sitiados cal- 
marla con vino, y seguramente no hubieran re- 
sistido más tiempo, sin el ardid del Clavero, que 
hizo cambiar el aprieto de sus amigos en desas- 
tre de los contrarios. Dolíale en el alma no poder 
socorrer al pariente y amigo entrañable, y al cabo 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 

discurrió un medio con el que engañó á todos y al 
mismo Chaves en las respuestas á sus frecuentes 
demandas de socorro, porque así, ignorado de to- 
dos el que disponía, los espías del enemigo no po- 
drían avisarle lo que tramaba. 

Escribió, en efecto, á su hermano Fernando de 
Monroy, capitán de la caballería del Conde de Pla- 
sencia, diciéndole en sustancia: Que entre otras 
desgracias, habíale tocado una no pequeña, cual 
era tener á su hermano entre los partidarios del 
bando enemigo, y verle como principal persegui- 
dor de sus parientes y familiares. Quedaba todavía 
cierta esperanza de remediar tan triste estado de 
cosas, con tal que no hubiese olvidado que ambos 
eran hijos de un mismo padre y de una misma 
madre. Con ésta había dejado á sus tiernos hijos 
en Alcázar real, mientras él recorría las fronteras 
portuguesas, y enterado del funesto fin que aguar- 
daba á Luis de Chaves y á todos sus amigos, á 
quienes no había podido socorrer en su extremo 
aprieto, le rogaba que, compadecido de sus tiernos 
sobrinos y de su propia madre, los salvase de la 
crueldad del enemigo, sacándolos de su encierro y 
llevándolos á sitio más seguro. Otras cartas con 
análogas razones envió á Luis de Chaves, en que 
se reflejaba su ánimo contristado por la imposibi- 
lidad de socorrerle. Como la muerte de aquellos 
niños no había de disminuir el desastre, le rogaba 
que les hiciese salir de Alcázar real, para que, en 
medio de aquel exterminio, su tío Fernando de 
Monroy procurase salvarlos juntamente con su 
madre. Entregó las cartas á un fiel y sagaz criado, 
encargándole que las llevara directamente á Fer- 



346 



A. DE PALENCIA 



nando y le diese á leer las escritas á Luis de Cha- 
ves para infundirle alguna sospecha que hiciese 
que el hermano, cual si tratara de conseguir la 
libertad de los niños, alargase las cartas á Luis 
delante de todos, y al dárselas, le estrechara sig- 
nificativamente la mano para que no desespe- 
rase de recibir futuro socorro, ni dijese palabra 
si no muy meditada. Mandó también al criado 
volver inmediatamente por la respuesta de Fer- 
nando y hacer de modo que no se trasluciese la 
menor sospecha, pues por todas partes pululaban 
los espías. 

Previamente el Clavero había enviado secretos 
mensajeros á sus principales amigos habitantes 
en los contornos, advirtiéndoles que no señalasen 
á sus compañeros de armas hora fija para la em- 
presa, sino que aprovecharan el momento más 
oportuno para el éxito, y que tuvieran dispues- 
tas armas y caballos, por la conveniencia de apli- 
car inmediatos remedios á urgentísimas necesida- 
des. Con estos avisos pudo ya contar aquel exce- 
lente sujetocon amigos preparados para cualquier 
repentina expedición. En cuanto el criado recibió 
las cartas, se consagró activamente, pero con di- 
simulo, á disponer todo lo demás necesario. El 
portador de ellas desplegó también gran astucia, 
y cuando Fernando le permitió presentarlas á Luis 
de Chaves, le halló ya bien prevenido, pues con el 
apretón de manos al criado hizo conocer que ha- 
bía comprendido la intención de quien le enviaba, 
y en público acusó de crueldad é ingratitud al 
Clavero Alfonso, tenido por muchos necios como 
hombre probo, siendo en realidad perverso y causa 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



3 4 7 



de todos aquellos peligros y muertes de hijos y 
amigos del infeliz anciano. Así, pues, no quería re- 
tener más tiempo en su poder prenda tan falsa de 
afecto como eran sus hijos, que devolvía incólu- 
mes á quien había procurado la muerte de los aje- 
nos en agradecimiento de los favores que se le ha- 
bían hecho. Congratulábanse con Fernando de 
Monroy los capitanes enemigos de tadesesperación 
de Alfonso y del abandono de Luis de Chaves, 
cuya perdición creían segura al siguiente día; pero 
se engañaron miserablemente. Contra lo que todos 
imaginaban, el Clavero llamó repentinamente de 
diversos lugares 400 lanzas é infantes ligeros que 
siempre había conservado á su lado algunos días. 
Una horrible tempestad, con copioso aguacero, 
favoreció su propósito, engañando á los enemigos, 
que muy descuidados de todo peligro en sus segu- 
ros alojamientos de Trujillo, dormían á la madru- 
gada profundamente al aproximarse los vigilantí- 
simos enemigos. De pronto levantaron gran vo- 
cerío, y unidos con los soldados de Luis de Chaves, 
cargaron sobre los desprevenidos, á quienes sus je- 
fes, sobrecogidos de igual espanto, se vieron inca- 
pacitados de obligará la resistencia. Pereció la ma- 
yor parte; varios lograron escapar á favor de las 
tinieblas; cerca de 3oo caballos quedaron prisio- 
neros. Algunos hombres de armas del Conde de 
Plasencia y de la Condesa de Medellín se refu- 
giaron en el castillo, cercado al día siguiente por 
los vencedores. Seguramente hubiera perecido 
toda la caballería enemiga, si el cansancio no hu- 
biese obligado á los contrarios á desistir de la per- 
secución. 



3 4 8 



A. DE PALENCIA 



La noticia de la victoria fué tan grata al rey 
D. Fernando, que inmediatamente envió al Cla- 
vero 200 caballos con Juan de Robles. El de Me- 
dina Sidonia llamó á los otros 200 que antes ha- 
bía enviado. 




CAPITULO VI I 



Medidas adoptadas por D. Fernando y Z). a Isabel 
en Castilla la Nueva. 

omo los frecuentes disturbios de Toledo 
no podían atajarse sino con la presencia 
de los Reyes, trasladáronse D. Fernando 
y D. a Isabel á esta ciudad, donde la prolongada 
tiranía había hecho á todos los ciudadanos cóm- 
plices de maldades y crímenes y pervertido el co- 
razón del pueblo. El intencionado apoyo prestado 
á todos ellos por los principales toledanos, con el 
fin de que no clamasen por la justicia ni anhela- 
sen la paz, les infundía extraordinaria audacia en 
la ejecución de sus delitos. Hombres corrompi- 
dos se encargaban de extender aún más el círculo 
de sus maldades, y había secuaces del Arzobispo 
dispuestos á suscitar nuevas turbulencias, agui- 
joneados por el genio inquieto y el ansia de do- 
minio del anciano, y persuadidos de que las peri- 
pecias de sus múltiples hazañas les proporcio- 
narían oportunidad para apoderarse de aquellos 
que en otro tiempo se habían aprovechado más 
de su disoluta conducta. Llegó el Rey, y encon- 
trando á casi todo el pueblo entregado al mal, 
se propuso poner enérgico correctivo á los críme- 
nes. Entre los innumerables que se le delataron, 




35o 



A. DE PALENCIA 



sobresalían los de Juan de Córdoba, alcaide du- 
rante mucho tiempo del Puente de Alcántara, y 
que mientras el Conde de Fuensalida, ó más bien 
su mujer D. a María de Silva, había ocupado la 
ciudad, había cometido las mayores atrocidades 
con sin igual impudencia. Reo de millares de de- 
litos, pagó con el solo castigo de la pérdida de su 
torpísima vida. No faltaron personas que intenta- 
ron salvarle con ofertas de dinero; pero el Rey 
mandó repartirlo á los pobres y entregar los de- 
más bienes del muerto á los que por su causa ha- 
bían sufrido perjuicios. Algunos de sus cómpli- 
ces perecieron también en el suplicio, y de los pa- 
sados delitos parte se castigaron gracias al presente 
régimen de justicia, parte se perdonaron merced á 
la universal corrupción, pues por lo menos los 
desmanes cometidos contra los conversos acusa- 
ban claramente á los cristianos viejos. Muchos de 
los culpables fueron desterrados, imponiendo así 
pena bien leve á los mayores crímenes de la mul- 
titud. 

Dió D. Fernando el corregimiento de la ciudad, 
así como la guarda del alcázar, de las puertas y 
puentes de la ciudad, al noble y prudentísimo ca- 
ballero Gómez Manrique, y mandó á los princi- 
pales del cabildo eclesiástico que le entregasen la 
torre de la catedral cuantas veces considerase ne- 
cesario ocuparla para mejor defensa de la ciudad. 
Desde allí marchó á Madrid, donde no había cun- 
dido menos el contagio de los crímenes. Propo- 
níase reprimirlos, y al mismo tiempo, como la 
proximidad de los lugares lo indicaba, procurar 
la reconciliación con el Arzobispo de Toledo, re- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



35i 



sidente en Alcalá de Henares, y desbaratar los 
astutos planes de algunos Grandes y del Carde- 
nal, encaminados á nuevos disturbios. Mientras 
la Reina recorría los pueblos del territorio del 
Tajo, aquél, con pretexto de la visita pastoral á 
la iglesia de Sigüenza, se ocupaba en otros asun- 
tos temporales, como, por ejemplo, proponer al 
Marqués de Villena, en cuanto enviudó de su pri- 
mera mujer, el matrimonio con la hija del Mar- 
qués de Santillana , ya Duque del Infantado, 
hermano del Cardenal. Trataba también de hon- 
rar más el parentesco con nuevas alianzas del 
Arzobispo de Toledo, ciertamente su enemigo; 
pero á quien, por consideración al Marqués, tan 
de su afecto, se creía poder inducir á términos de 
concordia, mejor dicho, de conspiración, para 
que el Rey, forzado por la necesidad, desistiese 
de la justísima persecución del Marqués y se dig- 
nase restituir los castillos y pueblos del marque- 
sado, ya secuestrados en su mayor parte. 

Con pretexto de saludar á los Reyes durante su 
estancia en Madrid, el Condestable conde de Haro 
D. Pedro de Velasco se halló, como por casualidad, 
en la entrevista del Cardenal y del Duque del In- 
fantado. Convenido ya todo con el Arzobispo, 
salió al encuentro del Condestable el Cardenal, y 
así éste como el Duque y el Prelado toledano 
trataron de atraerse á su bando á personaje de 
tanta importancia; pero observando que no en- 
traba muy gustoso en la trama, le persuadieron á 
que, al menos, marchase á Cobeña, de los esta- 
dos de los Mendozas, para estar más cerca del Ar- 
zobispo. Este, esquivando la reconciliación que el 



A. DE PALENCI A 



Rey pretendía, había huido de Alcalá y se encon- 
traba en Uceda, villa limítrofe de Cobeñá y for- 
tísima por su situación y obras de defensa. De co- 
mún acuerdo todos los Grandes citados enviaron 
embajadores al Rey á exponerle sus intenciones, 
en apariencia leales, pero realmente perversas. 
En resumen manifestaron: que todos los Grandes 
de Castilla y León prestaban acatamiento al 
trono, y si las novedades de días de tantos trastor- 
nos habían arrastrado á algunos al servicio del rey 
de Portugal, arrepentidos ya de su falta, trabaja- 
rían por hacerse perdonar las pasadas culpas con 
la lealtad de su conducta futura. Cuadraba pues 
á la magnanimidad de la Corona perdonar, espe- 
cialmente á los arrastrados por la impetuosa co- 
rriente de tiempos aguadísimos; y más eficaz para 
la quietud de los reinos que la clemencia del Rey 
en favor de los Grandes, que, impetrando perdón, 
se obligaban á constante fidelidad. 

Para hacerla más duradera convenía reintegrar- 
los en sus prístinos privilegios, lo cual no podía 
conseguirse sin abolir la Santa Hermandad, gran- 
demente hostil á la nobleza y onerosísima á los 
pueblos, á unos por lo injusto de las exacciones, 
á otros por lo intolerable de los gastos, sólo por 
la esperanza de universal remedio, cosa que se 
conseguiría más fácil y convenientemente por la 
concordia de todas las voluntades que por el rigor 
nuevamente desplegado. Asimismo debían los Re- 
yes devolver su honroso puesto á los personajes 
regentes accidentales de la Corona, como se había 
hecho en el reinado del rey D.Enrique, en que 
cuatro Grandes tomaban parte sucesivamente,. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



353 



durante cuatro meses, con el Rey, en la goberna- 
ción del Estado. Esta costumbre parecía ya abo- 
lida desde que el Rey y la Reina pretendían sos- 
tener solos sobre sus hombros todo el peso del 
gobierno, desconfiando de la habilidad de los expe- 
rimentados Grandes citados, que pensaban per- 
manecer en sus casas, alejados de la Corte, mien- 
tras se les considerase inútiles. 

La respuesta de los Reyes fué: que la lealtad 
de los Grandes se manifestaba siempre por sus 
obras, y que era oficio del Monarca justo honrar á 
los buenos según sus méritos y castigar á los cul- 
pables: que en cuanto á la abolición de la Santa 
Hermandad, dignísima y útilísima institución, ni 
aun oir hablar de ello se sufría, antes habría que 
tener por enemigos del común remedio á cuantos 
por cualquier modo intentasen conseguirlo, por- 
que si fuese preciso perder la amistad de todos los 
Grandes, ó para captársela deshacer la Herman- 
dad, ésta sería preferida á ellos. Respecto á los 
cuatro Grandes que, según la antigua costumbre 
de D. Enrique, se pretendía asistieran al Rey en 
la gobernación del reino, parecía superflua corta- 
pisa, puesto que todos eran libres de seguir la 
Corte ó desde ella retirarse á sus casas, con tal de 
no desacatar á la Majestad real. Si algunas veces 
á Reyes reconocidamente imbéciles, cobardes ó 
malvados, se les señalaron gobernadores adjuntos, 
á los justos y valientes debían rendir acatamiento 
los ministros, por ser indecorosa pretensión en és- 
tos mandar al igual del Soberano, que llegaría así 
á tenerlos de perversa intención, dado que mu- 
chos de los que pedían tamaña enormidad se ha- 



354 



A. DE PALENCI A. 



bían sometido á otros señores; de modo que los 
Reyes vendrían á ser siervos de los siervos, cosa 
por demás nefanda y perniciosa. 

Esta y otras respuestas análogas de D. Fer- 
nando recibieron tan amargamente los Grandes 
reunidos en Cobeña, que de seguida se dieron á 
maquinar nuevas tramas. Sólo el Conde de Haro 
declaró que había sido engañado por las falacias 
de algunos de los presentes, pues si él, por inci- 
dencia, había aprobado aquella reunión, había 
sido por figurarse cosa muy diferente, al resolver 
presentarse en la Corte, y así que se sirviesen te- 
nerle por libre de todo compromiso. La resolu- 
ción del Conde causó gran contrariedad á los de- 
más, en particular porque de repente marchó á 
Madrid y se puso á la entera obediencia de los Re- 
yes. Luego se notificó á los Mendozas orden de 
D. Fernando de no permitirse á ninguno de los 
reunidos en Cobeña entrar en la corte de Madrid 
si dentro de los días que él fijase no prestaban ho- 
menaje á la Corona. Cuando ya iba á terminar el 
plazo, todos se presentaron, y por este acto quedó 
frustrada la maldad del Arzobispo. 




CAPITULO VIII 



Frustradas tentativas para la reconciliación con 
el Arzobispo de Toledo.— Acatamiento de don 
Enrique. — Diversos viajes de los Reyes des- 
pués de recibir en Madrid á los embajadores del 
rey de Inglaterra. 

nútil fué cuanto para la reconciliación 
con el Arzobispo de Toledo hizo don 
Fernando, á quien, por deberes de gra- 
titud, su anciano padre exhortaba constantemente 
á acordarse más de los antiguos servicios del Pre- 
lado que de su reciente defección. Tal era tam- 
bién el ánimo de don Fernando; pero aquél, por 
su carácter testarudo, manifestaba exagerado 
enojo porque, habiendo arrostrado durante largo 
tiempo graves peligros y hecho considerables gas- 
tos para librar á los Reyes de la ruina, se le habían 
declarado luego enemigos. A esto se añadía la mí- 
sera esclavitud á que había sometido el Arzobispo 
su voluntad, entregándose en manos de Alarcón, 
que cien veces al día le hacía cambiar de parecer, 
excitaba su ira y le aplacaba de repente. A impul- 
sos de variados afectos, alababa unas cosas y re- 
probaba otras. Al fin se convino entre los inter- 
mediarios que, para alejar todo recelo, el Rey, con 




356 



A. DE PALENCIA 



reducida escolta, procurase una entrevista con el 
Arzobispo. Mas cuando con esta intención llegó 
al palacio del bosque del Pardo, le avisaron que 
no pasase adelante, porque el Prelado abrigaba 
otras muy peligrosas para la seguridad del Rey, 
á quien se proponía recibir tanto más tumultuo- 
samente cuanto más de paz y con tan corto 
acompañamiento se dignaba él venir á visitarle. 
Esta novedad hizo fracasar la proyectada entre- 
vista y D. Fernando tuvo que regresar á Madrid 
al lado de ia Reina, para resolver otros muchos 
asuntos urgentes. 

Tres principalmente exigían pronto remedio. 
Uno era la toma de los castillos que el alcaide de 
Castronuño defendía, juntamente con la guarni- 
ción de Cantalapiedra, y que causaban conside- 
rables daños á muchos pueblos de los alrededo- 
res. También había que acudir rápidamente á 
atajar las turbulencias de Trujillo, donde á dia- 
rio corría la sangre por las calles, caían por tierra 
los edificios y el territorio circunvecino padecía 
innumerables vejaciones, porque nadie estaba se- 
guro en su hogar, nadie se atrevía á recorrer 
la extensa frontera portuguesa sin exponerse á 
caer en manos de los ladrones y sicarios. Desier- 
tas estaban las dehesas dondepastaban antes innu- 
merables rebaños; pero no bastaba la rapiña para 
los hambrientos lobos; hombres de aspecto sinies- 
tro y patibulario, únicamente ocupados en robar 
y asesinar, desconocedores de toda fe, insensibles 
á toda consideración de parentesco y cerrados los 
corazones á todo sentimiento de piedad, juzgaban 
perfectamente lícito que el hermano exterminase 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 357 

al hermano. Era asimismo necesario poner freno 
á las turbulencias de Andalucía, y, por tanto, los 
Reyes convinieron en atender cada uno á diver- 
sos asuntos, encargándose D. Fernando del sitio 
de las fortalezas de Castronuño y otras cercanas, 
y D. a Isabel de ir á las fronteras de Portugal, de 
allí á Andalucía, y permanecer en Sevilla, hasta 
que el Rey, terminado lo de Castilla, pudiera re- 
unirse con la Reina. 

Acordaron también la inmediata traslación del 
cuerpo del rey D. Enrique, depositado en la igle- 
sia de Santa María del Paso, al monasterio de 
Guadalupe, y que D. a Isabel, con los criados que 
sirvieron al difunto, acompañara el fúnebre cor- 
tejo. Todo se ejecutó con arreglo á lo prevenido. 

Antes de salir los Reyes de Madrid recibieron á 
los embajadores del rey Eduardo de Inglaterra. 
Cuando uno de ellos llegaba á la mitad de su elo- 
cuente discurso, en que manifestaba las excelen- 
tes disposiciones de su Soberano para los de León 
y Castilla, se hundió el tablado inmediato al en 
que ios Reyes escuchaban al orador. A excepción 
de los tronos, todo el resto vino al suelo, y á duras 
penas salió el embajador de entre los escombros 
en que quedó sepultado hasta la mitad del pecho. 
Varios fueron los juicios de este hombre; pero 
sin inmutarse lo más mínimo por el percance, 
continuó impertérrito hasta el fin su interrum- 
pido discurso, meditado y elocuente, al que con- 
testaron los Reyes con amabilidad suma. 

Desde allí marchó D. Fernando á Casarrubios, 
y á los dos días cruzó los montes de Segovia. La 
Reina sintió mucho separarse de su esposo para 



358 



A. DE PALENGI A 



ir á la frontera portuguesa, y bien demostraron 
ambos en la despedida cuán dura se les hacía. 
Acompañaba al Rey el Condestable; casi todos 
los demás nobles siguieron á la Reina, así para 
auxiliarla en la resolución de los asuntos arduos, 
como para celebrar con más ostentación las exe- 
quias de D. Enrique, en lo que pusieron especial 
empeño el Cardenal y Arzobispo de Sevilla; los 
obispos de Zamora, Córdoba y Astorga, y otros 
muchos de los principales magnates. Doña Isa- 
bel, más bien por sentimientos de caridad y de 
humanidad que por deberes de gratitud, cumplió 
con todos los que el vínculo de fraternidad le 
imponía, y celebró solemnemente las exequias 
en Guadalupe, sin que se omitiese ninguna cere- 
monia. El cadáver de D. Enrique fué depositado 
en la mansión del perpetuo olvido, junto al sar- 
cófago de su madre y no lejos del del Maestre 
Pacheco. 

Desde allí se encaminó la Reina á Trujiilo, que 
algunos dicen debe llamarse Torre de Julio. Pero 
antes de referir los cuidados que ocuparon el 
ánimo de D. a Isabel en aquella provincia, man- 
chada con innumerables crímenes, tendré que 
interrumpir la serie de estos sucesos para contar 
las maquinaciones de los reyes de Francia y de 
Portugal, y los lances de la guerra. 



CAPITULO IX 



Embajadas enviadas al Papa por los reyes de 
Francia y Portugal y planes que fraguaban. — 
Contrarias tent atipas del rey de Nápoles don 
Fernando. — Expediciones varias de los anda- 
luces. 



r abajaban el rey Luis de Francia y don 
Alfonso de Portugal por atraerse á su 
partido al Papa y al Colegio cardenali- 
cio, en daño de los reyes de Castilla. A princi- 
pios de la causa de 1477 le enviaron embajadores á 
íin de alcanzar dispensa para el matrimonio de 
D. a Juana, hija de la difunta Reina de igual nom- 
bre, con su tío el rey de Portugal, y la provisión 
de dignidades eclesiásticas en los reinos de León 
y Castilla y la del Maestrazgo de Santiago, en 
conformidad con los deseos de aquel Monarca. 
Contábase para esto con los votos de algunos 
Cardenales franceses é italianos; pero se trope- 
zaba con la oposición de considerable grupo de 
estos últimos, porque en Roma no había ninguno 
español, á excepción de D. Pedro González de 
Mendoza, que acompañaba á la Reina y que ha- 
bía obtenido el capelo después de la repentina 
muerte de los tres Cardenales castellanos ya cita- 




cxxxiv 



24 



36o 



A. DE PALENCIA 



dos, de igual nombre, aunque de diversas inten- 
ciones, D. Juan de Torquemada, D. Juan de Car- 
vajal y D. Juan de Mella. También el italiano 
Antonio Jacobo de Veneris, que con el favor de 
España había obtenido el obispado de León, luego 
el de Cuenca, y, finalmente, el capelo, defendía 
los fueros de los reyes de Castilla en la curia ro- 
mana, donde también el valenciano Rodrigo Bor- 
ja, cardenal vicecanciller, y cuantos acataban á 
los reyes de Sicilia, Nápoles ó Aragón, se oponían 
á los intentos de portugueses y franceses. 

De este modo la Corte pontificia estaba dividida 
en dos bandos contrarios. 

Prevaleció, sin embargo, la enérgica interven- 
ción del rey D. Fernando de Nápoles, pues, no 
solamente hizo preponderante con su favor la 
causa jurisdiccional de su primo D. Fernando, 
sino que indujo á los proceres romanos amigos 
suyos á apoyar á la Sede apostólica, si por caso 
alguien, envalentonado con la arrogancia de los 
Cardenales franceses, intentaba hollar los fueros 
de los partidarios de D. Fernando, aunque fuese 
en los actos honoríficos, por ejemplo, si preten- 
dían dar al rey de Portugal, como á rey de Cas- 
tilla, el asiento que junto ai Papa correspondió 
siempre á los antiguos monarcas castellanos. 
Cuestión era esta que había de surgir muy pron- 
to, cuando el Papa saliera á celebrar la festividad 
de la Purificación, y sobre ello tenía diferente 
opinión la multitud, según propendía á uno ó á 
otro partido. Era, sin embargo, reconocidamente 
más poderoso el de don Fernando, al que se ha- 
bían adherido muchos ciudadanos romanos, los 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



36t 



cabezas de los Ursinos, Colonas y Cayetanos, sus 
aliados y las familias más nobles, y no era tenida 
en nada la voluntad del conde Jerónimo y del Car- 
denal de San Pedro ad Vincula, fautores de la 
fracción francesa y portuguesa, á quienes el Papa 
había hecho dueños de su libre, ó más bien servil 
■albedrío, como en otro tiempo se había sometido 
á las liviandades de fray Pedro, cardenal de San 
Sixto. Esta morbosa disposición de ánimo que- 
rían curar con el hierro y el fuego los proceres 
romanos, muchos de los ciudadanos y toda la fa- 
lange de castellanos, aragoneses y catalanes, á que 
en vano hubiese podido resistir el favor del bando 
contrario. 

Además, el rey de Nápoles D. Fernando envió 
cartas al Papa y al cardenal de San Pedro ad 
Vincula, principal fautor de los planes france- 
ses, en que les acusaba de propósitos facciosos en 
asunto que debía pesarse con exactísima balanza. 

Vacilaba el Papa entre encontradas considera- 
ciones, y al cabo discurrió un medio para salir del 
grave compromiso. Con pretexto de dolencia, su- 
primió las solemnidades de la festividad, y así con- 
siguió prescindir de la intervención de los legados 
colaterales en el ceremonial. Dejó la provisión de 
las catedrales é iglesias metropolitanas supeditada 
al favor de que dispusiese el que las poseyese, en 
tanto que permaneciera dudoso el pleito entre los 
Reyes. Y en cuanto á la dispensa del matrimo- 
nio, creyó debía someterse al más maduro exa- 
men de todo el Colegio cardenalicio. Con esta dir 
lación en resolver las peticiones, no sólo en la 
curia romana andaban los ánimos indecisos, sino 



3Ó2 



A. DE PALENCIA 



que también en los reinos de Castilla cundía la. 
agitación (i). Aseguraban unos que el Papa había 
concedido la dispensa juntamente con la decla- 
ración del derecho á la corona de estos reinos; 
otros propalaban, ya estas, ya aquellas noticias; 
de modo que de día en día iban aumentando 
las competencias, y antes de que la reina doña 
Isabel llegase á la frontera de Portugal, empe- 
zaron á confabularse los Grandes de Andalucía 
para no desprenderse de nada de cuanto tiránica- 
mente se habían apoderado. El que con más as- 
tucia agitaba este asunto era, según se dice, 
D. Fadrique Manrique, por otra parte valeroso 
adalid; pero enemigo de justicia, y en este te- 
rreno acatado como maestro por D. Alfonso de 
Aguilar y por el Marqués de Cádiz. La muerte 
atajó sus pasos en Córdoba y tuvo que dejar á 
su yerno Luis Portocarrero la guarnición de 
Ecija y el castillo de Azagra, de la Orden de San- 
tiago, con las rentas debidas al Comendador or- 
dinario. 

El Duque de Medina Sidonia parecía muy te- 
meroso de ver llegar á la Reina á la frontera 
portuguesa, y con pretexto de antiguas com- 
petencias, excitaba á su hermano D. Alvaro de 
Guzmán contra D. Alfonso de Cárdenas. Como 
ya antes de morir D. Rodrigo Manrique algu- 



(i) El manuscrito de Sevilla tiene esta nota mar- 
ginal: «Fuit generalis dispeiisatio concessa ut Re^i 
Ferdinando non prcejudic... de qua re vide litteras. 
Pontificia, et dispensationem ipsam.» 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



363 



nos Comendadores de Santiago le llamaban Maes- 
tre, cuando aquél murió, no pudo resignarse 
á que el rey D. Fernando hubiese concedido la 
administración de la Orden, y así no inspiraba 
gran confianza en los graves asuntos de la Co- 
rona, pues, mientras por una parte suplicaba, por 
otra entendía en planes hostiles á los Reyes. 
Esto brindaba coyuntura muy favorable al Du- 
que de Medina Sidonia para excitar á la guerra 
á su joven hermano Alvaro, -que, además del es- 
perado apoyo del Duque, se proponía, con temeri- 
dad propia de sus años, ocupar la importante villa 
de Fregenal, confinante con los dominios de don 
Alfonso de Cárdenas. El parentesco con el conde 
de Feria Gómez de Figueroa, al casarse con su 
hermana, había dado nuevas alas á su osadía, y 
confiado en estas ventajas, comenzó á mostrar su 
hostilidad al veterano procer, que no tardó en cer- 
car al joven en la fortaleza de Cumbres Mayores. 
La noticia del cerco desconcertó á los sevillanos, 
principalmente porque sabían que el Marqués de 
Cádiz y D. Alfonso de Cárdenas, como favorables 
al partido portugués, estaban conjurados contra 
el Duque de Medina Sidonia, y que otros de los 
Grandes tampoco observaban más lealtad á los 
Reyes. 

El duque D. Enrique no se apresuró á soco- 
rrer á su hermano Alvaro, y éste se vió obligado 
á abandonar á sus compañeros de armas para 
.atender á su propia seguridad, y á suscribir á 
los tratos de restitución de cuanto había ocu- 
pado injustamente. No logró, sin embargo, li- 
brarse de nuevas violencias de las gentes de Cár- 



36. 



A. DE PALENCIA 



denas, contra las que nada podían las Ordenanzas 
de la Santa Hermandad, pues entraban robando 
el territorio de Sevilla, y si alguna vez los veci- 
nos de Cumbres Mayores ó los de Fregenal escar- 
mentaban á los portugueses, al punto aquéllos 
hostilizaban á los vencedores de tal modo, que 
declaradamente parecían aliados de los últimos. 
Sobresalía entre todos por sus violencias Diego 
Mejía, apellidado el Largo; pero los de Sevilla 
resistieron enérgicamente á los ladrones que le 
acompañaban, dieron muerte á cuatro, y á él le 
hicieron huir con tres heridas, obligándole á re- 
fugiarse en la bien enrocada fortaleza, de antiguo 
derruida, y reforzada luego por él con ligeras 
obras de defensa. Hasta su primitivo nombre de 
castillo de Las Torres hizo cambiar por el de Mu- 
dapelo (i) ó Roepelo, y como limítrofe de Portu- 
gal y perteneciente á la jurisdicción de Sevilla, 
desde allí pactaba á su capricho alianzas ó rompía 
hostilidades, y contra todos ejercía sus violencias 
acostumbradas. Al principio se había valido del 
favor de Alfonso de Guzmán, regidor de Sevilla; 
mas cuando ya se creyó seguro con la ocupación 
del fuerte castillo, causó graves daños á los sevi- 
llanos, como uno de los partidarios de Cárdenas, 
aunque á poco unos y otros tuvieron que consi- 
derarle enemigo. 



(i) Mudapelo es también el nombre de un arroyo 
que nace en Sierra Morena, más arriba de Burgui- 
llos, y entra en Guadalquivir.— (N. del T.) 



CAPÍTULO X 



Recuperan los portugueses á Alégrete (i). — Los 
moros granadinos saquean la villa de Cie^a. — 
Otro abencerraje acompaña al rey á Córdoba. 

as maldades de tantos Grandes y solda- 
dos castellanos dieron osadía al prín- 
cipe D. Juan de Portugal para cercar á 
Alégrete con numerosas fuerzas de caballería é 
infantería, aprovechando la coyuntura de hallarse 
el clavero de Alcántara D. Alfonso rodeado de mu- 
chas dificultades y atento principalmente á los 
asuntos de Trujillo, porque en la llegada de su 
Reina tenía puestas todas sus esperanzas para la 
defensa del territorio. Por eso los portugueses 
trabajaron por adelantarse á la diligencia de 
la Reina, único medio de recobrar á Alégrete, 
porque todos los castellanos fronterizos de Por- 
tugal, ante la presencia de D. a Isabel, habían 
de mostrarse, al menos en apariencia, prontos 
á acatar sus órdenes; pero mientras su llegada 
fuera dudosa, los adictos se mantendrían hosti- 



(i) Alégrete y no Portalegre debe leerse en las 
págs. 1 86 y 187, donde se ha repetido la errata cua- 
tro veces. 




36(5 



A. DE PALENCI A 



les á los leales, y los apáticos ó apocados no ayu- 
darían á tiempo, como lo consiguió el Príncipe 
de Portugal, empleando todas las fuerzas de su 
reino en este solo sitio, sin que le faltara el menor 
pertrecho de guerra. El Clavero, confiado en el 
valor de su gente, cuidó, sobre todo en los pri- 
meros días, de consultar á los Reyes, á la sazón 
en Madrid, y de que enviaran sus cartas á los 
Grandes andaluces, á los pueblos y á los hombres 
de armas y peones próximos á la frontera portu- 
guesa para que acudiesen en socorro de la guar- 
nición de Alégrete. Los primeros, no sólo no 
ayudaron, sino que más bien entorpecieron la 
obediencia de los pueblos. Tampoco D. Alfonso 
de Cárdenas prestó el menor auxilio, y el conde 
de Feria Gómez Suárez de Figueroa, único que 
le hubiera dado espontáneamente, se encontraba 
envuelto en otros cuidados y carecía de todo 
recurso. 

Los demás Grandes del territorio confinante con 
Portugal, ó por enemistad con el clavero Monroy, 
ó por envidia de su preclaro nombre, no le soco- 
rrieron; de modo que la guarnición de Alégrete, 
privada así de todo auxilio, tuvo que consagrarse 
tan sólo á mirar por su propia salvación. 

Recobró, pues, la villa el Príncipe poco antes 
de entrar en la frontera portuguesa la Reina, 
amargamente apenada por la pérdida de la impor- 
tante población, y no menos por los estragos que 
el rey de Granada Albuhacén había hecho en 
aquellos días en los pueblos leales de tierra de 
Murcia. Daban gran pábulo á estas hostilidades, 
así la locura de los trastornos sevillanos, como el 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 36? 

funesto desasosiego de D. Alfonso de Aguilar y la 
incesante rivalidad del adelantado de Murcia, Pe- 
dro Fajardo. De éstos el primero pasaba por el 
desastre de su gente con tal de suscitar noveda- 
des, y el segundo oponía á destiempo su natural 
fortaleza al poder de los granadinos, muy acre- 
centado desde el entronizamiento de Albuhacén, 
hombre esforzado y de sagacidad extremada para 
aprovecharse de las discordias de los castella- 
nos, como quien ya desde joven había presen- 
ciado las calamidades de nuestra nación, cuando 
seguía con unos 200 jinetes moros al rey D. En- 
rique, según queda dicho en capítulos anteriores. 
Devastó el moro y saqueó la villa indefensa de 
Cieza, y con el desastre aumentó la aflicción de 
las afligidas poblaciones leales, porque en tiempo 
de D. Juan II, el ejército granadino había llevado 
cautivos á todos los moradores de la villa, y cuan- 
do, ya rescatados, se creían seguros en sus casas, 
sorprendidos por Albuhacén á principios de Abril 
de 1477, llevó cautivos á 700 y entró con ellos 
triunfalmente por las puertas de Granada, entre 
estruendosos aplausos de ios ciudadanos y en me- 
dio de la tristeza que en los andaluces leales causó 
el infortunio. 

Además, el feroz Rey declaró guerra sin cuar- 
tel á las poblaciones obedientes á D. Alfonso de 
Aguilar, por haber éste llamado á otro Abence- 
rraje, Mohamed, pretendiendo sublimarlo como á 
rey intruso, y haber acogido con mucha honra 
en Córdoba á algunos prófugos granadinos. Ver- 
daderamente esta osadía del de Aguilar fué causa 
de muchos infortunios para los pueblos de Anda- 



368 



A. DE PALENC1A 



lucía, pues dio ocasión á los poderosos muslimes 
de ensañarse contra los míseros habitantes de 
Priego, Aguilar, Montilla y Antequera, y el éxito 
de tales incursiones y talas ensoberbeció tanto á 
los granadinos, que se atrevieron á llegar en sus 
entradas hasta la villa de Cañete, cuyos vecinos á 
duras penas escaparon del duro cautiverio. Por 
maravilloso caso vino á librarlos el guía que los 
moros llevaban, muy conocedor de los caminos; 
pero que, desatinado en la oscuridad de la noche, 
en lugar de conducirlos á la indefensa villa antes 
del alba, los hizo dar tan largo rodeo, que ya al 
darla vista, había amanecido. Esto permitió á 
algunos resistir tan enérgicamente al enemigo, 
que á no haber retrocedido hasta cerca del río 
Guadajoz, donde el Rey aguardaba con el núcleo^ 
del ejército, acaso hubiera corrido serio peligro. 

Fernán Arias de Saavedra, alcaide del castillo 
de Utrera, se imaginó alcanzar medros persona- 
les infundiendo astutamente en los vecinos de la 
villa nuevos temores, aunque al cabo todas sus 
estratagemas fueron verdaderas necedades. Va- 
liéndose de cierta mujer que tenía conveniente- 
mente industriado á su hijo, niño de pocos años, 
logró alarmar á los moradores con la amenaza de 
terribles incursiones preparadas por los granadi- 
nos, á fin de justificar las obras de defensa que 
disponía en el castillo. Y, en efecto: por temor á 
que la llegada de la Reina á Andalucía le fuese 
funesta, le rodeó con doble foso y recia trin- 
chera. Esto además de otras malas acciones de 
su padre Gonzalo de Saavedra, del llamamiento 
que él hizo de los abencerrajes y de lo que ya dije 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 36g 

trabajó por asentar un rey intruso en el trono 
de Granada. De ninguna de estas novedades pro- 
testaron los que gobernaban en Sevilla; pero in- 
clinaron el ánimo de muchos á la tiranía, y en 
las demás ciudades andaluzas la soberanía de los 
reyes iba haciéndose aborrecible á las más pode- 
rosas autoridades. 



LIBRO XXIX 



CAPÍTULO PRIMERO 

Afortunada empresa de D. Diego Fernández 
primogénito del Conde de Cabra, en Bae\a. — 
Victoria de los marineros de Palos contra por- 
tugueses. 

ivamente anhelaban los principales de 
Baeza recobrar su antiguo poderío ti- 
ránico (í). El Conde de Cabra fué á 
Baeza á visitar á su mujer, y durante su ausen- 
cia encargó á su primogénito, el arrojado joven 
Diego de Córdoba, la guarda de aquella sos- 
pechosa ciudad. Tan divididos en bandos esta- 
ban los moradores, que, por consejo del padre, 
D. Diego, gobernador de la ciudad, se vió preci- 
sado á desterrar á los caballeros del bando capi- 
taneado por Juan de Benavides y favorecedor del 
maestre de Calatrava D. Rodrigo Girón y del mar- 
qués de Villena D. Diego Téllez Pacheco. Todos 



(i) En todos los textos latinos consultados fal- 
tan aquí palabras para el recto sentido de la frase. 
He procurado suplirlas lo mejor que he podido, 

— (N. DEL T.J 




3j2 



A. DE PALENCIA 



ellos, antes de la demolición del castillo, habían 
preparado multitud de crímenes en la ciudad, y 
aún en su destierro seguían maquinando contra 
la vida de los que habían permanecido en sus ca- 
sas. El Benavides, principal entre los desterrados, 
además del auxilio de D. Alfonso de Aguilar, 
enemigo jurado del Conde de Cabra y de su pri- 
mogénito, buscó otro entre los más cercanos por 
medio del matrimonio de su hija con Jorge Man- 
rique, hijo del difunto Maestre de Santiago y 
guerrero esforzado, perito en la ciencia militar y 
muy afortunado en los combates. Apoyado en 
este parentesco, Juan de Benavides, de común 
acuerdo con el de Aguilar, preparó una expedi- 
ción, y en secretas entrevistas, concertó con todos 
los de su partido el día en que habían de caer re- 
pentinamente sobre el Mariscal de Baena don 
Diego, que con poca precaución defendía á Baeza. 

Conocían perfectamente los desterrados de esta 
ciudad el camino para entrar en ella, protegidos 
por la oscuridad de la noche, y no ignoraban cuán 
insuficiente era su guarnición para defenderse 
contra fuerzas invasoras más numerosas y escogi- 
das. En prosecución de ese propósito, Juan y 
sus aliados, de común acuerdo, excitaron contra 
Diego, caudillo de aquellos defensores, el odio de 
Alfonso de Aguilar, ya animado de igual deseo y 
poseído de más reconcentrada enemiga. Señalóse 
el día y se convino en la manera de invadir la 
ciudad, persuadidos todos de lo fácil de la em- 
presa y seguros de que aquel puñado de mi- 
serables forasteros, ante el repentino ataque de 
,tan numerosas fuerzas, no tardarían en sucumbir 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 

ó quedar en su poder. El de Aguilar se reservó el 
empeño de acudir oportunamente con fuerte es- 
cuadrón contra los que por caso intentaran soco- 
rrer al Mariscal, pretextando la contingencia de 
alguna incursión desde los confines de Granada, 
puesto que los moros asolaban las tierras del de 
Aguilar en diarias algaradas. Para poder hacer 
frente en el momento á las fuerzas de la expedi- 
ción del Conde de Cabra, apostó 600 caballos en 
Castro del Río, cerca de Baena, y sus aliados, con 
Juan de Benavides, buscaron nuevos pretextos 
para reunir fuerzas de caballería bastantes y nu- 
merosos peones para el plan proyectado. 

El 28 de Abril de 1477, á media noche, Juan y su 
hermano Sancho de Benavides, Gonzalo de Villal- 
ta, antes alcaide del castillo de Baeza, á quienes los 
principales de la ciudad llamaban Serones, jun- 
tamente con Jorge Manrique y Pedro Tobilla, 
adalid de la caballería de D. Rodrigo Manrique, 
comendador de Sabiote, hermano de Jorge, pene- 
traron por un ángulo del muro derruido é inde- 
fenso junto á la puerta de Barbudo, y la cerraron 
para el paso de los caballos. 

Realizado esto cual lo habían imaginado, cre- 
yeron que lo demás les saldría aún mejor, dado 
que, en su sentir, la mayor parte de los morado- 
res habría de inclinarse á los victoriosos, ó, por 
lo menos, permanecer quietos en sus casas en 
caso que sintieran de noche á los desterrados in- 
tentar algún tumulto. Con tal confianza, marcha- 
ron inmediatamente á cercar la casa de Diego, 
donde entraron algunos, suponiendo al enemigo 
sumido en profundo sueño; mas, casualmente, 



374 



A. DE PALENCIA 



andaba con algunos criados rondando las calles 
de la ciudad contiguas á las murallas, 3* en cuanto 
supo que la multitud enemiga se dirigía á su 
casa, dió aviso á Rodrigo Díaz de Mendoza, que 
moraba en el arrabal, y le aseguró que si no le 
socorría inmediatamente, pronto sería dueña de 
la ciudad. Mientras nuevas fuerzas de los deste- 
rrados con sus auxiliares ponían sitio á la casa, el 
mariscal D. Diego, con i5 criados, se dirigió al 
templo de Santa María del Alcázar. El Comen- 
dador de Sabiote, creyendo al Mariscal encerrado 
en aquél, lo combatía tan furiosamente, que á 
duras penas resistían los escasos defensores; pero 
favorecióles la suerte, porque una gran piedra, 
arrojada desde lo alto de la casa, arrebató la vida 
al infeliz Comendador, y faltos de caudillo, sus 
compañeros de armas cejaron, y los sitiados co- 
braron nuevos ánimos. 

También el Mariscal iba aumentando sus fuer- 
zas con algunos amigos que sobresaltados por el 
tumulto habían acudido; mas, como respecto á la 
multitud enemiga eran tan pocos, le aconsejaron 
que mirase por su vida, considerando que hasta 
aquel momento sólo podía oponer 5o hombres á 
i5o caballos y cerca de 1. 00.0 peones. Era para él 
el honor muy preferible á la vida; pero, además, 
tuvo la fortuna de que en aquel instante Rodrigo 
Díaz de Mendoza, al frente de 200 hombres de ar- 
mas, encontrase en las calles de la ciudad á Jorge 
Manrique con la mayor parte de los desterrados, y 
trabando combate, los venciese, apoderándose del 
capitán y desbaratando y poniendo en fuga á su 
gente. Acometidos de seguida con gran vigor por 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 

el Mariscal, los principales desterrados, excepto 
unos io que lograron escapar, quedaron prisio- 
neros, aun cuando de los ciudadanos ninguno 
le prestó ayuda, fuera de los acaudillados por 
Rodrigo Díaz de Mendoza. La victoria pareció 
más maravillosa, por cuanto todos los vencidos 
eran veteranos de gran reputación, mientras 
los vencedores, con un puñado de bisónos, sa- 
lieron del apurado trance combatiendo uno contra 
cinco. 

Muerto el Comendador, quedaron prisioneros, 
entre los principales, Jorge Manrique, Juan y 
Sancho de Benavides, es decir, todos los Serones, 
y Gonzalo de Villalta. Trofeo de los vencedores 
fueron las muchas presas de los enemigos y los 
caballos útiles para ulteriores expediciones. Fi- 
nalmente, completó el gozo de la victoria el no 
haber sucumbido de los vencedores sino un cita- 
rista, criado del Mariscal, siendo tan crecido el 
número de enemigos muertos en la refriega. 

Jorge Manrique se acarreó nota de perfidia, 
como tan unido por estrecha amistad hasta aquel 
día con el Conde de Cabra, de quien era corres- 
pondido con igual afecto, aumentado entre padres 
é hijos en la guerra por la condición de compañe- 
ros de armas, para venir al cabo á atentar contra 
el honor y la vida de los antiguos amigos, movido 
por el nuevo parentesco con Juan de Benavides, 
uno de los desterrados de Baeza y tenaz rebelde 
siempre contra D. Fernando, en cuyo partido ha- 
bían militado tiempo antes, en compañía del 
Conde de Cabra, el Maestre de Santiago y su mis- 
mo hijo Jorge. Alegó éste algunas excusas inad- 

CXXXIV 25 



37^ 



A. DE PALENCIA 



misibles; pero, en consideración á los méritos de 
su padre, túvosele mayor que á los demás prisio- 
neros. 

Esta victoria, notable por el número de los 
combatientes y por sus importantes consecuen- 
cias, fué coronada por la feliz empresa marítima 
de ios de Palos, realizada en aquellos días. Con 
26 carabelas arribaron á las costas de Portugal, y 
se atrevieron á retar á combate á grandes naves 
francesas; las vencieron; incendiaron las dos ma- 
yores; apresaron dos carabelas de los portugueses 
é hicieron huir á algunas otras, auxiliares de las 
francesas en el combate. Luego saquearon el arra- 
bal de Tavira, próximo á aquellas aguas, y le 
pegaron fuego, causando gravísimo daño á los 
portugueses, infatuados hasta entonces por con- 
siderarse invencibles, al menos en las batallas ma- 
rítimas. 





CAPITULO II 



Disposiciones tomadas por la Reina en los asuntos 
de Trujillo. 

LEGPE fué P ara I a Reina la noticia de los 
^jjjgS^ dos felices combates, y lo hubiera sido 
más, sin la recuperación de Alégrete 
por los portugueses, ocurrida en aquellos días. 
Pero ni la alegría ni la pena la hicieron descuidar 
las prevenciones necesarias para las futuras con- 
tingencias. Antes de entrar en Trujillo mandó sus 
cartas á los Grandes y á las poblaciones de Anda- 
lucía con orden de enviar á toda prisa sus contin- 
gentes á la frontera de Portugal, para poder com- 
batir, en caso necesario, la fortaleza de Trujillo, 
y principalmente para poder salir al encuentro 
del príncipe D. Juan, si, como muchos anuncia- 
ban, acudía á defenderla. Otra tercera causa se- 
creta y, de ser cierta, seguramente aventurada y 
poco adecuada para las facultades femeninas, se 
dijo haber existido para esta empresa. Lograron 
persuadir á la Reina de cuán honroso sería para 
ella, mientras el Rey entendía en el cerco de las 
fortalezas de Castronuño y Cubillas, ponerse al 
frente ele numerosa hueste y, simulando una em- 
presa cualquiera, torcer el camino hacia el terri- 
torio de Portugal próximo al monasterio de Santa 



A. DE PALENCIA 



Ma ría de Batalha. Diéronle este nombre los hin- 
chados portugueses por haber peleado con des- 
gracia los castellanos en aquellos campos, y en la 
iglesia conservaron el pendón real apresado en la 
batalla, para perpetua ignominia de nuestro pue- 
blo. A borrar esta ignominia indujeron á la Reina 
sus familiares, y, al efecto, según dijeron, pretex- 
tando diferente urgencia, hizo llamar tropas de to- 
das partes; pidió á los sevillanos un contingente 
de 3oo lanzas; de 100 á los de Jerez; 5o á Carmona; 
8o á Ecija; 200 á Córdoba; al duque D. Enrique. 
3oo; al Marqués de Cádiz, 200; otras tantas al 
adelantado de Andalucía D. Pedro Enríquez y 
3oo al maestre de Calatrava D. Rodrigo Girón, re- 
cientemente reconciliado con los Reyes. 

A otros Señores, residentes en los confines de 
Portugal, como el comendador D. Alfonso de Cár- 
denas, sustituto del Maestre; á Gómez Suárez de 
Figueroa, encargado de la defensa de Badajoz, y 
al clavero de Alcántara, ó bien Maestre de esta 
Orden, D. Alfonso de Monroy, á cuyo lado habían 
acudido muchos hombres de armas atraídos por 
su reconocido esfuerzo, dió orden la Reina de es- 
tar preparados para acudir al segundo llama- 
miento con todas las fuerzas disponibles. Estas 
tropas, juntas con las traídas por D. a Isabel desde 
Castilla la Nueva, no dudaba pasarían de 4.001) 
soldados, y con ellos la parecía fácil penetrar en 
Portugal, recobrar el pendón y compensar así la 
pérdida con la hazaña de rescatar una Reina de 
Castilla, por fuerza de armas, la insignia deposi- 
tada en el templo por el difunto rey de Portugal 
como trofeo de su victoria. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



S70 



La manifiesta necesidad de atender á más ur- 
gentes cuidados vino á desvanecer todas las ilu- 
siones concebidas por tan vano propósito. Sobre 
los innumerables daños de aquella provincia, ya 
tan castigada, había descubierto la Reina en el 
alcaide de la fortaleza de Trujillo, Pedro de Bae- 
za, intenciones muy diferentes de las que le su- 
ponía, por estar, en opinión de muchos, inclinado 
á su obediencia. A los mensajeros de la Reina hizo 
comprender su resolución inquebrantable de no 
entregar el castillo sino al Marques de Villena, 
cumpliendoel juramento de fidelidad prestado á la 
muerte del Maestre Pacheco. Se extrañó mucho 
de la imprevisión de la Reina por no traer en su 
compañía al Marqués, ya á la obediencia de los 
Reyes, y no haber tomado á su tiempo las medi- 
das oportunas, por cuyas razones, ó debía perdo- 
nar su leal resistencia á la entrega del castillo, ó 
poner conveniente remedio á los primeros disgus- 
tos. La respuesta del alcaide parecía en cierto 
modo propia de un romano, y fué menester adop- 
tar á un tiempo dos partidos, llamando al Marqués 
de Villena y al padre del alcaide, á fin de reducirle 
á la debida obediencia. 

No se decidía el primero á acudir al llama- 
miento, porque veía al Dr. Antonio Rodríguez 
de Lillo pasar el tiempo en vanos y simulados 
tratos acerca de la restitución de Villena con el 
noble valenciano Gaspar Fabra, dueño de la villa 
y de su castillo, y poco inclinado á devolverla. 
Tampoco el Doctor lo solicitaba en realidad, mas 
era corriente el tratar de engañarse unos á otros 
en inútiles conferencias. Con constantes enga- 



38o 



A. DE PALENCI A 



ños había adquirido el difunto Maestre Pacheco 
los dominios perdidos realmente por el Marqués 
su hijo, y falazmente se trataba también con 
él, de palabra y por escrito, de la restitución de 
las fortalezas, pasado el término de dos años. 

Como el faltar todavía veinte meses ofrecía 
buena excusa, los íntimos del Marqués le aconse- 
jaron diferir la entrega de la fortaleza de Trujillo, 
á fin de conservar alguna prenda en caso de apar- 
tarse los Reyes en algo de lo pactado. Por eso, y 
por no verse obligado á la entrega, regresó á Es- 
calona y se negó á acudir á la entrevista. En 
cuanto la Reina se percató de ello y comprendió 
lo inútil de la intervención del padre del Alcaide,, 
así como las promesas y amenazas, escribió un 
enérgico albalá, refrendado por el secretario Fer- 
nán Alvarez Zapata y dirigido al Marqués, man- 
dándole presentarse inmediatamente en Trujillo- 
y entregar la fortaleza, si quería se cumpliesen 
los pactos hechos con su Señor, pues, si por cual- 
quier medio se excusase, quedarían nulos y de 
ningún valor. 

Entretanto, no cesaba la Reina de reunir tro- 
pas, si bien, considerando la escasez de mante- 
nimientos, accedió á lo pedido por las ciudades 
de Andalucía de entregar, á cambio de soldados, 
dinero para pagarlos. Envió, sin embargo, Se- 
villa ioo lanzas como contingente de Hermandad 
popular, aún por aquellos días no aceptada de 
buen grado. El duque D. Enrique simuló dis- 
ponerse á marchar á la cabeza de 1.600 hombres 
de armas, negándose á llevar menos para no te- 
mer nada de su antiguo émulo el Comendador de 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



38l 



León. Pero la Reina, aparentando resoluciones 
preferibles á las de estos Grandes, y con pretexto 
de marcha, logró dejar en suspenso la expedición 
preparada por el de Medina Sidonia. De los caba- 
lleros sevillanos, sólo el Adelantado de Andalu- 
cía D. Pedro Énríquez se presentó con 200 caba- 
llos. Otros tantos cordobeses y 5o de Carmona 
acudieron por los mismos días, y así iba poco á 
poco engrosando el ejército. 

El maestre de Calatrava D. Rodrigo Girón ha- 
bía traído, uno de los primeros, i3o caballos muy 
singulares, á fin de compensar, con la superior 
calidad, lo corto del número; además se esperaba 
otro mayor de ios proceres más cercanos; y la 
Reina se proponía encargar el ataque del castillo 
á D. Alfonso de Monroy, á su partidario Luis de 
Chaves y á otros trujillanos enemigos del alcaide. 
Mas, á vueltas de las amenazas, su padrey muchos 
de sus amigos trabajaban por disuadirle de llegar 
al último trance y por hacerle sobreponer la lealtad 
debida al débil compromiso que al Marqués le li- 
gaba. Con su llegada todos losobstáculosse allana- 
ron, pues, después de interminables subterfugios 
por una y otra parte, hubo de ceder el alcaide á los 
ruegos del Marqués y entregar la fortaleza ante 
el riesgo de perder seguramente el resto de sus 
dominios y proporcionar á la Reina ocasión para 
no devolverle muchos castillos y villas del Mar- 
quesado, rompiendo los pactos hechos. La en- 
trega se verificó el día de San Juan, y la guarda se 
confió á Gonzalo de Avila, hijo del jurisconsulto 
Pedro, principal entre los abulenses del partido 
contrario al del alcaide. Lloró éste, según se dice, 



382 



A. DE PALENCÍ A 



y la Reina hubo de consolar al joven, antes su 
enemigo, comprometiéndose además el Cardenal, 
allí presente, á prestarle su favor en lo sucesivo. 

El almirante D. Alfonso Enríquez, recién lle- 
gado á la Corte, sólo atendía á extender sus do- 
minios, é impulsado por el ansia de acumular ri- 
quezas, se preparaba á marchar á Andalucía, 
esperando encontrar en los crímenes de los Saa- 
vedras ocasión propicia para alcanzar el señorío 
de Tarifa ú Oretania, cuyogobierno había perdido 
tiempo atrás su padre. Otros Condes se encontra- 
ban allí á la sazón. Entre ellos el de Medinaceli 
D. Luis de la Cerda, procedente de Castilla y 
muy apenado por la reciente pérdida de su ama- 
dísima mujer Ana, hija de D. Carlos, príncipe de 
Viana, y sobrina del rey de Aragón. Asimismo el 
de Belalcázar, afortunado en su edad juvenil, 
pues, por disposición de su madre, heredó los es- 
tados de su hermano, el primogénito, cuando en- 
tró en religión. Seguía también á la Corte el 
Conde de Cifuentes, y servía á la Reina con el fin 
principal de conseguir la restitución de la villa de 
Palos, inicuamente ocupada de antiguo por Gon- 
zalo de Estúñiga. La muerte de D. a ... (í). Manuel 
detuvoásuhijo el Condede Feria D.Gómez Suárez 
de Figueroa cuando se disponía á presentarse á la 
Reina, por lo cual envió para defender laciudad de 
Badajoz al adalidde la caballería sevillana Melchor 
Maldonado, después de distribuir por la provin- 
cia la reunida, señalándola diferentes atenciones. 



(i) En blanco en ios originales; pero consta que 
se llamaba D. a María.— (N. del T.) 



CAPÍTULO III 



Demolición de varias fortalezas cerca de Trujillo. 
La Condesa de Medellin. 

tONSTiTUÍAN el mayor azote de las poblacio- 
nes del término de Trujillo las repetidas 
depredaciones de los sicarios y salteado- 
res llevadas hasta los últimos confines. En el fu- 
ror de la guerra, los dos bandos enemigos habían 
construido defensas en posiciones inexpugnables, 
además de lás aseguradas desde remotísimos 
tiempos por poderosas guarniciones, como Ma- 
gacela y Benquerencia. En ellas, ante la imposi- 
bilidad de ser tomadas de otra manera, habían 
permanecido en virtud de pactos los moros, bien 
seguros en sus defensas naturales. 

Era alcaide de la última Diego de Cáceres, va- 
leroso soldado y muy obediente á las órdenes del 
rey D. Fernando, como antes á las de su padre en 
la guerra de Navarra. Desde el principio de la de 
Portugal hasta las campañas en tierra de Toledo, 
se portó como un cumplido guerrero y no inte- 
rrumpió sus ejercicios militares cuando vió á la 
Reina ocupada en aquietar las turbulencias de 
Trujillo. Esto á pesar de su parentesco con los 
caballeros de la ciudad, favorecedores del Alcaide 



384 



A. DE PALENCIA 



de la fortaleza y enemigos de Luis de Chaves. 
Mas como constante partidario del prestigio de la 
Corona, á todo anteponía los deberes de leal vasa- 
llo y se lamentaba de la obstinación de sus parien- 
tes, entregados á procedimientos tan reprensibles. 

Uno de ellos era Juan de Vargas, alcaide de la 
fortaleza de Madrigalejo, sucesor de su difunto 
hermano en el cargo y en la comisión de delitos. 
Uno y otro, capitaneando bandas de ladrones y 
desalmados, habían cometido las mayores atroci- 
dades, y la Reina había mandado arrasar aquella 
fortaleza, la de Figueruela, baluarte del partido 
contrario, la de Castronuevo y otras dos levanta- 
das por los caballeros rebeldes. Estableció, ade- 
más, la Hermandad popular para asegurar los 
caminos, pues hasta entonces no se podía reco- 
rrerlos sin caer más ó menos pronto en poder de 
crueles y sanguinarios salteadores, muy huma- 
nos cuando se contentaban con despojar á los ca- 
minantes, pues las más veces saciaban en ellos su 
innata sed de sangre. Entregada la fortaleza de 
Figueruela por Luis de Chaves para ser arrasada, 
según acuerdo de la Reina, mandó cercar la de 
Madrigalejo, cuyo alcaide Canilles trabajaba por 
romper las capitulaciones iniciadas con los sitia- 
dores. Diego de Cáceres tampoco se conformaba 
con la demolición de la fortaleza, y sólo aceptaba 
la devolución; pero como la Reina se negase en 
absoluto, despechado por la negativa, se volvió 
con sus caballos á la fortaleza de Benquerencia. 
A poco los ladrones abandonaron la de Madriga- 
lejo, é inmediatamente fué arrasada hasta los ci- 
mientos. Más largo fué el cerco de Castronuevo, 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



385 



por su fuerte posición, por sus defensas y por es- 
tar mejor guarnecida por los ladrones. Al cabo 
triunfó la valerosa constancia de los sitiadores, y 
quedó igualmente arrasada, así como las de Pala- 
cios y Orellana, único recurso para devolver su 
antigua tranquilidad á la provincia, y á los pas- 
tores su seguridad. 

Todavía quiso la Reina afirmarla más em- 
pleando su actividad en apaciguar los tumultos 
de los de Cáceres, la antigua Castro César, según 
algunos, víctima á la sazón de grandes desastres, 
á causa de las facciones y rivalidades de los no- 
bles. El conseguir aquel único medio de poner tér- 
mino á los pasados disturbios, fué ardua empresa, 
porque las muertes y las crueldades de uno y otro 
bando iban de día en día enconando más los odios 
entre los ciudadanos; eran generales los rencores, 
y sedientos todos de venganza, tenían á dicha 
cuando lograban hacer víctimas de algún ho- 
rrendo crimen á los contrarios. Ante este des- 
enfreno de furores resultaban impotentes los es- 
fuerzos de los Corregidores enviados por los Re- 
yes, si alguna vez intentaban castigar á los 
culpados, pues, ó morían á manos del bando cas- 
tigado, ó cuando por precisión se unían al opues- 
to, contagiados con aquel ambiente de odios, 
lejos de justificar la corrección á los demás, se 
hacían merecedores de ella. Además, con 3oo ca- 
balleros de Cáceres posesionados de la ciudad y 
corrompidos por el general contagio, sólo podían 
adoptarse enérgicos remedios, y esto no podía 
hacerse sino por mano de los Reyes, como realizó 
la Reina con su presencia, aunque juzgaba casi 



386 



A. DE PALENCÍ A. 



imposible reprimir luego desde lejos los futuros 
disturbios. 

También deseaba arrancar al conde de Mede- 
11 in D. Juan Portocarrero del poder de su cruel 
y corrompida madre la condesa D. a Beatriz, la 
cual, por el temor de renunciar á sus liviandades 
con la pérdida de sus estados, mantenía al joven 
largo tiempo en estrecho calabozo. A impulsos de 
sus malas pasiones, había hecho perecer entredi- 
versos tormentos á muchos de sus antiguos ami- 
gos por negarse á secundar tales maldades. Esta 
cruelísima virago, hija del difunto Maestre Pa- 
checo y de una manceba, había suscitado rivali- 
dades sin cuento entre ios principales de la provin- 
cia, favoreciendo, ya á uno, ya á otro bando, y para 
sostener su tiranía, había ocupado á Mérida y le- 
vantado muchas fortalezas. A fin de dar alguna 
respuesta á las amonestaciones de algunos reli- 
giosos cuando la reprendían su inhumano pro- 
ceder con el hijo, le declaraba loco, y fingía ma- 
ravillarse de la estolidez de cuantos imaginaban 
poder existir alguien superior á una madre en la 
conmiseración para su hijo; pues si ella — decía — 
hubiese conocido preferible para él la falsa liber- 
tad ai saludable encierro, se hubiera ahorrado 
muchos pesares y evitado las acusaciones y ca 
lumnias del vulgo ignorante contra una madre, 
no sólo inocente, sino piadosísima. De las demás 
maldades nadie se atrevía á hablar palabra á la 
perversa mujer. 

Por todo esto y por ser la Condesa favorecedora 
de los portugueses, deseaba la Reina encontrar 
medio para castigar á la malvada madre y libertar 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



38 7 



al desdichado joven. Mas como para ello fuese 
necesario apelar á guerra abierta, prefirió aplazar 
1 saludable escarmiento á suscitar nuevas con- 
iendas en la provincia, ya casi apaciguada, espe- 
cialmente por creerse dependiente de la provisión 
de los asuntos de Andalucía, y á éstos, primero la 
Reina en Sevilla, y después el Rey á su llegada, 
speraban dar conveniente remate. Pero no se si- 
uió este propósito de visitar á Sevilla. 




CAPITULO IV 



Disposiciones del rey D. Fernando mientras la 
Reina ejecutaba lo dicho en la frontera portu- 
guesa. 




mpeñado D. Fernando en la pacificación 
de los territorios de Castilla la Nueva y 
Navarra, resolvió hacerse dueño de las 



fortalezas ocupadas por el desalmado ladrón Pe- 
dro de Avendaño, alcaide de Castronuño, pues 
aunque el ilustre duque D. Alfonso de Aragón 
las combatía con habilidad, previsión y pericia 
militar, se desconfiaba del éxito sin el estímulo 
de la presencia del Soberano. Como el principal 
cuidado de la Hermandad popular corría á cargo 
del Duque, veíase precisado á recorrer extensos 
territorios, y le molestaban mucho las protestas 
de los nobles contra la exacción del repartimiento 
para sustentar á los cuadrilleros, cuando alegaban 
haber nacido para militar á sueldo ajeno y no para 
guerrear y pagar además estipendio á otros, cosa 
ofensiva y enteramente intolerable. 

No conseguía D. Alfonso mitigar con sus razo- 
namientos ni reprimir con su autoridad estas que- 
jas de los caballeros, incentivo para diarias esci- 
siones, sobre todo en año como aquél, estéril, 



A. DE PALENCI A 



cuando la carestía de las subsistencias hacía cono- 
cidamente muy difícil sustentar á las tropas con 
soldada y su exacción era durísima para los pue- 
blos hambrientos é insufrible ignominia para los 
nobles. A todo esto se añadía un nuevo cuidado en 
los confines de Salamanca, donde los portugueses, 
engañando con ardid al alcaide, se habían hecho 
dueños del castillo de Vilvestre, del señorío del ar- 
zobispado de Santiago, á orillas del Duero, límite 
de ambos términos por el norte, pues los caste- 
llanos ocupaban una orilla y los portugueses, al 
mediodía, poseían á Freixo d'Espada a cinta. Este- 
triunfo les permitió volver contra los nuestros 
aquel castillo, fortísimo por su posición y antes 
su baluarte. Intentaron recuperarle; pero, acu- 
diendo refuerzos enemigos, fuéles imposible re- 
sistir y hubieron de retirarse con doble desgracia. 

Otra grave preocupación era para el rey D. Fer- 
nando la maldad del conde de Benavente D. Ro- 
drigo Pimentel, quien, tal vez por consejo de los 
Grandes, sus amigos, abandonando las tierras del 
Tajo, había marchado á sus estados y pasado á 
Galicia al frente de 400 lanzas, para poner sitio & 
la Coruña, por serle conocidas las aficiones del 
Comendador de Vamba, hermano de Arias de 
Río, y nombrado tiempo hacía por el rey D. Fer- 
nando para el corregimiento y administración de 
Galicia, á fin de dar apoyo á los pueblos leales 
contra las perfidias de los Grandes. Era el Co- 
mendador muy afecto á la causa del de Benaven- 
te, por quien sentía gran entusiasmo, y como su 
principal cuidado era favorecerla, el Conde creyó 
facilísimo apoderarse de la Coruña con el apoyo 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 3oi 

de hombre tan adicto, puesto como suprema auto- 
ridad sobre los pueblos por la del Rey, y á quien, 
con pretexto de fidelidad, le había de ser muy ha- 
cedera la ocupación del castillo, y en ocasión 
oportuna, entregársele á él con la caballería, como 
los sucesos vinieron á comprobarlo. 

Finalmente, traían angustiado el ánimo del Rey 
el ver cómo el duque de Alba D. García y el conde 
de Treviño D. Pedro Manrique maquinaban peli- 
grosas alteraciones, suscitaban con igual ardor 
nuevos tumultos, uno en tierras de Salamanca y 
Zamora y el otro en los confines de Navarra, 
Aragón y Alava, y fomentaban las conjuraciones 
de los caballeros contrarios á la Hermandad po- 
pular, para infundir nueva osadía á los desalma- 
dos ocupadores de los castillos de Castronuño 
y Cubillas y villa de Cantalapiedra. Pero nada de 
esto fué bastante para detener la resolución del 
animoso joven, antes se consagró á poner á raya 
á los ladrones, para, si esta primera empresa tenía 
éxito, proceder inmediatamente al reparo de las 
demás urgencias. Proveer á todas á un tiempo le 
hubiera sido imposible, y la gran utilidad para las 
poblaciones de tomar aquellos castillos era bas- 
tante evidente para infundir en todos igual activi- 
dad, sin ser obstáculo para proseguir lo empezado 
ninguna de las conjuraciones tramadas. 

Los malhechores de Cantalapiedra resistieron 
valientemente algunos días, por haber conocido 
cuánto estimaba el clementísimo Rey la incolu- 
midad de sus soldados y la paz de los pueblos, 
pues evitaría llegar á los últimos trances de un 
asalto, en caso de optar los sitiados por morir pe- 
cxxxiv 26 



S92 A. DE PALENCIA 

leando, al destierro, con prohibición de entrar en 
Portugal. 

No se engañaron en sus cálculos, pues para ga- 
nar tiempo y atender á la integridad de sus tro- 
pas, D. Fernando permitió á los ladrones pasar á 
aquel reino, á condición de someterse al condigno 
castigo de sus crímenes, si pasado cierto plazo se 
encontraba á alguno en tierras de» León y Casti- 
lla, como ocurrió con varios de los expulsados. 
Desde Cantalapiedra, ya á fines de Mayo de 1477, 
resolvió el Rey ir á poner cerco al castillo de Sie- 
teiglesias antes de combatir seriamente los de 
Castronuño y Cubillas, á fin de emplear luego 
todo el esfuerzo en estas más difíciles empresas. 
En pocos días consiguió se le entregase la fortaleza 
bajo pactos iguales á los de Cantalapiedra. Desde 
allí se encaminó á la de Cubillas. muy enrocada 
y bien defendida; mas los ladrones prefirieron en- 
tregarla á experimentar los rigores del sitio, con 
tal de obtener condiciones iguales á las de los 
otros. Otorgadas por el Rey el mismo día de la 
rendición de la de Trujillo, quedó libre de sus ocu- 
padores la fortaleza de Cubillas. 

Sin perder tiempo marchó D. Fernando á sitiar 
la de Castronuño. Su perverso alcaide Pedro de 
Avendaño cimentaba su tenacidad en muchas es- 
peranzas, pronto desvanecidas por la absoluta 
falta de socorro de los portugueses, más segura 
desde la llegada de D. Fernando, cuya perseve- 
rancia en combatir los castillos le era bien noto- 
ria. Larga fué la resistencia opuesta por el ban- 
dido á la constancia del Rey, y no se omitió me- 
dio alguno en el ataque ni en la defensa; mas re- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 3g3 



ducidos casi á las dos terceras partes los sitiados 
por efecto de la artillería y pérdidas de los comba- 
tes, y sintiendo decaer sus ánimos, se empezó á 
tratar de refugiarse en Portugal con el oro, la 
plata y los caballos, sin exponerse al último des- 
astre. Estipuláronse, pues, las siguientes condi- 
ciones: facultad á todas las guarniciones de las 
fortalezas de Cubillas, Castronuño y Sieteiglesias 
para marchar á Portugal, bajo seguro del Rey; 
permiso á cada jinete para llevar de los robos y 
presas hechas hasta la carga ordinaria de un ca- 
ballo; el trigo y las provisiones todas, así como 
la artillería y máquinas de guerra dejadas espe- 
cialmente en el castillo de Castronuño, quedarían 
para el Rey, á cambio del pago de 7.000 florines 
de Aragón al criminal Avendaño, como compen- 
sación, antes de la entrega de la fortaleza. Las 
abundantes provisiones de trigo vinieron á ser 
providencia] salvación para los pueblos al ini- 
ciarse la carestía de aquel año, porque de día en 
día aumentaba la amenaza de un hambre gene- 
ral, y el reparto entre los necesitados de tantas 
fanegas de grano sobrantes en las trojes alivió en 
gran manera la penuria. 

Además, los pueblos anhelaban la destrucción 
por cualquier medio de aquella peste tan largo 
tiempo arraigada en las entrañas del reino, y da- 
ban por bien perdidos sus bienes con tal de que- 
dar en adelante á cubierto de nuevas extorsio- 
nes de los malvados. Para conseguirlo, después 
del exterminio de los compañeros del alcaide 
de Castronuño , sólo aguardaban la interven- 
ción del Rey para dejar libre de bandidos á Can- 



394 A - DE FALENCIA 

talapiedra. Pero, á fin de hacer más grata á las 
gentes la desaparición de los ladrones, mandó 
arrasar la fortaleza de Castronuño, su funesta 
guarida durante tanto tiempo y desde donde más 
á menudo salían á ejecutar sus atropellos. De 
este modo se compensó la lenidad para con 
los bandidos, impuesta por los pactos, con la 
destrucción total de sus guaridas. En gran nú- 
mero acudieron las gentes á derribar la fortaleza,, 
y en su afán por arrasarla, parecían ensañarse 
con las mismas piedras. 



CAPITULO V 



Joma del castillo deMonteleón por singular habi- 
lidad del Rey.— Descalabro de los portugueses 
en el mar. 



portuno parece mencionar aquí la habi- 
lidad desplegada por el Rey y sus acer- 
tadas medidas para refrenar las malda- 
des de algunos caballeros salamanquinos mientras 
se disponía á combatir las fortalezas en Medina del 
Campo. Tenía conocimiento de los crímenes per- 
petrados á mansalva en Salamanca por el facine- 
roso Rodrigo Maldonado, de natural perverso, pero 
más desalmado después de haberse hecho dueño 
del castillo de Monteleón, fuerte por naturaleza, 
y hecho por él inexpugnable con las obras de de- 
fensa. Asegurado con el singular favor del Duque 
de Alba y el parentesco con los nobles salaman- 
quinos, había cometido desmanes dignos de los 
mayores castigos, pues, además de sus corrompi- 
das costumbres, se atrevía á acuñar moneda falsa 
con grave perjuicio de la república. El deseo de 
imponerle el merecido correctivo de este crimen 
movió principalmente el ánimo del Rey para tra- 
tar de poner término á tales insolencias con la 
toma de las fortalezas de Maldonado. 




396 A. DE FALENCIA 

Conocía, sin embargo, cuán inútiles serían to- 
das las disposiciones mientras su marcha no le 
cogiera desprevenido, pues, de conocerla, era se- 
guro, no sólo el fracaso de ia empresa, sino la ex- 
citación de nuevos trastornos; y así, juzgó preciso 
poner en el secreto de su próxima llegada á Gar- 
cía Osorio, corregidor de Salamanca y acusador de 
los delitos de Maldonado y de sus cómplices. Llamó 
luego á parte á sus familiares, les descubrió su 
propósito, y, fingiendo cierta dolencia, á fin de pro- 
porcionarles excusa para no recibir las numerosas 
visitas de los cortesanos, se puso en marcha des- 
pués de media noche, y durante ella, recorrió la 
mayor parte del camino. Al alba, tomó algún des- 
canso, y, por extraviadas sendas, fué á alojarse á 
las cercanías de la ciudad á fin de entrar á la no- 
che siguiente en la casa del Corregidor. Llegó la 
hora de la siesta, y con ella la ocasión de dar des- 
canso á los cuerpos. Uno de los criados salió á 
buscar huevos por la aldea, y al entrar en la casa 
donde se alojaba el Rey á pedir el dinero la ven- 
dedora, le vió jugando familiarmente con los cria- 
dos, muy ajenos de que fuera conocido por aque- 
llos rústicos, y le reconoció por haberle visto 
muchas veces en Medina cuando ella iba á ven- 
der sus mercancías á la villa. Comunicó á una 
noble viuda, su convecina, la noticia y su sospe- 
cha de tener el Rey muy secreta la dirección de su 
viaje, La viuda, en su afán de exponerle los agra- 
vios sufridos de parte de los enemigos de su di- 
funto marido, y de obtener de su reconocida jus- 
ticia el merecido castigo para los culpados, 
marchó al alojamiento del Rey, á la sazón reti- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 

rado en una pobre alcoba; quiso verle, y los cria- 
dos la negaron su presencia. No logrando su deseo, 
mandó á un criado á dar cuenta á varios caballe- 
ros salamanquinos, parientes suyos, de cuanto 
había sabido, y á encargarles mirasen por sus 
personas si por caso se creían autores de algunos 
desmanes, pues, á su entender, el Rey se dirigía á 
Salamanca. 

Con este aviso, los regidores, entre los cuales 
se contaba Rodrigo Maldonado, se guardaron bien 
de asistir al día siguiente á la casa del Gobierno, 
donde acostumbraban á reunirse. En ella pen- 
saba el Rey sorprenderle con otros seis ú ocho 
de los más culpados para imponerles el debido 
castigo, y al efecto, después de media noche, pe- 
netró con tres de sus criados en la casa del Co- 
rregidor y envió á otro alojamiento á los cuatro ó 
cinco restantes, mientras llegaba la hora acos- 
tumbrada para la junta de los Regidores. Mas, no 
viéndoles acudir, se percató de haber sido avisa- 
dos, y entonces mandó ai Corregidor, con gente 
armada, á prender, por lo menos, á Maldonado. 
Las prevenciones adoptadas no lograron evitar 
que muchos amigos de Maldonado se armasen á 
toda prisa y cargasen con rabiosa furia sobre el 
Corregidor, mientras el Rey recorría á caballo la 
ciudad, ocultando el rostro con el embozo de la 
capa, á fin de darse cuenta de los planes de los ve- 
cinos. 

Precedíanle á larga distancia algunos criados y 
desconocidos de aquéllos, y además el licenciado 
Diego de Proaño, hombre de gran temple y muy 
apreciado del Rey, en cuya compañía había ve- 



3g8 



A. DE PALENCIA 



nido. Apenas se trabó la refriega, D. Fernando 
voló entre los combatientes, y desembozándose y 
desenvainando la espada, gritó en alta voz: «Vues- 
tro Rey soy: ¡miradme!» Al oirlo, llenos de terror 
los cómplices de Rodrigo y de otros culpados, hu- 
yeron á esconderse en diferentes guaridas. Enton- 
ces los ciudadanos tomaron las armas, y rodeando 
al Rey, se pusieron á sus órdenes. Dióselas para 
correr á casa de Maldonado, pero ya éste había 
saltado desde ella á la iglesia de San Francisco y 
llamaba en vano á la puerta, porque los religio- 
sos, asustados con el tumulto, no se atrevían á 
dar asilo á nadie. Llegó el Rey, y viéndole tem- 
blar de miedo, le mandó salir del vestíbulo y le 
prometió la vida salva si obedecía y entregaba el 
castillo de Monteleón; de lo contrario, le aseguró 
que, ante el interés de la paz pública, no dudaría 
en entrar á sacarle del asilo. 

Asegurado con las palabras del Rey, y cual si 
naciese de nuevo, ya no se cuidó de las riquezas 
mal adquiridas, y se limitó á pedir la vida de su 
hermano Pedro Maldonado, hecho prisionero por 
el Corregidor. El Rey le dió su palabra de tratar- 
los con más clemencia después de entregado el 
castillo, y se dispuso á marchar inmediatamente, 
llevando por guía al prisionero Rodrigo. Con el 
fin de dar tiempo á cualquier mensajero para lle- 
gar con la noticia al Duque de Alba, de cuyo soco- 
rro no dudaba, el infiel guía fué apartándose del 
camino recto y torciendo hacia Alba para engañar 
al Rey. Pero éste conoció bien pronto el rodeo por 
la dirección del aire y amenazó á Maldonado con 
matarle si no renunciaba á sus pérfidas artes. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 3qq 

Entonces volvieron á tomar el camino recto, y al 
alba se presentaron ante las puertas del castillo. 
Aconsejó Rodrigo al alcaide la inmediata rendi- 
ción, pues al Rey todas las puertas debían abrír- 
sele. Lo mismo le intimó D. Fernando; mas el 
alcaide, juzgando los consejos de Maldonado muy 
contrarios á sus intenciones, se negó á franquear- 
las. Entonces el Rey hizo publicar a voz de pre- 
gón que Maldonado había merecido muchas veces 
el tormento por sus repetidas traiciones, y, por 
tanto, si el alcaide no obedecía, á la segunda inti- 
mación, se le cortaría á Rodrigo la mano derecha; 
á la tercera, la izquierda; á la cuarta, se le sacaría 
el ojo derecho; á la quinta, el izquierdo, y así, an- 
tes de expirar, podrían sus cómplices verle fea- 
mente mutilado en castigo de sus negros críme- 
nes y de su temeraria deslealtad. < 

Inmediatamente imploró el desdichado la mise- 
ricordia de sus amigos; realizóse la entrega del 
castillo, y arrojados de él los ladrones, á quienes el 
Rey había perdonado la vida, dió la alcaidía á Die- 
go Ruiz de Montaivo, caballero de Medina, hom- 
bre honrado y valiente. En el interior de la forta- 
leza se encontraron restos de artefactos para la 
fabricación de moneda falsa. Otros muchos crí- 
menes grandemente funestos para el reino cesa- 
ron con la rendición del castillo. Sintiólo mucho 
el duque de Alba D. García; pero se guardó bien 
de manifestarlo, y disimuló la contrariedad cuanto 
pudo. Luego se pronunció contra Rodrigo y sus 
cómplices sentencia de destierro á Fuenterrabía, 
en cuya guarnición habían de servir dos años á 
su propia costa. 



400 A. DE PALENCIA 

Terminadas aceleradamente estas cosas, volvió 
el Rey á los cuatro días á Medina, con la gloria 
de haber asegurado con su actividad la paz de los 
salamanquinos y quebrantado seriamente el pres- 
tigio de los portugueses, con gran sentimiento de 
cuantos deseaban verle preponderante á fin de 
prolongar las crueldades de la guerra. La suerte 
se les declaró muy contraria, porque desde el 
viaje del rey de Portugal á Francia todo salía 
mal á sus súbditos y á sus aliados en las campa- 
ñas por tierra, y los naufragios ó los combates 
hacían fracasar sus empresas marítimas. Así, 
por ejemplo, mientras D. Fernando ejecutaba lo 
referido y la Reina sometía á Trujillo y se la en- 
tregaban ó hacía arrasar las demás fortalezas de 
los portugueses ó de sus favorecedores, aquéllos 
tripularon una galera con soldados singulares, y, 
ensoberbecidos con sus triunfos, recorrieron con 
ella el mar, desde Gibraltar á Ceuta, para estor- 
bar la navegación álas embarcaciones andaluzas. 
Lanzada á toda fuerza de remos, y con viento 
muy favorable, en persecución de des galeras de 
Alvaro de Nava, la excesiva velocidad y el ansia de 
darlas alcance la hizo chocar con un escollo oculto 
por las aguas. Ni uno solo de los soldados escapó 
del naufragio; salváronse á nado los demás tripu- 
lantes, pero quedaron condenados perpetuamente 
al remo. Entre los cien hombres ahogados, la ma- 
yor parte nobles, el Comendador de Nodar halló 
en las olas el término de sus desdichas. Los otros 
8o, condenados al remo, envidiaban la suerte de 
los ahogados. 




CAPITULO Vi 

Desmanes de D. Alfonso Aguí lar: — Correrías 
de los granadinos. 



rastornos intestinos vinieron á oscure- 
cer este triunfo de los andaluces, porque 
la maldad de los tiranos hacía pulular 
los escándalos por todos los pueblos. Cuanto más 
próxima veían la llegada de la Reina, con mayor 
ahinco tramaban conjuraciones, y sus emisarios 
iban de casa en casa excitando los ánimos concor- 
des á novedades de donde pudiera originarse la 
desesperación de futuro remedio. Encontró en 
Córdoba oportuna ocasión para inmediatos dis- 
turbios D. Alfonso de Aguilar, hombre astuto y 
desde su niñez inclinado á la tiranía. Con el 
fin de librarse de la nota de desear el triunfo 
del rey de Portugal, aborrecido de los castella- 
nos, acogió bien á Diego de Merlo, enviado por 
la Reina al corregimiento de Córdoba, teatro de 
multitud de crímenes cometidos por hombres des- 
almados, reos de presas, latrocinios y asesinatos, 
y desprovistos de toda noción de justicia y de todo 
temor ai castigo. Eran tan numerosos los culpa- 
dos como escasos los que apreciaban el amparo 
de la justicia. 




402 



A. DE PALENCIA 



En los comienzos de su cargo, Diego de Merlo 
procuró ganarse con su afabilidad á D. Alfonso 
de Aguilar, secuaz de los delincuentes cordobeses, 
en cuyoscrímenes había encontrado fuerte apoyo 
para extender su tiranía. Por su cargo de Corre- 
gidor se erigió en árbitro para transigir de algún 
modo las diferencias entre el de Aguilary el Conde 
de Cabra acerca de las presas de ganados arre- 
batados á viva fuerza por el primero á los pueblos 
desprevenidos, cuando con numerosas tropas, y 
fingiendo agravios repetidos del rey Albuhacén de 
Granada, buscaba venganza y quería devolverle 
golpe por golpe. Cuando después apareció á las 
claras el despojo, y el daño y ofensa inferidos al 
Conde de Cabra, hasta los mismos cómplices del 
de Aguilar reprobaban el hecho, tachando de ver- 
gonzoso el engaño de llamar á sus amigos á ven- 
garse de Albuhacén para llevarlos á devastar las 
poblaciones leales. Los Reyes se indignaron con- 
tra D. Alfonso y le escribieron afeándole su con- 
ducta, pues, además de quebrantar las treguas 
pactadas con los granadinos, con el pretexto de 
correrías por sus tierras, había talado los campos 
de los cristianos, con desprecio de la autoridad 
real, contraria á una y otra felonía. En virtud de 
estas reprensiones, y para impedir también al 
Conde usar de represalias con nuevas talas, don 
Alfonso aceptó el arbitraje del corregidor Merlo, 
á quien ya trataba con cierta familiaridad; prome- 
tió la restitución equivalente á la presa cogida, y 
darle en prenda la fortaleza de Monturque. Todo 
ello, sin embargo, no pasaba de una añagaza, 
porque, entretanto, seguía buscando oportunidad 



CRÓNICA DE ENRIQUE IY 403 

para destruir al Corregidor. Según éste, más ani- 
mado con el favor del pueblo, iba atreviéndose 
á castigar á los culpados, el de Aguilar le echaba 
más en cara aquella popularidad, excitaba á cada 
paso los ánimos de los malvados y se mostraba 
cada día más colérico contra Merlo. Al cabo, re- 
uniéndose la multitud de caballeros cordobeses, 
secuaces de don Alfonso, prometieron dar cuenta 
del Corregidor, tan confiado en el favor popular, 
con un solo golpe. Cierto día un delegado del Co- 
rregidor prendió á dos sicarios; pero una turba de 
cómplices, además de arrancárselos de su poder, 
le acribillaron á heridas. Tomó al punto las armas 
ei Corregidor y llamó á los populares, en quienes 
había fundado demasiadas esperanzas. El de Agui- 
lar le envió en son de paz algunos caballeros de 
buena fama, como testigos de haberse visto forza- 
do á pelear, si el Corregidor, harto de sufrir ofen- 
sas, apelaba á las armas. Vinieron al fin á las ma- 
nos, y D. Alfonso trajo consigo fuerte pelotón de 
caballos y peones acostumbrados á estos encuen- 
tros. Resistió valientemente el Corregidor la pri- 
mera acometida; pero cuando vió á los del pueblo 
atemorizados, empezó á cejar en la resistencia y fué 
á refugiarse á la iglesia de San Lorenzo. Allí con- 
tinuó atacándole el de Aguilar; mas viendo cuán 
lentamente combatían los suyos, lanzó contra el 
templo á los 70 moros granadinos de su comitiva, 
porque los retenía desde su intentona en favor del 
intruso rey Abencerraje Mahomed. Destrozando 
las puertas, los moros registraron la iglesia y saca- 
ron al Corregidor para encerrarle en el castillo de 
Aguilar hasta la entrega del de Monturque. 



404 



A. DE PALENCiA 



Doloroso fué para la ciudad ver á los maho- 
metanos manchar con sangre y fuego, por or- 
den del audaz, el sagrado templo. No menos sin- 
tió la Reina la afrenta, al oir cómo el Corregidor 
por ella enviado había sucumbido á la tiránica 
rebeldía y cómo el pueblo no había tenido alien- 
tos para protegerle contra la multitud de mal- 
vados; pero leídas las cartas de excusas envia- 
das por el de Aguilar, aparentó estar persuadida 
de ser toda la culpa del Corregidor por haber 
tenido en mucho el aura popular y fomentar 
nuevas rivalidades entre los nobles cordobeses, 
dueños de casi todos los cargos públicos, y la 
plebe, manchada también con muchos crímenes. 
Contestó la Reina á las cartas aconsejando al de 
Aguilar, en mesurados términos, que no retuviese 
más tiempo en prisión á Diego de Merlo en des- 
prestigio del poder real, y prometiendo, si le solta- 
ba, declararle incapacitado para otros cargos é in- 
digno del corregimiento; pero nada aprovecharon 
las cartas. 

El rey de Granada Albuhacén se encargó de 
vengar los desmanes de D. Alfonso, y al frente de 
numerosos jinetes y de 3o.ooo peones, taló una gran 
-extensión de los campos de Antequera; devastó 
los árboles frutales con hierro y fuego; arrasó los 
molinos; pasó á cuchillo ó llevó miserablemente 
cautivos á cuantos cristianos encontró fuera de 
las murallas, y dejó sumidos en la pobreza y en 
las privaciones á los de dentro, lamentando su 
desdichada suerte, pues, por su condición de vasa- 
llos de D. Alfonso de Aguilar, pagaban la pena 
de haber él quebrantado las treguas. No se limi- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



405 



taron á lamentar el haberse enajenado de la Co- 
rona para someterse á la despótica voluntad de 
aquel magnate; algunos ciudadanos tramaron ne- 
gra conjura para entregar las tierras á los moros, 
con escarnio de la verdad católica. A tal punto 
había llegado la desesperación de los ánimos. 




CAPÍTULO VII 



Esfuerzos del de Aguilar para resistir á los mo- 
ros. — Conjuraciones y esperanzas de algunos 
Grandes de Andalucía. 




; as frecuentes algaradas de los granadinos 
obligaron á D. Alfonso de Aguilará pen- 
sar en la venganza, y no queriendo dejar 
en Córdoba á los moros de su comitiva expuestos 
al furor de la plebe, los alojó en la Rambla, mien- 
tras recogía tropas auxiliares suficientes para to- 
mar represalias del enemigo. Marchó, pues, hacia 
Antequera, y taló todo el territorio colindante con 
los moros, donde pudo penetrar á seguro. Son, 
sin embargo, los granadinos muy cautos y previ- 
sores, y difícilmente pueden arrebatárseles los 
ganados desde los valles adyacentes á las abrup- 
tas asperezas donde pastan. Gente ejercitada en la 
guerra, saben descubrir siempre por medio de es- 
cuchas nocturnos y corredores de día cuantas 
celadas ó acometidas prepara el enemigo, y rara 
vez reciben daño de talas ó emboscadas, excepto 
cuando un ejército poderoso penetra hasta la 
ciudad de Málaga ó da vista á las murallas de 
Granada. A una empresa semejante no pudo con 
cxxxiv 27 



408 



A. DE PALENCIA 



seguridad lanzarse en aquella ocasión el de Agui- 
lar, porque el rey Albuhacén había tomado ex- 
quisitas precauciones contra las posibles empre- 
sas del enemigo. Fué, por tanto, insignificante la 
presa hecha por D. Alfonso y no compensó la fa- 
tiga de sus compañeros de armas. 

Intencionadamente él y sus partidarios diéronse 
á propalar rumores ensalzando los triunfos de los 
portugueses, dependientes, decían, de la buena 
suerte del rey Luis de Francia, el cual asegura- 
ban haber tomado ya á Arras y otras muchas ciu- 
dades y villas importantes, en otro tiempo ocu- 
padas por el difunto Duque de Borgoña, Carlos, 
además de otras de los borgoñones, poseídas por 
él en virtud de herencia, en grave perjuicio de su 
hija y en daño del esposo, pues por haber prefe- 
rido la doncella al hijo del Emperador de Roma- 
nos, el rey Luis de Francia, dolido del desprecio 
hecho á su hijo Felipe, había tomado ó devastado 
todo el patrimonio de la doncella. El mismo es- 
poso estaba ya arrepentido de haber aceptado su 
manó, pues ni podía auxiliarla, ni esperaba dis- 
frutar jamás de su patrimonio, motivo principal, 
añadían, para el consentimiento del joven en el 
matrimonio. A creer á los Grandes andaluces y á 
sus amigos, el rey de Portugal D. Alfonso se dis- 
ponía á entrar en Cataluña al frente de un ejér- 
cito francés y á ganar para el rey Luis la provin- 
cia de Ampurias, mientras éste se consagraba á 
ocupar los dominios del desdichado Carlos, anti- 
guo Duque de Borgoña. 

Esta distribución del ejército facilitaría, según 
los portugueses, la ocupación de todo el territo- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



409 



rio por los franceses, y, además, reunida la ar- 
mada de aquéllos con la del francés Colón, el 
mar gaditano sólo para ellos estaría áBTertb, y 
quedarían los andaluces imposibilitados de na- 
vegar, y, por tanto, encerrados en sus tierras y 
forzados á dejar la obediencia del rey D. Fer- 
nando, á causa de la falta de mercancías extran- 
jeras, por no series posible enviar vjno^acejte^ 
de más frutos á Flandes y á Inglaterra. Principal- 
mente ~se "fíguTabán facilísima la ejecución de 
todo esto, por cuanto la ciudad de Cádiz, del 
señorío del Marqués, desde el comienzo de la gue- 
rra se había mostrado inclinada al rey de Por- 
tugal, y en el resto de Andalucía casi todos los 
Grandes eran conocidamente de igual opinión. 
Exceptuábase el duque D. Enrique; pero éste, 
al principio partidario de D. Fernando, había 
de variar de pensamiento en cuanto conociese la 
intención de los Reyes, encaminada á privar á 
los Grandes y á todos los caballeros andaluces de 
la antigua intervención en la administración pú- 
blica, y, por tanto, preferiría, como los demás 
nobles, el triunfo del rey de Portugal, á ver do- 
minar en Sevilla la suprema autoridad, más y 
más ensoberbecida después de la batalia de Za- 
mora, y empeñada en la venganza contra los mag- 
nates investidos con cargos públicos. 

Vista la escasa eficacia de rumores procedentes 
de tan remotas partes, inventaban otras fábulas, 
como suponer al rey de Portugal desde su aloja- 
miento de París en camino para Roán y de allí á 
Harfleur, donde había de reunir sus naves con 
las poderosas galeras de Colón, y con tan fuerte 



4io 



A. DE PALENCIA 



armada, subyugar las Vascongadas y después en- 
señorearse de Galicia, cuyos Grandes, á excepción 
del Arzobispo de Santiago D. Alfonso de Fon- 
seca, favorecían todos al Lusitano. Pero aquél, de- 
cían, abrumado con prolongadas desgracias, na 
podría resistir el empuje de sus adversarios los 
Grandes, y, ó sucumbiría al peso de tanta desdi- 
cha, ó seguiría á los más poderosos magnates ga- 
llegos á completa devoción del rey de Portugal. 

Censuraban también á la Reina por pretender 
con resolución femenil excluir del gobierno de 
ciudades y villas á los Grandes andaluces, y á los 
alcaides de la guarda de las fortalezas. Y á locura 
podría atribuírsela si juzgaba fácil excluir de Se- 
villa al Duque de Medina Sidonia; de Jerez, al 
¿Marqués; de Córdoba, á D. Alfonso de Aguilar; 
de Ecija, á D. Luis Portocarrero, y de Carmona, 
á D. Luis de Godoy; pues siendo empresa reco- 
nocidamente ardua aun en tiempo de paz y con 
el decidido concurso del Rey, mucho más lo se- 
ría cuando, por contrariar la voluntad de los po- 
seedores de la autoridad en aquellas ciudades, la 
Reina se viese rodeada de peligros, pues, enojado 
el duque D. Enrique, tan inclinado á peligrosas 
novedades, por una parte tendría el favor de los 
granadinos, y por otra el auxilio del rey de Por- 
tugal. Lo mismo podía decirse del Marqués, quien,, 
además de otros recursos propios para reprimir 
cualquier inesperado intento de la Reina, era 
dueño de la villa y fortaleza de Alcalá de Gua- 
daira , y así podía hacer fracasar todo atrevi- 
miento del pueblo sevillano, si por caso, con su 
absoluta sumisión á la Reina, la daban alientos. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



411 



para lanzarse á mayores empresas. La misma 
presencia del rey D. Fernando, á quien aguar- 
daba, tampoco bastaría para evitarles el prescin- 
dir del concurso de los Grandes. Contra estas y 
otras análogas arrogancias de los tiranos y de sus 
satélites, muchos particulares y el pueblo consi- 
deraban seguro el exterminio de los tiranos con 
sola la voluntad del rey D. Fernando en cuanto 
llegara á orillas del Guadalquivir, y entretanto 
ensalzaban sus" triunfos y hasta exageraban sus 
conocidas hazañas, encomiando su valentía y su 
laudable espíritu de justicia, las cuales, con otras 
esclarecidas prendas de tan excelso Príncipe, ayu- 
dado del favor divino, sobraban para arrollar 
cuantos obstáculos opusieran los tiranos de An- 
dalucía, como había sucedido en otras partes de 
Castilla y León. 

Otros censuraban á la Reina por haberse ade- 
lantado á D. Fernando, y pronosticaban la insu- 
ficiencia de las resoluciones de una mujer para 
asuntos de tanta monta, á pesar de las relevan- 
tes cualidades de aquella señora. Lo más dolo- 
roso era, sin embargo, ver admitidos á los car- 
gos públicos á los antiguos servidores del rey 
D. Enrique, hombres de insaciable avaricia, escla- 
vos de perversas costumbres, únicamente aten- 
tos á atesorar riquezas, á fomentar discordias 
sin término, á no tener en nada la paz públi- 
ca, y con pretexto de futuro remedio, prontos 
á toda suerte de crueldades y corruptelas, y á 
aconsejar á la Reina, como primero y princi- 
pal recurso para mitigar las cosas, el castigo 
de los culpables. Este castigo, en la mente de 



412 A. DE PALENCIA 

los inicuos oficiales, procedentes del séquito del 
difunto rey D. Enrique, había de consistir en 
la exacción de multas, por su inveterada costum- 
bre de sacar dinero de todas partes; mas para ma- 
yor facilidad en su rapiña empleaban la hipócrita 
falacia y los subterfugios de la mentira. 



CAPITULO VIII 

Exacciones de los eclesiásticos. — Llegada del 
Legado pontificio. — Numerosos avisos que 
precedieron á la llegada de la Reina. — De su 
habilidad en vano desplegada. — Pomposa en- 
trada de Isabel en Sevilla. 



on igual anhelo y por el mismo tiempo la 
insaciable sed de riquezas de la curia 
eclesiástica se desvivía por dejar exhaus- 
tos de todo recurso á los míseros españoles. Como 
á los hidrópicos, cada día el lucro insuficiente iba 
aumentando la inextinguible sed de oro. Había 
enviado Sixto IV á los reinos de Castilla y León al 
obispo Nicolás Franco, sujeto, por otra parte, 
morigerado, de no haber aceptado la comisión 
dada por hombres intemperantes; mas con ella se 
hizo al mismo tiempo solidario de las intenciones 
de los mandatarios. Casi anualmente publicaba 
jubileo para los españoles, haciéndoles creer que, 
á cambio de una despreciable cantidad, obten- 
drían premio eterno, cual si hubiesen cumplido 
todos los requisitos del solemne jubileo. Además 
de esto, inventaba otros muchos medios de sacar 
dinero, y á la sombra de la inadvertencia de los Prín- 




414 



A. DE PALENCIA 



cipes,, persuadidos de la necesidad de contar con 
el Papa para el arreglo de los disturbios del reino, 
iba aumentandoconsiderablemente susganancias. 
Con ello iba cundiendo más de día en día el des- 
enfreno para acumular riquezas y el capricho de 
los consejeros del Papa, como más por extenso 
dejo explicado. El Obispo llegó á Trujillo si- 
guiendo á la corte; de allí pasó á Andalucía, y 
después de sacar á los cordobeses cuanto dinero 
pudo, marchó á Sevilla á esperar á la Reina. 

En esta ciudad le recibió el Duque de Medina 
Sidonia con gran acatamiento, á fin de granjearse 
mayor favor del Papa para alcanzar la provisión 
del Maestrazgo de Santiago, seguro, á su juicio, 
si no escaseaba el dinero, á pesar de haber recaído 
en el Rey la administración del Maestrazgo por 
voto general de los Comendadores, excepto el de 
D. Alfonso de Cárdenas. Mas el Duque concedía 
escaso valor á una posesión otorgada en forma 
irregular, y mientras el Papa se resistía á con- 
firmarla, él continuaba trabajando por conseguir 
aquella dignidad, como venía haciendo desde la 
muerte del Maestre Pacheco. Conocía también el 
empeño del Papa por adjudicar las rentas del 
Maestrazgo al conde Jerónimo, hermano del di- 
funto Cardenal de San Sixto, y áquien,á la muerte 
de éste, había concedido el Pontífice el mismo fa- 
vor y afecto, y cómo, además de otras muchas de- 
masías, había declarado en sus cartas el propósito 
de entregar á discreción á Jerónimo las rentas y 
emolumentos de aquella Orden militar. 

El sujeto, sin embargo, no parecía muy á pro- 
pósito, y como los Comendadores á una resistie- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



4¿5 



sen la obediencia á los mandatos, el Duque había 
concebido nuevas esperanzas de conseguir en su 
favor letras apostólicas, dando dinero á Jerónimo. 
Y esta esperanza se dice haber fomentado el le- 
gado Nicolás, astuto exactor de nuevos tributos, 
por lo cual, al llegar á Sevilla, el Duque salió á 
recibirle con gran séquito de caballeros y ciuda- 
danos. 

La Reina, al dirigirse á aquella ciudad, se detuvo 
en Cantiilana, y mientras se disponía el hospedaje 
de la corte, se dignó oir mi opinión, por haber com- 
prendido cuán á mal le llevaban los sevillanos, in- 
ducidos por el Duque, causa constante de la per- 
turbación de sus ánimos. Ante la necesidad de 
adoptar una resolución, hube de explicar á la Rei- 
na cómo los sevillanos tienen una sagacidad espe- 
cial para penetrar el carácter y costumbres de sus 
Príncipes, y cuando los ven inclinados á algún 
vicio, saben fomentarle astutamente, á fin de pro- 
curarse así ancho campo para su acostumbrada 
licencia; pero si conocen en ellos enérgica resolu- 
ción para el bien, les rinden humilde acatamiento 
y son obedientes vasallos. En todas partes, añadí, 
convenía á los Príncipes hallarse adornados de to- 
das las virtudes; pero más particularmente allí 
donde con tal sagacidad se observa el giro de las 
costumbres, que los inclinados al mal hallan in- 
mediata la sima de su perdición; pero los decidi- 
dos á las buenas obras son honrados y enaltecidos. 
Ciertamente, aunque eran bien notorias las rele- 
vantes virtudes de tan excelsa Reina, temía yo, 
sin embargo, el fácil triunfo de las seducciones 
de los aduladores sobre el ánimo femenino, al 



4i6 



A . DE PALENCIA 



verla rodeada de muchos de los cortesanos del rey 
D. Enrique, esclavos de las más bajas pasiones, é 
investidos ahora de aquellos mismos cargos públi- 
cos en cuyo desempeño se habían portado, antes 
tan inicuamente. Por lo cual, ó debían quitárseles 
todos los medios de hacer daño, ó proponiéndose 
imponerles castigos, aterrorizarlos con la ame- 
naza del que merecían, á pesar de la dificultad de 
perder los malos hábitos. 

Inmediatamente la Reina, persuadida por mis 
razones, llamó á todos los oficiales de palacio y 
les amonestó extensamente, prometiéndoles mer- 
cedes ó conminándoles con el real desagrado, con 
arreglo á su conducta. Todos contestaron con la 
mayor sumisión; mas al cabo triunfó la innata 
maldad arraigada en sus corazones, contra la es- 
peranza de la Reina, muy persuadida del cumpli- 
miento por parte de todos ellos de cuantos conse- 
jos les había dado. Contenta con esta ilusión mar- 
chó á la aldea de la Rinconada, donde al punto 
acudieron á besar su mano multitud de caballe- 
ros, autoridades y ciudadanos de Sevilla, y el pri- 
mero de todos el Duque, que por primera vez la 
veía. Se acordó llevar á la Reina embarcada para 
aproximarla más á la multitud que la vitoreaba, 
y alojarla aquella noche en el hospedaje dispuesto 
con regular decencia en la casa llamada Tercia, 

El Duque preparó otros con más prontitud, 
donde suministró opíparos manjares. Hizo re- 
vestir de tapices las paredes y disponer ca- 
mas para los caballeros, sin omitir nada conve- 
niente en el improvisado alojamiento. Al día si- 
guiente, 24 de Julio, la Reina de sin par hermo- 




CRÓNICA DE ENRIQUE IV 4I7 



sura, cabalgó en un corcel ricamente enjaezada 
con paramentos de oro, y junto á la Puerta de la 
Macarena escuchó el elocuente discurso pronun- 
ciado en nombre de la ciudad por D. Alfonso de 
Velasco, á la sazón el más facundo de todos los 
nobles, y que en aquel día, acaso por presagiar su 
fin cercano, hizo gala de sus mejores dotes orato- 
rias. Concedió al punto la Reina cuanto se la 
pedía y confirmó con juramento los privilegios 
otorgados por sus progenitores á la importante 
ciudad. La admiración que la causó el inmenso 
gentío de sus calles y la magnificencia del Real 
Alcázar, mandado construir por el rey D. Pedro, 
la hicieron confesar no haber imaginado jamás la 
grandeza de tan insigne ciudad. Luego se empleó 
el día en distribuir los hospedajes de los oficiales 
de la corte, y los habitantes dieron tregua á sus 
entusiastas manifestaciones. Muchos de los pri- 
meros tuvieron buen acogimiento, contra la opi- 
nión de cuantos habían augurado tumultos y di- 
sensiones á causa de la osadía de los habitantes y 
de la astucia del duque D. Enrique al reservarse 
gran parte de los hospedajes, á fin de conciliar se 
el ánimo de sus parientes y el favor de los que los- 
buscaban. 




CAPITULO IX 



Desenfreno de los oficiales de la corte. — Astucia 
p empleada para provocar cuestiones entre ellos. — 
Ansiada venida del Rey. — Su anhelo por acce- 
der á los deseos de la Reina y adoptar acertadas 
W medidas de gobierno. 

randemente favoreció los astutos pro- 
pósitos del Duque la corrupción de los 
oficiales de la corte, que contra los con- 
cejos de la Reina, y so color de administrar justi- 
Ka, se lanzaron á arrebatar el dinero de los ciuda- 
danos. El desenfreno y la comisión de toda clase 
tele delitos á que de largo tiempo venía entregada la 
■ventud, proporcionó buen pretexto á las auto- 
ridades para adoptar simulado rigor y sepultar á 
■nos en las cárceles y excitar más y más los in- 
veterados rencores y el ansia de venganza en los 
[delatores, con ofrecerles el inmediato castigo de 
Cualquier delincuente á quien acusaran. Así pu- 
lulaban los delatores en derredor de los jueces, 
y el más riguroso era el más elogiado. La excesiva 
severidad hizo huir inmediatamente de la ciu- 
dad, no sólo á los homicidas, sicarios y ladrones, 
sino á sus amigos y cómplices, que por sola la 




420 



A. DE PALENCIA 



continuidad del trato, temblaban el castigo, espe- 
cialmente al conocerse la antigua astucia de los 
jueces sevillanos, que, por lo común, halagaban 
á los jóvenes más procaces y dejaban impunes los 
crímenes graves, anotando en los registros fisca- 
les las faltas ligeras y conminándolas con future 
castigo. Con tal ardid obtenían general obedien- 
cia y dejaban sometida la libertad de los jóve- 
nes al arbitrio de los corregidores, ó mejor dicho, 
tiranos. 

Uno de los que más partido sacaban de estos 
registros era cierto licenciado de Frías, hom- 
bre de tan extremada avaricia y singular ca- 
rácter, que exigía dineros lo mismo á la parte ac- 
tora que á la rea, fatigando á los ciudadanos con 
continuas citaciones; despreciaba á los nobles para 
aparentar severidad, é intempestiva é inmoderada- 
mente alardeaba de cruel aspereza. A su lado tenía 
subalternos igualmente avaros y que aparentaban 
igual severidad para el castigo, con loque cerca 
de cinco mil jóvenes sevillanos abandonaron la 
ciudad y se dispersaron por Andalucía. El licen- 
ciado cargó la mano contra muchos ciudadanos 
notados de ligeras culpas, porque castigaba á po- 
cos, pero dejaba exhaustas muchas bolsas, y á 
fin de sacar dinero de todos, declaraba en rebeldía 
á cuantos citados al juicio de la mañana no com- 
parecían antes de dar las doce, sin admitir excusa 
alguna. Pronto conocían los culpados que si es- 
taba sediento, no era de su sangre, sino de su di- 
nero; éste aplacaba sus iras y con él se procu- 
raba valedores cerca de la Reina para elogiar su 
.severidad y proteger sus infamias. Los cómplices 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



421 



de este desalmado cooperaban á su rapacidad tra- 
tando de acumular riquezas en la extensa ciudad 
por todos los medios, sin importarles las protes- 
tas de los ciudadanos aterrorizados, pues las re- 
batían diciendo haber cundido tanto en la ciudad 
la licencia para crímenes y vejaciones, que á cual- 
quier castigo severo se le llamaba crueldad, y á 
los cortos emolumentos exigidos para manuten- 
ción y por el trabajo de los jueces daban el nom- 
bre de robo los insolentes ciudadanos, ya á devo- 
ción del duque D. Enrique, antes tan general- 
mente aborrecido. 

Cuando éste conoció que la desfachatez de los 
forasteros huéspedes le había ganado las simpa- 
tías generales de las gentes, empezó á emplear 
más cuidado por atraerse á todos, así caballeros 
principales y autoridades, vejados por los atrope- 
llos de los jueces, como al pueblo, con lo que su 
casa se llenó de una multitud que elogiaba su be- 
nignidad y ensalzaba sus costumbres que antes 
había anatematizado. Todo ello produjo al cabo 
mutuas antipatías entre los forasteros y los ve- 
cinos, y empezaron las burlas de los chicos, como 
por juego. Luego los huéspedes dieron en llamar 
por mote á los sevillanos jaboneros, á causa del 
gran consumo de jabón que en la ciudad se hacía, 
y ellos á los cortesanos gauservs, por las banda- 
das de gansos que chicos y chicas, á modo de pas- 
tores, llevaban á pastar al campo. Las burlas por 
ambas partes degeneraron en graves riñas cuando 
llegaron á insultarse con frases injuriosas; pronto 
de las palabras pasaron á los golpes, lo que hacía 
prever próximos tumultos. Hasta tal punto lie- 



422 



A. DE PALENCIA 



vaban las contiendas, no sólo los chicos, sino los 
hombres, que fué preciso amonestarles con pú- 
blico pregón que cesasen en sus mortificantes 
burlas, so pena de severo castigo. 

Vino á acrecentar la general indignación el odio, 
la maldad y la codicia del almirante D. Alfonso 
Enríquez, el cual, obtenido de lá Reina el corres- 
pondiente permiso, le concedió á los mercaderes, á 
cambio de dinero, para sacar trigo del reino, con- 
virtiendo así en escasez la abundancia de man- 
tenimientos. Esto, á pesar de las quejas de los se- 
villanos que protestaban de la iniquidad rea- 
lizada, y de que, caso hasta entonces no visto, se 
sacase el trigo del interior mismo de la ciudad, 
se cargase en las naves y se exportase á Catalu- 
ña y á Italia, contra las promesas de la Reina de 
no permitir la venta de alimentos destinados á 
los ciudadanos. Además, á los vascongados, fie- 
les vasallos de la corona y sufridores de largas 
penalidades en la guerra, no se les concedían 
mantenimientos sin previo permiso para el tráfi- 
co, de modo que parecía que la Reina había olvi- 
dado el valor de aquellas gentes y la penuria á 
que se habían condenado cuando, por obedecer en 
todo á la Real Majestad, habían pospuesto la anti- 
gua facilidad de procurarse víveres de la vecina 
Francia y hecho con las nuevas necesidades más 
amarga la esterilidad de la tierra al dejar los man- 
tenimientos ciertos por los eventuales. Tales eran 
las quejas de los vascongados y análogas las de 
los sevillanos. El natural bondadoso de la Reina 
la inclinaba á mirar por el bien de los vasallos; 
pero los falaces consejos del Almirante y el lucro 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 



423 



que la mayor parte de los cortesanos sacaba de 
aquella perniciosa corruptela la impedían persea 
verar en sus buenos propósitos. Y hubieran sido 
más funestas las protestas de los sevillanos, como 
más originadas á provocar tumultos, á no mitigar 
los ánimos la esperanza de la próxima llegada del 
Rey. También le aguardaba impaciente la Reina, 
entre otros motivos, por el muy poderoso de li- 
brarse del peso de tantos y tan graves asuntos, 
pues harto había advertido cuán engañada la te- 
nían las astutas artes de los que la rodeaban, bien 
seguros, por su parte, de que por oídas podía juz- 
gar de todo, pero de muy poco por sus propios 
ojos. Por el contrario, al Rey le sería fácil com- 
probar por su vista cuanto llegase á sus oídos. 
Todo esto obligó á la Reina á escribir á D. Fer- 
nando llamándole con urgencia, y él se apresuró 
á obedecerla. Antes de su llegada quiso D. a Isabel 
dejar asegurada para la Corona la posesión del re- 
gio Alcázar, de la dársena y del castillo de Triana, 
ocupado todo por el duque D. Enrique, en virtud 
de cartas no de buen grado concedidas por la Rei- 
na, que ahora, con su presencia, halló ocasión de 
revindicar para el trono ios citados edificios, con 
gran contrariedad del Duque, á quien esta habi- 
lidad de la Reina irritó gravemente. Luego fué 
poco á poco calmándose con la esperanza 62 ob- 
tener graciosamente la confirmación del señorío de 
los castillos de Lebrija, Fregenal, Aroche y Ala- 
nís, defendidos por guarniciones propias; y aun se 
dice que meditaba hacerse dueño del Alcázar, de 
la dársena y del castillo de Triana, empresa al 
parecer de fácil ejecucién, después de marcharse 

cxxixv 28 



424 



A. DE PALENGIA. 



los Reyes. D. a Isabel confió la Alcaidía del último 
á... (i) de Briones, sujeto muy querido del di- 
funto rey D. Enrique, y se encomendó la dár- 
sena á Francisco de Madrid, por consejo de Gu- 
tierre de Cárdenas, para poder así él disponer de 
ésta y de la fortaleza. 



(i) El nombre en blanco. 



CAPITULO X 



Viaje del. Rey á Sevilla y resoluciones que durante 
él adoptó. — Vana alegría de los sevillanos. 

ientras esto pasaba en Sevilla, D. Fer- 
nando recogía los plácemes generales 
de los pueblos, así por haber logrado 
exterminar á los ladrones, como por no haberle 
visto, hasta entonces, desviarse de la justicia, sino 
en restituir la fortaleza de Toro á Rodrigo de 
Ulloa, aborrecido de muchos ciudadanos por su 
perversa índole, y no menos de los nobles, á causa 
de sus muchos crímenes. Para acompañarle en el 
camino eligió al duque de Alba D. García de To- 
ledo, y ai conde de Benavente D. Rodrigo Pimen- 
tel, ambos fomentadores de conspiraciones y ca- 
bezas de numerosos conjurados. Para asegurar la 
tranquilidad de las provincias limítrofes de Cas- 
tilla, juzgó conveniente , confiar á su hermano 
D. Alfonso de Aragón, duque de Villahermosa, 
y al condestable D. Pedro Fernández de Velasco, 
el gobierno y el mando de las guarniciones, y 
como el encargo seguramente hubiera sido irreali- 
zable si les hubiera dejado acompañados de los 
dichos Duque de Alba y Conde de Benavente, 




426 A. DE PALENCIA 

procuró hablarles cariñosamente encareciendo el 
interés que tenía en llevarlos por compañeros del 
viaje á Andalucía. Asintieron ellos fingiendo acep- 
tar de buen grado lo que tanto les contrariaba. 

La primera jornada del Rey fué al monasterio 
de Guadalupe, donde permaneció nueve días en 
cumplimiento de una promesa, aguardando al Du- 
que de Alba, que disponía perezosamente su viaje. 
Reunido ya con el Rey, marcharon á Benqueren- 
cia, á ruegos de Diego de Cáceres, á que accedió 
D. Fernando luego que oyó al clavero de Alcán- 
tara D. Alfonso de Monroy, que vino á besarle la 
mano en el camino y le mereció excelente aco- 
gida. Desde Benquerencia, y para evitar el en- 
cuentro con el comendador de León D. Alfonso 
de Cárdenas, se desviaron de las villas de su seño- 
río y entraron en Azuaga. 

Aquí vine yo á besar la mano al Rey, que quiso 
saber si eran ciertos los rumores del tumulto de 
Sevilla, de que muchos le habían hablado, y de ia 
maldad de los cortesanos, digna de severísimo 
castigo. Yo le pregunté si le habían enterado bas- 
tante de todos los desafueros cometidos, y él me 
refirió tantos detalles, que consideré inútil darle 
más explicaciones acerca de los sucesos de Sevi- 
lla, aunque sí me esforcé por inclinarle á lo me- 
jor, recordando las causas que me habían hecho 
insistir con Su Alteza para que fuese á Andalucía 
antes que la Reina. Porque si reconocía la imposi- 
bilidad de evitar lo sucedido, en cambio debía sa- 
tisfacer las esperanzas puestas por los andaluces 
en su venida, cual enmienda de lo pasado, garan- 
tía de lo futuro y medio adecuado para la realiza- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



427 



ción de cuanto pareciese conveniente al verdadero 
bien público y á granjearse el elogio délos benemé- 
ritos. No le oculté nada relativo al carácter de los 
andaluces, y, sobre todo, le expliqué la habilidad 
de los sevillanos para conocer las inclinaciones de 
los Príncipes, cuando por acaso son esclavos de 
alguna pasión. Merced á esta sagacidad, los malos 
adivinan lo más eficaz para la impunidad de sus 
delitos, y así compran con dádivas á los magis- 
trados codiciosos; ganan á los lascivos con place- 
res; á los orgullosos, con adulaciones, y á los fri- 
volos, con halagos; desprecian á los apáticos y se 
burlan de los cobardes. Mas cuando ven en los 
Príncipes y en los gobernantes resuelta tendencia 
al bien y prácticas de justicia y de equidad, se ate- 
morizan y rinden homenaje á la virtud, tan en- 
comiada por los honrados ciudadanos. Así, pues, le 
rogué encarecidamente que procurase alcanzar el 
alto grado de virtud que todos los andaluces su- 
ponían y proclamaban eminente en los Reyes, y 
que, no sólo estaba obligado á practicar cuando 
le esperaban, sino hasta á fingir en todo cuanto le 
alababan, á fin de no enfriar con su presencia el 
entusiasmo de los que le habían admirado au- 
sente. 

Oyó benignamente D. Fernando mis consejos y 
contestó que los observaría con puntualidad. 
Luego, en diarias conferencias conmigo, me repe- 
tía cuán acertados le habían parecido y cuán pre- 
ferentemente juzgaba deberse acudir al remedio 
de los asuntos de Andalucía, adonde se encami- 
naba con tanto trabajo, deseoso de poner en orden 
su relajado gobierno, aunque reclamasen su aten- 



4 2 ^ A. DE PALENCI A 

ción los asuntos de Navarra, por haber sabido que 
algunos de la facción francesa urdían muchas 
traiciones y aconsejaban al rey Luis el envío in- 
mediato de tropas al interior de la provincia. El, 
sin embargo, había encomendado al celo de fieles 
auxiliares el ocurrir á estos peligros de Navarra y 
á otros de Aragón y preferido venir en persona, 
antes que á ninguna parte, á poner remedio en 
las cosas de Andalucía. La Providencia favoreció 
su resolución. Un traidor navarro que maquinaba 
la entrega de la fortaleza de Estella á los france- 
ses, fué cogido por Lope de Toguia, que con esto 
y con poner en ella fiel guarnición y apaciguar 
varios tumultos de los navarros, desvaneció tanto 
las esperanzas del orgullo francés, que los redujo 
á preferir las treguas á la guerra. 

Consagróse D. Fernando por completo á la 
provisión de los asuntos de Andalucía y á reparar 
con la conveniente habilidad las omisiones de la 
negligencia ó los desmanes cometidos por los mi- 
nistros de la Reina. Siguió el Rey en su viaje hasta 
el día de su entrada en la ciudad el mismo camino 
que doña Isabel, y así como ésta había salido con 
gran pompa del cortijo Tercia, entre los vítores 
del pueblo, así el Rey salió de la iglesia de San Je- 
rónimo, y se dirigió á la ciudad cabalgando en 
brioso corcel. Era el i3 de Septiembre, y como el 
numeroso gentío le aguardaba impaciente desde 
las primeras horas de la mañana, algunos hom- 
bres astutos hallaron medio de engañarle, apro- 
vechando las horas en que la fuerza del calor le 
había obligado á retirarse á sus casas, para acon- 
sejar al Rey la entrada en la ciudad y la visita á 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 429 

la catedral en hora tan inoportuna como la de la 
siesta, y, por consiguiente, con reducida concu- 
rrencia. Delante de la Puerta de la Macarena es- 
cuchó el Rey el discurso de bienvenida que en 
nombre de la ciudad se le dirigió, como antes ha- 
bía hecho á la entrada de la Reina D. Alfonso de 
Velasco, recientemente fallecido. 

Como todo esto pareció presagio de lo que des- 
pués sucedió, me ha parecido conveniente refe- 
rirlo por menor. Desde el primer día empezaron 
los sevillanos á perder las esperanzas concebidas, 
porque entre otros indicios de haberse equivoca- 
do, veían cambiados los propósitos del Rey, tanto 
en enterarse de los agravios de los ciudadanos y 
juzgar los desmanes de las autoridades, como en 
las visitas que había prometido hacer con fre- 
cuencia. Así estas promesas como otras muchas 
resoluciones quedaron sin ejecución, y entonces 
el pueblo cambió las alabanzas en acusaciones, 
diciendo que el Rey estaba supeditado, no sólo á 
su mujer, sino á la voluntad de sus consejeros, y 
que en vano habían puesto los ciudadanos las es- 
peranzas de libertad en un Rey falto de la propia. 
Los rencores entre cortesanos y el pueblo fueron 
creciendo más y más y las burlas y los insultos 
fueron exacerbando los ánimos. Nada se hacía 
para corregir los abusos, fuera de ciertas audien- 
cias públicas en que los Reyes oían las quejas del 
pueblo, como lo hacía la Reina antes de llegar 
D. Fernando, sentándose los sábados en el trono 
á escuchar las reclamaciones de las gentes contra 
los atropellos y vejámenes de los malvados. Mas 
este aparatoso tribunal de justicia produjo escaso 



43o 



A. DE PALENC1A 



resultado, porque las numerosas exacciones au- 
mentaron, é ilícitamente se sacaba á diario el 
trigo de las trojes, sin hacer caso alguno de las 
protestas de los vecinos contra la extracción de 
víveres para el extranjero, prohibida por las anti- 
guas Ordenanzas, y más en año tan estéril que 
amenazaba á los andaluces con el hambre. 




LIBRO XXX 



CAPITULO PRIMERO 

Nueva ?nención de los medios adoptados por la 
" Reina antes de llegar D. Fernando para pro- 
curar la libertad de los pueblos.— Los portu- 
gueses derrotan á los vascongados. 

as quejas del pueblo eran motivo de ale- 
gría para los proceres andaluces por la 
esperanza de ganarse á un tiempo su fa- 
vor y el de las autoridades. El Duque D. Enrique, 
desechado el temor concebido antes de la llegada 
del Rey, sentía ya haber entregado la fortaleza de 
Trianay prometido por pactos concertados con la 
Reina hacer lo mismo con Lebrija, Aroche y 
Alanís, á cambio de la futura entrega de Alcalá 
de Guadaira> y hubiese querido que esta cuestión 
de las entregas ocurriera en los días en que los 
pueblos aguardaban en vano al Rey. Encargó, por 
tanto, á varios agentes suyos que día y noche re- 
corriesen las casas censurando la vana esperanza 
largo tiempo puesta en la presencia de un hom- 
bre tan descuidado para proveer á las subsisten- 




A. DE PALENCIA 



cias del pueblo, y que más bien había acrecen- 
tado los males, ya consintiendo los pasados, ya 
perdonando los presentes. A los criminales que 
antes de llegar D. Fernando y por clemencia de la 
Reina habían regresado á la ciudad, el Duque les 
había atraído á su causa proporcionándoles gua- 
rida en los alrededores de su casa; y á los reos 
de delitos atroces, exceptuados del perdón gene- 
ral, les aseguraba el asilo. 

Había concedido D. a Isabel á los sevillanos in- 
dulto de todos los delitos cometidos, á excepción 
de los de lesa majestad, traición, muerte alevosa 
y fuerzas de mujeres, y por consejo de sus fami- 
liares, y á fin de compensar con este acto de cle- 
mencia los anteriores rigores de los jueces, mandó 
publicar el perdón antes de la llegada de D. Fer- 
nando. También envió algunos confidentes á son- 
dear el ánimo del Marqués de Cádiz, cuya con- 
fianza en las acostumbradas intrigas y rodeos que- 
ría ella quebrantar hábilmente mostrándose tenaz 
en su negativa y asegurando cuán indecoroso sería 
para la Corona dar oídos á las excusas del Mar- 
qués mientras siguiera ocupando la fortaleza de 
Alcalá de Guadaira, y á su vista y á diario arre- 
ciase en sus procedimientos tiránicos contra los 
de Jerez, pretendiendo entrar en discusión acerca 
de lo lícito y decoroso de semejante tiranía. Uni- 
camente podría tolerarse tal estado de cosas á 
condición de entregar la guarda de las fortalezas 
á personas de la confianza de ambas partes, ó de 
presentarse en persona y bajo seguro á exponer su 
causa. Transcurría el tiempo y el Marqués vaci- 
laba en su resolución, preocupado principalmente 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 433 

por no encontrar recurso alguno seguro para con- 
servar en su poder á Jerez. En las conferencias 
con sus íntimos les había consultado si podría 
ocupar totalmente la ciudad contra la voluntad 
de los vecinos, ó resistir al Rey, aun cuando sus 
contrarios le excitasen á recobrar su libertad. 

Unánimes sus amigos, rechazaron los argu- 
mentos expuestos por el Marqués con esperanza 
de alcanzar su aprobación. Los principales fue- 
ron: la gran facilidad de retener en rehenes á los 
hijos y excluir á los padres; conservar en prenda 
trigo, cebada, vino y aceite para sustentar la guar- 
nición dentro de la ciudad, lo cual podía hacer 
muy bien escogiendo entre los vecinos de Mar- 
chena y de Arcos soldados veteranos acostum- 
brados á estos trabajos; pedir auxilio á los moros 
granadinos en caso de extremo apuro, y obte- 
nerle inmediato por mar de los portugueses, que 
al primer llamamiento de los rebeldes andaluces 
acudirían con excelente armada, á la que en vano 
intentarían resistir las tropas de don Fernando, 
por su descuido en proveer á las futuras contin- 
gencias y en advertir de cuán ligera chispa puede 
originarse un vasto incendio. 

Refutaron los amigos del Marqués todas sus 
afirmaciones, asegurando que de poco aprovecha- 
ría á la rebelión retener á los hijos en rehenes den- 
tro de Jerez y arrojar á los padres á los arraba- 
les, porque, siendo valientes y resueltos, halla- 
rían modo de apoderarse de otros rehenes y de 
rescatar por audacia ó por astucia las queridas 
prendas. En cuanto á sustituir á los ciudadanos 
expulsados por soldados escogidos de Arcos y de 



434 A. DE PA.LENCIA 

Marchena, se ofrecía el inconveniente de dejar á 
esta población sin defensa por acudir á la de Je- 
rez, y entonces los clamores de las mujeres é hijos 
les haría creer á cada instante que empezaban á 
sufrir los rigores de un sitio. De los de Arcos, en 
otro tiempo constantes en su fidelidad á la Coro- 
na, podía tener por seguro que querrían recobrar 
su primitiva libertad, siempre que los Reyes les 
prometiesen más favorables condiciones de vida. 
Vana parecía también la esperanza en la armada 
de los portugueses ó en el auxilio de los moros 
granadinos, porque los primeros, después del 
viaje de su rey D. Alfonso á Francia, harto harían 
con atender á la seguridad de su patria, y los se- 
gundos no habían de cambiar la sabrosa quietud 
que les proporcionaban ventajosísimas treguas 
por una alianza perjudicial con hombres impre- 
visores y en situación apurada. No era más fun- 
dada la esperanza en futuras revueltas, si creía 
el Marqués sentir menos los propios desastres 
con tal que el incendio se propagara á todas par- 
tes, cual si se alegrase de la ruina común. Más 
prudente sería aceptar las promesas de los Reyes 
de aumentar el patrimonio del Marqués, acoger 
incondicionalmente y con alegre semblante la re- 
gia liberalidad y consagrarse sin reservas al ser- 
vicio de la Corona. El que ahora daba estos y 
otros semejantes consejos, expresados con gran 
calor, era el mismo Pedro de Avellaneda que en 
otro tiempo había aconsejado lo contrario, como 
principal instigador de la cruel tiranía desde los 
primeros tiempos del matrimonio del Marqués 
con hija del Maestre Pacheco. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 435 

Nuevos móviles le impulsaban ahora á com- 
pensar las agitaciones pasadas con la tranquilidad 
presente y futura. Pareció el Marqués rendirse 
algún tanto á la fuerza de tales argumentos; mas 
como si se preparase á la defensa, aumentó las 
guarniciones, reforzó las fortalezas y acumuló 
fuertes sumas á cambio del permiso concedido á 
mercaderes venecianos y genoveses para embar- 
car trigo en sus naves. Lo mismo hacían los Re- 
yes, con desprecio del decoro de la Corona y de 
las Ordenanzas establecidas, llegando descarada- 
mente hasta á exigir derechos á los fieles vascon- 
gados por la licencia de llevar los mantenimien- 
tos comprados á su tierra, condolidos de ver la 
extrema necesidad que padecía. Era urgentísima 
la expedición , y así alistaron en Sanlúcar de 
Barrameda tres naves repletas de trigo, mientras 
buscaban carga las otras treinta de la armada. 
Así que se dió á la vela, cinco naves y multi- 
tud de carabelas, tripuladas por marineros portu- 
gueses y franceses, la dieron caza. Trabóse encar- 
nizado combate entre los vascongados, que de- 
fendían con tesón los víveres á tanta costa adqui- 
ridos para su patria, y los portugueses, superiores 
en número, aunque también con gran penuria de 
mantenimientos. No lograron de balde la victoria 
los portugueses y franceses, pues perdieron una 
cuarta parte de su gente. El resto se apoderó de 
las naves y del trigo embarcado. 

Concluido el combate, los vencedores deja- 
ron en libertad á los vascongados, con arreglo 
á los pactos concertados entre las dos naciones, 
que prohiben hacer prisioneros en los combates 



4 36 



A. DE PALENCIA 



del mar. Este descalabro aumentó la indignación 
de los vascongados contra D. Fernando, á quien 
acusaban de avaricia por exigirles derechos pecu- 
niarios; de la tardanza en concederles licencia 
para comprar trigo, tardanza que les había obli- 
gado á salir con solas tres naves, dejando las de- 
más en el puerto, y, por último, de falta de cari- 
dad para con los pobres vascongados, á los que 
regateaba el auxilio ampliamente otorgado á fu- 
nestos aduladores, cuyas riquezas les propor- 
cionaban vida regalada. Poco faltó para que los 
vascongados detenidos en el puerto de Sanlúcar 
no tramasen algún trastorno, porque, si bien no 
imputaban á la Reina negligencia alguna en pro- 
veer á las necesidades de sus leales vasallos, ni 
culpa en la exacción de dinero, sí acusaban de 
todo esto á D. Fernando. 



CAPÍTULO II 



Suntuosa armada napolitana en que el Duque de 
Calabria llevó á su madrastra á reunirse con 
su padre. — Reposición de Diego de Merlo en 
su cargo de Corregidor. — Infructuosas treguas 
tratadas con el rey de Granada por Pedro de 
Barrionuevo. 



a serie de los sucesos exige mencionar 
aquí las dificultades que encontró don 
Fernando para pasar desde Castilla á 
Andalucía. Tuvo noticia del arribo á Barcelona 
de una armada napolitana al mando de D. Al- 
fonso de Calabria, primogénito del rey de Nápo- 
les, D. Fernando, el cual había dispuesto que le 
acompañara lucidísimo cortejo de los principa- 
les del reino, á fin de conducir á Italia con solem- 
nísima pompa á D. a Juana su prima, con quien 
por fin iba á celebrar un enlace de largo tiempo 
proyectado. Y como la doncella no quisiera par- 
tir para tan lejanas tierras sin despedirse del que- 
rido hermano, y D. Fernando tuviese igual deseo, 
se detuvo algunos días en Castilla antes que. con 
acercarse más á Andalucía y con el estorbo de los 




A. DE PALENCI A 



negocios, se hiciera más difícil la deseada entre- 
vista. Pero le obligaron á cambiar de propósito 
las cartas de la Reina que á diario le encarecían lo 
urgente de su presencia en Andalucía si deseaba 
poner orden en el desquiciado gobierno de la tie- 
rra, pues era evidente que los andaluces todos 
tenían puesta la última esperanza en su venida, 
desde que, vejados por la corrupción de jueces y 
cortesanos, habían conocido de cuán poco les ha- 
bía servido el gobierno de una mujer. 

La urgencia del remedio obligó, pues, á D. Fer- 
nando á renunciar á su viaje á Cataluña y á sa- 
tisfacer los deseos de su mujer con preferencia á 
los de la hermana; pero quiso enviar inmediata- 
mente un embajador á darla sus excusas. Para 
ello eligió á su tío, hermano del almirante D. Al- 
fonso Enríquez, D. Enrique Enríquez, caballero 
de razonable edad y de buena fama, pero de pre- 
sencia poco agradable á causa de sus ojos enfer- 
mos y de su nariz de mono. Emprendió ia mar- 
cha con más apresuramiento de lo que la impor- 
tancia de la embajada y su aparato exigían, pues 
ni en riqueza ni en comitiva hubiera podido com- 
petir con los napolitanos, aunque tampoco el 
mismo Rey hubiese logrado igualar su magni- 
ficencia en caso de ir en persona. Esta vez Barce- 
lona, afligida con extrema pobreza, acogió muy 
diferentemente á los huéspedes de lo que hubiera 
hecho en tiempos de su prosperidad. Eran ellos 
el ilustre príncipe de Capua D. Alfonso, primogé- 
nito del rey D. Fernando; el príncipe de Bisignano, 
Jerónimo de Sanseverino; el príncipe de Salerno, 
Juan de Sanseverino; el duque de Andria, Fran- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



4 3g 



cisco del Barsi; el duque de Venusia, Pedro de 
Balsa; Alfonso Pirro, el Gran Senescal Pedro de 
Guevara, el Conde de Ponza, ... (i) el de Potenza 
y Alfonso de Guevara. 

Venían en dos altas naves y en diez galeras. En 
muchas daban sombra á los tripulantes toldos de 
seda; preciosas alfombras cubrían las popas; los 
remos, estaban pintados alternativamente de rojo 
y amarillo, y los remeros vestían ricos trajes, 
cual exigía la calidad de los tripulantes. Los no- 
bles jóvenes del séquito del Príncipe de Capua lle- 
vaban lujosas capas y sayos, resplandecientes de 
oro y pedrería. Con ser más de quinientos, á nin- 
guno faltaba la cadena de oro. Ciertamente, si el 
rey de Castilla D. Fernando pensó emular la 
opulencia de los napolitanos, fué ventajoso para 
su decoro haber tenido que prescindir de la entre- 
vista con su hermana por acudir á los asuntos de 
Andalucía. No se mostró sin embargo muy dili- 
gente en resolverlos, pues fuera de aquellos pocos 
remediados por la Providencia, en los demás no 
presidió gran acierto. Continuó la corrupción de 
los jueces; no había norma para el premio ni para 
el castigo, y si algo se ejecutaba en Andalucía 
digno de alabanza, más bien parecía deberse á ini- 
ciativa de la Reina. 

Ella arrancó á Diego de Merlo de la vergonzosa 
opresión de D. Alfonso de Aguilar, y le repuso en 
su antiguo corregimiento de Córdoba, para dar 
al menos satisfacción al prestigio de la Corona, 



(i) En blanco. 
CXXXIV 



29 



440 



A. DE PALENCÍA 



aun cuando fuese preciso, para evitar rivalidades, 
nombrar luego otro Corregidor de la ciudad, una 
vez calmados los tumultos. Asimismo, aunque 
antes de la llegada de D. Fernando no hizo lo bas- 
tante para evitar las entradas de los granadinos, 
procuró al menos corregir de algún modo los pa- 
sados descuidos. Ai efecto envió al rey de Gra- 
nada Albuhacén á Pedro de Barrionuevo, con el 
encargo de procurar á toda costa la paz entre 
andaluces y moros granadinos, por lo menos 
mientras la guerra empeñada con los portugue- 
ses aconsejase no seguirla simultáneamente con 
aquéllos. Era evidente, además, el deseo del prín- 
cipe D. Juan de Portugal de incitarlos á invadir 
la Andalucía, y el Rey moro no hubiese dejado de 
hacerlo, á no considerar ei obstáculo que los prós- 
peros sucesos de D. Fernando podrían encontrar 
en D. Alfonso de Aguilar, empeñado en favorecer 
á un Rey intruso de los Abencerrajes, y constante 
partidario de los portugueses, aunque en sus pa- 
labras hubiera demostrado otros sentimientos. 

Nada de esto había escapado á la penetración del 
rey de Granada, y fácil hubiera sido pactar con él 
firme alianza si nuestros Reyes le hubieran en- 
viado un embajador de mayor autoridad y peri- 
cia. Pero ni D. Fernando proveyó á este asunto, ni 
D. a Isabel dió resolución á tan grave urgencia, y 
sólo por voluntad del Cardenal envió con la em- 
bajada á Barrionuevo, que siguió la negociación 
con menos autoridad y astucia de lo necesario. 
Así nada definitivo se conseguía, y entre la gue- 
rra y las treguas, las fronteras andaluzas pade- 
cían las consecuencias de tanta indecisión, no sin 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



441 



grave peligro para muchos. La misma necesidad 
obligó á D. Fernando á tomar una resolución, 
pesaroso del anterior descuido, cuando á su lle- 
gada, la víspera de entrar en Sevilla, después de 
escuchar á Pedro de Barrionuevo las fábulas que 
de los granadinos le refirió, volvió á enviarle 
con segunda embajada al rey Albuhacén, sin acor- 
darse de lo inútil de la primera, por su falta de 
habilidad y la ninguna ventaja obtenida para lo 
futuro. La triste experiencia le hizo abrir los ojos 
al fin, y llamando al conde de Cabra D, Diego de 
Córdoba, su pariente, sujeto de gran prudencia, 
de lealtad y afecto bien probados hacia los Reyes, 
y no mal quisto del de Granada, le confió aquel 
cargo, muy adecuado á sus cualidades. 




CAPITULO III 

Treguas con los portugueses.— Cuestiones entre 
los sevillanos y los cortesanos. — Consecuencias 
del matrimonio de la hija del difunto Duque de 
Borgoña. 

n Extremadura, el adalid D. Manuel Pon- 
ce de León, al frente de 25o caballos de 
la Hermandad de Sevilla, después de 
conferenciar en Badajoz, por orden de la Reina, 
con Gómez Suárez de Figueroa acerca de la mar- 
cha de la guerra de Portugal, empezó á vengar 
las insolencias del enemigo, nuevamente envalen- 
tonado desde la recuperación de Alégrete. Su 
príncipe D. Juan, dando oídos á las quejas de sus 
vasallos, víctimas del hambre y de los daños de 
las incursiones de los castellanos, prefirió á la gue- 
rra las treguas, y por consejo del Obispo de El- 
bora envió emisarios á ratificarlas y hacerlas bas- 
tante duraderas para que permitieran procurarse 
mantenimientos. Así los habitantes de Badajoz, 
como los de los pueblos de su jurisdicción, tan 
castigados con los estragos de la guerra, anhela- 
ban algún respiro, y esto facilitó la pronta inteli- 
gencia entre los negociadores de las treguas, y con 




444 A * DE PALENCIA 

ello los medios de adquirir víveres. Lo mismo los 
castellanos que los que con el Conde de Feria 
guarnecían á Badajoz, además de otras incomodi- 
dades de la guerra, no cobraban estipendio mili- 
tar. Unicamente Manuel Ponce tenía facultades 
para sostener caballería con el de la Hermandad; 
pero exigían su presencia en Andalucía las tur- 
bulencias de Sevilla, de nuevo suscitadas entre 
vecinos y cortesanos, convertidas de juego en 
feroz encono y cada día más exacerbadas á causa 
de la apatía del Rey, de la maldad del duque don 
Enrique y de las astutas artes de otros Grandes 
más amigos de las disensiones que del sosiego. 

En el corazón de muchos dominaban los malos 
afectos, y hacían consistir su felicidad en angus- 
tiar el ánimo del Rey con nuevos trastornos, y en 
que los pueblos encomiadores de sus virtudes, y 
por ello obedientes siempre al Trono, cambiasen 
de opinión, principalmente los sevillanos que en 
vida del rey D. Enrique se habían decidido por 
la causa de D. Fernando y deseado su protección; 
pero que luego, ai tenerle entre ellos, se le habían 
vuelto hostiles por los muchos motivos que para 
este cambio les había dado, ya dejando impunes 
las ilegales exacciones de jueces, autoridades 
y cortesanos, ya haciendo poco caso de los insul- 
tos que los muchachos de ambos bandos se lan- 
zaban á modo de juego, sin advertir cuánto daño 
se origina á la república cuando el Príncipe deja 
arraigarse los hábitos facciosos y no corta en su 
origen las rivalidades incipientes ni pone freno á 
la corrupción desbordada. Así en Sevilla de la ri- 
dicula cuestión entre los vecinos y los cortesanos 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 445 

surgió repentino trastorno, pues ya con los chi- 
cos se mezclaban bandos de mozalbetes armados 
de espadas y puñales, y entre los pajes que por la 
noche aguardaban en las puertas con linternas la 
salida de sus señores, ó les tenían los caballos y 
muías, se cruzaban los acostumbrados insultos. 
Los forasteros, como dije, motejaban á los sevilla- 
nos con alusiones á la jabonería, y éstos les can- 
taban coplas mortificantes relativas á la guarda 
de los gansos, con tal encono, que llegaban á las 
manos sin temor alguno al castigo. 

Una noche, al salir á la calle el duque D. Enri- 
que, corrió grave riesgo al atravesar por entre la 
lluvia de piedras arrojadas por los cortesanos que, 
mezclados con algunos chicuelos, intentaban tra- 
bar pelea con los acompañantes del Duque. Pero 
éstos resistieron bravamente la acometida para 
darle tiempo de escapar no sin dificultad del peli- 
groso trance. Inmediatamente corrieron por la 
ciudad diversos rumores: decían unos que el Du- 
que había sido ferozmente apedreado; otros, que 
le habían prendido á traición dentro del regio Al- 
cázar. Todos á una cogieron al punto las armas, 
y una gran muchedumbre voló á informarse de la 
Duquesa y á preguntarla si mandaba atacar la 
mansión real para arrancar de la prisión al Duque 
poniendo en aprieto á los opresores, ó prefería que 
en la primera embestida no se dejase vivo á nin- 
guno de los cortesanos. La llegada del Duque des- 
vaneció los falsos rumores; mas aunque vieron 
que había escapado de la muerte ó de la prisión, 
muchos de los ciudadanos no se resignaban á ño 
desahogar su cólera contra los huéspedes. Otros, 



446 



A. DE PALENCIA 



más prudentes, censuraban que por un falso ru- 
mor hubiese tocado alarma la campana de San 
Miguel, suscitando nocturno tumulto, y que hom- 
bres de mala conducta, merecedores de la horca, 
hubiesen lanzado injuriosas expresiones en opro- 
bio de los Reyes. 

El Duque ni creía deber poner un correctivo á 
la procacidad de los populares que tan opor- 
tunamente le habían auxiliado, ni se atrevía á 
fomentar abiertamente la revuelta. Delante de 
las puertas de palacio se apostó buen golpe de 
cortesanos y unos 700 caballos de la guardia real, 
prontos á reprimir las vanas alharacas de los se- 
villanos, ya pesarosos del desvergonzado tumulto 
y de las insolentes frases lanzadas contra el Rey. 
A la mañana siguiente, no sólo se habían redu- 
cido á más templados sentimientos, sino que cada 
uno procuraba echar á otro la culpa de lo suce- 
dido. Fueron presos algunos; pero compadecido 
el Rey, se acusó de haber sido él causa del escán- 
dalo por no haber corregido á tiempo los juegos 
en que los muchachos se dirigían tantos insultos; 
por haber sido demasiado remiso en poner coto á 
la avaricia de sus jueces y por haberse enajenado 
las simpatías de los sevillanos con los permisos 
concedidos para exportar trigo cuando sufrían 
tanta escasez de mantenimientos. Con estas pala- 
bras, y consagrando más atención á las cosas del 
gobierno, quiso calmar los ánimos de los andalu- 
ces. Además, resolvió aprobar las treguas de dos 
años concertadas en Badajoz con los portugueses 
por Manuel Ponce de León y seguir el consejo del 
conde de Feria don Gómez Suárez de Figueroa. 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 



447 



Por su parte, el príncipe D. Juan y todos los ca- 
balleros portugueses, así por razón de la escasez 
de mantenimientos, como por el desaliento cau- 
sado por la ausencia del rey D. Alfonso, no veían 
facilidades ni oportunidad de hacer la guerra. Ni 
aun sostenida por los franceses, la creían posible, 
pues, además de la inconstancia del rey Luis, 
otras novedades de mayor importancia le impe- 
dían, aunque quisiese, auxiliarles; como que á 
duras penas podía él mismo sostenerse después 
que, celebrado el matrimonio del hijo del Empe- 
rador con la hija del difunto Duque de Borgoña, 
aquél le había rechazado en sus correrías por este 
Ducado y abatido su orgullosa ambición en varios 
encuentros felices. Desvanecidas las esperanzas 
de ios portugueses con estas noticias, ya sólo les 
preocupaba el regreso de su Rey, que sabían no 
disfrutaba de libertad en Francia, pues le impe- 
dían marchar adonde quisiera los guardas puestos 
por el Francés. Los engañosos procedimientos 
del rey Luis inspiraban tan poca confianza á sus 
amigos, que no sin fundamento se murmu- 
raba entre todos ellos que pediría descaradamente 
cuanto había perdido en el ataque de Fuenterra- 
bía, y sin conseguirlo, no permitiría á D. Alfonso 
volver á su reino. 

Había contribuido considerablemente á aumen- 
tar la sed de riqueza del soberano francés la grave 
pérdida de hombres y pertrechos de guerra su- 
frida por su general Salazar en Dola, ciudad de 
Borgoña de que se había apoderado. Entre los 
oprimidos ciudadanos y los guardias nocturnos 
se convino en dar entrada en la plaza á los sóida- 



44 8 



A. DE PALENCIA 



dos alemanes y borgoñones para exterminar á los 
franceses; y, en efecto, penetraron á media noche, 
y Salazar despertó tan sobresaltado de su sueño,, 
que tarde y á duras penas intentó ponerse en de- 
fensa. Su hijo, atento á salvar la vida de su an- 
ciano padre, le persuadió á que huyera, mientras 
él, acompañado de otros jóvenes esforzados, ponía 
el pecho á los enemigos, porque no se veía otra 
medio de facilitar la fuga. El arrojo de aquellos 
valientes no logró otra cosa que salvar á Salazar^ 
porque el hijo, acribillado de heridas, cayó en 
manos de los vencedores, así como todos los per- 
trechos de guerra preparados para el ataque de 
otras ciudades y fortalezas. Sintió en el alma el 
rey de Francia el descalabro, y por eso trabajaba 
por recoger de todas partes los recursos necesa- 
rios para reponer los pertrechos perdidos. Para 
ello empleaba con detestable impiedad las cam- 
panas arrancadas de los templos. 



CAPITULO IV 



Conferencia del Marqués de Cádi\ con el Rey. 
Marchan los Reyes á Jere\. 



obrecogido el Marqués de Cádiz con las 
noticias de estos descalabros del ejército 
francés, se redujo á más humildes pensa- 
mientos, porque, mientras abrigó esperanzas del 
socorro de los franceses en favor del Portugués,, 
meditaba las más soberbias empresas, según dejo 
referido. Perdida esta seguridad, y viendo su 
peligrosa situación, cambió de propósito, por- 
que era dificilísimo seguir ocupando más tiempo 
con aquellas artes á Jerez si el Rey iba á esta ciu- 
dad, donde, desde su llegada, no había día en que 
los vecinos no tramasen algo contra el poder del 
amilanado tirano. 

También los gaditanos, en su anhelo por reco- 
brar la libertad, enviaban al Rey secretos mensa- 
jeros para buscar medio de arrancarse cuanto an- 
tes del pesado yugo del Marqués. Presintiendo la 
ruina que le amenazaba, y aconsejado por el doc- 
tor Andrés de Villalón, fiel intermediario de don 
Fernando, optó por oponer al temor la osadía. 
Marchó á Alcalá de Guadaira y aparentó ciertos 




45o 



A. DE PALENCIA 



preparativos de defensa á escondidas de todos sus 
familiares, y sabiéndolo únicamente el doctor ci- 
tado, D. Juan de Guzmán, Señor de Teba, que le 
acompañó en el camino, y Pedro de Avellaneda, 
se dirigió á media noche á los arrabales de Sevi- 
lla, y allí esperó á que el último participase al Rey 
que todos los asuntos pendientes con el Marqués 
podrían arreglarse pronto y bien si se dignaba 
oirle á solas en alguna apartada cámara del Al- 
cázar. 

Dejó el caballo fuera de las murallas, y una vez 
en presencia de D. Fernando, le dijo en tono su- 
plicante que la turbación de los tiempos le había 
obligado á someterse á toda suerte de ásperas con- 
trariedades y á aparecer como enemigo de la paz 
pública. La ocupación de Jerez y del alcázar de 
Guadaira y Constantina parecía asegurarle la 
posesión de las villas de su patrimonio, sin lo cual 
no hubiera podido contrarrestar la feroz ene- 
miga- del duque D. Enrique, fuerte siempre con 
el apoyo del Rey, aunque injustamente conside- 
rado partidario suyo. El recuerdo de los servicios 
prestados por su padre D. Juan Ponce y por su tío 
Pedro Ponce al Rey de Aragón, padre de D. Fer- 
nando, bastaba para que éste tuviese por más 
acepta á la Casa de los Ponces que á la de los Guz- 
manes; pero mal apreciados los respectivos mereci- 
mientos, todo lo hasta entonces sucedido se había 
^vuelto en contra del Marqués. Por eso, y no men- 
tando los tiempos del rey D. Enrique, cuya cobar- 
día é innata crueldad había pervertido el ánimo de 
los Grandes, se había hecho preciso apelar á los 
procedimientos empleados. Ahora, si se le permitía 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 45 1 

descubrir la disposición de su ánimb en favor dé- 
los Reyes, estaba pronto á obrar cual convenía á 
un súbdito leal, y á nadie cedería en celo por cum- 
plir cuanto le ordenasen, una vez convencido de 
haberle alcanzado su arrepentimiento el perdón 
de los yerros pasados á que le había arrastradora 
condición de los tiempos y la aceptación deseada 
de los futuros servicios. Si así placía á Sus Alte- 
zas, sólo le quedaba suplicarles con el mayor in- 
terés el perdón de todos aquellos que, en lo pa- 
sado, y por consentimiento suyo, hubiesen come- 
tido excesos en la guerra contra el duque D. En- 
rique y contra los sevillanos y sus auxiliares, 
solventada también la cuenta de las rentas de 
los de Jerez, percibidas ó exigidas para aquel ob* 
jeío. Aprobaron los Reyes los propósitos del Mar- 
qués, y al punto quedó concertada la entrega de 
sus fortalezas á un tercero, mientras se encami- 
naban á Jerez y podían apreciar por sí mismos el 
estado de las cosas. Era evidente que esto sería el 
principio del arreglo de las de Andalucía, después 
de la tranquila posesión de Sevilla. 

Inmediatamente cundió la noticia de esta entre- 
vista, aunque algunos juzgaban se conservaba 
secreta, y tanto los que conocían á fondo al Mar- 
qués, como los que preferían los escándalos á la 
tranquilidad, diéronse á despertar sospechas en el 
ánimo de D. Fernando; pero así él como la Reina 
se mantuvieron firmes en lo acordado, y embarca- 
dos en una galera de Alvaro de Nava, que prepa- 
raba la salida de dos en expedición comercial, 
bajaron por el Guadalquivir hasta Sanlúcar, con 
gran contento de la Reina, que antes de arribar' 



452 A. DE PALENCIA 

quiso ver el océano, y aun pretendió salir á 
.alta mar; pero se lo impidió el temor al mareo, 
por sospechas de embarazo. El duque D. En- 
rique hospedó á los Reyes con gran magnificen- 
cia y trató de disuadirles de aceptar el hospedaje 
que el Marqués les tenía dispuesto en Rota. No 
consiguió su propósito, y al siguiente día los re- 
gios cónyuges arribaron á esta población, dejando 
al Duque resentido de la enemiga del Marqués. 
Este, para mostrársele superior en la suntuosi- 
dad del hospedaje, le dió espléndido hasta á los 
cortesanos, cosa de que no se había cuidado el Du- 
que. Luego rogó á los Reyes que hicieran su en- 
trada en Jerez por la puerta de Rota; pero algunos 
jerezanos le enviaron repetidos mensajeros para 
aconsejarle que no lo hiciese, porque todos los 
personajes que habían entrado por aquella puerta 
habían experimentado aciaga suerte en la salida. 
En cambio la habían tenido feliz los que entraron 
por la puerta de Santiago, y además por allí se 
iba más en derechura y por caminos más anchos 
á la fortaleza antes ocupada por guarnición hos- 
til, pero ya abierta á todos, así ciudadanos como 
forasteros, con gran satisfacción de los jerezanos. 
Anteriormente habían sufrido éstos de los corte- 
sanos tan inicuas exacciones como los vecinos de 
Sevilla, y esto les había hecho olvidar, hasta 
cierto punto, la pasada tiranía, sin que quepa 
duda de haber hallado Fernán Arias de Saave- 
xlra en aquella general tendencia á la maldad 
de los de la corte, alientos criminales para ocu- 
par pérfidamente, como se duo, la fortaleza de 
Utrera. 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



453 



Los de Jerez, no viendo el menor indicio de que 
se pensase en el deseado castigo de los culpados, 
desistieron de acusarlos, y no había quién osara 
quejarse de los pasados desmanes del Marqués, 
demandar las sumas debidas ó exigir compensa- 
ción por las casas arrasadas, sobre todo cuando 
oían propalar á los partidarios del Marqués que 
debía restituírsele la fortaleza y la ciudad. El Rey, 
por temor á las tumultuarias reclamaciones de 
los habitantes, iba difiriendo las audiencias pú- 
blicas en que solía escucharlas. Todo parecía en- 
caminado á total ruina. No faltó, sin embargo, 
quien le echase en cara su apatía con tan enérgica 
resolución, que al cabo le decidiese á concederlas.. 
Entonces acudieron presurosos muchos ciudada- 
nos, á exponer ante los Reyes las muchas vejacio- 
nes de que el Marqués les había hecho víctimas. 
No se les dió la deseada satisfacción, porque por 
los primeros pactos el Rey tenía las manos liga- 
das y creía conveniente disimular los crímenes 
cometidos por las gentes del Marqués hasta con- 
seguir la devolución del castillo de Alcalá de Gua- 
daira gratuitamente, ó sea sin entregar el valor 
de su fábrica. De este modo el Marqués, desli- 
gadode su compromiso por no habérsele satisfecho 
aquella suma al cumplir el plazo, y burlándose 
de todas las protestas, exigió se le confirmase en 
la posesión de Cádiz; mantuvo los retenes en las 
puertas de Jerez, á pesar de vivir el Rey en la 
fortaleza, y se negó á indemnizar á los dueños de 
las casas demolidas. Además, persuadió al Rey á 
no acceder á la entrevista que el duque don Enri- 
que le pedía con repetidos mensajes. Para conse- 



4 54 



A. DE PALENCIA 



guirlo, además de su resuelta oposición, expuso 
sus temores de probables tumultos entre los dos 
bandos á la llegada del Duque. 

Indignado por la repulsa, no quiso esperar más 
tiempo en Sanlúcar, y por el Guadalquivir re- 
gresó á Sevilla, donde fué muy bien acogido por 
el pueblo, reconciliado con él desde que perdió las 
esperanzas fundadas en la justicia del Rey. Este 
cambio en la opinión de las gentes excitó la per- 
versa índole de D. a Inés de Ribera, madre de Fer- 
nán Arias de Saavedra, y la innata crueldad de 
éste y de sus amigos para lanzarse á nuevas rebel- 
días y conjuraciones con que restablecer la tiranía, 
despreciando el poder de los Reyes. A fin de lo- 
grar que en Sevilla se negara la obediencia á don 
Fernando cuando volviera á pedir la entrega del 
castillo de Utrera, aquella señora recogió todas 
sus alhajas y salió de la ciudad para reunirse con 
su hijo, su nuera y sus nietos en el fortísimo 
castillo de Zahara, frontero del territorio granadi- 
no, resuelta á defenderle en abierta rebelión. 





CAPÍTULO V 



General sentimiento de los jerezanos por la incu- 
ria del Rey. — Tumulto originado en los jue- 
gos. — Desenfreno de los jueces. — Regocijo 
por la publicación del embarazo de la Reina. 

on razón se dolían de la incuria del Rey 
los jerezanos, si bien no todos. Los que 
se sentían culpados, por temor al castigo, 
se burlaban de las excusas; se encolerizaban con 
sus acusadores; amenazaban con futuras ven- 
ganzas, y aseguraban que el Marqués volvería á 
ser como antes dueño de la ciudad y de la fortale- 
za. Tampoco se recataban para despreciar la an- 
terior creencia en el auxilio del Rey, á quien espe- 
cialmente echaban en cara el no haber remediado 
nada por su iniciativa; el que en todo se prefiriese 
á la Reina y siempre se invocase su nombre á la 
cabeza de las cartas y provisiones. Había entre 
los jerezanos algunos que disculpaban estos car- 
gos porque, en su presencia, decían, al entrar por la 
puerta de Santiago D. Fernando y D. a Isabel, el 
Rey había recibido mal las aclamaciones del pue- 
blo: ¡Vivan los Reyes! y volviéndose hacia la 
Reina la había dicho cuán molestas les eran á to- 
cxxxiv 3o 




456 



A. DE PALENCIA 



dos semejantes aclamaciones, á lo que D. a Isabel 
había contestado que con razón, porque también 
á ella la desagradaban. 

Los que esto decían, como hostiles al Marqués, 
que desde el principio los había tenido tiranizados 
y hecho víctimas de todo género de vejaciones, 
elogiaban ,cuanto redundaba en favor del Rey; 
por el contrario, escarnecían su nombre á los 
oídos del pueblo los partidarios del Marqués, 
hasta en las coplas de los muchachos, á quienes 
incitaban á recorrer las calles entonando lúgu- 
bres cantilenas, con augurios de tristes sucesos y 
diciendo que el Rey había ganado las fortalezas, 
pero había perdido los corazones de sus vasa- 
llos. No se contentó la osadía de los cómplices 
del Marqués con las coplas de los chicos, sino que 
despreciando el pregón que prohibía desenvainar 
las espadas ni atacar á nadie con armas, buscaron 
ocasión para desacatar públicamente las órdenes 
del Rey. 

En aquellos días habían ido á Jerez embajado- 
res del rey D. Fernando de Nápoles á participará 
los Reyes, entre otras cosas, la celebración del 
matrimonio de aquél con su prima D. a Juana, 
hermana del rey de Castilla. Uno de los festejos 
con que se dispuso honrarlos fué un juego decañas 
entre dos cuadrillas de escogidoscaballeros jereza- 
nos, exactos observadores de las condiciones de 
este ejercicio en que, después de acometerse y 
arrojarse mutuamente largas cañas que rebotan en 
las adargas, los justadores dan vuelta corriendo a^ 
palenque y van á reunirse con su respectiva cua- 
drilla. Está prohibida toda contienda, aunque en- 



CRÓNICA DK ENRIQUE IV ¿\.5j 

tre ellos existan rencores ó salgan heridos del 
combate, y ni se considera más enemigos á los ca- 
balleros de una cuadrilla cuando arrojan la caña 
traidoramente contra los contrarios no protegidos 
por las adargas, ni por esto se tacha á los justado- 
res. Mas aquel día, cuando se justaba en la plaza 
del arrabal ante los Reyes, los Grandes y los Em- 
bajadores, ios partidarios de Ponce, dispuestos 
á armar contienda, hicieron que un hombre de 
la plebe insultase á un caballero principal del 
partido de los Guzmanes, acusándole de haber 
arrojado malamente la caña; contestó con dureza 
el ofendido; uno de los principales de la ciudad, 
conocido partidario del Marqués, salió á la de- 
fensa del plebeyo, y al punto, sin respeto á la 
presencia del Rey, que miraba el juego desde un 
balcón, salieron á relucir las espadas. De repente 
treinta hombres, sin duda conjurados para salir 
á la pelea, se lanzan á la plaza y traban con las 
lanzas feroz combate, que los jueces no pudieron 
reprimir hasta que el Rey, montando á caballo, y 
lanza en mano, se metió entre los combatientes. 
Al punto todos los jerezanos leales allí presentes 
se arrojaron contra los perturbadores, y al grito 
de: ¡Alto al Rey! lograron que, atemorizados, sus- 
pendieran la lucha y escapasen velozmente. Al- 
gunos de los culpados pretendieron acusar á los 
amigos del duque D. Enrique que con excelente 
intención procuraron dirimir la contienda en pre- 
sencia del Rey, y trataron de oscurecer la verdad 
por medio de falsos testimonios. Ciego de ira el 
Rey castigó á varios, así de los inocentes como de 
los culpados, á servir durante un año con cuatro 



458 



A. DE PALENCIA 



lanzas pagadas á su costa en la guerra de Fuente- 
rrabía. Protestaban los primeros, alegando el tes- 
timonio de los Grandes y hasta el del mismo Rey 
que había presenciado el principio de la contienda, 
y le rogaban que no diese más crédito á lo dicho 
por los mal intencionados que á lo que él mismo 
había visto. Al cabo de mil confusos altercados, y 
por consideración al Marqués, se perdonó el des- 
tierro á los culpados, y á modo de gracia, también 
se les eximió á los inocentes, lo que fué de gran 
escándalo para muchos jerezanos. 

Nuevo motivo de justa censura fué el que á los 
desdichados ciudadanos, cuyas casas había hecho 
derribar el Marqués, y pedían justicia é indemni- 
zación de los daños, no sólo se les contestaba con 
vaguedades, sino que cuando alguno, al amparo 
de las leyes, había construido casas en solares del 
común, consumiendo para ello toda su hacienda, 
se les condenaba por acto ilegal á la pérdida de lo 
edificado ó al pago de una multa al secretario del 
Rey, Gaspar de Ariño. Esto aumentó las quejas 
de los ciudadanos desesperados, que, en vez de 
remedio, recibían nuevo agravio. Crecía además 
el número de los jueces extraordinarios, y todo 
parecía caminar al más completodesquiciamiento. 
A las antiguas corruptelas del tiempo del rey don 
Enrique se añadían otros y otros abusos de la 
misma estofa, por los que se obligaba á las gen- 
tes á pagar tributo á cada juez, de modo que no 
ze extirpaba ninguno de los antiguos males, y 
otros nuevos crecían y crecían sin cesar. Cuando 
por caso pedían los vecinos que la mancebía se 
trasladase á otro barrio, se encomendaba á deter- 



CPÓNICA DE ENRIQUE IV ¿{5q 

minada persona la resolución para que pudiera 
obtener el correspondiente lucro. A tal punto 
llegó la desenfrenada avaricia de algunas autori- 
dades, como, por ejemplo, la del doctor Frías, que, 
avergonzado el Rey de tan prolongado abuso, 
mandó hacer una información acerca de los deli- 
tos por aquél cometidos. El castigo consistió en 
prohibirle ejercer su cargo en Jerez y en Sevilla 
y trasladarlo á Cuenca, donde pudiese á su sabor 
y con igual autoridad con que cometió sus acos- 
tumbradas iniquidades, realizar sus rapiñas en 
los intactos caudales de los moradores. Todas 
estas medidas merecieron á las gentes el dictado 
de crueles, porque si en otras partes de Castilla y 
León se reconocían en el Rey laudables inclina- 
ciones hacia la severa justicia, entre los andalu- 
ces, hombres sagaces, que detestaban la desidia 
tanto como estimaban la rectitud, se juzgaba 
muy diferentemente su proceder. Para muchos 
esto constituía una verdadera desdicha, porque lo 
atribuían óá culpas de los andaluces, ó á faltas 
menos públicas del Rey, desconocido por com- 
pleto hasta para sus más íntimos desde su llegada 
á Andalucía, donde su conducta cambió desfavo- 
rablemente, y sin cuidarse para nada de aquellas 
prendas que en tan gran Príncipe se admiraban, 
como sumido en sueño provocado por filtro ve- 
nenoso, no ejecutaba nada de lo que su mente 
concebía. 




CAPITULO VI 



Vuelven los Reyes á Sevilla. — Execrable perfi- 
dia de Fernán Arias de Saavedra al ocupar á 
Utrera y poner cerco al castillo. — Otras exac- 
ciones ejecutadas bajo apariencia de utilidad 
pública. 



onfiado en este público rumor, Fernán 



Arias de Saavedra, en cuanto tuvo noti- 



cía del próximo regreso de los Reyes á Se- 
villa, se dispuso á la defensa, con la certidumbre 
de que al pasar visitarían á Utrera, pues D. Fer- 
nando esperaba se le entregaría luego que exigiese 
pleito homenaje al Alcaide y á la guarnición de la 
fortaleza. Ya de antemano había hecho circular 
falsas noticias entre los ciudadanos, asegurándoles 
que el Rey quería despojarle de la alcaidía para 
dársela á D. Pedro Enríquez, Adelantado* de An- 
dalucía, además del Señorío de Utrera, con per- 
juicio délas públicas libertades y de la jurisdic- 
ción sevillana, por cuya autoridad había sido él 
nombrado Alcaide del castillo y de la población. 
Por cartas y mensajeros había ido animando á casi 
todas las autoridades de Sevilla y al duque D. En- 
rique á no cejar en la defensa de la causa común, á 




462 A. DE PALENCIA 

no sufrir tan grave perjuicio y á persuadirse de que 
el Rey desistiría del funesto propósito si veía al 
pueblo unánime y al Duque y á los regidores fir- 
mes en sostener el público derecho que él defende- 
ría enérgicamente, á condición de que ellos no se 
descuidasen en velar por la república. El Rey, 
decía, no podría gastar tiempo en aquel sitio, por 
serle preciso acudir á más gríves dificultades, 
pues el rey Luis, y los franceses impulsaban ya á 
los portugueses, y le constaba cuán poco podía 
confiar en los de Zamora, ya arrepentidos de la 
anterior entrega de la ciudad y forzados á la fu- 
tura después que el tránsfuga Zapico, con fuerte 
escuadrón de portugueses, había talado repetidas 
veces á Sayago y la campiña zamorana lleván- 
dose grandes presas. Tampoco la caballería de 
D. Fernando podría, á causa de la disminución 
de la Hermandad, resistir á los enemigos, y di- 
fícilmente defender los campos salmantinos des- 
pués de la ocupación de Bilvestre, sobre todo con 
la escasez de mantenimientos, causada por un año 
tan estéril, que en todas partes se padecía ham- 
bre, excepto en Andalucía, y aun aquí les amena- 
zaba por los inhumanos permisos concedidos por 
el Rey para la extracción de trigo. Aseguraba, 
además, que en caso de decidirse D. Fernando á 
sostener largo cerco en derredor de Utrera, pronto 
acudirían á defenderla numerosas fuerzas grana- 
dinas, en virtud de pactos firmísimos ajustados 
con el rey Albuhacén. En cuanto á la eficacia del 
ataque, aun empleando toda clase de artillería y 
máquinas de guerra, la consideraba nula, y para 
afirmar la confianza de la guarnición, la entregó 



CRONICA. DE ENRIQUE IV 



4 63 



á su hijo segundo Pedro Fernández, niño de corta 
edad, prometiendo con juramento militar no sa- 
car de la fortaleza aquella queridísima prenda 
hasta que todos los defensores pudiesen salir li- 
bre y seguramente. 

A estas precauciones añadió muchos ofreci- 
mientos, por si alguno de los más señalados se 
comprometía con él á la defensa, y, en efecto, 
además de sus criados, se le presentaron algu- 
nos sicarios y ladrones desalmados. Reunida ya 
fuerza suficiente, á su entender, retuvo consigo 
otra considerable en la guarnición de Zahara, 
casi inexpugnable, encargándola al cuidado de su 
hermano Pedro Vázquez de Ribera, alcaide de 
Tarifa, muy confiado en las guarniciones por- 
tuguesas de Tánger, Arcila, Ceuta y Alcazar- 
zaguer, con las que Tarifa mantenía relaciones 
comerciales. Dispuso, además, que ocho jine- 
tes por compañía se dedicasen á asaltar á los 
partidarios de D. Fernando que encontraran 
por los caminos, y, que, despojados de cuanto lle- 
vasen, les encerraran en los calabozos de Zara, 
como rehenes para futuro rescate de los amigos 
que pudieran caer en manos de los soldados del 
Rey. Sabedor de estos planes D. Fernando salió 
con la Reina de Jerez, y en Lebrija señaló para 
el asedio del castillo el escuadrón de su guardia, 
por inspirarle más confianza que los sevillanos, á 
muchos de los cuales creía nada inclinados á la 
empresa, y por ser manifiesto ,que los de Utrera, 
ni serían suficientes para el asalto, ni de su vo- 
luntad se emplearían en el asedio. Al llegar á esta 
villa mandó á los heraldos que ante las murallas 



464 



A. DE PALENCIA. 



de la fortaleza intimasen en altas voces á la guar- 
nición la entrega á los Reyes, allí presentes, en 
virtud del pleito homenaje prestado. La Reina, 
para evitar las molestias de la dilación, poco con- 
venientes á su estado, marchó á Sevilla. El Rey 
se detuvo allí tres días y distribuyó puestos mili- 
tares á los arrojados adalides Juan de Viedma, 
Vasco de Vivero, Pedro de Ribadeneira y Rodrigo 
del Aguila, que, al frente de 600 lanzas cada uno, 
debían dirigir la empresa. 

En Sevilla se ocupó el Rey en preparar la arti- 
llería necesaria para el sitio, y dispuso que se 
cargasen los gastos á la hacienda de los rebel- 
des Fernán Arias y su tránsfuga madre, encar- 
gando al fisco el apremio contra cualesquiera 
cómplices que intentasen ocultar aquellos bie- 
nes. Cuando Fernán Arias se enteró de la multa 
impuesta, quiso infundir temores al Rey y tener 
propicios á los sevillanos, aconsejándoles tomar 
parte en la guerra próxima, explicándoles la pre- 
cisión de recíprocas presas y manifestándoles 
cuánto sentía los daños de los muchos inocentes 
que pagarían por los culpados. Antes de hacer 
esto, obligado por la fuerza, decidió manifestar 
su pensamiento en cartas á los Grandes del sé- 
quito de los Reyes y á las autoridades y al pueblo 
sevillano, ya que todos los caballeros estaban fa- 
cultados para desempeñar su cometido, á fin de 
que aconsejasen y suplicasen al Rey que no des- 
pojase injustamente de su patrimonio á sus vasa- 
llos leales por satisfacer el caprichoso é inicuo 
deseo del Almirante de apropiarse los bienes aje- 
nos. En las cartas á los de Sevilla les encargaba 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 4Ó5 

que procurasen disuadir al Rey de llenar de ri- 
quezas á su tío el Almirante, á costa del empo- 
brecimiento del territorio sevillano que, una vez 
rota la guerra, sería víctima de las presas, robos, 
incendios y otras calamidades propias de las lu- 
chas intestinas. Por último, ponía á Dios por tes- 
tigo de que todo esto ocurriría, contra su volun- 
tad, cuando por cualquier modo se viera obligado 
á recuperar, con daño público, los bienes patri- 
moniales, adquiridos por medios legítimos, pero 
arrebatados por mal cumplimiento de las prome- 
sas del Rey. 

Penetró al punto D. Fernando la astucia en- 
vuelta en estas cartas, y quiso á su vez ma- 
nifestar públicamente su parecer. Por media- 
ción de cierto religioso, bien quisto de Fernán 
Arias, aconsejó nuevamente al rebelde que renun- 
ciase á disimular su perfidia con semejantes que- 
jas, ya que tan frecuentes avisos se le daban para 
seguir los rectos trámites del derecho, y dejase de 
infundir fingidos temores, cuando, á querer em- 
plearlos, se le ofrecían medios más seguros de de- 
fender su causa, pues el Rey no había de negarle 
cualesquier otras garantías para su futura segu- 
ridad y observancia de la verdad establecida por 
el derecho, en caso de desconfiar, como acostum- 
braba, de las reales promesas, que siempre juzgó 
vanas, para hacer del fingido temor cómoda más- 
cara de sus pérfidas intenciones y atribuir sus 
maldades á aquellos que únicamente buscaban 
la justicia de las leyes. Era, por tanto, más pro- 
pio de la equidad de un Rey favorecer á los vasa- 
llos pacíficos, amantes, de la rectitud del dere- 



466 



A. DE PALENCIA 



cho, que adular á los que la rechazaban. Y si 
la cuestión del Señorío de Tarifa había de ve- 
nir á términos de litigio, para examinar los títu- 
los, tanto del Almirante como del mismo Fernán 
Arias, no negándose este trámite, ni viéndose aún 
en la conducta del Rey señal alguna de parciali- 
dad por uno ó por otro, ¿qué tenía que ver con 
este asunto la ocupación de la fortaleza de Utre- 
ra, con desprecio del pleito homenaje que por ra- 
zón y derecho obligaba á todos los alcaides de 
castillos á obedecer las órdenes del Rey y á admi- 
tirle, contento ó airado, sin excusa alguna, hasta 
en el interior de aquellos pertenecientes al seño- 
río patrimonial de los que los ocupaban? Infame 
perfidia cometería con desacatar á su Rey y á su 
Reina cuando, al pedir ante sus puertas la en- 
trega del castillo de Utrera propio de la Corona, 
invocaban las leyes de Castilla; con encomendarle 
á ladrones y sicarios, disponerse á la defensa y 
amenazar con la destrucción de la patria si se re- 
frenaban sus violencias. Debía, pues, desistir de 
aquellas fingidas quejas; continuar el pleito de 
Tarifa, y, una vez entregada la fortaleza de Utre- 
ra, que no podía lícita ni decorosamente seguir 
ocupando contra la voluntad del Rey, en todo lo 
demás se daría benigna resolución. Ante todo, 
convenía que aceptase la devolución de sus bie- 
nes y peculio, en caso que, por causa de las mal- 
dades perpetradas,, se declarasen pertenecer al 
fisco, como un acto de clemencia de quien se los 
devolvía. 

■ Ningún caso hizo Fernán Arias de estas pro- 
posiciones que, en nombre del Rey y refu- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



467 



tando sus argumentos en defensa de la rebelión, 
le hizo el Prior de San Pablo de Sevilla fray Al- 
fonso de Carmona, como tampoco de los consejos 
de sus parientes, encaminados á convencerle de 
lo que más honra y más ventaja le ofrecía. Re- 
suelto ya muy de antemano á la guerra, fiaba 
mucho en las promesas de los ladrones, defenso- 
res de la fortaleza, que le aseguraban resistirían 
los ataques del enemigo durante un año, tiempo 
suficiente para cambiar los pasados descalabros 
en honra y utilidad. Confiado en esta sola espe- 
ranza, Fernán Arias empezó á emplear sus saté- 
lites en la perpetración de maldades, y á burlarse 
de los preparativos del sitio. La orden del Rey 
para exigir á los sevillanos los gastos que ocasio- 
nara el transporte de la artillería y demás má- 
quinas de guerra sirvió de pretexto á los recau- 
dadores para sobrecargar de tributos al pueblo, 
aumentando así la malevolencia de las gentes. 




CAPITULO VII 




Llegada de los comisionados de la Hermandad 
popular. — Hechos realizados por algunos ^a- 
moranos. — Propósitos del Rey relativos al 
aumento de la Hermandad. 



or aquellos días llegaron á Sevilla, en re- 
presentación de la Hermandad, el Pro- 
visor del Hospital, Juan Ortega, hombre 
probo ; Rodrigo Fernández de Peñalosa , hon- 
rado caballero segoviano, y Juan de Ulloa, éste, 
sujeto de perversa índole, pariente del otro Juan 
de Ulloa que dió entrada en Toro tiempo atrás a 
rey de Portugal. Igual al difunto, así en el nom- 
bre como en las corrompidas costumbres, se 
cuidó muy poco de secundar á sus compañeros en 
su cometido; antes, con pretexto de desempeñarla 
él en su nombre, tramó en Sevilla nuevas intri- 
gas, dándose aires de hombre íntegro, defensor de 
la justicia. Mas cuando advirtió la dificultad de 
realizar las deseadas exacciones sin inutilizar á 
uno de sus compañeros, Rodrigo, y engañar con 
ingeniosos subterfugios al otro, Juan de Ortega, 
ocupado en otros asuntos, puso en ejecución am- 
bos recursos, y ya pudo aparecer como único en- 



470 



A. DE PALENCI A. 



cargado de asegurar el establecimiento de la Her- 
mandad. No tardóen descubrir cuanto al principio 
había ocultado, haciendo infame el nombre de la 
Hermandad, antes glorioso, y en cuanto estuvo 
en su mano destruyó tan pérfidamente sus 
más firmes cimientos, que cuantos sevillanos 
empezaron por dar su voto para admitirla, em- 
pleaban ahora contra ella el más hostil lenguaje. 
Para ir así contra lo que antes reclamaron les su- 
ministraba razones más poderosas que las co- 
munes lo flojamente que la caballería de la Her- 
mandad, al mando de Manuel Ponce de León, 
perseguía á los satélites de Fernán Arias, que ha- 
cían á todo aquel territorio víctima de rapiñas, 
presas y asesinatos. 

Inútiles parecían los esfuerzos de la Herman- 
dad en las provincias andaluzas, infestadas de la- 
drones, que en las puertas mismas de Córdoba se 
apoderaban de los caminantes y los sepultaban 
en las mazmorras de Zahara. Cuando por casuali- 
dad se cogía á alguno de los bandidos, no se le 
castigaba por sus crímenes, por temor á las re- 
presalias con los cautivos. 

Se aseguraba que en tierras de Toledo y en las 
fronteras de Portugal los caballeros de la Her- 
mandad procedían con igual apatía, no defen- 
diendo el territorio de Zamora y Salamanca de las 
correrías de los ladrones capitaneados por Zapico, 
ni de los ocupadores del castillo de Bilvestre, que 
campaban por su respeto apoderándose de consi- 
derables presas. Esto había dado nueva audacia á 
los antiguos traidores de Zamora. Los amigos del 
Cantor, tío de Alfonso de Valencia, que entregó 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



471 



por traición la fortaleza, por consejo, según se 
dice, del primero, trataban de entregar la ciudad 
al príncipe D. Juan; pero tuvo noticia el Corregi- 
dor del criminal proyecto, y los traidores recibie- 
ron el condigno castigo. También encontraron ya 
resistencia las incursiones desde que las guarni- 
ciones de caballería de la Hermandad extermina- 
ron á los salteadores. Pero no cesaban las vivas 
protestas de los nobles y del clero, mal avenidos 
con el repartimiento de las soldadas, que conside- 
raban atentatorio á sus honrosos privilegios, no 
recatándose de proclamar que antes arrostrarían 
cualesquier otros peligros que resignarse á ver 
violadas sus antiguas prerrogativas. Contaba otra 
vez la conspiración con muchos auxiliares, é iba 
entibiándose la indignación contra los criminales, 
algún tanto amilanados hasta entonces por temor 
al castigo, pero ya de nuevo en campaña. 

De todo esto tuvo noticia D. Fernando, y aunque 
le causaba gran enojo la rebelión de Fernán Arias 
en Andalucía, se resolvió á vigorizar las fuerzas 
de la Hermandad, en especial porque, de diferirse 
el conveniente remedio, no sólo recaería sobre ella 
negra mancha, sino que no pasaría del i5 de Mayo 
de 1478, plazo establecido por los fundadores para 
su disolución. Eran, por consiguiente, muchos 
los que creían que el Rey debía acudir al remedio 
de las disensiones presentes y proveer las necesi- 
dades futuras. No faltaban tampoco quienes le 
aconsejaban que no saliese de Andalucía sin dejar 
rendido el castillo de Utrera, cuyo ejemplo, glo- 
rioso ó indigno, se creía imitarían los demás ocu- 
pados por tiranos, con tanto más tesón cuanto 



cxxxiv 



3i 



472 



A. DE PALENCí A 



más fuertes por su posición ó por sus defensas, 
como los dos de Carmona, de que era dueño Luis 
de Godoy. Para nadie era dudoso que la entrega 
de Alcalá de Guadaira no se haría en virtud de 
pactos, constándole al Marqués de Cádiz cuánto 
se bastaba Fernán Arias para hacer levantar el si- 
tio de Utrera; que, de cualquier modo, los nobles 
y el clero habían de oponerse á la subsistencia de 
la Hermandad, pero que llegado el plazo marcado 
para su licénciamiento, después de Agosto, esta 
milicia seguiría la suerte de los sucesos, puesto 
que todo se somete ai vencedor y todo el mundo 
desprecia las órdenes del general vencido. Y si el 
Rey ponía apretado cerco al castillo de Utrera y 
castigaba á los rebeldes, sin duda se le someterían 
cuantos le eran hostiles mientras subsistía la re- 
sistencia. Pero muchos censuraban su excesiva 
clemencia por haber dejado en libertad á los la- 
drones de los castillos de Castronuño y Cubillas 
y de los entregados tras largo sitio, aunque sin 
querer apelar al asalto, que hubiera favorecido la 
fortuna con un poco más de perseverancia en el 
cerco. Este ejemplo había dado alientos á los de- 
más rebeldes, esperanzados de obtener perdón 
cuando se vieran obligados á rendirse, y nadie du- 
daba de que ésta era también la principal con- 
fianza de Fernán Arias. Por tales motivos, antes 
de rendir á Utrera, la opinión sensata no creía 
conveniente á la dignidad de la Corona la partida 
del Rey. Este, por el contrario, afirmaba ser pre- 
cisa su presencia en Castilla, mientras la Reina, 
en atención á su estado, permanecía quieta en Se- 
villa, con bastantes medios para proveer á los 



CRÓNICA. DE ENRIQUE IV 



473 



asuntos de Andalucía y hacerse obedecer de los 
capitanes que sitiaban á Utrera, suficientes para 
tomar el castillo. 

Algunos, sin embargo, refutaron con muchos 
argumentos esta opinión de D. Fernando y pro- 
curaron persuadirle de la necesidad de dejar ren- 
dida la fortaleza. Parecieron convencerle las ra- 
zones de sus amigos, y dispuso aumentar la arti- 
llería, preparar escalas y, para día señalado, 
llamar de todas partes tropas á fin de facilitar el 
ataque del castillo; porque aún se seguía temiendo 
el socorro de los granadinos, que Fernán Arias 
había fingido llamar por auxiliares para caso de 
apuro. Mas hubo otros que le hicieron desistir del 
propósito de expugnar el castillo y de suspender 
la marcha ya resuelta, alegando la necesidad de 
su presencia en el día señalado para la Junta de 
Hermandad en Pinto ó en Madrid, porque, trans- 
currido el plazo marcado, le sería imposible hacer 
lo que tuviese resuelto en favor de aquella mili- 
cia. Exigía también no escasa diligencia la recon- 
ciliación con el Arzobispo de Toledo, y, de dife- 
rirla, seguramente surgirían en territorio del Tajo, 
y tal vez en Toledo, graves sucesos que única- 
mente podría evitar la presencia del Rey. 

Por otra parte, una vez empeñado en combatir 
en persona la fortaleza de Utrera , si por caso era 
rechazado el ataque, sería punto de honor el re- 
novarle hasta vencer; y parecía más práctico el 
alejamiento de D. Fernando mientras iban debili- 
tándose las fuerzas de los pérfidos defensores, 
como también más honroso para la Corona que 
fuesen los capitanes los que rindiesen un castillo 



474 



A. DE PALENCIA 



bien enrocado, que consagrar á este único objeto, 
con no pequeña mengua, todas las fuerzas dispo- 
nibles, posponiendo tantas otras oportunidades 
favorables. Al cabo esta fué la opinión adop- 
tada. 




CAPITULO VIII 



Consentimiento del Rey para que D. Alfonso de 
Cárdenas obtuviera el Maestrazgo de Santiago. 
— Causas verdaderas y aparentes del consenti- 
miento. 




l mismo tiempo que el Rey se ocupaba en 
los asuntos de Andalucía, se hacía correr 
el rumor de nuevos peligros en las fron- 



teras de Portugal, á que sólo podrían hacer frente 
las fuerzas del Maestrazgo de Santiago, ó de León, 
bajo el mando de D. Alfonso de Cárdenas, que en 
lugar del difunto Pacheco se hacía llamar Maes- 
tre de aquella Orden. Favorecíale mucho su primo 
D. Gutierre de Cárdenas, el que más privanza 
lograba con la Reina; mas para no malquistarse 
con el Rey, administrador del Maestrazgo, apa- 
rentaba sentimientos muy diferentes. Conside- 
rando luego la insólita tardanza del Papa en con- 
firmar al Rey en la administración irregularmente 
concedida, y en cambio haberlo hecho en esto, 
como en todo, á favor del conde Jerónimo, poco 
á poco y por grados fué buscando ocasión de fa- 
vorecer al primo. Entretanto se valía de / sus 



476 A. DE PALENCIA 

agentes para encauzar disimuladamente el asun- 
to, mientras en público acusaba de insensato al 
amigo, sin perder de vista, no obstante, el íntimo 
deseo. Cuando los rumores de próximos trastor- 
nos en la frontera portuguesa fueron tomando 
cuerpo, empezó á ponderar el poder del Comen- 
dador ó Maestre D. Alfonso, con cuya égida toda 
la provincia se pacificaría si el Rey transfería el 
cargo de la administración del Maestrazgo en el 
veterano Comendador de aquella Orden militar, 
á quien sus estatutos favorecían legalmente, en 
particular desde la marcha de su competidor en 
el cargo D. Rodrigo Manrique. 

Alegaba también D. Gutierre la utilidad que 
por este medio encontraría el tesoro real en el per- 
cibo de las rentas, pues mientras la administración 
corriera á cargo del Rey, muy escasas serían las 
que pudiera aplicar á sus urgencias, por la exce- 
siva importunidad de aquellos á quienes, sin des- 
doro de la Corona, no podría negar su regia mu- 
nificencia. En cambio, dando la posesión del 
Maestrazgo á quien de derecho correspondía, so- 
bre librarse de pesada carga, obtendría segura 
ganancia, pues podría mantener constantemente 
con dinero ajeno i.5oo caballos; remediaría la 
penuria presente con las fuertes sumas que el 
poderoso D. Alfonso de Cárdenas emplearía; 
desbarataría las intrigas maquinadas por el conde 
de Feria D. Gómez Suárez de Figueroa, y bur- 
laría los pérfidos intentos de Pedro Pan toja, 
sospechoso de traición en aquellos días, y en 
cuya cabeza podría castigar al príncipe don Juan, 
á cuya devoción estaba. Era fama que, ale- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



477 



gando el olvido en que tenía el Rey sus méritos y 
auxiliado por los portugueses, había entregado 
los dos castillos de Azagala y Piedrabuena. Los 
partidarios del de Cárdenas propalaban que lo 
mismo haría el clavero de Alcántara Alfonso de 
Monroy, porque el favor Real ya no se ejercía en 
pro de los beneméritos, sino de los desleales. Así 
se había dado el Maestrazgo de Alcántara al hijo 
del Conde de Plasencia, en otro tiempo rebelde á 
la Corona. 

Añadían que Badajoz y Mérida, en poder de 
hombres sospechosos, amenazaban con cruelí- 
sima guerra, á que sólo podría hacer frente don 
A lfonso de Cárdenas, una vez investido del Maes- 
trazgo de Santiago, pues mantendría constante- 
mente cerca de mil caballos, y en caso de repen- 
tinas contingencias, acudiría con más numerosa 
caballería y con 10.000 peones. Asimismo abati- 
ría el orgullo é insensatez del duque D. Enri- 
que y del Marqués de Cádiz, á quien daban por 
cómplice de Cárdenas. Con estas y otras seme- 
jantes consideraciones, hábil y oportunamente 
presentadas, lograron los partidarios de éste el 
consentimiento del Rey en favor del Comenda- 
dor. Para la negociación se eligió al Dr. An- 
tonio Rodríguez de Lillo, hombre probo y muy 
inclinado á favorecerles. Sobre todo estaba muy 
á la devoción de D. Gutierre y era estimadí- 
simo de D. Alfonso. Fué de los más activos nego- 
ciadores de la concesión Real, que le proporcionó, 
además de la correspondiente gratitud, cierta 
compensación pecuniaria, después de atender á 
los gastos con mayor suma de dineros. Consiguió 



478 



A. DE PALKNCIA 



también para Gutierre la sucesión legal en el 
cargo de Comendador mayor de León y retener 
en prenda la fortaleza construida por D. Alfonso 
y asignada á su señorío, mientras el Maestre, para 
poder atender mejor á sus asuntos, quedaba dueño 
del castillo y villa de Segura. En cuanto á las ren- 
tas, las cedió al Comendador de León; consideró 
siempre á su primo como principal promovedor 
de su elevado cargo; ofreció su persona y bienes 
al Rey, y sin olvidarse del favor recibido, supo 
cumplir con los demás deberes de la gratitud. 

Si grande fué la satisfacción que la noticia pro- 
dujo en los partidarios del de Cárdenas, no fué 
menor el sobresalto que la novedad causó á otros 
Grandes, en especial al duque D. Enrique, afec- 
tado por doble disgusto. En primer lugar, veía á 
su rival investido por autoridad del Rey del ho- 
nor y dignidad á que tanto había aspirado, y lue- 
go, además de la afrenta recibida, conocía que se 
le preparaban nuevos contratiempos. Teniendo 
por entabladas, pero no concluidas las negocia- 
ciones, expuso al Rey cuán grave desgracia 
consideraba el no haber conseguido con sus 
constantes servicios á la Corona lo que el comen- 
dador de León D. Alfonso había logrado con las 
infinitas ofensas hechas á los Reyes. Y si no eran 
los méritos, sino el dinero, lo que se tenía en 
cuenta, también en esto llevaría él la ventaja, 
pues ofrecía mayores sumas. Suplicaba, por tan- 
to, al Rey que le ahorrase esta triste afrenta, y que 
le impusiera cuantas obligaciones tuviera á bien, 
pidiéndoselo encarecidamente en nombre del du- 
que D. Enrique, y de su tío el Cardenal, y por la 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



479 



honra de su hermano el Duque y Marqués de 
Santillana, que á la muerte de Pacheco había as- 
pirado al Maestrazgo. El Duque de Alba, allí pre- 
sente,}^ el Conde de Benavente, que en otro tiempo 
había aspirado al Maestrazgo, censuraban al Rey, 
dando por causa de su silencio el propósito de po- 
ner término á las competencias de los Grandes, 
con adjudicarse la administración de la Orden mi- 
litar, y que luego, con ofensa de todos, cuando 
los beneméritos, en acatamiento á la regia volun- 
tad, habían enmudecido, había dado el Maestrazgo 
á D. Alfonso de Cárdenas. Por consiguiente, de- 
seaban que el favor Real recayera sobre los más 
dignos, no que los engañadores se le granjeasen 
imponiéndose con diversas quejas y protestas. 

Vaciló algún tanto el Rey; pero al cabo con- 
firmó lo comenzado, se negó á todas las transac- 
ciones de los contradictores, ocultó la noticia de 
haber aceptado el Papa la provisión de la admi- 
nistración y se declaró resueltamente en favor de 
D. Alfonso de Cárdenas y de su primo D. Gutie- 
rre, con gran disgusto de varios Grandes, y princi- 
palmente del duque de Alba D. García, quesuplicó 
ai Rey le diese licencia para marchar inmediata- 
mente á sus Estados, donde le llamaban urgentes 
asuntos. Trató D. Fernando de aplacar al eno- 
jado procer con amables palabras; pero no halló 
argumentos suficientes para convencerle. La Rei- 
na, con resolución impropia de su sexo, aprobó 
cuanto había dispuesto su marido en favor de los 
Cárdenas y quitó importancia á todo lo demás, 
con grave ofensa de los Grandes, que al princi- 
pio desearon ver la voluntad del Rey sometida á 



48o 



A. DE PALENCIA 



la de su mujer, y que en esta ocasión lo lamenta- 
ban amargamente. La ambición de los tiranos 
llega al desenfreno y á la impudencia, cuando 
no se avergüenzan de emplear á un tiempo 
y para el mismo fin la alabanza y la censura, 
con tal de conseguir lo que ansian. Así, mu- 
chos de los Grandes de Castilla y de León, co- 
rrompidos por larga tiranía, trabajaron por su- 
blimar excesivamente á la Reina, con el propó- 
sito de que no estuviese supeditada al marido y 
de que la discordia de los cónyuges socavase los 
cimientos del trono. Y los mismos Grandes ensal- 
zaban su conformidad cuando en algún caso les 
era favorable, á reserva de censurarlos cuando 
disentían en algo que les procuraba ventaja. En 
particular en el caso de D. Alfonso de Cárde- 
nas, acusaban públicamente al Rey de haber pos- 
puesto á su propia utilidad la voluntad de la 
Reina. El Duque de Alba, poseído de iguales pa- 
siones que los otros Grandes, manifestó ante to- 
dos su enojo, y marchó á Sevilla. 





CAPITULO IX 



Llegada del Conde de Cabra.— Rendición de Gua- 
daira. — Toma de la torre, guarida de los la- 
drones— Ocupación de Matrera. 

o concedió el Rey gran importancia á la 
partida del Duque de Alba, y atendió 
principalmente á prevenir las entradas 
de los granadinos, incitados á la guerra contra 
los andaluces por emisarios del príncipe de Por- 
tugal y por el perverso propósito de Fernán Arias 
de Saavedra de invalidar las treguas concertadas, 
para daño futuro de los andaluces y algún alivio 
propio, proporcionado por la crueldad de la gue- 
rra. Eligió como á negociador más hábil al conde 
de Cabra D. Diego Fernández de Córdoba, tanto 
por estarle muy obligado, como por el singular 
afecto que al rey Albuhacén profesaba. Las ene- 
mistades de D. Alfonso de Aguilar habían estre- 
chado la amistad entre el Conde y el rey de Gra- 
nada, que por igual le aborrecían. Por esta razón, 
creyendo el rey D. Fernando al conde D. Diego el 
más á propósito para emplearle como intermedia- 
rio, le llamó á Sevilla, adonde acudió de muy buen 
grado con sus hijos D. Diego y D. Sancho, con su 




482 



A. DE PA LE NCI A. 



nuera D. a María de Mendoza, su yerno Martín Al- 
fonso de Montenegro y sus sobrinos, todos los cua- 
les siempre le habían sido adictos, aunque jamás 
le hubiesen visitado. El Rey acogió muy alegre- 
mente á su anciano tío, persona dignísima y elo- 
cuente, que á solas con él, en un razonamiento 
robustecido con graves sentencias, le dió muchos 
consejos sobre el mejor gobierno de la cosa pú- 
blica; explicó el sistema que debería adoptarse, é 
indicó por qué grados se llegaría á la cumbre del 
honor, y con argumentos evidentes hizo ver lo 
funesto de la guerra que se empeñaría entre an- 
daluces y granadinos si no se acudía enérgica- 
mente á evitarla. 

El Rey le escuchó con gran atención; pero, ex- 
cepto el punto de las treguas, á lo demás no 
aplicó urgente remedio. Aceptó el Conde la comi- 
sión, y pocos días después marchó á Baena, y 
desde aquel punto, próximo al territorio de Al- 
buhacén, pactó con éste treguas de tres años, que, 
con consentimiento y autoridad de los Reyes, 
ambas partes confirmaron mandándolas prego- 
nar por todos los pueblos. Al príncipe D. Juan, 
que perseguía fines muy distintos, le contra- 
riaron grandemente, y á Fernán Arias le hi- 
cieron perder gran parte de su confianza. Nada 
de extraño, pues, que alguien viera en esto el 
motivo principal que decidió al Marqués de Cá- 
diz á la entrega definitiva del castillo de Guadai- 
ra, pues los ánimos de los Grandes andaluces 
habían estado largo tiempo vacilantes entre las 
treguas con los granadinos ó la guerra futura. 
Cuando ya vieron clara la cuestión, doblaron al 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 483 

punto la cerviz; D. Rodrigo Ponce interrumpió 
sus secretas conferencias con el rebelde Fernán 
Arias, y el 24 de Diciembre de 1477 la fortaleza 
de Guadaira se rindió á Fernando de Villafañe, 
caballero leonés, más tarde alcaide por los Reyes, 
como favorecido sobre los demás por eí Cardenal. 

Casi por estos mismos días la caballería que si- 
tiaba el castillo de Utrera, queriendo acabar con 
los continuos latrocinios de los soldados de Fer- 
nán Arias, se apoderó de la torre de la Mem- 
brilla, su más segura guarida. Pero, á poco, él 
ocupó por ardid la torre de Matrera, más fuerte 
por su situación y defensas, é inmediata á la se- 
rranía de Ronda. Desde allí cometió multitud de 
crímenes, tocándoles ser las principales víctimas 
á los sevillanos, ya castigados con diversas exac- 
ciones. Por reparto entre los ciudadanos se paga- 
ban los gastos del transporte de la artillería y la 
construcción de las otras máquinas de guerra, y 
para las personas poco acomodadas y para los 
pobres la carga era demasiado pesada. 

Las antiguas autoridades se alegraban al ver su 
desprestigio convertido ahora en vergüenza de Jos 
cortesanos, y cada día incitaban más al pueblo 
á la protesta, á medida que iban aumentando los 
desafueros. Si alguna vez el Rey, excitado por 
las delaciones, se proponía buscar el germen de 
tantas maldades, al punto, como por artes mágicas 
de sus consejeros, quedaba tan engañado, que los 
buenos le notaban de inexplicable desidia y los 
malvados le despreciaban. La Reina, á quien pa- 
recían hacer mella las exhortaciones de los reli- 
giosos que condenaban aquellos despojos en sus 



4 8 4 



A. DE PALENCI A. 



pláticas, aceptaba, convencida, las excusas que 
por la noche le daban sus familiares, y seguía en- 
gañada por la excesiva fe que les atribuía. La 
verdad no podía abrirse camino, y la pública tris- 
teza de los empobrecidos vasallos leales era júbilo 
para los infieles usureros. 

Conocedor de todo esto el príncipe D. Juan, co- 
menzó á arrepentirse de haber pactado treguas 
de dos años, y seguramente las hubiera roto al 
punto, á no impedírselo el hambre horrible que 
por la carestía de mantenimientos sufría Portu- 
gal. También consideraron los portugueses grave 
estorbo las treguas concertadas por D. Fernando 
con los granadinos, como se dijo. Los soldados 
andaluces, á quien la abundancia de víveres pro- 
porcionaba en todas partes alimentación sobrada, 
podrían ya invadir más libremente las fronteras 
portuguesas. Además tenía muy atados á los por- 
tugueses el no poder proporcionarse alimentos 
más que por la parte de tierra, y eso por permiso 
del Conde de Feria y del maestre de Santiago 
D. Alfonso de Cárdenas, á los cuales al menos re- 
traería el reparo de la licencia otorgada en caso 
que por aquellas partes se violasen las treguas. 
También por las tierras del Señorío del duque 
D. Enrique, fronterizas á Portugal, estaba pro- 
hibida la entrada de víveres en el reino. Las 
hostilidades se posponían al lucro, y ni los avaros 
recordaban haberlo prohibido el Rey, ni éste ha- 
bía aprendido á castigar la inexplicable tenacidad 
de los desobedientes. Así, la incuria ó la cobardía 
de los más calificados infundía audacia á los infe- 
riores. 




CAPITULO X 



Efímero reinado del príncipe D. Juan. — Causas 
de su coronación y de su repentina abdicación 
en su padre. 



íwk ADA llevaban tan á mal los portugueses 
J.T\P como el destierro en que vivía su Rey, á 
<X\^l q U ien había sustituido en el gobierno su 
hijo el príncipe D. Juan, joven más obediente á 
sus caprichos desordenados que á los dictámenes 
de la razón. Despreciando el trato de los hombres 
de varonil temple, sometía su albedrío á la volun- 
tad de advenedizos, á quienes, por una perturba- 
ción del buen sentido, trataba á veces de dar pre 
ferencia sobre los más beneméritos. Lamentaban 
los portugueses su desgracia y maldecían el in- 
fausto día en que su rey D. Alfonso, por la am- 
bición de mayor poderío, había caído de la cum- 
bre del verdadero honor. Aquel Monarca, consi- 
derado por sus subditos como el más ilustre de 
los de su época, había desdeñado la paz de su rei- 
no, y, como peregrino, había aceptado, reconoci- 
do, la hospitalidad francesa, en busca de incierto 
socorro, por cuya vana esperanza había perdido 
riquezas seguras. Pero en cierto modo mitigaban 



4 86 



A. DE PALENCI A 



lo amargo de estas quejas los frecuentes avisos de 
la próxima llegada del deseado Monarca, cuya 
imprudencia por haber roto una guerra funesta 
censuraban, si bien las urgencias presentes iban 
haciéndoles olvidar el error cometido. La con- 
ducta del Príncipe, tan digna de censura en tan- 
tos puntos, había aminorado la recaída sobre la 
única, aunque gravísima, falta del padre, y ya 
había reconquistado el antiguo cariño de sus sub- 
ditos, pendientes todos de aquella sola esperan- 
za, fundada en la vuelta de su Rey. También él 
estaba arrepentido de su peregrinación, y muy 
deseoso del regreso; pero traíanle angustiado mu- 
chas sospechas y el inconstante carácter del rey 
Luis. Mientras vivió el duque Carlos de Borgoña, 
aquél, según su costumbre, empleó numerosos 
espías en averiguar si en su regio huésped nota- 
ban alguna inclinación al Duque. Estas sospechas 
hacían aparecer algo coartada la libertad del Mo- 
narca. Después de la desgracia del Duque, la gue- 
rra con borgoñones y alemanes había sido otra 
contrariedad para el Portugués, por hacer impo- 
sible distraer fuerzas francesas para auxiliarle. 

Hacíasele necesario el regreso á su patria, pero 
en tan revuelto estado de cosas corría riesgo 
de caer en manos de sus enemigos si no tomaba 
grandes precauciones para el camino. Apeló, por 
tanto, á mil subterfugios é hizo cundir la noti- 
cia de que se proponía ir á Roán por el río Sena. 
Luego se manifestó pronto á dirigirse al puerto 
de Harfíeur, para embarcarse allí en la armada de 
Colón camino de Portugal. Entretanto preparaba 
plan muy diferente, y ni á sus más íntimos des- 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 



487 



cubría los motivos de tales cambios, reservándose 
el secreto para engañar así á los espías, que si 
pretendían averiguarle sobornándolos, como una 
y otra vez habrían visto salir falsos sus informes, 
ya no podrían comunicárselos ciertos á los cóm- 
plices apostados en puntos más lejanos. Todas 
estas precauciones le parecieron insuficientes para 
evitar las asechanzas, y rápidamente imaginó un 
extremo y «arriesgado recurso. Solo, y sin comuni- 
cárselo á ninguno de los suyos, marchó, según se 
dice, á un monasterio donde nadie le conociese. 
Con esto se proponía que los que le habían acom- 
pañado en su viaje, desesperados ya al conocer la 
desaparición del Rey, procurasen buscar un refu- 
gio embarcándose para Portugal, y si algunos, 
muy pocos, según creía, persistían en buscar su 
paradero, á esos solos admitiría por compañeros 
de viaje. 

El suceso siguiente vino á favorecer los planes 
del Rey y á confundir másásus espías. Había man- 
dado á varios criados embarcarse para Portugal en 
una nave mercante, y confiádoles algunas alhajas. 
En el camino les salió al encuentro un navio de 
piratas vascongados que, con el auxilio de solda- 
dos ligeros, los atacaron y se arrimaron audaz- 
mente al costado de la embarcación enemiga. Ya 
su gran mole amenazaba echar á fondo á la 
de los piratas, cuando éstos levantaron rápida- 
mente el arpón que aferraba la borda de la nave 
portuguesa y, tomando el largo, empezaron á 
disparar sobre ella con los cañones terrible llu- 
via de grandes pelotas de piedra. Una de ellas 
les rompió la antena, y cayendo de repente la 



cxxxiv 



32 



488 



A. DE PALENCIA 



vela, quedaron los míseros portugueses imposi- 
bilitados para navegar ó para combatir, porque 
la embarcación iba inclinándose sobre los costa- 
dos, y aquélla estorbaba á ios marineros para la 
maniobra. Inmediatamente el pirata vascongado 
Juan de Granada registró las cámaras y, entre 
otras alhajas escondidas, tropezó con el preciosí- 
simo estoque y galero enviados en otro tiempo 
por el Papa al rey de Portugal, custodiados por 
los pajes y dos religiosos que al principio del 
combate se habían refugiado en lo más recóndito 
de la embarcación. 

Intentó arrancar con tormentos á uno de los 
pajes si el Rey estaba oculto, á lo que contestó 
el mancebo: «Suspende tus crueldades, ya que 
has vencido, y sabe que el desdichado Monarca 
portugués ha muerto.» Satisfecho Juan con la 
noticia, hizo rumbo á Laredo y pidió á los na- 
turales el necesario socorro, mientras hacía sa- 
ber al rey de Castilla lo sucedido y que, en su 
opinión, había peleado con el Monarca portu- 
gués. Aconsejaba, por tanto, á D. Fernando que, 
antes de marchar desde Medina del Campo á An- 
dalucía, se dignase ir á aquel puerto para ver si 
reconocía en alguno de los dos religiosos al rey 
D. Alfonso. Cundió pronto la noticia de este des- 
astre; pero D. Fernando se negó á diferir el viaje 
proyectado y envió allá á un sujeto que pudiese 
reconocer al Rey portugués, aun bajo el disfraz 
de religioso, y que sólo pudo encontrar el estoque 
y el galero del equipaje real. 

Esta noticia tuvo muy engañados y por mucho 
tiempo á casi todos los espías. Como empecé á 



CRÓNICA DE ENRIQUE IV 489 

referir, D. Alfonso quiso tener desorientados hasta 
á sus familiares, que arribaron á Portugal en su 
mayor parte y dieron por triste causa de su lle- 
gada que el Rey, impresionado por los reveses 
sufridos y por las falacias del mundo, se había 
acogido al retiro de un claustro y depuesto la co- 
rona. Llegaron al mismo tiempo cartas suyas 
confirmándolo, é inmediatamente, después de los 
lúgubres lamentos y exclamaciones del pueblo 
por la pérdida de su Rey, se coronó como tal 
el Príncipe para que el reino no estuviese más 
tiempo sin Monarca. Dos días habían transcu- 
rrido desde que D. Juan gozaba del título y del 
trono, cuando se recibió la noticia de haber arri- 
bado D. Alfonso á las playas de Lisboa. Queda- 
ron atónitos así los Grandes como el pueblo, y el 
Príncipe sintió grandemente haber aceptado cosa 
de que tan pronto había de desprenderse. Sucedió 
á la alegría el estupor; pero no quedó nadie que no 
acudiera á recibir al deseadísimo Soberano. Este 
sancionó cuanto se había hecho, llamó Rey al 
Príncipe, elogió su acierto en el gobierno y dió 
licencia á los Grandes y al pueblo para exponerle 
sus deseos y los medios más oportunos para el 
buen régimen del reino, porque él tendría por 
más honroso y conveniente aquello que pareciese 
mejor al común. 

El Príncipe, reconociendo la superioridad de 
su padre hasta en el cariño, y viendo el júbilo y 
satisfacción con que había sido acogido, se so- 
metió al destino y aclamó á D. Alfonso por Rey 
único y legítimo, imitáronle todos y se acordó 
solemnizar con un discurso la reunión de la 



490 



A. DE PALENCIA 



Junta. Al efecto eligieron á un sujeto elocuente^ 
de gran autoridad y sentimientos religiosos, que, 
en persuasiva plática, explicase las causas de la 
sucedido y la fuente de los maravillosos efectos. 
Unánimes asintieron á las conclusiones del ora- 
dor, dirigidas á que perseverasen en el acata- 
miento de siempre á su rey D. Alfonso, que, por 
ensanchar las fronteras lusitanas, no había vaci- 
lado en arrostrar tantos peligros y desastres. En- 
tonces todos á una voz aclamaron al esclarecido- 
Monarca, le colmaron de alabanzas y le devol- 
vieron la corona, elogiando al mismo tiempo el. 
afecto filial del Príncipe. 

Cuando todavía corrían las primeras noticias, 
llegaron las últimas á oídos de los Reyes, á la sa- 
zón en Sevilla. 

Con la mención de la sorpresa que en ambas 
naciones produjeron, pongo término á la tercera 
Década de estos Anales de España, que com- 
prenden hasta el año de 1477. 



FIN DEL TOMO IV 



ÍNDICE 



Cap. VII. — Incursiones marítimas de los 
portugueses. —Expedición de los sevilla- 
nos al mando de D. Enrique de Guzmán. 
— El Marqués de Cádiz inclinado al par- 
tido de I). Alfonso 

Cap. VIII. — Marcha el rey D. Fernando á 
Burgos. — Tentativas del de Portugal. — 
Rendición de la fortaleza de Toro. — Pro- 
pósitos declarados del Arzobispo de To- 
ledo. — Entrada en Arévalo 

Cap. IX.— Manejos de D. Rodrigo Manri- 
que, del Conde de Cabra y de otros no- 
bles para conservar el Maestrazgo. — 
Oguela, tomada por los nuestros, y re- 
cuperada por los portugueses 

C\p. X.— Principal empeño de D. Fernando 
por el ataque de la fortaleza de Bur- 
gos. — Nuevas disposiciones adoptadas en 
aquellos días por el Comendador mayor 
de Santiago D. Alfonso de Cárdenas en 
las fronteras de Portugal. . , 



LIBRO XXIV 

Capítulo primero. — Ataque y ocupación 
de Santa María la Blanca. — Muerte de 



492 



INDICE 



muchos portugueses en la frontera de 
aquel reino. — Arribo de cuatro galeras 
al Guadalquivir 

Cap. II. — Prisión del Conde de Benavente. 
— Incursiones de los de Olmedo. — Muerte 
de Gonzalo de Saavedra 

Cap. III. — Sucesos ocurridos en Andalucía 
y en las fronteras de Portugal. — Expedi- 
ciones terrestres y marítimas 

Cap. IV.— Llegada del rey D. Fernando á 
Dueñas. — Toma de Cantalapiedra. — Re- 
cuperación de Gordillas. — Esfuerzos del 
rey de Portugal para ocupar á Castroto- 
raf. — Hechos del maestre de Santiago 
D. Rodrigo Manrique. — Cómo se tomó 
Ocaña 

Cap. V. — Prevenciones de D. Fernando y 
de D. a Isabel para sujetar á los enemi- 
gos y despachar embajadas.— Buena aco- 
gida del matrimonio de D. Fernando, rey 
de Nápoles, con la hermana del rey Ca- 
tólico, D. a Juana, y esponsales de la hija. 

Cap. VI. — Hermandades que la necesidad 
obligó á formar en las provincias. — Cen- 
suras dictadas contra el Arzobispo de 
Toledo. — Triunfo del francés Bernal. — 
Ignominia del Almirante 

Cap. VIL — Perfidiadel pirata francésColón. 
—Alianzas con el extranjero. — Marchan 
á Andalucía los primos del Marqués y de 
D. Rodrigo Girón. — Reedificación de Cas- 
troviejo. — Marcha de la Reina á León.— 
Muerte de la reina D. a Juana 

Cap. VIII. — Llega á Burgos D. Alfonso de 
Aragón, hermano del rey D. Fernando. 
— Este marcha secretamente á Valladolid 
con intento de recuperar á Zamora. . . 



INDICE 



Cap. IX. — Terror y fuga del rey de Portu- 
gal. — Recuperación de Zamora por don 
Fernando 

Cap: X.— Regocijo universal de los pueblos 
por la ocupación de Zamora. — Pesar de 
los portugueses y de los Grandes caste- 
llanos temerosos del poderío del rey don 
Fernando. — Nuevas conferencias de aqué- 
llos y diversas agitaciones 

LIBRO XXV 

Capítulo primero. — D. a Leonor Pimentel, 
mujer del Conde de Plasencia, procura 
con gran empeño el perdón de los delitos 
cometidos. — Arrecia el ataque contra la 
fortaleza de Burgos. — Declaración de la 
guerra de Francia 

Cap. II.— Esfuerzos del rey de Portugal por 
infundir temor á D. Fernando con in- 
cursiones y falsos preparativos de cam- 
paña. — Muerte de Juan de Ulloa. —Suce- 
sos en Andalucía y en las fronteras de 
Portugal 

Cap. III. — Arrepentimiento del alcaide del 
castillo de Burgos. — Marcha la Reina á 
interveniren laentrega. — Tentativa frus- 
trada contra Madrid. — Conferencias de 
D. Rodrigo Girón con el Marqués de 
Cádiz 

Cap. IV. — Inveterada costumbre de los por- 
tugueses en su navegación por el mar de 
Guinea.— Intentos del rey D. Fernando 
contra los enemigos, sólo atentos á traer 
riquezas de aquella región. — Cautiverio 
del rey de Gambia 



494 



INDICE 



Págs. 



Cap. V. — Pesar de los portugueses por las 
contrariedades sufridas en la navegación 
de Guinea. — Expediciones marítimas que, 



en su consecuencia, prepararon. — EÍ 
príncipe de Portugal reúne ejército para 
auxiliar á su padre. — Nuevas intrigas de 
los Grandes castellanos 1 33 



Cap. VI. — Llegada de la reina D. a Isabel á 
Valladolid.— Expedición de D. Alfonso, 
hermano de D. Fernando. — Crueldad de 
los portugueses en San Felices.— Dispo- 
siciones adoptadas por D. Fernando. . . i3q 

Cap. VII. — Llega á Toro el príncipe don 
Juan. — Combátese más eficazmente la 
fortaleza de Zamora. — Diversos empeños 
de uno y otro partido. — Prisión de Lope, 
conde de Penamacor 145 

Cap. VIII. — El rev de Portugal intenta en 
vano socorrer al Alcaide del castillo de 
Zamora. — Expedición de D. Alfonso de 
Aragón. — Diversos planes de los dos par- 
tidos. — Victoria del rey D. Fernando.. . 1 5 1 

Cap. IX. — Desgracia del conde de Alba de 
Liste D. Enrique Enríquez. — Vuelve á 
Toro el rev de Portugal. — Alegría de la 
reina D. a Isabel al saber la victoria. — 



Prodigios que la anunciaron 1 65 

Cap. X.— Hechos de los partidarios del rev 
de Portugal en Andalucía. — Encuentros 
de los franceses que sitiaban á Fuente- 
rrabía 17^ 



LIBRO XXVI 

Capítulo primero. — Maquinaciones diver- 
sas de los Grandes castellanos. — Recu- 



INDICE 



495 



Págs. 

peración de Madrid. — Muerte de Pedro 
Arias.— Ríndese el castillo de Zamora. . 179 

■Cap. II.— Sucesos ocurridos en la frontera 
de Portugal.— Llegada del rey D. Fer- 
nando á Medina 1 85 

Cap. III. — Fuga del Arzobispo de Toledo y 
fingimiento del Conde de Treviño.— No- 
vedades ocurridas en Francia. — Mención 
del Gran Turco 191 

Cap. IV.— Marcha el rey D. Fernando á 
Madrigal. — Sitio de Cantalapiedra. — 
Conjuración de los de Fuenteovejuna, 
que dieron cruel muerte al comendador 
mayor de Calatrava Fernando Ramírez 
deGuzmán.— Muerte violenta del alcaide 
de San Felices, Gracián 197 

Cap. V. — Expediciones marítimas y com- 
bate de los portugueses en las costas de 
Marruecos 2o5 

Cap. VI. — Expedición de las carabelas á 
Guinea. — Rapacidad de los Grandes an- 
daluces 2i3 

Cap. VIL— Tratos para levantar el sitio 
de Cantalapiedra. — Los franceses reanu- 
dan tenazmente el de Fuenterrabía. — 
Exito desgraciado de la empresa del Ar- 
zobispo de Toledo y del Marqués de 
Villena en Uclés. — Prodigio acaecido en 
Sevilla 219 

Cap. VIII. — Marcha D. Fernando á las pro- 
vincias vascongadas. — Quéjase el Conde 
de Plasencia de la ingratitud del rey don 
Alfonso 225 

Cap. IX.— Expediciones de los andaluces y 
de D. Alfonso de Cárdenas contra los por- 
tugueses.— Numerosa falange de moros 
ataca furiosamente la plaza de Ceuta.. . 23i 



496 



INDICE 



Págs. 

Cap. X.— El rey D. Fernando se trasladad 
Vizcaya. — Retirada del rey de Portugal 
y pretexto que para ello alegó.— Empeño 
de los del partido de D. Fernando para 
que la Hermandad popular se establecie- 
se en todas partes 23/ 



LIBRO XXVII 

Capítulo primero.— Envían los Reyes Ca- 
tólicos un mensajero con cartas al Duque 
de Medina Sidonia y al Marqués de Cá- 
diz, con instrucciones y facultad para 
aconsejarles lo que debían hacer. — Suce- 



sos ocurridos en Sevilla sobre el estable- 
cimiento de la Hermandad 248 

Cap. II. — Sucesos de Toledo.— Sitio del Al- 
cázar de Madrid.— Frustrado ataque del 
ejército de D. Fernando contra Toro. . . 25 1 
Cap. JII . — - Graves tumultos de Segovia ex- 
citados por la osadía de Alfonso Maldo- 
nado. — Auxilio que prestó la Reina y que 
censuraron muchos de los de D. Fer- 
nando 257 

Cap. IV. — Hechos de D. Fernando en este 
tiempo en tierras de Vizcaya. — Tenta- 
tiva fracasada del pirata Colón 263 

Cap. V. — Frústranse los falaces intentos del 
Duque de Medina Sidonia. — Terrible 
combate de Colón con los genoveses en 

aguas de Cádiz 267 

Cap, VI. — Marcha á Francia el rey de Por- 
tugal. — Temor de los andaluces que si- 
tiaban la fortaleza de Ceuta. — Entrevista 
' del rey de Aragón con su hijo D. Fer- 
nando 273 



INDICE 



497 

Págs. 



Cap. VIL— Auge de la Hermandad popular. 
—Sumaria relación de otros sucesos. — 
Toma del castillo de Arroyomolinos.— 
Sitio de la fortaleza de las Navas.— Su- 
cesos de Galicia. — Descalabro que el rey 
de Granada hizo sufrir á los andalu- 



ces 281 

Cap. VIII.— Resoluciones adoptadas en Vi- 
toria por el rey D. Juan y por su hijo don 
Fernando. — Tregua de seis meses. — Via- 
jes de ambos Reyes 287 

Cap. IX. — Toma admirable de Toro. « . . 293 
Cap. X. — Lo que hizo el Rey en su camino. 
— Sitio de los castillos de Cubillas, Cas- 
tronuño y Sieteiglesias. — Reunión de los 
Reyes con su hija 3o3 

LIBRO XXVIII 

Capítulo primero. — Diferentes salidas efec- 
tuadas por los ladrones. — Muerte del 
maestre de Santiago D. Rodrigo Manri- 
que 3oo 



Cap. II. — Entrevistas del Rey con el Duque 
de Alba y Conde de Treviño. — Expedi- 
ción contra franceses. — Recuperación de 
Huete.— Toma de las Navas.— Tumul- 
tos en Toledo 3i5 

Cap. III. — Maquinaciones del rey de Gra- 
nada. — Perversos intentos de algunos 
Grandes y caballeros de Andalucía.. . . 32i 

Cap. IV.— Muerte del Duque de Milán. . . 327 

Cap. V.— Muerte del duque Carlos de Bor- 
goña . 333 

Cap. VI. — Actividad de los sevillanos para 
el establecimiento de la Hermandad po- 



498 



INDICE 



pular. — Tumultos ocurridos en la fron- 



tera portuguesa 33q 

Cap. VII. — Medidas adoptadas por don 
Fernando y D. a Isabel en Castilla la 

Nueva 349 

-Cap. VIII.— Frustradas tentativas para la 
reconciliación con el Arzobispo de To- 
ledo. — Acatamiento de D. Enrique. — Di- 
versos viajes de los Reyes después de re- 
cibir en Madrid á los embajadores del 
rey de Inglaterra 355 



Cap. IX. — Embajadas enviadas al Papa por 
los reyes de Francia y Portugal y planes 
que fraguaban.— Contrarias tentativas 
del rey de Nápoles D. Fernando. — Expe- 
diciones varias de ios andaluces. . » . . 35q 
Cap. X. — Recuperan los portugueses á Alé- 
grete. — Los moros granadinos saquean la 
villa de Cieza. — Otro abencerraje acom- 
paña al rey á Córdoba 365 

LIBRO XXIX 



Capítulo ppimero. — Afortunada empresa 
de D. Diego Fernández, primogénito del 
Conde de Cabra, en Baeza. — Victoria de 
los marineros de Palos contra portugue- 
ses 371 

Cap. II. — Disposiciones tomadas por la 
Reina en los asuntos de Trujillo 377 

Cap. III. — Demolición de varias fortalezas 
cerca de Trujillo. — La Condesa de Mede- 
llín 383 

Cap. IV.— Disposiciones del rey D. Fer- 
nando mientras la Reina ejecutaba lo 
dicho en la frontera portuguesa 389 



INDICE 



Cap. V. — Toma del castillo de Monteleón 
por singular habilidad del Rey. — Desca- 
labro de los portugueses en el mar. . . . 

Cap. VI.— Desmanes de D. Alfonso Aguiiar. 
— Correrías de los granadinos 

Cap. VIÍ. — Esfuerzos del de Aguiiar para 
resistir á los moros. — Conjuraciones y 
esperanzas de algunos Grandes de Anda- 
lucía 

Cap. VIII.— Exacciones de los eclesiásticos. 
— Llegada del Legado pontificio. — Nume- 
rosos avisos que precedieron á la llegada 
de la Reina.— De su habilidad en vano 
desplegada. — Pomposa entrada de doña 
Isabel en Sevilla 

Cap. IX. — Desenfreno de los oficiales de la 
corte.— Astucia empleada para provocar 
cuestiones entre ellos. — Ansiada venida 
del Rey. — Su anhelo por acceder á los 
deseos de la Reina y adoptar acertadas 
medidas de gobierno 

Cap. X.— Viaje del Rey á Sevilla y resolu- 
ciones que durante él adoptó. — Vana ale- 
gría de los sevillanos 

LIBRO XXX 

Capítulo pkimero. — Nueva mención de los 
medios adoptados por la Reina antes de 
llegar D. Fernando para procurar la li- 
bertad de los pueblos.— Los portugueses 
derrotan á los vascongados 

Cap. II. — Suntuosa armada napolitana en 
que el Duque de Calabria llevó á su ma- 
drastra á reunirse con su padre. — Repo- 
sición de Diego de Merlo en su cargo de 



boo 



INDICE 



PágS. 



Corregidor. — Infructuosas treguas trata- 
das con el rey de Granada por Pedro de 



Barrionuevo 437 

Cap. III. — Treguas con los portugueses.— 
Cuestiones entre los sevillanos y los cor- 
tesanos. — Consecuencias del matrimo- 
nio de la hija del diíunto Duque de Bor- 

goña 443 

Cap. IV. — Conferencia del Marqués de Cá- 
diz con el Rey.— Marchan los Reyes á 
Jerez 449 



Cap. V. — General sentimiento de los jere- 
zanos por la incuria del Rey.— Tumulto 
originado en los juegos.— Desenfreno de 
los jueces. —Regocijo por la publicación 

del embarazo de la Reina 455 

-Cap. VI. — Vuelven los Reyes á Sevilla. — 
Execrable perfidia de Fernán Arias de 
Saavedra al ocupar á Utreray poner cerco 
al castillo.— Otras exacciones ejecutadas 
bajo apariencia de utilidad pública.. . . 461 
•Cap. VIL— Llegada de los comisionados de 
la Hermandad popular. — Hechos realiza- 
dos por algunos zamoranos.— Propósitos 
del Rey relativos al aumento de la Her- 



mandad 469 

Cap. VIII.— Consentimiento del Rey para 
que D. Alfonso de Cárdenas obtuviera el 
Maestrazgo de Santiago. — Causas verda- 
deras y aparentes del consentimiento.. . 475 
Cap. IX. — Llegada del Conde de Cabra. — 
Rendición de Guadaira. — Toma de la to- 
rre, guarida de los ladrones. —Ocupación 

de Matrera 481 

Cap. X. — Efímero reinado del príncipe don 
Juan. — Causas de su coronación y de su 
repentina abdicación en su padre. . . . 485 



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